La fuerza moral de la mujer

Por el élder D. Todd Christofferson

Del Quórum de los Doce Apóstoles


D. Todd Christofferson
Su instinto es hacer lo bueno y ser buenas, y al seguir al Santo Espíritu, su autoridad moral y su influencia aumentarán.

Desde tiempo inmemorial, las sociedades se han valido de la fuerza moral de la mujer. Aunque ciertamente no es la única influencia positiva que contribuye a la sociedad, el fundamento moral que proporcionan las mujeres ha sido singularmente favorecedor para el bien común. Tal vez porque es generalizada, la contribución de las mujeres con frecuencia se subestima. Deseo expresar gratitud por la influencia de las mujeres buenas, destacar algunas de las filosofías y tendencias que amenazan la fortaleza y la posición de las mujeres, y expresar una súplica a las mujeres para que cultiven el poder moral innato en ellas.

Las mujeres traen consigo al mundo una cierta virtud, un don divino que las hace expertas en inspirar cualidades tales como la fe, el valor, la comprensión y el refinamiento en las relaciones y en las culturas. Cuando Pablo alabó la “fe no fingida” de Timoteo, señaló que esa fe “habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice”1.

Hace años, cuando vivía en México, observé de primera mano lo que Pablo quiso decir. Recuerdo en particular a una madre joven, una de las muchas mujeres de la Iglesia en México cuya fe en Dios enriquece sus vidas de manera tan natural que casi no parecen darse cuenta de ello. Esta hermosa mujer irradiaba una autoridad moral, nacida de su bondad, que influía para bien en todas las personas que la rodeaban. Junto con su esposo, sacrificaba un sinnúmero de placeres y posesiones por cosas de mayor prioridad aparentemente sin siquiera pensarlo dos veces. La habilidad que tenía para realizar las tareas de alzar a sus hijos, agacharse y mantener el equilibrio con ellos era casi sobrehumana. Las responsabilidades que tenía eran muchas y las tareas a veces eran repetitivas y mundanas; sin embargo, detrás de todo ello había una hermosa serenidad, el sentimiento de estar realizando la obra de Dios. Al igual que el Salvador, el bendecir a los demás mediante el servicio y el sacrificio la había ennoblecido; ella era la personificación del amor.

He sido extraordinariamente bendecido por la influencia moral de las mujeres, en particular de mi madre y de mi esposa. Entre otras mujeres a quienes veo con gratitud está Anna Daines. Ana, su esposo Henry y sus cuatro hijos, se encontraban entre los pioneros de la Iglesia en Nueva Jersey, Estados Unidos. Comenzando en la década de 1930, cuando Henry era estudiante de posgrado en la Universidad Rutgers, él y Anna trabajaron incansablemente en las organizaciones educativas y cívicas de Metuchen, donde vivían, para superar el profundamente arraigado prejuicio contra los mormones, y para hacer de la comunidad un lugar mejor donde los padres pudieran criar a sus hijos.

Anna, por ejemplo, prestaba servicio voluntario en la Asociación Cristiana de Jóvenes de Metuchen y llegó a ser indispensable para ellos. Después de un año, se la nombró presidenta de la organización auxiliar de las madres y entonces le pidieron que se postulara para uno de los tres puestos de mujeres en la Mesa directiva de la Asociación Cristiana de Jóvenes. Ganó sin ninguna oposición, ¡y se unió al mismo consejo que sólo unos años antes se había negado a que los santos se reunieran en ese edificio!”2.

Mi familia se mudó al Barrio New Brunswick cuando yo era adolescente. La hermana Daines se interesó en mí y con frecuencia expresó su confianza en mis habilidades y potencial, lo cual me inspiró a tratar de alcanzar un nivel más alto, más alto del que hubiera alcanzado sin su impulso. En una ocasión, gracias a una atenta y oportuna advertencia de parte de ella, evité una situación que con toda seguridad hubiese lamentado. Aunque ella ya no está entre nosotros, la influencia de Anna Daines se sigue sintiendo y se refleja en la vida de sus descendientes y muchas otras personas, incluso en la mía.

Mi abuela, Adena Warrnick Swenson, me enseñó a ser meticuloso al prestar servicio en el sacerdocio. Me alentó a memorizar las bendiciones sacramentales del pan y del agua, explicándome que de esa manera podría expresarlas con mayor entendimiento y sentimiento. El observar la forma en que apoyaba a mi abuelo, un patriarca de estaca, hizo nacer en mí una reverencia por las cosas sagradas. La abuela Swenson nunca aprendió a manejar un auto, pero sabía cómo enseñar a los niños a ser hombres en el sacerdocio.

