Claudio D. Zivic
Oro para que no perdamos el rumbo, para que siempre estemos conectados con los cielos.

Un niño estaba tocando el piano, y un vendedor, al verlo a través de la ventana, le preguntó: “¿Está tu mamá?”.

A lo que el niño respondió: “Y…¿a usted qué le parece?”.

Nuestros cinco queridos hijos tocan el piano gracias a la motivación de mi esposa. Cuando la profesora llegaba a casa, nuestro hijo Adrián corría a esconderse para no tener la clase. Pero un día, ¡algo maravilloso ocurrió!: comenzó a amar la música de tal manera que siguió practicando por su cuenta.

Si en el proceso de nuestra conversión pudiésemos llegar a ese punto, sería maravilloso. Sería extraordinario vivir los mandamientos sin que nadie nos tenga que recordar constantemente que lo hagamos; y hacerlo de corazón, con una firme convicción de que, si seguimos el camino correcto, tendremos las recompensas prometidas en las Escrituras.

Hace varios años, junto con mi esposa, nuestra hija Evelin y una amiga de la familia, fuimos al Parque Nacional de los Arcos (en el Estado de Utah, EE. UU). Uno de los arcos más famosos de ese lugar es el llamado Arco Delicado. Decidimos caminar alrededor de dos km, subiendo la montaña, para llegar allí.

Emprendimos el camino con mucho entusiasmo, pero luego de un corto tramo ellas necesitaron descansar. Ante mis deseos de llegar, decidí continuar solo. Sin prestar atención al camino que debía tomar, seguí a un hombre que iba delante de mí, el cual, a mi parecer, avanzaba con mucha seguridad. El camino se hacía cada vez más difícil; era necesario saltar de una roca a otra. Por lo peligroso del camino, estaba seguro que ellas nunca podrían llegar. De repente, vi el Arco Delicado, pero grande fue mi sorpresa cuando observé que se encontraba en un lugar inaccesible para mí.

Con mucha frustración decidí regresar. Impacientemente esperé hasta que nos encontramos nuevamente. Mi pregunta inmediata fue: “¿Llegaron hasta el Arco Delicado?”. Ellas muy alegremente me dijeron que sí. Me explicaron que habían seguido las señales que indicaban el camino y que, con cuidado y esfuerzo, llegaron a su destino.

Lamentablemente yo había tomado el camino equivocado. ¡Qué gran lección aprendí ese día!

¿Cuán a menudo confundimos el camino correcto, dejándonos llevar por las tendencias del mundo? Continuamente debemos preguntarnos si estamos siendo hacedores de las palabras de Jesucristo y de Sus líderes.

En el libro de Juan, se encuentra una maravillosa enseñanza:

Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.

“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto, porque sin nada podéis hacer” (Juan 15:4–5).

Con esta analogía, podemos apreciar la relación tan estrecha y de trascendencia que existe entre Jesucristo y nosotros, y la importancia que nos da a cada uno. Él es la raíz y el tronco que conducen hasta nosotros el agua de vida, la savia que permitirá alimentarnos para que podamos producir mucho fruto. Jesucristo nos instruyó para que como pámpanos, como dependientes de Él, nunca subestimásemos el valor de Sus enseñanzas.

Existen errores que pueden ser graves, que si no los corregimos a tiempo, nos pueden desviar definitivamente del camino correcto. Si nos arrepentimos y aceptamos las correcciones, esas experiencias nos permitirán humillarnos, cambiar nuestra forma de actuar y acercarnos nuevamente a nuestro Padre Celestial.

Deseo ejemplificar este concepto, refiriéndome a uno de los momentos más dramáticos vividos por el Profeta José Smith. Por medio de esa experiencia, el Salvador nos ha dejado enseñanzas invalorables referidas a principios que debemos tener presentes en nuestra vida. Ocurrió cuando Martín Harris perdió las 116 páginas traducidas de la primera parte del Libro de Mormón.

Luego de arrepentirse por no seguir los consejos de Dios, el Profeta recibió la revelación que se encuentra en la sección 3 de Doctrina y Convenios (véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 73- 76). De lo escrito en los versículos 1 al 10, deseo recalcar tres principios que siempre debemos recordar:

  1. 1.

    Las obras y los propósitos de Dios no se pueden frustrar.

  2. 2.

    No debemos temer al hombre más que a Dios.

  3. 3.

    La necesidad del arrepentimiento constante.

En el versículo 13, el Señor nos enseña cuatro acciones que nunca debemos hacer:

  1. 1.

    Despreciar los consejos de Dios.

  2. 2.

    Quebrantar las más santas promesas hechas ante Dios.

  3. 3.

    Confiar en nuestro propio juicio.

  4. 4.

    Jactarnos de nuestra propia sabiduría.

Oro para que no perdamos el rumbo, para que siempre estemos conectados con los cielos; para que la corriente del mundo no nos arrastre.

Si hay alguien entre ustedes que llegue a abandonar el camino del Señor, en algún lugar de ese camino, con gran remordimiento, sentirán la amargura por haber despreciado los consejos de Dios, por haber quebrantado las más santas promesas hechas ante Dios, o por haber confiado en su propio juicio o haberse jactado de su propia sabiduría.

Si ese fuese el caso, los exhorto a que se arrepientan y regresen al camino correcto.

En cierta ocasión, un nieto llamó a su abuelo para desearle feliz cumpleaños. Le preguntó qué edad tenía. El abuelo dijo que había cumplido 70 años. Su nieto se quedó pensativo por un momento y entonces le preguntó: “¿Abuelo, tú comenzaste desde el 1?”.

Durante la niñez y la juventud se piensa que jamás se llegará a viejo; nunca se plantea el tema de la muerte. Eso es para la gente muy, muy vieja; para llegar a ella falta una eternidad. Después, los meses y las estaciones transcurren, hasta que comienzan a aparecer las arrugas, la falta de energía, la necesidad de visitas más frecuentes al médico, etc.

Llegará el día en que nos encontraremos nuevamente con nuestro Redentor y Salvador Jesucristo. Ruego que en esa sagrada y sublime ocasión lo podamos reconocer gracias al conocimiento que tenemos de Él, y por haber seguido Sus enseñanzas. Nos mostrará las marcas en Sus manos y Sus pies, y nos abrazaremos interminablemente, llorando de alegría por haber seguido Su camino.

Testifico a los cuatro cabos de la tierra que Jesucristo vive. Él nos exhortó: “¡Escuchad, oh naciones de la tierra, y oíd las palabras del Dios que os hizo! (D. y C. 43: 23). Que podamos tener la capacidad de captar, atender, comprender e interpretar correctamente el mensaje del “Dios que [nos] hizo” para no desviarnos de Su camino, lo ruego; en el nombre de Jesucristo. Amén.