Las ventanas de los cielos

Por el élder David A. Bednar

Del Quórum de los Doce Apóstoles


David A. Bednar
Recibimos bendiciones espirituales y temporales cuando vivimos la ley del diezmo.

Deseo describir dos lecciones importantes que he aprendido acerca de la ley del diezmo. La primera lección se centra en las bendiciones que reciben las personas y las familias cuando obedecen fielmente este mandamiento. La segunda, hace hincapié en la importancia del diezmo para el crecimiento de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en todo el mundo. Ruego que el Espíritu Santo confirme a cada uno de nosotros la veracidad de los principios que analizaré.

Lección Nº 1 — Bendiciones significativas pero sutiles

La madre de la hermana Bednar es una mujer fiel y un ama de casa inspirada. Desde los primeros días de su matrimonio, mantuvo registros de las finanzas de la familia con gran cuidado. Durante décadas ha llevado control de los ingresos y los gastos de la familia usando libros de contabilidad muy sencillos. La información que ha reunido a través de los años es amplia e informativa.

Cuando la hermana Bednar era jovencita, su madre usó los datos de esos libros para enfatizar los principios básicos de la vida providente y la administración prudente del hogar. Un día, mientras repasaban juntas varias categorías de gastos, su madre notó un patrón interesante. Los gastos de las visitas médicas y de los medicamentos de la familia eran mucho menos de lo esperado. Entonces, ella lo acreditó al evangelio de Jesucristo y le explicó a su hija una poderosa verdad: cuando vivimos la ley del diezmo, a menudo recibimos bendiciones significativas pero sutiles que no siempre son lo que esperamos, y que fácilmente se pueden pasar por alto. La familia no había recibido ningún aumento repentino ni obvio en el ingreso familiar; en cambio, un amoroso Padre Celestial les había concedido bendiciones sencillas de maneras que parecían comunes y corrientes. La hermana Bednar siempre ha recordado esa importante lección de su madre acerca de la ayuda que nos llega por medio de las ventanas de los cielos, como lo promete Malaquías en el Antiguo Testamento (véase Malaquías 3:10).

Con frecuencia, al enseñar y testificar acerca de la ley del diezmo, hacemos hincapié en las bendiciones temporales inmediatas, dramáticas y fácilmente reconocibles que recibimos; y con seguridad se reciben esas bendiciones. Sin embargo, algunas de las muchas bendiciones que recibimos al obedecer este mandamiento son significativas, pero sutiles. Esas bendiciones se pueden discernir sólo si estamos espiritualmente atentos y somos perceptivos (véase 1 Corintios 2:14).

La imagen de las “ventanas” de los cielos que usó Malaquías es instructiva. Las ventanas permiten que la luz natural entre en un edificio. Del mismo modo, la perspectiva y la iluminación espiritual se derraman a través de las ventanas de los cielos a nuestra vida cuando honramos la ley del diezmo.

Por ejemplo, una sutil pero significativa bendición que recibimos es el don espiritual de la gratitud que permite que el aprecio por lo que tenemos reprima nuestros deseos de lo que queremos. Una persona agradecida está llena de alegría; una persona desagradecida sufre en la pobreza del descontento sin fin (véase Lucas 12:15).

Quizás necesitemos un empleo adecuado y oremos por ello. Sin embargo, se necesitan los ojos y los oídos de la fe (véase Éter 12:19) para reconocer el don espiritual de mayor discernimiento que nos ayudará a identificar oportunidades de trabajo que otras personas podrían pasar por alto, o la bendición de una mayor resolución personal para buscar un puesto con mayor intensidad y por más tiempo de lo que otras personas serían capaces o estarían dispuestas a hacerlo. Quizás queramos y esperemos una oferta de trabajo, pero tal vez la bendición que recibamos a través de las ventanas celestiales sea una mayor capacidad para actuar y cambiar nuestras circunstancias en lugar de esperar que alguien o algo las cambie.

Tal vez, y con razón, deseemos y trabajemos para recibir un aumento de sueldo a fin de proveer mejor para las necesidades de la vida. Sin embargo, se necesitan los ojos y los oídos de la fe para reconocer en nosotros mismos una mayor capacidad espiritual y temporal (véase Lucas 2:52) para hacer más con menos, una mayor habilidad para establecer prioridades y simplificar, y una mayor capacidad de cuidar las posesiones materiales que ya hemos adquirido. Tal vez queramos y esperemos un cheque más grande, pero puede que la bendición que recibamos a través de las ventanas celestiales sea una mayor capacidad de cambiar nuestras circunstancias en lugar de esperar que alguien o algo las cambie.