En ningún lugar se siente la influencia moral de la mujer de manera más poderosa, ni se aplica de manera más provechosa, que en el hogar. No hay mejor entorno para criar a la nueva generación que la familia tradicional donde el padre y la madre trabajan en armonía para sustentar, enseñar y cuidar a sus hijos. Cuando ese ideal no existe, la gente se esfuerza por reproducir sus beneficios lo mejor posible en sus circunstancias particulares.

En todo caso, la madre ejerce una influencia que ninguna otra persona ni relación puede igualar. Mediante el poder de su ejemplo y sus enseñanzas, sus hijos aprenden a respetar a las mujeres y a incorporar en su vida disciplina y elevadas normas morales. Las hijas aprenden a cultivar su propia virtud y a defender lo que es correcto una y otra vez, sin importar lo poco popular que sea. El amor y las altas expectativas de una madre llevan a sus hijos a actuar de forma responsable sin pretextos, a tomar seriamente la educación y el desarrollo personal, y a contribuir constantemente al bienestar de todos los que los rodean. El élder Neal A. Maxwell preguntó una vez: “Cuando la verdadera historia de la humanidad se revele, ¿se destacará el tronar del cañón o el eco de una canción de cuna?, ¿los grandes armisticios hechos por los militares, o la acción pacificadora de la mujer en el hogar? Lo que ocurre en las cunas y en los hogares, ¿tendrá mayor efecto que las grandes resoluciones tomadas en los congresos?”3.

La función de la mujer en la creación de vida es de lo más sagrado. Sabemos que nuestros cuerpos físicos tienen un origen divino4 y que debemos pasar por un renacimiento tanto físico como espiritual a fin de alcanzar los grados más altos en el reino celestial de Dios5. Por tanto, las mujeres tienen una parte esencial, a veces a riesgo de su propia vida, en la obra y la gloria de Dios de “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”6. En calidad de abuelas, madres y modelos a seguir, las mujeres han sido las protectoras de la fuente de vida al enseñar a cada generación la importancia de la pureza sexual, la castidad antes del matrimonio y la fidelidad dentro de él. De ese modo, han sido una influencia de refinamiento en la sociedad, han sacado a relucir las mejores cualidades de los hombres y han perpetuado ambientes sanos en los cuales criar a hijos saludables y protegidos.

Hermanas, no quiero elogiarlas demasiado como a veces lo hacemos en los discursos del Día de la Madre que las hacen sentir incómodas. No tienen que ser perfectas7, y no afirmo que lo sean (con la posible excepción de alguien que está sentada aquí cerca en este momento). Lo que quiero decir es que ya sean solteras o casadas, hayan tenido hijos o no, sean mayores, jóvenes o de mediana edad, su autoridad moral es fundamental; y que tal vez hayamos empezado a subestimarlas. Sin lugar a dudas hay tendencias y fuerzas que están tratando de debilitar, e incluso eliminar, la influencia que ustedes ejercen, para gran detrimento de las personas, las familias y la sociedad en general. Permítanme mencionar tres como precaución y advertencia.

Una filosofía peligrosa que desacredita la influencia moral de la mujer es la degradación del matrimonio y de la maternidad, y del ser ama de casa como ocupación. Algunos intelectuales feministas ven la ciencia del hogar con rotundo desprecio, argumentando que degrada a la mujer y que las implacables exigencias de criar a los hijos son una forma de explotación8. Ridiculizan a las mujeres que optan por quedarse en casa a criar a sus hijos; eso no es justo ni es correcto. Nosotros no disminuimos el valor de lo que los hombres y las mujeres logran en cualquier empresa o carrera digna —todos nos beneficiamos de esos logros— pero aún reconocemos que no hay nada que sea de más beneficio que la maternidad y la paternidad en el matrimonio. No hay oficio superior, y ninguna cantidad de dinero, autoridad o alabanza pública excede las definitivas recompensas de la familia. Sea lo que sea que una mujer logre, su influencia moral no se utilizará mejor en ningún otro lugar que allí.

