El Señor no te ha olvidado

Por Linda S. Reeves

Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro


Linda S. Reeves
Nuestro Padre Celestial y nuestro Salvador Jesucristo nos conocen y nos aman… Podemos sentir Su amor y compasión en medio de nuestro sufrimiento.

Al reunirnos con hermanas de todo el mundo, nos asombra la fortaleza de sus testimonios. Muchas de ustedes son la primera o segunda generación de miembros de la Iglesia. Muchas hermanas sirven en múltiples llamamientos, viajan grandes distancias para asistir a la iglesia y se sacrifican para hacer y guardar los sagrados convenios del templo. Las honramos. ¡Ustedes son las pioneras modernas del Señor!

Recientemente, mi esposo Mel y yo conocimos a una guía turística voluntaria llamada Mollie Lenthal al visitar un museo en Australia. Nos enteramos de que Mollie, una mujer encantadora de setenta y pico de años, no tenía hijos y nunca se había casado. Ella es hija única y sus padres fallecieron hace muchos años. Sus parientes más cercanos son dos primos que viven en otro continente. De repente, me invadió el Espíritu y me testificó, casi como si el Padre Celestial estuviera hablando: “¡Mollie no está sola! ¡Mollie es Mi hija! ¡Yo soy su Padre! ¡Ella es una hija muy importante de Mi familia y nunca está sola!”.

Uno de mis relatos preferidos de la vida del Salvador es el relato de Lázaro. Las Escrituras nos dicen que “amaba Jesús a Marta y a su hermana [María] y a [su hermano] Lázaro”1. Se le avisó a Jesús que Lázaro estaba muy enfermo, pero Jesús no fue de inmediato; se quedó lejos dos días más y dijo que “esta enfermedad… es… para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”2.

Al oír que venía Jesús, Marta “salió a encontrarle”3, y le dijo lo que había sucedido. Lázaro llevaba “ya cuatro días… en el sepulcro”4. Apenada, Marta fue a su casa para avisarle a María que el Señor había llegado5. María, abrumada por la tristeza, fue donde Jesús, se postró a Sus pies y lloró6.

Se nos dice que “cuando Jesús… vio [a María] llorando… se conmovió en espíritu, y se turbó” y preguntó dónde lo habían puesto.

“Le dijeron: Señor, ven y ve”7.

Entonces leemos unas de las palabras de más compasión y amor de las Escrituras: “Y lloró Jesús”8.

El apóstol James E. Talmage escribió: “Al ver a las dos hermanas dominadas por la angustia… Jesús se afligió [con ellas], a tal grado que se estremeció en espíritu y se conmovió”9. Esta experiencia testifica de la compasión, empatía y amor que nuestro Salvador y nuestro Padre Celestial sienten por cada uno de nosotros cada vez que nos abruman la angustia, el pecado, la adversidad y las penas de la vida.

Queridas hermanas, nuestro Padre Celestial y nuestro Salvador Jesucristo nos conocen y nos aman. Ellos saben cuando sentimos dolor o sufrimiento de cualquier tipo. No dicen: “Está bien que sientas dolor ahora, porque pronto se solucionará. Serás sanada, o tu esposo encontrará trabajo, o tu hijo descarriado volverá”. Ellos sienten la intensidad de nuestro sufrimiento y podemos sentir Su amor y compasión en medio de nuestro sufrimiento.

Alma testificó:

“Y el saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomará sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo.

Y sus enfermedades tomará él sobre sí, para que sus entrañas sean llenas de misericordia… sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos”10.

Al preguntarnos si nuestro Salvador y nuestro Padre Celestial nos conocen o cuán bien nos conocen personalmente, deberíamos recordar las palabras del Salvador a Oliver Cowdery:

“Si deseas más testimonio, piensa en la noche en que me imploraste en tu corazón, a fin de saber tocante a la verdad de estas cosas”11.

Antes, el Salvador le había dicho: “No hay quien conozca tus pensamientos y las intenciones de tu corazón sino Dios”12.

El Salvador le recordó a Oliver que Él conocía cada detalle de esa súplica, y que recordaba el momento exacto, la noche precisa.

Hace muchos años, mi esposo estuvo muy enfermo debido a una enfermedad poco común. A medida que pasaban las semanas y él empeoraba, más me convencía de que él estaba muriendo. No le conté a nadie mis temores. Teníamos una familia grande y joven, y un matrimonio amoroso y eterno, y la idea de perder a mi esposo y criar a mis hijos sola me llenaba de soledad, desesperación e incluso enojo. Me avergüenza decir que me alejé de mi Padre Celestial. Por varios días, dejé de orar, dejé de hacer planes, lloré. Finalmente me di cuenta de que no podía enfrentar eso sola.