Los jóvenes guerreros del Libro de Mormón (véase Alma 53; 56–58) oraron fervientemente para que Dios los fortaleciera y los librara de las manos de sus enemigos. Curiosamente, la respuesta a esas oraciones no produjo más armas ni tropas más numerosas. En su lugar, Dios concedió a esos fieles guerreros la certeza de que Él los libraría, paz a sus almas, y una gran fe y esperanza en Él para su liberación (véase Alma 58:11). Por lo tanto, los hijos de Helamán cobraron ánimo, tuvieron la determinación fija de vencer y avanzaron con todas sus fuerzas contra los lamanitas (véase Alma 58:12–13). En un principio, la seguridad, paz, fe y esperanza parecían no ser las bendiciones que los guerreros en la batalla querían, pero esas eran precisamente las bendiciones que esos valientes jóvenes necesitaban para seguir adelante y prevalecer, tanto física como espiritualmente.

A veces, es posible que le pidamos a Dios tener éxito y Él nos dé fortaleza física y mental. Quizás supliquemos por prosperidad y recibamos una perspectiva más amplia y más paciencia; o pidamos ser mejores y se nos bendiga con el don de la gracia. Él puede concedernos convicción y confianza al esforzarnos por alcanzar metas dignas; y cuando suplicamos alivio por las dificultades físicas, mentales y espirituales, quizás Él aumente nuestra resolución y capacidad de recuperación.

Les prometo que, a medida que ustedes y yo observemos y guardemos la ley del diezmo, en verdad se abrirán las ventanas de los cielos y se derramarán bendiciones espirituales y temporales hasta que sobreabunden (véase Malaquías 3:10). También recordaremos la declaración del Señor:

“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová.

“Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8–9).

Les testifico que a medida que estemos espiritualmente atentos y seamos perceptivos, seremos bendecidos con ojos que vean más claramente, oídos que escuchen más consistentemente y corazones que comprendan más plenamente el significado y la sutileza de Sus caminos, Sus pensamientos y Sus bendiciones en nuestra vida.

Lección Nº 2 — La sencillez de la manera del Señor

Antes de mi llamamiento para servir como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, leí muchas veces en Doctrina y Convenios acerca del consejo designado a supervisar y desembolsar fondos sagrados. El Consejo encargado de la Disposición de Diezmos fue establecido por revelación y está compuesto por la Primera Presidencia, el Quórum de los Doce Apóstoles y el Obispado Presidente (véase D. y C. 120). Al prepararme para asistir a mi primera reunión de este consejo, en diciembre de 2004, preveía una extraordinaria oportunidad de aprendizaje.

Todavía recuerdo las cosas que aprendí y sentí en ese consejo. Obtuve un mayor aprecio y respeto por las leyes financieras del Señor en cuanto a las personas, las familias y Su iglesia. El programa financiero básico de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días —tanto para ingresos como para desembolsos— se define en las secciones 119 y 120 de Doctrina y Convenios. Dos declaraciones que se encuentran en estas revelaciones constituyen la base de los asuntos financieros de la Iglesia.

La sección 119 simplemente dice que todos los miembros “pagarán la décima parte de todo su interés anualmente; y esto les será por ley fija perpetuamente… dice el Señor” (versículo 4).

Luego, en cuanto al desembolso autorizado de los diezmos, el Señor dijo: “…[dispondrá] de ellos un consejo integrado por la Primera Presidencia de mi iglesia, por el obispo y su consejo, y por mi sumo consejo, así como por mi propia voz dirigida a ellos, dice el Señor” (D. y C. 120:1). El “obispo y su consejo” y “mi sumo consejo” a los que se hace referencia en esta revelación se conocen hoy como el Obispado Presidente y el Quórum de los Doce Apóstoles, respectivamente. Estos fondos sagrados se utilizan en una Iglesia de rápido crecimiento para bendecir espiritualmente a las personas y a las familias al construir y mantener templos y casas de adoración, apoyar la obra misional, traducir y publicar las Escrituras, fomentar la investigación de Historia Familiar, financiar escuelas y educación religiosa, y lograr muchos otros propósitos de la Iglesia, según lo indiquen los siervos que hayan sido ordenados por el Señor.

