Bien atentas a nuestros deberes

Por Carole M. Stephens

Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro


Carole M. Stephens
Debemos estar atentas a nuestros deberes y a continuar con fe al hacer uso del poder consolador, fortalecedor, habilitador y sanador de la Expiación.

Después de ser llamada a la Presidencia General de la Sociedad de Socorro, sentí el deseo de saber más acerca de las mujeres que habían servido antes que yo. Quedé impactada con las enseñanzas de la hermana Zina D. Young, primera consejera en la segunda presidencia general de la Sociedad de Socorro. Ella dijo: “Hermanas, es nuestra responsabilidad estar bien atentas a nuestros deberes”1. Medité sobre las palabras atentas y deberes, e hice una búsqueda más intensa en las Escrituras.

En el Nuevo Testamento, Pablo enseñó a los santos de su época:

“… es ya hora de levantarnos del sueño, porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación…

“La noche ha avanzado, y se acerca el día… vistámonos con las armas de la luz”2.

En el Libro de Mormón, Alma enseñó a su pueblo los deberes sagrados de quienes establecen un convenio con Dios:

“…ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras;

“sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar…

“os digo ahora, si éste es el deseo de vuestros corazones, ¿qué os impide ser bautizados en el nombre del Señor, como testimonio ante él de que habéis concertado un convenio con él de que lo serviréis y guardaréis sus mandamientos, para que él derrame su Espíritu más abundantemente sobre vosotros?

“Y ahora bien, cuando los del pueblo hubieron oído estas palabras, batieron sus manos de gozo y exclamaron: Ése es el deseo de nuestros corazones”3.

La declaración de la hermana Young y estos pasajes de Escritura me hicieron considerar los “deberes” a los que debemos estar atentos hoy en día.

Cuando nos bautizamos, concertamos un convenio. El élder Robert D. Hales enseñó: “Cuando hacemos convenios y los guardamos, salimos del mundo y entramos en el reino de Dios”4.

Cambiamos; nuestra apariencia es diferente y nuestra actitud es diferente. Las cosas que escuchamos, leemos y decimos son diferentes, y la forma en que nos vestimos es diferente porque nos convertimos en hijas de Dios ligadas a Él mediante un convenio.

Al ser confirmadas, recibimos el don del Espíritu Santo, el derecho de tener la influencia constante de un miembro de la Trinidad para guiarnos, para consolarnos y para protegernos. Él nos advierte cuando nos vemos tentadas a alejarnos de nuestros convenios y volver al mundo. El presidente Boyd K. Packer enseña que ninguno de nosotros “cometerá un serio error sin antes haber sido advertido por los susurros del Espíritu Santo”5.

Para recibir este don y siempre tener el Espíritu con nosotros, debemos ser dignas y estar atentas a la condición en que se encuentra nuestro corazón. ¿Es nuestro corazón blando? ¿Tenemos un corazón humilde, un corazón dócil y un corazón tierno? ¿O se ha endurecido gradualmente al permitir que demasiado ruido del mundo nos distraiga de los suaves susurros que con seguridad han venido del Espíritu?

Al bautizarnos, nuestros corazones fueron cambiados y se volcaron a Dios. En nuestra jornada mortal, tenemos que preguntarnos constantemente si “[hemos] experimentado un cambio en el corazón… ¿[Podemos] sentir esto ahora?”6. Y si no lo sentimos, ¿por qué no?

Muchos de los primeros santos “[experimentaron] este gran cambio en [sus] corazones”7. Eso los preparó para recibir las bendiciones del templo que los fortalecieron en sus deberes. Los primeros santos de Nauvoo fueron “al templo todo el día y hasta bien entrada la noche”8 para recibir las ordenanzas y hacer convenios antes de comenzar su viaje hacia el oeste.

Sara Rich, una hermana de la Sociedad de Socorro de Nauvoo, dijo: “Muchas fueron las bendiciones que recibimos en la casa del Señor y que nos brindaron gozo y consuelo en medio de todas nuestras aflicciones y que nos facultaron para tener fe en Dios, sabiendo que Él nos iba a guiar y a sostener en la jornada incierta que teníamos por delante”9.