Las actitudes hacia la sexualidad humana amenazan la autoridad moral de las mujeres en varios aspectos. El aborto por conveniencia personal o social ataca el núcleo de los poderes más sagrados de la mujer y destruye su autoridad moral. Lo mismo ocurre con la inmoralidad sexual y con la ropa sugestiva que no sólo degrada a la mujer, sino que reafirma la mentira de que la sexualidad de la mujer es lo que define su valía.

Por mucho tiempo ha habido una doble moralidad cultural por la cual se suponía que las mujeres debían ser sexualmente circunspectas mientras que se justificaba la inmoralidad por parte de los hombres. La injusticia de esa doble moralidad es evidente, y con razón se ha criticado y rechazado. En ese rechazo, se esperaría que los hombres se elevaran a una única norma más alta, pero ha ocurrido lo contrario: ahora se anima a las mujeres y a las jovencitas a que sean tan promiscuas como la doble moralidad esperaba que fueran los hombres. Mientras que antes las normas más elevadas de la mujer exigían compromiso y responsabilidad por parte de los hombres, ahora se tienen relaciones sexuales sin remordimiento, familias sin padre y pobreza en aumento. La igualdad en cuanto a la promiscuidad simplemente despoja a las mujeres de su influencia moral y degrada a toda la sociedad9. En este arreglo vano, los hombres son los que quedan “liberados”, y las mujeres y los niños son los que más sufren.

El tercer aspecto de preocupación proviene de aquellos que, en nombre de la igualdad, quieren eliminar todas las diferencias entre lo masculino y lo femenino. Muchas veces, eso impulsa a las mujeres a que adopten características más masculinas: ser más agresivas, duras y beligerantes. Ahora ya es común ver en las películas y los videojuegos a mujeres en papeles terriblemente violentos, dejando a personas muertas y destrucción a su paso. Es destructivo para el alma ver a hombres en ese tipo de papeles y sin duda no menos doloroso cuando las mujeres son las que cometen y sufren esa violencia.

Una ex Presidenta General de las Mujeres Jóvenes, Margaret D. Nadauld, enseñó: “El mundo tiene suficientes mujeres duras; necesitamos mujeres delicadas. Hay suficientes mujeres groseras; necesitamos mujeres amables. Hay suficientes mujeres rudas; necesitamos mujeres refinadas. Hay suficientes mujeres que tienen fama y dinero; necesitamos más mujeres que tengan fe. Hay suficiente codicia; necesitamos más abnegación. Hay suficiente vanidad; necesitamos más virtud. Hay suficiente popularidad; necesitamos más pureza”10. Al desmerecer las diferencias femeninas y masculinas perdemos los dones singulares y complementarios del hombre y de la mujer que, juntos, producen un todo aún mayor.

La súplica que les hago hoy a las mujeres y a las jovencitas es que protejan y cultiven la fuerza moral que llevan en su interior; preserven esa virtud innata y dones únicos que traen a este mundo. Su instinto es hacer lo bueno y ser buenas, y al seguir al Santo Espíritu, su autoridad moral y su influencia aumentarán. A las jovencitas les digo: no pierdan esa fuerza moral, incluso antes de tenerla en toda su medida. Asegúrense, en particular, de que su lenguaje sea limpio, no soez; que su modo de vestir refleje la modestia, no la vanidad; que su conducta manifieste la pureza, no la promiscuidad. No pueden elevar a los demás a la virtud por un lado si por el otro viven de forma inmoral.

Hermanas, de todas las relaciones, es la que tengan con Dios, la fuente de su poder moral, la que siempre deben colocar en primer lugar en la vida. Recuerden que el poder de Jesús provino de su resuelta devoción a la voluntad del Padre. Él nunca se desvió de lo que le agradaba a Su Padre11. Esfuércense por ser esa clase de discípulo del Padre y del Hijo, y su influencia nunca se disipará.

Y no tengan miedo de aplicar esa influencia sin temor ni pretexto. “…estad siempre preparados para responder… a cada hombre [mujer y niño] que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”12. “…que prediques la palabra, que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”13. “…[críen] a [sus] hijos en la luz y la verdad”14. “…[enséñenles] a orar y a andar rectamente delante del Señor”15.

Que nadie malinterprete de manera deliberada estas exhortaciones que hago a las mujeres. Al elogiar y fomentar la fuerza moral de las mujeres, no quiero decir que a los hombres y a los jóvenes se les exima de alguna manera de su propio deber de defender la verdad y la rectitud, de que su responsabilidad de servir, sacrificarse y ministrar sea de algún modo menor que la de las mujeres ni que se puedan dejar en manos de ellas. Hermanos, apoyemos a las mujeres, compartamos sus cargas y cultivemos nuestra propia autoridad moral complementaria.