Me maravilla la claridad y la brevedad de estas dos revelaciones en comparación con las complicadas pautas financieras y procedimientos administrativos utilizados en muchas organizaciones y gobiernos del mundo. ¿Cómo es posible que los asuntos temporales de una organización tan grande como la Iglesia restaurada de Jesucristo a lo largo de todo el mundo se rija mediante instrucciones tan concisas? Para mí, la respuesta es bastante clara: Ésta es la obra del Señor, Él puede efectuar Su propia obra (véase 2 Nefi 27: 20) y el Salvador inspira y dirige a Sus siervos a medida que ponen en práctica Sus indicaciones y trabajan en Su causa.

En esa primera reunión de consejo quedé impresionado por la sencillez de los principios que guiaron nuestras deliberaciones y decisiones. En las operaciones financieras de la Iglesia, se observan dos principios básicos y fijos. Primero: La Iglesia vive dentro de sus propios medios y no gasta más de lo que recibe. Segundo: Una porción de los ingresos anuales se aparta como reserva para contingencias y necesidades imprevistas. Por décadas, la Iglesia ha enseñado a los miembros el principio de guardar alimentos, combustible y dinero para afrontar emergencias que podrían surgir. La Iglesia, como institución, simplemente sigue los mismos principios que se enseñan repetidamente a los miembros.

A medida que avanzaba la reunión, nació en mí el deseo de que todos los miembros de la Iglesia pudiesen observar la simplicidad, la claridad, el orden, la caridad y el poder de la manera del Señor (véase D. y C. 104:16) para llevar a cabo los asuntos temporales de Su Iglesia. Ya he participado en el Consejo encargado de la Disposición de Diezmos por muchos años. Mi gratitud y reverencia por el modelo del Señor ha crecido cada año, y las lecciones aprendidas han llegado a ser aún más profundas.

Mi corazón se llena de amor y admiración por los fieles y obedientes miembros de esta Iglesia de cada nación, tribu, lengua y pueblo. Al viajar por el mundo, llego a conocer sus esperanzas y sueños, sus diferentes condiciones de vida y circunstancias, y sus dificultades. He asistido a reuniones de la Iglesia con ustedes y visitado algunos de sus hogares. Su fe fortalece la mía; su devoción me hace más devoto; y su bondad y obediencia voluntaria a la ley del diezmo me inspira a ser mejor hombre, esposo, padre y líder de la Iglesia. Los recuerdo y pienso en ustedes cada vez que participo en el Consejo encargado de la Disposición de Diezmos. Gracias por su bondad y fidelidad al honrar sus convenios.

Los líderes de la Iglesia restaurada del Señor sienten la tremenda responsabilidad de cuidar apropiadamente de las ofrendas consagradas de los miembros de la Iglesia. Somos muy conscientes de la naturaleza sagrada de la ofrenda de la viuda.

“Y estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho.

“Y vino una viuda pobre y echó dos blancas, que son un cuadrante.

“Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado al arca,

“porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento” (Marcos 12:41–44).

Sé por experiencia personal que el Consejo encargado de la Disposición de Diezmos tiene mucho cuidado al administrar la ofrenda de la viuda. Expreso agradecimiento al presidente Thomas S. Monson y a sus consejeros por su liderazgo eficaz en el cumplimiento de esta mayordomía sagrada; y reconozco la voz (véase D. y C. 120:1) y la mano del Señor que sostienen a Sus siervos ordenados al cumplir con el deber de representarlo.

Una invitación y un testimonio

El pago íntegro del diezmo es mucho más que un deber; es un paso importante en el proceso de santificación personal. A quienes pagan el diezmo, los felicito.

A aquellos que actualmente no obedecen la ley del diezmo, los invito a meditar sobre sus caminos y a arrepentirse. Les testifico que al obedecer esta ley del Señor, se abrirán las ventanas de los cielos para ustedes. No demoren el día de su arrepentimiento.

Doy testimonio de que recibimos bendiciones espirituales y temporales cuando vivimos la ley del diezmo. Testifico que esas bendiciones a menudo son significativas pero sutiles. También declaro que la sencillez de la manera del Señor, que es tan evidente en los asuntos temporales de Su Iglesia, proporciona modelos que nos pueden guiar de manera individual y como familia. Ruego que cada uno de nosotros aprenda y se beneficie de estas lecciones importantes; en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.