Henry B. Eyring
El sendero que debemos tomar en nuestro viaje de regreso a nuestro Padre Celestial… está marcado por convenios sagrados que hacemos con Dios.

Esta noche se nos ha enseñado con poder espiritual; ruego que las palabras expresadas por estas grandes hermanas líderes penetren su corazón como han penetrado el mío.

Ésta es una reunión histórica; se ha invitado a todas las mujeres de la Iglesia, de ocho años en adelante, a que se reúnan con nosotros esta noche. Muchos hemos orado para que el Espíritu Santo estuviese con nosotros y se nos concedió esa bendición al escuchar a estas hermanas hablar y al oír la música inspiradora. Ruego que el Espíritu siga acompañándonos mientras expreso algunas palabras de aliento y testimonio como complemento a lo que ya se ha dicho, y particularmente para testificar que lo que se ha dicho aquí es lo que el Señor quería que escuchemos.

Hablaré esta noche sobre el sendero —descrito de formas tan hermosas hoy— que debemos tomar en nuestro viaje de regreso a nuestro Padre Celestial. Ese sendero está marcado por convenios sagrados que hacemos con Dios. Hablaré con ustedes sobre el gozo de hacer y de cumplir esos convenios, y de ayudar a otros a cumplirlos.

Algunas de ustedes se bautizaron recientemente y recibieron el don del Espíritu Santo por la imposición de manos; ese recuerdo aún está vivo en ustedes. Otras se bautizaron hace mucho tiempo, de modo que el recuerdo de lo que sintieron al realizar esos convenios puede ser menos claro; pero algunos de esos sentimientos regresan siempre que escuchan las oraciones de la Santa Cena.

No hay dos personas entre nosotros que tendrán los mismos recuerdos en cuanto a ese día en que hicimos el convenio bautismal y recibimos el don del Espíritu Santo; pero todos sentimos la aprobación de Dios y sentimos el deseo de perdonar y ser perdonados, así como una mayor determinación de hacer lo correcto.

La intensidad con la que llegaron esos sentimientos a su corazón estuvo determinada, en gran parte, por la forma en que personas amorosas las prepararon. Espero que aquellas de ustedes que se bautizaron hace poco tengan la bendición de estar sentadas junto a su madre; si es así, tal vez puedan agradecerle con una sonrisa, ahora mismo. Recuerdo el sentimiento de alegría y gratitud que tenía sentado en el auto detrás de mi madre cuando volvíamos a casa de mi bautismo en Filadelfia, Pensilvania.

Fue mi madre la que me preparó con esmero para realizar ese convenio y todos los que seguirían; ella había sido fiel a este mandato del Señor:

“Y además, si hay padres que tengan hijos en Sión o en cualquiera de sus estacas organizadas, y no les enseñen a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, al llegar a la edad de ocho años, el pecado será sobre la cabeza de los padres.

“Porque ésta será una ley para los habitantes de Sión, o en cualquiera de sus estacas que se hayan organizado.

“Y sus hijos serán bautizados para la remisión de sus pecados cuando tengan ocho años de edad, y recibirán [el Espíritu Santo por] la imposición de manos”1.

Mi madre había hecho su parte; había preparado a sus hijos con palabras muy semejantes a las de Alma, según se registran en el Libro de Mormón:

“Y aconteció que les dijo: He aquí las aguas de Mormón (porque así se llamaban); y ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras;

“sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que estuvieseis, aun hasta la muerte, para que seáis redimidos por Dios, y seáis contados con los de la primera resurrección, para que tengáis vida eterna;

“os digo ahora, si éste es el deseo de vuestros corazones, ¿qué os impide ser bautizados en el nombre del Señor, como testimonio ante él de que habéis concertado un convenio con él de que lo serviréis y guardaréis sus mandamientos, para que él derrame su Espíritu más abundantemente sobre vosotros?

“Y ahora bien, cuando los del pueblo hubieron oído estas palabras, batieron sus manos de gozo y exclamaron: Ése es el deseo de nuestros corazones”2.

Tal vez no hayan aplaudido cuando escucharon por primera vez la invitación de hacer el convenio del bautismo, pero seguramente sintieron el amor del Salvador y una mayor determinación de nutrir a los demás en Su nombre. Puedo decir “seguramente”, porque esos sentimientos están profundamente arraigados en todos los corazones de las hijas del Padre Celestial; ése es parte del divino legado que Él les ha otorgado.

