La Condición Especial De Los Niños


“Nuestro Padre Celestial desea que todos los niños tengan el amor, la protección y la guía del padre y de la madre.”

En esta época en la que uno de “… los problemas mas grandes de nuestra sociedad es el abandono de los niños debido a la falta de responsabilidad paternal” (Richard Lloyd Anderson, Understanding Paul, Deseret Book Company, 1983, pág. 354), la Primera Presidencia ha pedido que “hagamos nuevamente hincapié en la importancia de que todos los miembros adultos de la Iglesia se dediquen a nuestros niños en un esfuerzo constante por ayudarles a aprender a seguir las enseñanzas del Salvador”. También nos ha pedido que cada uno de nosotros “vuelva a tomar la determinación de nutrirlos y de bendecirlos, tanto temporal como espiritualmente” (Carta de la Primera Presidencia, 12 de agosto de 1993).

Me parece importante que repasemos algunas de las doctrinas que contienen las Escrituras en cuanto a la condición especial de los niños. En esos pasajes encontramos una guía para los que enfrentan la tarea de criar a sus niños y un consuelo para los que hemos perdido a un hijito.

Nuestro Padre Celestial desea que todos los niños tengan el amor, la protección y la guía del padre y de la madre. Así se estableció con nuestros primeros padres, Adán y Eva. José, el descendiente de David, accedió a ser el padre adoptivo de Jesús, el hijo de Dios, cuando aceptó a María como esposa, después que lo visitó el ángel Gabriel. En Nazaret, todos lo consideraban el padre de Jesús (Mateo 13:55).

El Niño Jesús creció en una casa modesta, donde José se ganaba la vida como carpintero, y allí también El aprendió ese oficio (véase Marcos 6:3). La familia era grande; María y José tuvieron otros cuatro hijos y por lo menos dos hijas, los cuales eran conocidos como los hermanos de Jesús (véase Mateo 13:55-56; Marcos 6:3). José y María dieron un buen ejemplo a su numerosa familia dentro del hogar, por lo que Lucas dijo que [“Jesús”] crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios [estaba] sobre el” (Lucas 2:40).

El Señor da a los niños protección y comparte con los padres la responsabilidad de criarlos mientras están en la tierra. Los niños no pecan hasta que llegan a la edad de la responsabilidad, que según el Señor ha determinado, son los ocho años (véase D. y C. 18:42; 29:47). En realidad, a Satanás se le ha quitado el poder aun de tentarlos a cometer un pecado. El profeta Mormón enseñó: “los niños pequeños son sanos, porque son incapaces de cometer pecado;

“los niños pequeños viven en Cristo, aun desde la fundación del mundo; de no ser así, Dios es un Dios parcial, y también un Dios variable que hace acepción de personas; porque ¡cuantos son los pequeñitos que han muerto sin el bautismo!” (Moroni 8:8, 12).

Debido a que no pecan, no tienen necesidad de arrepentirse ni de bautizarse. El pecado original de Adán no los afecta porque Jesucristo ha expiado ese pecado. Mormón declaró que la costumbre de bautizar a los niños pequeñitos “es una solemne burla ante Dios”, ya que el arrepentimiento y el bautismo sólo se aplican “a los que son responsables” de sus actos y “capaces de cometer pecado” (Moroni 8:9-10) .

Debido a que todos los niños que mueren antes de la edad de responsabilidad son puros, inocentes y están libres de pecado, obtendrán la salvación en el reino celestial (véase D. y C. 137:10; Mosíah 3:18). Cuando entendemos la condición especial de los niños pequeños ante Dios por su pureza e inocencia, podemos comprender el mandamiento del Señor de arrepentirnos y volvernos como un niño pequeñito y de bautizarnos en Su nombre (véase 3 Nefi 11:37). El Señor se refiere a las cualidades de un niño que se desarrollan cuando alguien se somete “al influjo del Espíritu Santo” para volverse “sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre el, tal como un niño se sujeta a su padre”. Una persona así se vuelve santa, como lo dijo Mosíah (Mosíah 3:19).

Los padres en Sión tienen una responsabilidad especial de enseñar y criar a sus hijos en rectitud. Se les debe enseñar “a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, al llegar a la edad de ocho años”; de lo contrario, dice el Señor, “el pecado [será] sobre la cabeza de los padres” (D. y C. 68:25).

