Manual 2:
Administración de la Iglesia

 

1.4 El hogar y la Iglesia

En las enseñanzas y prácticas del Evangelio restaurado, la familia y la Iglesia se ayudan y se fortalecen mutuamente. A fin de merecer las bendiciones de la vida eterna, es necesario que las familias aprendan las doctrinas y reciban las ordenanzas del sacerdocio que están disponibles únicamente por medio de la Iglesia. Para ser una organización fuerte y vital, la Iglesia necesita familias rectas.

Dios ha revelado un modelo de progreso espiritual para las personas y las familias mediante ordenanzas, enseñanzas, programas y actividades que se centran en el hogar y cuentan con el apoyo de la Iglesia. Las organizaciones y los programas de la Iglesia existen para bendecir a las personas y a las familias, y no son un fin en sí mismos. Los líderes y los maestros del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares tratan de ayudar a los padres, no de sustituirlos ni reemplazarlos.

Los líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares deben poner todo su empeño en fortalecer el carácter sagrado del hogar, asegurándose de que todas las actividades de la Iglesia den apoyo a las personas y a las familias. Los líderes de la Iglesia deben tener cuidado de no abrumar a las familias con demasiadas responsabilidades en la Iglesia. Los padres y los líderes de la Iglesia trabajan juntos para ayudar a las personas y a las familias a regresar a nuestro Padre Celestial al seguir a Jesucristo.

 1.4.1

Fortalecer el hogar

Se invita a los seguidores de Cristo a “congregarse”, a “estar en lugares santos” y a “no ser movidos” (véase D. y C. 45:32; 87:8; 101:22; también 2 Crónicas 35:5; Mateo 24:15). Estos lugares santos incluyen los templos, los hogares y las capillas. La presencia del Espíritu y la conducta de los que habitan en estas estructuras físicas son lo que los convierte en “lugares santos”.

Dondequiera que vivan los miembros de la Iglesia, deben establecer un hogar en el que esté presente el Espíritu. Todos los miembros de la Iglesia pueden esforzarse por asegurarse de que su lugar de residencia proporcione un santuario donde resguardarse del mundo. Cada hogar en la Iglesia, sea grande o pequeño, puede ser “una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios” (D. y C. 88:119). Los miembros de la Iglesia pueden invitar al Espíritu a sus hogares mediante actos sencillos como las actividades recreativas edificantes, la buena música o las obras de arte inspiradoras (por ejemplo: un cuadro del Salvador o de un templo).

Un hogar con padres amorosos y leales es el ambiente que mejor satisface las necesidades espirituales y físicas de los hijos. Un hogar centrado en Cristo ofrece a los adultos y a los niños un lugar de defensa contra el pecado, un refugio del mundo, alivio del dolor emocional o de otra índole, así como un amor abnegado y genuino.

Siempre se ha mandado a los padres criar a sus hijos “en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4; Enós 1:1) y “en la luz y la verdad” (D. y C. 93:40). La Primera Presidencia declaró:

“Hacemos un llamado a los padres para que dediquen sus mejores esfuerzos a la enseñanza y crianza de sus hijos con respecto a los principios del Evangelio, lo que los mantendrá cerca de la Iglesia. El hogar es el fundamento de una vida recta y ningún otro medio puede ocupar su lugar ni cumplir sus funciones esenciales en el cumplimiento de las responsabilidades que Dios les ha dado.

“Aconsejamos a los padres y a los hijos dar una prioridad predominante a la oración familiar, a la noche de hogar para la familia, al estudio y a la instrucción del Evangelio, y a las actividades familiares sanas. Sin importar cuán apropiadas puedan ser otras exigencias o actividades, no se les debe permitir que desplacen los deberes divinamente asignados que sólo los padres y las familias pueden llevar a cabo en forma adecuada” (carta de la Primera Presidencia, 11 de febrero de 1999).

Los padres tienen la responsabilidad primordial de ayudar a sus hijos a conocer a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo Jesucristo ( Juan 17:3). Se ha mandado a los padres y a las madres Santos de los Últimos Días enseñar a sus hijos las doctrinas, las ordenanzas y los convenios del Evangelio, así como a vivir en rectitud ( D. y C. 68:25–28). Los hijos a quienes se cría y se educa de esa manera estarán más preparados a la edad adecuada para recibir las ordenanzas del sacerdocio, hacer convenios con Dios y cumplirlos.

El fortalecimiento de las familias es el objetivo de programas inspirados de la Iglesia tales como la orientación familiar ( D. y C. 20:47, 51), las maestras visitantes o la noche de hogar para la familia. Como en todas las cosas, Jesús dio el ejemplo al ir a los hogares a ministrar, enseñar y bendecir ( Mateo 8:14–15; 9:10–13; 26:6; Marcos 5:35–43; Lucas 10:38–42; 19:1–9).

 1.4.2

Noche de hogar para la familia

Los profetas de los últimos días han aconsejado a los padres efectuar una noche de hogar para la familia cada semana a fin de enseñar el Evangelio a sus hijos, dar testimonio de su veracidad y fortalecer la unidad familiar. Los líderes de estaca y de barrio deben conservar los lunes por la noche libres de toda reunión y actividad de la Iglesia a fin de que se puedan realizar las noches de hogar para la familia.

La noche de hogar para la familia puede incluir la oración familiar, instrucción del Evangelio, compartir testimonios, himnos y canciones de la Primaria, y actividades recreativas edificantes. (Para información sobre cómo utilizar la música en el hogar, véase 14.8.) Como parte de la noche de hogar para la familia, o por separado, los padres también pueden realizar de manera periódica un consejo familiar para fijar metas, resolver problemas, coordinar horarios y dar apoyo y fortaleza a los miembros de la familia.

La noche de hogar es un tiempo familiar sagrado y privado bajo la dirección de los padres. Los líderes del sacerdocio no deben dar indicaciones acerca de lo que las familias deben hacer durante ese tiempo.

 1.4.3

Fortalecer a las personas

Los líderes de la Iglesia deben prestar especial atención a las personas que por el momento no disfrutan del apoyo de una familia con miembros fuertes de la Iglesia. Tales personas podrían ser niños o jóvenes cuyos padres no son miembros de la Iglesia, personas con familias en las que no todos pertenecen a la Iglesia, o adultos solteros de cualquier edad. Ellos son miembros de la familia eterna de Dios por convenio, a quienes Él ama profundamente. A esas personas se les deben conceder oportunidades de prestar servicio en la Iglesia. La Iglesia puede proporcionar una sociabilidad y un hermanamiento edificantes que esos miembros no encontrarán en ningún otro lugar.

Cada miembro de la Iglesia es tan valioso como los demás. El plan eterno de Dios dispone que todos Sus hijos fieles reciban toda bendición de la vida eterna, exaltados para siempre como familias.