Él mismo las instruyó antes de venir a la tierra; las ayudó a comprender y aceptar que tendrían dificultades, pruebas y oportunidades perfectamente escogidas sólo para ustedes. Se enteraron de que nuestro Padre tenía un plan de felicidad para ayudarlas a superar esas pruebas de forma segura, y de que ustedes ayudarían a otras personas a superar las suyas. Ese plan está marcado por convenios hechos con Dios.

Tenemos la libertad de escoger si cumpliremos con esos convenios o no. Sólo pocas de Sus hijas tienen la oportunidad en la vida de siquiera saber acerca de esos convenios. Ustedes son algunas de las pocas favorecidas; ustedes, queridas hermanas, cada una de ustedes, es una hija en el convenio.

El Padre Celestial les enseñó, antes de que nacieran, sobre las experiencias que tendrían cuando lo dejaran y vinieran a la tierra. Se les enseñó que el camino de regreso a Él no sería fácil. Él sabía que sería demasiado difícil realizar el viaje sin ayuda.

Ustedes tienen la bendición de no sólo haber encontrado la manera de hacer esos convenios en esta vida, sino también de estar rodeadas por otras personas que las ayudarán; personas que como ustedes, son hijas del convenio de nuestro Padre Celestial.

Esta noche, todas han sentido la bendición de estar en compañía de hijas de Dios que también se encuentran bajo convenio de ayudarlas y dirigirlas, como han prometido hacerlo. He visto lo mismo que ustedes han visto cuando las hermanas del convenio cumplen con ese compromiso de dar consuelo y ayuda, y lo hacen con una sonrisa.

Recuerdo la sonrisa de la hermana Ruby Haight. Era la esposa del élder David B. Haight, quien era miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. Cuando era joven, él sirvió como presidente de la Estaca Palo Alto, California. Oraba y se preocupaba por las jóvenes de la clase de Damitas de su barrio.

El presidente Haight sintió la inspiración de pedirle al obispo que llamara a Ruby Haight para que fuera la maestra de esas jovencitas. Él sabía que ella sería una testigo de Dios que elevaría, daría consuelo y amaría a las jóvenes de esa clase.

La hermana Haight era por lo menos 30 años mayor que las jóvenes a las que enseñaba; sin embargo, cuarenta años después de haberles enseñado, cada vez que veía a mi esposa, que había sido una de las jóvenes de esa clase, le extendía la mano, le sonreía y le decía a Kathy: “¡Mi Damita!”. Yo veía más que su sonrisa; sentía su profundo amor por una hermana a la que todavía apreciaba como si fuera su propia hija. Su sonrisa y cálido saludo surgía de ver que una hermana e hija de Dios todavía se encontraba en el sendero del convenio de regreso al hogar.

Asimismo, el Padre Celestial les sonríe a ustedes cuando ve que ayudan a una de Sus hijas a seguir adelante en el sendero del convenio hacia la vida eterna; y se complace cada vez que ustedes procuran escoger lo correcto. Él ve, no sólo lo que son, sino también lo que pueden llegar a ser.

Tal vez hayan tenido un progenitor aquí en la tierra que pensaba que podían ser mejores de lo que ustedes mismas pensaban que podían ser; mi madre era así.

Lo que yo no sabía cuando era joven es que mi Padre Celestial, el Padre Celestial de ustedes, ve más potencial en Sus hijos de lo que nosotros, o incluso nuestras madres terrenales, vemos en nosotros mismos; y siempre que avanzan en ese camino hacia su potencial, Él se siente feliz; y ustedes sienten Su aprobación.

Él ve ese glorioso potencial en todas Sus hijas, dondequiera que estén. Eso coloca una gran responsabilidad sobre sus hombros; Él espera que traten a toda persona que conozcan como hijo de Dios. Ésa es la razón por la cual nos manda amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos y a perdonarlo. Los sentimientos de ustedes de bondad y de perdón hacia los demás son un legado divino que proviene de Él, en calidad de Sus hijas. Cada persona que conocen es hijo amado de Él, procreado en espíritu.

Al pensar en esa gran hermandad, lo que pensábamos que nos separaba, desaparece. Por ejemplo, las hermanas mayores y las jóvenes comparten sus sentimientos con la expectativa de ser comprendidas y aceptadas. Como hijas de Dios, son más parecidas que diferentes.

Con esa visión, las mujeres jóvenes deberían ver el pasar a ser parte de la Sociedad de Socorro como una oportunidad para ampliar el círculo de hermanas a las que llegarán a conocer, admirar y amar.

