¿Qué recompensa dará el hombre por su alma?

Por el élder Robert C. Gay

De los Setenta


Robert C. Gay
Debemos abandonar todos nuestros pecados, grandes o pequeños, para recibir del Padre la recompensa de la vida eterna.

En una ocasión, el Salvador preguntó a Sus discípulos: “¿Qué recompensa dará el hombre por su alma?”1.

Ésta es una pregunta en la cual hace años mi padre me enseñó a reflexionar detenidamente. Mientras crecía, mis padres me asignaban tareas en la casa y me daban dinero por ese trabajo. A menudo utilizaba ese dinero, un poco más de 50 centavos a la semana, para ir al cine. En aquel entonces, una entrada al cine costaba 25 centavos para un niño de once años. Me quedaba con 25 centavos para gastar en golosinas, que costaban 5 centavos cada una. ¡Una película y cinco golosinas! No podía haber algo mejor que eso.

Todo iba bien hasta que cumplí los doce años. Una tarde mientras estaba en la fila, me di cuenta de que el precio de la entrada para un niño de doce años era 35 centavos, y eso significaba dos golosinas menos. Sin estar muy dispuesto a hacer ese sacrificio, pensé para mis adentros: “Tienes el mismo aspecto que hace una semana”. Me acerqué y pedí la entrada de 25 centavos. El cajero ni se inmutó y yo compré mis cinco golosinas de siempre en vez de tres.

Encantado con mi logro, más tarde corrí a casa para contarle a mi papá sobre mi gran hazaña. Mientras le contaba los detalles, él no dijo nada. Cuando terminé, simplemente me miró y dijo: “Hijo, ¿venderías tu alma por una moneda?”. Sus palabras traspasaron mi joven corazón; ésa es una lección que nunca he olvidado.

Años más tarde, me encontré haciendo la misma pregunta a un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec menos activo. Era un hombre maravilloso que amaba a su familia; sin embargo, no había ido a la Iglesia por muchos años. Tenía un hijo con talento que jugaba en un equipo de deportes de primera clase que viajaba a otros lugares, y que practicaba y jugaba los domingos. Ese equipo había ganado muchos campeonatos importantes. Al reunirnos, le recordé que, como poseedor del sacerdocio, se le prometió que si magnificaba el juramento y el convenio del sacerdocio, recibiría “todo lo que [nuestro] Padre tiene”2. Entonces le pregunté: “¿Vale un campeonato nacional más que todo lo que tiene el Padre?”. Con suavidad dijo: “Entiendo”, y concertó una cita para ir a ver a su obispo.

Hoy en día es muy fácil quedar atrapado en las cosas del mundo, a pesar de nuestras buenas intenciones. El mundo nos empuja a “traspasar lo señalado”3. Hace poco alguien me preguntó: “¿Realmente importa una copa?”. ¿Se dan cuenta de que es una pregunta del adversario? Caín preguntó: “¿Quién es el Señor, para que tenga que conocerlo?”4, y luego perdió su alma. Al excusarnos de los pecados menores, Satanás triunfa. Por una botella de leche5, un nombre mal escrito6, un plato de guisado7, se han cambiado primogenituras y herencias.

Al considerar los cambios que hacemos por una moneda o un campeonato nacional en nuestra vida, podemos justificar nuestras acciones, como Caín, o asegurarnos de que nos sometemos a la voluntad de Dios. La pregunta a considerar no es si hacemos cosas que necesitamos corregir, porque siempre las hacemos. Más bien es: ¿“desmayaremos” ante lo que se nos pide que hagamos para hacer la voluntad del Padre o lo “acabaremos”?8.

Al Señor le complace nuestra rectitud, pero nos pide un arrepentimiento y sumisión constantes. En la Biblia leemos que fue un joven rico que obedecía los mandamientos quien se arrodilló ante el Salvador y le preguntó qué debía hacer para tener la vida eterna, y que se alejó entristecido cuando el Salvador dijo: “Una cosa te falta… vende todo lo que tienes”9.

Sin embargo, fue otro hombre rico y mundano, el principal rey lamanita, el padre de Lamoni, que también hizo la misma pregunta sobre la vida eterna; dijo: “¿Qué haré para nacer de Dios, desarraigando de mi pecho este espíritu inicuo, y recibir el Espíritu de Dios?… Abandonaré mi reino a fin de recibir este gran gozo”10.