Por primera vez en muchos días, me arrodillé y derramé mi corazón a mi Padre Celestial, suplicándole que me perdonara por alejarme de Él, contándole todos mis sentimientos más profundos y finalmente exclamando que si eso era lo que Él realmente quería que hiciera, lo haría. Sabía que Él debía tener un plan para nuestra vida.

Aún de rodillas, derramando mi corazón, me embargó el sentimiento más dulce, de mayor paz y amor. Parecía que una cobija de amor me cubría. Era como si pudiese sentir que el Padre Celestial decía: “Eso era lo único que necesitaba saber”. Tomé la decisión de nunca volver a alejarme de Él. De manera gradual y asombrosa, mi esposo empezó a mejorar hasta recuperarse por completo.

Años más tarde, mi esposo y yo nos arrodillamos al lado de nuestra hija de 17 años y suplicamos por su vida. En esa ocasión, la respuesta fue no, pero ese mismo sentimiento de amor y paz que nuestro Salvador prometió fue igual de fuerte, y supimos que, aunque el Padre Celestial la estaba llamando para que regresara a casa, todo estaría bien. Hemos llegado a saber lo que significa echar nuestra carga sobre el Señor, saber que Él nos ama y siente compasión por nosotros en nuestro sufrimiento y dolor.

Uno de los momentos entre padre e hijo más dulces del Libro de Mormón lo encontramos en el testimonio de Alma, hijo, a su hijo Helamán. Alma describió el “indecible horror” que sintió al imaginarse volviendo a la presencia de Dios para ser juzgado por sus muchas transgresiones. Tras sentir el peso de todos sus pecados durante tres días y tres noches, se arrepintió y rogó al Salvador que tuviera misericordia de él. Le describió a Helamán el “exquisito y dulce” gozo de “no recordar más” sus dolores. En vez de sentir el “indecible horror” de pensar en ir ante el trono de Dios, Alma vio en una visión a “Dios sentado en su trono” y declaró: “Mi alma anheló estar allí”13.

¿No es así como nos sentimos, queridas hermanas, al arrepentirnos y contemplar el amor, la misericordia y la gratitud que sentimos por nuestro Padre Celestial y nuestro Salvador, que nosotras también “[anhelamos] estar allí”, para que nos rodeen Sus amorosos brazos de nuevo?

Del mismo modo que el Señor me testificó que Él no ha olvidado a Su preciada hija Mollie Lenthal, testifico que ¡Él no las ha olvidado! Sea cual sea el pecado, la debilidad o dolor, prueba o lucha por los que estén pasando, Él conoce y comprende esos precisos momentos. ¡Él las ama! Y Él las sostendrá durante esos momentos, tal como hizo con María y Marta. Él ha pagado el precio a fin de saber cómo socorrernos. Echen sus cargas sobre Él. Díganle a su Padre Celestial cómo se sienten. Cuéntenle acerca de su dolor y sus aflicciones, y luego entréguenselos a Él. Escudriñen las Escrituras diariamente. Allí también encontrarán solaz y ayuda.

Nuestro Salvador preguntó:

“Porque, ¿puede una mujer olvidar a su niño de pecho al grado de no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues aun cuando ella se olvidare, yo nunca me olvidaré de ti…!

“…te tengo grabada en las palmas de mis manos”14.

“…he mandado que ninguno de vosotros se alejara, sino más bien he mandado que vinieseis a mí, a fin de que palpaseis y vieseis; así haréis vosotros al mundo”15.

Ésa es nuestra responsabilidad. Debemos sentir y ver por nosotras mismas, y luego ayudar a todos los hijos del Padre Celestial a sentir, ver y saber que nuestro Salvador ha tomado sobre Sí no sólo todos nuestros pecados, sino también nuestros dolores y nuestro sufrimiento y aflicciones, para que Él pueda saber lo que sentimos y cómo consolarnos. Testifico de Él en el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1.  Juan 11:5.

  2.  

    2.  Juan 11:4.

  3.  

    3.  Juan 11:20.

  4.  

    4.  Juan 11:17.

  5.  

    5. Véase Juan 11:28.

  6.  

    6. Véase Juan 11:32.

  7.  

    7.  Juan 11:33–34.

  8.  

    8.  Juan 11:35.

  9.  

    9. James E. Talmage, Jesús el Cristo, 1975, pág. 261.

  10.  

    10.  Alma 7:11–12.

  11.  

    11.  D. y C. 6:22.

  12.  

    12.  D. y C. 6:16.

  13.  

    13. Véase Alma 36:14–22; cursiva agregada.

  14.  

    14.  1 Nefi 21:15–16.

  15.  

    15.  3 Nefi 18:25; cursiva agregada.