Queridas hermanas, confiamos en la fuerza moral que ustedes aportan al mundo, al matrimonio, a la familia y a la Iglesia. Confiamos en las bendiciones que traen de los cielos mediante sus oraciones y su fe. Oramos por su seguridad, bienestar y felicidad y para que su influencia sea constante. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Mostrar referencias

  1.  

    1. 2 Timoteo 1:5.

  2.  

    2. Orson Scott Card, “Neighborliness: Daines Style”, Ensign, abril de 1977, pág. 19.

  3.  

    3. Neal A. Maxwell, “Mujeres de Dios”, Liahona, agosto de 1978, págs. 14–15.

  4.  

    4. Véase Moisés 2:27.

  5.  

    5. Véase Moisés 6:57–60.

  6.  

    6. Moisés 1:39.

  7.  

    7. “Hace un siglo, el erudito en relaciones de apego, Johan Bowlby, descubrió que el vínculo que se establecía por medio de innumerables interacciones afectuosas entre una madre y su hijo es el fundamento crítico para el desarrollo socio-emocional… y la erudita feminista, Sara Ruddick, identificó al ‘atento amor’ de una madre como el meollo de la crianza eficaz. A través del ‘paciente ojo del amor’ las madres llegan a conocer de forma especial a sus hijos— conocimiento que les da una perspectiva única en cuanto a cuáles son las ‘mejores prácticas’ para educar a cada hijo (Jenet Jacob Erickson, “Love, Not Perfection, Root of Good Mothering,” Deseret News, 12 de mayo de 2013, G3).

  8.  

    8. Es cierto que durante muchas generaciones las mujeres han sido objeto de explotación y se les han impuesto cargas injustas tanto en la familia como en su empleo; pero la abnegación y el sacrificio no deben ni tienen por qué ser abusivos ni explotadores. El élder Bruce C. Hafen observó: “Si el ser ‘abnegada’ significa que la mujer deba abdicar a su propia identidad innata y crecimiento personal, ese entendimiento de la abnegación es incorrecto… No obstante, el modelo liberal de la actualidad se va demasiado hacia el otro lado, haciendo un estereotipo general de las mujeres como excesivamente independientes de sus familias. Un punto de vista más sensible es aquel en el que los maridos y las esposas sean interdependientes los unos de los otros… Los críticos que cambiaron a las madres del plano de la dependencia al de la independencia pasaron por alto la fértil posición intermedia de la interdependencia. Aquellos que cambiaron a las madres del plano de la abnegación al egoísmo pasaron por alto la fértil posición intermedia del servicio escogido por ellas mismas, el cual contribuye al crecimiento personal de la mujer. Debido a estos excesos, los debates en cuanto al valor de la maternidad irónicamente han causado que la sociedad en general descarte no sólo a las madres sino a las mujeres en general” (“Motherhood and the Moral Influence of Women”, [palabras dadas en el Segundo Congreso mundial sobre las Familias, Ginebra, Sesión Plenaria IV, 16 de noviembre de 1999] http://worldcongress.org/wcf2_spkrs/wcf2_hafen.htm).

  9.  

    9. En un editorial del diario Wall Street Journal, una madre hizo la siguiente observación: “Con excepción de algunas mormonas, evangelistas y judías ortodoxas, muchas de nosotras no sabemos cómo enseñar a nuestros propios hijos e hijas a no entregar sus cuerpos tan fácilmente… Sin embargo, en mi propio círculo de amistades, el deseo de que conserven la castidad es muy fuerte. Todas tienen sentimientos de inquietud constante en cuanto a su vida sexual pasada, y ninguna de las mujeres con las que he hablado sobre ese tema ha dicho que hubiera deseado ‘experimentar’ más con respecto al sexo” (Jennifer Moses, “Why Do We Let Them Dress Like That?”, Wall Street Journal, 19 de marzo de 2011, C3).

  10.  

    10. Margaret D. Nadauld, “El regocijo del ser mujer”, Liahona, enero de 2001, pág. 18.

  11.  

    11. Véase Juan 8:29.

  12.  

    12. 1 Pedro 3:15.

  13.  

    13. 2 Timoteo 4:2.

  14.  

    14. Doctrina y Convenios 93:40.

  15.  

    15. Doctrina y Convenios 68:28.