Con corazones cambiados por medio de la fe en el Salvador, ellos confiaron en el poder de Su expiación. Ellos fueron motivados a actuar. Sabían en lo profundo de su corazón que había alguien, el Salvador, que comprendía las adversidades que enfrentaban porque Él las había sufrido por ellos en el Jardín de Getsemaní y en la cruz. Él sintió sus temores, sus dudas, sus dolores y su soledad. Él sufrió sus aflicciones, su persecución, su hambre, su fatiga y sus pérdidas. Y debido a que Él había sufrido todas esas cosas podía decirles: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”10.

Y vinieron. Confiaron en el profeta y lo siguieron. Sabían que el viaje sería largo, que su deber sería difícil. Sabían que requeriría sacrificio, pero sostenidos por su fe y aferrados a sus convenios, estaban espiritualmente preparados.

Antes de salir de Nauvoo, un grupo de santos escribió un mensaje en el salón de asambleas del templo que se les obligó a abandonar. Decía: “El Señor ha visto nuestro sacrificio: Sígannos”11.

Hace poco participé en una caminata al estilo de los pioneros con los hombres y las mujeres jóvenes de mi barrio. Cada mañana me preguntaba: “¿Qué sacrificio hago yo? ¿Cómo puedo seguirlos?”.

El segundo día de la caminata habíamos tirado de los carromatos por 13 km cuando llegamos a un lugar llamado “el trecho de las mujeres”. Separaron a los hombres de las mujeres y a los hombres se les mandó seguir adelante a la cima de la colina. Cuando comenzamos a tirar de los carromatos, miré hacia arriba y vi a los hermanos del sacerdocio, jóvenes y mayores, alineados a ambos lados del camino, con los sombreros en la mano como señal de respeto a las mujeres.

Al principio el sendero era fácil, pero pronto estábamos hundidas en la arena y la colina era empinada. Con la cabeza agachada yo tiraba con todas mis fuerzas cuando sentí que alguien tiraba del carromato; levanté la cabeza y vi a Lexi, una de las jovencitas que era mi vecina. Ella había llevado su carromato hasta la cima y al ver que necesitábamos ayuda volvió corriendo. Cuando llegamos a la cima, deseaba tanto ir a ayudar a quienes venían detrás de mí, pero no podía respirar bien y ¡mi corazón latía tan fuerte que más de una vez pensé que tendría un infarto! Vi con gratitud cómo otras jovencitas dejaban sus carromatos al llegar y corrían a ayudar.

Cuando todas llegaron a la cima, tomamos un momento para registrar nuestros sentimientos en nuestros diarios. Yo escribí: “Físicamente no me preparé bien, así que no tuve la fuerza para ayudar a quienes venían detrás. Quizás nunca tenga que tirar de un carromato otra vez, pero ¡jamás quiero defraudar espiritualmente a mis hermanas, jamás!”.

Fue una experiencia sagrada que me despertó espiritualmente a mis deberes hacia mi familia y los demás. A lo largo del viaje, reflexioné sobre lo que había aprendido.

Primero pensé en mis hermanas, quienes han tirado y las que hoy continúan tirando de sus carromatos solas. Casi el 20 por ciento de las mujeres de esas compañías estaban solas, al menos parte del viaje. Eran mujeres que no se habían casado, divorciadas o viudas. Muchas eran madres solas12. Todas tiraban juntas: hijas del convenio, jóvenes y ancianas, provenientes de diferentes circunstancias, en el mismo camino y con la misma meta.

Quienes corrieron a ayudar a sus hermanas en necesidad me recordaron a los rescatadores, tanto los que se ven como los que no se ven, y que son rápidos para observar, ver una necesidad y actuar.

Pensé en las palabras del Señor: “…iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros”13.