Esta enseñanza se debe impartir antes de que el niño sea responsable de sus hechos, mientras sea inocente y puro. Durante esos años esta protegido para que los padres le enseñen los principios y las ordenanzas de la salvación sin que Satanás interfiera. Es la época de ponerles una “armadura” como preparación para la batalla en contra del pecado. Cuando se descuida la enseñanza durante esa época, se les deja a merced del enemigo. Permitir que un niño entre en el período de su vida en el que Satanás lo atormentará y lo tentará sin haberle enseñado la fe en el Señor Jesucristo y los principios básicos del evangelio, es como echarlo a la deriva en un mar de iniquidades. Durante esos años de formación quizás aprenda a portarse mal, pero no a raíz de las tentaciones de Satanás sino a causa de la mala crianza o del mal ejemplo de otras personas. Desde ese punto de vista, se entienden mejor las palabras severas del Salvador hacia los adultos que perjudican a los niños:

“Mejor le fuera que se le atase al cuello una piedra de molino y se le arrojase al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos” (Lucas 17:2).

Hacemos tropezar a un niño si le enseñamos mal o le damos el mal ejemplo y esto lo hace violar un mandamiento, cometer un error, apartarse de Dios, enojarse, resentirse e incluso volverse antipático o desagradable. En realidad, dentro del contexto de estas severas palabras del Salvador sobre cualquiera que hiciera tropezar a un niño, los que cometen ese grave error están en gran peligro.

Todos los niños tienen derecho de vivir en un hogar con o el de Jesús, donde el ambiente permita el aprendizaje del evangelio y donde cada uno pueda fortalecerse en el espíritu (véase Lucas 2:40) y llenarse de sabiduría para que la gracia de Dios pueda estar con el. Estos preciados niñitos son como ángeles a nuestro alrededor.

El que los padres aprovechen la oportunidad de enseñar a los hijos no depende de la clase social ni del dinero que tengan; la verdad es que las enseñanzas mas eficaces pueden darse en los hogares mas humildes. Algunos se excusan de no seguir esta exhortación de Dios afirmando que los niños pequeños no entienden los principios del evangelio; pero los padres que tienen por costumbre enseñar a sus hijos saben que esto no es así. La noche de hogar nos da la oportunidad de enseñar el evangelio a nuestra familia. Por ejemplo, a los padres de un niño de cinco años les preocupaba cómo enseñarle el encuentro de Nefi con el inicuo Labán. Este hombre había rehusado varias veces entregar a Nefi el registro religioso escrito en laminas de bronce y había tratado de matarlos a el y a sus hermanos después de confiscar sus riquezas. Cuando Nefi se encontró con Labán, borracho, el Espíritu le indicó que lo matara:

“… he aquí que el Señor destruye a los malvados para que se cumplan sus justos designios. Es preferible que muera un hombre a dejar que una nación degenere y perezca en la incredulidad” (I Nefi 4:13).

Cuando aquel niño, mi nieto, se arrodilló a orar esa noche junto a su cama, sus palabras demostraron que había comprendido y estaba dispuesto a aplicar esa enseñanza: “Y ayúdame, Padre Celestial, a ser obediente como Nefi, aun cuando sea difícil”.

Si demostramos estos principios verdaderos que se enseñan en las Escrituras y los aplicamos a todas las fases de nuestra vida, ciertamente enseñaremos a los niños a comprenderlos y a obedecerlos. La organización de la Primaria también enseña a los niños el Evangelio de Jesucristo y es un valioso apoyo que la Iglesia le da a los padres y a sus hijos.

Es mi testimonio que nuestro misericordioso Padre Celestial tiene una consideración especial hacia los niños debido a su inocencia y al principio eterno del albedrío. También testifico que nos dio a los padres y a todos los adultos la responsabilidad de enseñarles como se debe y de protegerlos. Aquellos que los perjudiquen traerán sobre si la ira de Dios. La exhortación de nuestro Salvador de que seamos como niños pequeños nos invita a purificarnos para que nosotros también podamos presentarnos sin culpa ante El. En el nombre de Jesucristo. Amen.