Ya no sois extranjeros

Por el obispo Gérald Caussé

Primer Consejero del Obispado Presidente


Gérald Caussé
En esta Iglesia no existen extranjeros ni marginados, sólo hay hermanos y hermanas.

En alguna que otra ocasión, la mayoría de nosotros se ha encontrado en una situación nueva en la que se sentía extraño e inseguro. Algo así le sucedió a nuestra familia hace unos cinco años, después de que el presidente Thomas S. Monson me extendiera el llamamiento para servir como Autoridad General de la Iglesia. Ese llamamiento nos obligó a irnos del hermoso lugar del que tanto habíamos disfrutado durante dos décadas. Mi esposa y yo aún recordamos la reacción inmediata de nuestros hijos cuando se enteraron del cambio. Nuestro hijo de 16 años exclamó: “No hay ningún problema; ¡ustedes vayan, yo me quedo!”.

No tardó en decidir acompañarnos y aceptó fielmente esta nueva oportunidad que se presentaba en su vida. Vivir en lugares nuevos durante los últimos años se ha convertido en una experiencia placentera y de aprendizaje para nuestra familia, en especial gracias a la cálida acogida y la bondad de los Santos de los Últimos Días. Al haber vivido en diversos países, hemos llegado a apreciar que la unidad del pueblo de Dios en toda la tierra es algo real y tangible.

Mi llamamiento me ha llevado a viajar por muchos países y me ha concedido el gran privilegio de presidir muchas reuniones. Al observar las diversas congregaciones, a menudo veo a miembros que representan a distintos países, lenguas y culturas. Un aspecto maravilloso de nuestra dispensación del Evangelio es que no se limita a un área geográfica, ni a un grupo de naciones; es mundial y universal, y nos prepara para el retorno glorioso del Hijo de Dios al congregar “a sus hijos de las cuatro partes de la tierra”1.

Aunque el número de miembros de la Iglesia aumenta en su diversidad, nuestra herencia sagrada trasciende nuestras diferencias. Por ser miembros de la Iglesia se nos admite en la casa de Israel; nos convertimos en hermanos y hermanas, herederos igualitarios del mismo linaje espiritual. Dios prometió a Abraham que “cuantos reciban este evangelio serán llamados por [su] nombre; y serán considerados [su] descendencia, y se levantarán y [lo] bendecirán como padre de ellos2.

Todo el que llega a ser miembro de la Iglesia recibe una promesa: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos con los santos, y miembros de la familia de Dios”3.

La palabra extranjero procede de la palabra latina extraneus, que significa “exterior” o “de afuera”. Por lo general, designa a alguien que es “forastero” por varias razones, ya sea por su origen, su cultura, sus opiniones o su religión. Como discípulos de Jesucristo que se esfuerzan por estar en el mundo pero no ser del mundo, a veces nos sentimos como forasteros. Nosotros, mejor que muchos otros, sabemos que ciertas puertas pueden llegar a cerrarse para aquellos a los que se considera diferentes.

A lo largo de la historia, el pueblo de Dios ha recibido el mandamiento de cuidar de los extranjeros o de aquellos vistos como diferentes. En la antigüedad, existía la misma obligación de hospitalidad para un extranjero como para una viuda o un huérfano. Al igual que ellos, el extranjero se hallaba en una situación de gran vulnerabilidad, y su supervivencia dependía de la protección que recibiera de la población local. El pueblo de Israel recibió instrucciones precisas a este respecto: “Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que peregrine entre vosotros; y lo amarás como a ti mismo, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto”4.

Durante Su ministerio terrenal, Jesús fue un ejemplo de alguien que fue más allá de la simple obligación de hospitalidad y tolerancia. Los excluidos sociales, los que eran rechazados y considerados impuros por los que se creían superiores, recibieron Su compasión y respeto; recibieron una parte igual de Sus enseñanzas y Su ministerio.

Por ejemplo, el Salvador rompió con las costumbres de Su época al dirigirse a una mujer samaritana y pedirle un poco de agua; se sentó a comer con publicanos y recaudadores de impuestos; no vaciló en acercarse al leproso, tocarlo y sanarlo. Admirado por la fe del centurión romano, dijo a la multitud: “De cierto os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe”5.

Jesús nos ha pedido que observemos la ley del amor perfecto, el cual es un don universal e incondicional, y dijo:

“Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?

“Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?

“Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”6.

En esta Iglesia no hay extranjeros ni marginados, sólo hay hermanos y hermanas. El conocimiento que tenemos de un Padre Eterno nos ayuda a ser más sensibles a la hermandad que debiera existir entre todos los hombres y mujeres de la tierra.

Un pasaje de la novela Los miserables ilustra la manera en que los poseedores del sacerdocio pueden tratar a las personas consideradas extranjeras. Jean Valjean acaba de salir de la prisión. Cansado por un largo viaje y muerto de hambre y de sed, llega a un pueblo pequeño en busca de un sitio donde comer y pasar la noche. En cuanto se corre la noticia de su llegada, todos los lugareños le cierran la puerta. No es bienvenido en el hotel ni en el mesón, ni siquiera en la cárcel. Es rechazado, expulsado y desterrado. Finalmente, sin fuerzas, se desmaya ante la puerta del obispo de la ciudad.