¿Se acuerdan de la respuesta que el Señor le dio al rey por medio de Su siervo Aarón? “Si te arrepientes de todos tus pecados y te postras ante Dios e invocas con fe su nombre, creyendo que recibirás, entonces obtendrás la esperanza que deseas”11.

Cuando el rey comprendió el sacrificio requerido, se humilló, se postró, y oró: “¡Oh Dios!… abandonaré todos mis pecados para conocerte”12.

Éste es el cambio que el Salvador nos pide: el abandonar todos nuestros pecados, grandes o pequeños, para recibir la recompensa del Padre de la vida eterna. Hemos de olvidar las historias para justificarnos, las excusas, las racionalizaciones, los mecanismos de defensa, los aplazamientos, las apariencias, el orgullo personal, los pensamientos que juzgan a los demás, y el hacer las cosas a nuestra manera. Debemos separarnos de todo lo mundano y tomar sobre nosotros la imagen de Dios en nuestros rostros13.

Hermanos y hermanas, recuerden que este mandato es más que simplemente no hacer lo malo. Con un enemigo activo nosotros también debemos actuar y no permanecer en un “insensible estupor”14. Tomar la imagen de Dios sobre nosotros significa servirnos mutuamente. Hay pecados de comisión y de omisión, y debemos vivir por encima de los dos.

Mientras servía como presidente de misión en África, se me enseñó para siempre esta gran verdad. Me dirigía a una reunión cuando vi a un niño pequeño solo y llorando histéricamente a un lado de la carretera. Una voz en mi interior me dijo: “Detente y ayuda al niño”. Tan pronto como escuché esa voz, en una fracción de segundo razoné: “No puedes detenerte. Vas a llegar tarde. Eres la autoridad que preside y no puedes llegar tarde”.

Al llegar al centro de reuniones, escuché la misma voz diciendo otra vez: “Ve a ayudar a ese niño”. Le di las llaves de mi auto a un miembro llamado Afasi y le pedí que me trajera al niño. Unos 20 minutos más tarde, sentí un golpecito en mi hombro, el niño estaba fuera.

Tenía unos 10 años. Nos enteramos de que su padre había muerto y que su madre estaba en la cárcel. Vivía en la zona más pobre de Accra con alguien que lo cuidaba, le daba de comer y un lugar donde dormir. A cambio de ello, él vendía pescado seco en las calles. Pero, ese día después de la venta ambulante, al meter la mano en el bolsillo, descubrió que tenía un agujero; había perdido todo el dinero ganado. Afasi y yo supimos de inmediato que si volvía sin el dinero, lo llamarían mentiroso; lo más probable era que lo golpearan y lo arrojaran a la calle. Había sido en aquel momento de alarma cuando lo había visto por primera vez. Lo calmamos, reemplazamos el dinero perdido y lo llevamos de vuelta a la persona que lo cuidaba.

Mientras viajaba a casa esa noche, me di cuenta de dos grandes verdades. Primero, supe como nunca antes que Dios se acuerda de cada uno de nosotros y que nunca nos abandonará; y segundo, sabía que siempre debemos escuchar la voz del Espíritu dentro de nosotros e ir “al instante”15, a dondequiera que nos lleve, a pesar de nuestros temores o de cualquier inconveniencia.

Un día, los discípulos le preguntaron al Salvador quién era el mayor en el reino de los cielos. Él les dijo que debían convertirse, ser humildes y sumisos como niños pequeños. Luego dijo: “…el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido”16. Con esa sola frase Él definió nuestra misión. Hemos de ir al rescate de los que están perdidos, los últimos y los menos importantes. No es suficiente evitar el mal debemos “[sufrir] su cruz”17, y estar “anhelosamente consagrados”18 en ayudar a otros a convertirse. Con compasión y amor abrazamos al pródigo19, respondemos al llanto de los huérfanos que lloran histéricamente, a las súplicas de aquellos que están en obscuridad y desesperación20, y a los ruegos afligidos de familiares en necesidad. “Satanás no necesita que todos sean como Caín o como Judas”, dijo el élder Neal A. Maxwell. “Él sólo debe lograr que hombres capaces… se vean a sí mismos como personas sofisticadas y neutrales”21.