Alineados a ambos lados del camino había hombres fieles, obedientes y que cumplían con sus convenios. Su poder del sacerdocio —el poder que Dios usa para bendecir a todos Sus hijos— nos elevó, nos fortaleció y nos sostuvo. Eran un recordatorio visual de que nunca estamos solas. Podemos tener ese poder siempre con nosotras al cumplir con nuestros convenios.

Pensé en los hombres que estaban separados de sus familias durante el viaje, dejándolas que tiraran del carromato solas. Muchos hombres murieron en el viaje. Algunos hijos se quedaron para servir en misiones en sus tierras natales. Otros habían emigrado antes a fin de prepararse para la llegada de sus familias al Valle del Lago Salado. Algunos hombres no estaban por propia elección, habían escogido no guardar sus convenios.

Al igual que quienes se han ido antes, muchos todavía viven en circunstancias que no son ideales. Seguimos enseñando y luchando por lo ideal porque sabemos que el esforzarnos continuamente nos mantendrá progresando en el sendero y nos preparará para la oportunidad de recibir todas las bendiciones prometidas mientras “[esperamos] en Jehová”14.

Cada una de nosotras ha tenido y seguirá teniendo adversidades en la vida. Esta vida mortal es un período de prueba y seguiremos teniendo oportunidades de utilizar nuestro albedrío para escoger lo que aprenderemos de la adversidad que seguramente llegará.

Como hijas de Dios, seguimos en el sendero con fe porque reconocemos que, como enseñó el presidente Thomas S. Monson: “…las ordenanzas salvadoras que se reciben en el templo y que nos permiten regresar algún día a nuestro Padre Celestial en una relación familiar eterna, y ser investidos con bendiciones y poder de lo alto, merecen todo sacrificio y todo esfuerzo”15.

No es suficiente simplemente participar del viaje; debemos estar atentas a nuestro deber y continuar con fe a medida que recurrimos al poder consolador, fortalecedor, habilitador y sanador de la Expiación.

Hermanas, las quiero mucho. No conozco a muchas de ustedes personalmente pero ¡sí sé quiénes son! Somos hijas en Su reino que cumplen los convenios y están investidas de poder mediante ellos; estamos preparadas para cumplir con nuestro deber.

La Sociedad de Socorro prepara a las mujeres para las bendiciones de la vida eterna despertándonos espiritualmente a fin de aumentar la fe y la rectitud personales. Comencemos con nosotras mismas; comencemos donde estamos; comencemos hoy. Cuando estemos espiritualmente atentas, estaremos mejor preparadas para fortalecer a las familias y los hogares, y para ayudar a los demás.

Ésta es una obra de salvación y el poder fortalecedor y habilitador de la Expiación la hace posible. Estemos atentas para ver quiénes somos; estemos atentas a nuestro deber. Somos hijas de nuestro Padre Celestial, quien nos ama. De ello testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Zina D. Young, en Woman’s Exponent, 15 de octubre de 1877, pág. 74.

  2.  

    2.  Romanos 13:11–12.

  3.  

    3.  Mosíah 18:8–11.

  4.  

    4. Robert D. Hales, “La modestia: Reverencia hacia el Señor”, Liahona, agosto de 2008, pág. 21.

  5.  

    5. Boyd K Packer, “Cómo sobrevivir en territorio enemigo”, Liahona, octubre de 2012, pág. 34.

  6.  

    6.  Alma 5:26.

  7.  

    7.  Alma 5:14.

  8.  

    8.  Hijas en Mi reino: La historia y la obra de la Sociedad de Socorro, 2011, pág. 33.

  9.  

    9. Sarah Rich, en Hijas en Mi reino, pág. 34.

  10.  

    10.  Mateo 11:28.

  11.  

    11. En Hijas en Mi reino, pág. 34.

  12.  

    12. Investigación realizada por Jolene S. Allphin, de historias y listas de las compañías; véase Tell My Story, Too, 8a ed., 2012.

  13.  

    13.  D. y C. 84:88.

  14.  

    14.  Isaías 40:31.

  15.  

    15. Thomas S. Monson, “El Santo Templo: Un faro para el mundo”, Liahona, mayo de 2011, pág. 92.