El buen clérigo está completamente al tanto de los antecedentes de Valjean, pero invita al vagabundo a pasar a su casa con estas palabras caritativas:

“‘Ésta no es mi casa; es la casa de Jesucristo. Esta puerta no demanda que el que entre tenga un nombre, sino dolor. Tú sufres, tienes hambre y sed; sé, pues, bienvenido… ¿Qué necesidad tengo de saber tu nombre? Además, antes de que me [lo] digas, sé que tuviste otro nombre’.

“[Valjean] abrió los ojos atónito.

“‘¿De verdad? ¿Sabe cómo me llamaban?’

“‘Sí’, le responde el obispo, ‘te llamas mi hermano’”7.

En esta Iglesia, nuestros barrios y quórumes no nos pertenecen; son de Jesucristo. Cualquiera que venga a nuestras reuniones debe sentirse como en casa. La responsabilidad de darle la bienvenida a todos tiene cada vez más importancia. El mundo en el que vivimos pasa por una época de gran convulsión. Gracias a la mayor disponibilidad de transporte, la velocidad de las comunicaciones y la globalización de las economías, la tierra se está convirtiendo en una gran aldea donde pueblos y naciones coinciden, se conectan y se interrelacionan como nunca.

Estos vastos cambios mundiales sirven a los propósitos de Dios. El recogimiento de Sus escogidos de los cuatro extremos de la tierra no sólo tiene lugar cuando enviamos a los misioneros a países lejanos, sino también con la llegada de gente de otras partes a nuestras ciudades y vecindarios. Muchos, sin saberlo, están siendo guiados por el Señor a lugares donde pueden recibir el Evangelio y formar parte de Su rebaño.

Es muy probable que el próximo converso al Evangelio en su barrio sea alguien que no proceda del círculo habitual de amigos y conocidos, lo cual podrán apreciar por su apariencia, idioma, manera de vestir o color de piel. Dicha persona puede haberse criado en otra religión, con un pasado o un estilo de vida diferentes.

Hermanar es una responsabilidad importante del sacerdocio. Los quórumes del Sacerdocio Aarónico y del Sacerdocio de Melquisedec deben cooperar con las hermanas, bajo la dirección del obispo, para asegurarse de que toda persona sea recibida con amor y bondad. Los maestros orientadores y las maestras visitantes velarán para asegurarse de que nadie se sienta olvidado ni ignorado.

Todos tenemos que trabajar juntos para edificar la unidad espiritual en nuestros barrios y ramas. Un ejemplo de unidad perfecta existió entre el pueblo de Dios tras la visita de Cristo a las Américas. Los anales indican que no había “lamanitas, ni ninguna especie de -itas, sino que eran uno, hijos de Cristo y herederos del reino de Dios”8.

La unidad no se alcanza ignorando y aislando a miembros que parecen diferentes o débiles, y relacionándose únicamente con personas como nosotros. Al contrario, la unidad se logra acogiendo y sirviendo a los que son nuevos y tienen necesidades particulares. Estos miembros son una bendición para la Iglesia y nos brindan oportunidades de servir al prójimo y así purificar nuestro corazón.

De modo que, hermanos míos, es su deber llegar hasta cualquiera que se presente ante las puertas de sus centros de reuniones. Denles la bienvenida con gratitud y sin prejuicio. Si llegan a sus reuniones personas a las que no conocen, salúdenlas con calidez e invítenlas a sentarse con ustedes. Por favor, den el primer paso para ayudarlas a sentirse bienvenidas y amadas en vez de aguardar a que sean ellas las que acudan a ustedes.

Después de la bienvenida inicial, piensen en cómo pueden seguir ministrándoles. Una vez oí de un barrio que, después del bautismo de dos hermanas sordas, otras dos hermanas maravillosas de la Sociedad de Socorro decidieron aprender el lenguaje de señas a fin de comunicarse mejor con las nuevas conversas. ¡Qué ejemplo tan maravilloso de amor por sus hermanos y hermanas en el Evangelio!

Testifico que nadie es extranjero para nuestro Padre Celestial. No hay nadie cuya alma no sea valiosa para Él. Junto con Pedro, testifico que “Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace lo justo”9.

Ruego que cuando el Señor reúna a Sus ovejas en el último día, pueda decirnos a cada uno de nosotros: “Fui forastero, y me recogisteis”.

Entonces nosotros le preguntaremos: “¿Cuándo te vimos forastero y te recogimos?”.

Y Él nos responderá: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”10.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. 1 Nefi 22:25.

  2.  

    2. Abraham 2:10; cursiva agregada.

  3.  

    3. Efesios 2:19.

  4.  

    4. Levítico 19:34.

  5.  

    5. Mateo 8:10; veánse también Mateo 8:2–3; Marcos 1:40–42; 2:15; Juan 4:7–9.

  6.  

    6. Mateo 5:46–48.

  7.  

    7. Véase Víctor Hugo, Les misérables, trad. Isabel F. Hapgood, 5 tomos. 1887, tomo 1, pág. 73.

  8.  

    8. 4 Nefi 1:17.

  9.  

    9. Hechos 10:34–35.

  10.  

    10. Mateo 25:35, 38, 40.