Esa misma capacidad de ver lo que podemos ser está aumentando en las familias y en la Primaria. Sucede en las noches de hogar y los programas de la Primaria. Los niños pequeños reciben inspiración para decir cosas grandes y maravillosas, como lo hicieron cuando el Salvador soltó sus lenguas y les enseñó después de Su resurrección3.

Aun cuando Satanás esté atacando a las hermanas a una edad más temprana, el Señor está elevando a las hermanas a niveles de espiritualidad cada vez más altos. Por ejemplo, las mujeres jóvenes están enseñando a sus madres a usar FamilySearch para hallar los nombres de sus antepasados y salvarlos. Algunas jovencitas que conozco escogen ir temprano por la mañana a realizar bautismos por los muertos en el templo sin más incentivo que el espíritu de Elías.

En las misiones por todo el mundo se está llamando a las hermanas a servir como líderes. El Señor creó la necesidad de su servicio al tocar el corazón de más hermanas para que prestaran servicio. Unos cuantos presidentes de misión han visto a las hermanas misioneras llegar a ser más poderosas como proselitistas y, particularmente, como líderes que edifican.

Ya sea que sirvan o no como misioneras de tiempo completo, pueden seguir el ejemplo de grandes mujeres a fin de adquirir esa misma habilidad para enriquecer su matrimonio y la capacidad de criar hijos honrados.

Piensen en Eva, la madre de todos los vivientes. El élder Russell M. Nelson dijo de Eva: “Nosotros, lo mismo que todo el género humano, hemos sido bendecidos por siempre gracias al gran valor y a la sabiduría de Eva. Al ser la primera en comer del fruto, ella hizo lo que debía hacerse; y Adán fue prudente, e hizo lo mismo”4.

Toda hija de Eva tiene el potencial de proporcionar a su familia la misma bendición que Eva dio a la suya. Ella fue tan importante en el establecimiento de las familias que tenemos esta narración en cuanto a su creación: “Hagamos una ayuda idónea al hombre, por cuanto no es bueno que el hombre esté solo; por consiguiente, formaremos para él una ayuda idónea”5.

No sabemos toda la ayuda que Eva fue para Adán y su familia; pero sí sabemos de un gran don que ella les dio y que cada una de ustedes también puede dar: ayudó a su familia a divisar el sendero al hogar cuando el camino por delante parecía difícil. “Y Eva, su esposa, oyó todas estas cosas y se regocijó, diciendo: De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes”6.

Ustedes tienen el ejemplo de ella para seguir.

Mediante la revelación, Eva reconoció el camino a casa para regresar a Dios. Sabía que la expiación de Jesucristo hacía posible la vida eterna en familia. Estaba segura, como pueden estarlo ustedes, que al guardar sus convenios con el Padre Celestial, el Redentor y el Espíritu Santo la ayudarían a ella y a su familia a sobrellevar cualquier pena o decepción que afrontaran; sabía que podía confiar en Ellos.

“Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.

“Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas”7.

Sé que Eva enfrentó penas y decepciones, pero también sé que se regocijó en el conocimiento de que ella y su familia podían regresar a vivir con Dios. Sé que muchas de ustedes que están aquí hoy tienen que afrontar penas y decepciones. Les dejo mi bendición de que, como Eva, puedan sentir el mismo gozo que ella sintió en su camino de regreso a casa.

Tengo un testimonio seguro de que Dios el Padre vela por ustedes con amor; ama a cada una de ustedes; ustedes son Sus hijas en el convenio. Debido a que las ama, proporcionará la ayuda que necesiten para desplazarse ustedes mismas y a las demás hacia arriba en el sendero de regreso a Su presencia.

Sé que el Salvador pagó el precio por todos nuestros pecados y que el Espíritu Santo testifica de la verdad. Ustedes han sentido esa calma en esta reunión. Tengo un testimonio de que todas las llaves que vinculan los convenios sagrados se han restaurado; nuestro profeta viviente, el presidente Thomas S. Monson, las posee y las ejercita. Les dejo estas palabras de consuelo y esperanza a ustedes, Sus amadas hijas del convenio; en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1.  Doctrina y Convenios 68:25–27.

  2.  

    2.  Mosíah 18:8–11.

  3.  

    3. Véase 3 Nefi 26:14.

  4.  

    4. Véase Russell M. Nelson, “La constancia en medio del cambio”, Liahona, enero de 1994, pág. 37.

  5.  

    5.  Abraham 5:14.

  6.  

    6.  Moisés 5:11.

  7.  

    7.  Proverbios 3:5–6.