Al final de una reciente conferencia de estaca, un jovencito se me acercó y me preguntó: “¿Me ama Dios?”. Es mi deseo que nuestra vida de servicio afirme que Dios no abandona a nadie.

En cuanto a la pregunta: “¿Qué dará el hombre a cambio de su alma?”, Satanás desearía que vendiéramos nuestra vida por las golosinas y los campeonatos de este mundo. El Salvador, sin embargo, nos llama, sin precio, para que cambiemos nuestros pecados, para tomar sobre nosotros Su imagen y que la llevemos al corazón de aquellos que estén a nuestro alcance. Por ello podemos recibir todo lo que Dios tiene, que se nos dice que es más grande que todos los tesoros combinados de la tierra22. ¿Se imaginan?

En un reciente viaje a Nicaragua, observé una placa en la humilde casa de una familia que visitamos; decía: “Mi testimonio es mi posesión más preciada”. Así es para mí. Mi testimonio es el tesoro de mi alma, y con la integridad de mi corazón, les dejo mi testimonio de que esta iglesia es la Iglesia verdadera de Dios, que nuestro Salvador está a la cabeza de ella y la dirige a través de Su profeta escogido. En el nombre de Jesucristo. Amén

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  1.  

    1.  Mateo 16:26.

  2.  

    2.  D. y C. 84:38.

  3.  

    3.  Jacob 4:14.

  4.  

    4.  Moses 5:16.

  5.  

    5. Una botella de leche entera (con crema) fue el centro de un conflicto entre la esposa de Thomas B. Marsh y la señora Harris, quienes habían acordado combinar sus recursos y hacer queso. Cuando la señora Harris descubrió que la señora Marsh no incluía la crema en la leche sino que la guardaba para sí, la señora Harris se quejó, y las mujeres contendieron. Thomas Marsh llevó el asunto ante el obispo, quien se puso de parte de la señora Harris. Pasó del obispo al sumo consejo, y a la Primera Presidencia; todos acordaron que la señora Marsh estaba equivocada. Esto abrió una brecha entre Thomas Marsh y las Autoridades Generales. Poco después, Thomas Marsh declaró ante un juez de Misuri que los mormones eran hostiles hacia el Estado de Misuri. (Véase George A. Smith, “Discourse”, Deseret News, 16 de abril de 1856, pág. 44.)

  6.  

    6. Cuando el profeta José Smith extendió el llamamiento a Simonds Ryder para servir como misionero, Ryder se dio cuenta de que su nombre se había escrito “Rider” en la revelación impresa. Se ofendió, y eso lo llevó a la apostasía y con el tiempo, a que participara untando brea y colocando plumas al Profeta. Ryder no sabía que, por lo general, José Smith dictada las revelaciones a sus escribientes y no tomaba parte en la ortografía (véase Milton V. Backman Jr., The Heavens Resound: A History of the Latter-day Saints in Ohio, 1830–1838, 1983, págs. 93–94; Donald Q. Cannon y Lyndon W. Cook, editores, Far West Record: Minutes of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 1830–1844, 1983, pág. 286.)

  7.  

    7. En Génesis 25 aprendemos que Esaú vende su primogenitura a Jacob por un “plato de pan y del guisado de las lentejas” (versículo 34).

  8.  

    8. Véase D. y C. 19:18–19.

  9.  

    9. Véase Marcos 10:21–22.

  10.  

    10.  Alma 22:15.

  11.  

    11.  Alma 22:16.

  12.  

    12.  Alma 22:18.

  13.  

    13. Véase Alma 5:14–19.

  14.  

    14.  Alma 60:7.

  15.  

    15. Véase Marcos 1:18.

  16.  

    16.  Mateo 18:11.

  17.  

    17.  Jacob1: 8.

  18.  

    18.  D. y C. 58:27.

  19.  

    19. Véase Lucas 15:11–32.

  20.  

    20. Véase José Smith-Historia 1:15–16.

  21.  

    21. Neal A. Maxwell, Deposition of a Disciple 1976, pág. 88.

  22.  

    22. Véase D. y C. 19:38.