No Dejemos Caer La Pelota


Gordon B. Hinckley
“Como poseedores del sacerdocio debemos tener mayor lealtad que otros hombres; debemos vivir con lealtad hacia Dios, en cuyo nombre estamos autorizados para hablar y actuar.”

Mis hermanos, al escuchar todo lo que ha tenido lugar hoy en esta conferencia, he pensado en lo gloriosa que es esta organización, la Iglesia de Cristo, que avanza en estos últimos días bajo la dirección de un Profeta verdadero a quien amamos y sostenemos.

El obispo Edgley ha contado un relato de básketbol, y yo contaré una historia de béisbol. La recordé hace poco tiempo, al mirar una noche un programa de televisión; era un programa sobre béisbol, que llegó a ser el gran pasatiempo de los estadounidenses.

Reconozco que el béisbol es algo de poco interés para la gente de la mayoría de las naciones del mundo, pero lo menciono con el fin de destacar un principio que es de valor para la gente de todas partes.

El suceso al que me refiero ocurrió durante las Series Mundiales de 1912. En esas series se jugaron ocho juegos porque un partido tuvo que suspenderse por la mitad por falta de luz ya que, en aquel tiempo, las canchas no tenían alumbrado eléctrico.

Era el ultimo partido y el tanteo estaba empatado uno a uno. El turno de batear le correspondía a los Boston Red Sox, mientras que los New York Giants estaban en el campo. El bateador de Boston le acertó a la pelota, que salió volando por el aire a gran altura; dos de los jugadores del New York corrieron para agarrarla. Fred Snodgrass, que jugaba en el jardín central, le hizo una señal a su compañero de que el la agarraría; se colocó en el lugar preciso y la pelota le cayó en el guante, pero se le deslizó de la mano y cayó al suelo. Desde las tribunas se oyó un clamor de desazón; los espectadores no podían creerlo. (A Snodgrass se le había caído la pelota! Cientos de veces había agarrado la pelota en esas mismas circunstancias, pero en ese momento, el mas critico, se le había caído.

Los New York Giants perdieron. Los Boston Red Sox ganaron la serie.

Snodgrass volvió la temporada siguiente y siguió jugando en forma extraordinaria durante mas de nueve años. Falleció en 1974, a los ochenta y seis años. Pero después de aquel único error, durante los sesenta y dos años siguientes, cada vez que lo presentaban a alguien, el comentario que se esperaba oír era: “Ah, si, usted fue el que dejó caer la pelota”.

Quizás algunos de los hermanos mayores recuerden el famoso partido de fútbol estadounidense del campeonato Rose Bowl de 1929, en el que un jugador que se llamaba Roy Riegels recuperó la pelota y corrió a través de casi todo el campo hacia la meta en la que el equipo contrario hacia los tantos contra el suyo; en el camino, fue derribado por un jugador de su propio equipo, evitando un tanto en favor de su equipo. Debido a la gran tensión de aquel momento emocionante, había perdido el sentido de orientación; su error le costó la victoria a su equipo. No obstante, el era un excelente jugador. Vivió hasta los ochenta y cuatro años, pero desde aquel entonces se le recordó siempre como el hombre que había corrido en sentido contrario.

Este fenómeno no es propio sólo de los deportes sino que sucede a menudo en la vida cotidiana.

Tenemos al alumno que piensa que le va muy bien en sus clases, y luego, bajo la tensión de los exámenes finales, sale reprobado.

Tenemos al conductor que toda su vida ha tenido un expediente impecable, y luego, en un momento de descuido, se ve envuelto en un trágico accidente.

Tenemos al empleado de confianza, cuyo trabajo ha sido excelente, pero que un día cede a la tentación de robarle un poco al patrón, y sobre el recae una marca que jamas llega a desaparecer del todo.

Tenemos a la persona que ha llevado una vida decente, pero que una sola vez comete un destructivo pecado moral que lo acosara para siempre.

Tenemos la explosión de ira que de pronto destruye una relación altamente valorada.

Tenemos el pecadito que, insidiosamente, va creciendo y por ultimo contribuye al alejamiento de la Iglesia.

.En todos estos casos, alguien dejo caer la pelota, alguien que tenía la seguridad, y quizás la arrogancia, de pensar que no había por que esforzarse demasiado, que podría atrapar la pelota con un pequeño esfuerzo. Pero la pelota pasó por sus manos, cayó al suelo y le hizo perder el juego. O quizás sea alguien que piense que tuvo suerte al recuperar la pelota, pero corra en dirección contraria, dándoles la victoria a sus contrincantes.

Todo esto demuestra la necesidad de estar constantemente alertas; demuestra la importancia de una rigurosa autodisciplina; demuestra la necesidad de estar continuamente edificando nuestra fortaleza para defendernos de la tentación; nos previene sobre el uso indebido del tiempo, especialmente de nuestros momentos de ocio.

En la Universidad Brigham Young ha habido algunos excelentes entrenadores atléticos; los tenemos actualmente y los hemos tenido en el pasado. Uno de ellos, hace mucho tiempo, fue Eugene L. Roberts. Este hombre se había criado en Provo y había andado vagando con malas compañías, hasta que un día le sucedió algo extraordinario. Voy a citar lo que el mismo escribió:

“Hace algunos años, en la época en que abundaban en la ciudad de Provo las feas cantinas y otros lugares de diversión de reputación dudosa, me encontraba una noche en la calle, esperando a que llegara mi pandilla, cuando me fije en que el tabernáculo de Provo tenía las luces prendidas y que una multitud se encaminaba en esa dirección. Como no tenía nada que hacer, me fui acercando y entró. Pensé que quizás ahí encontraría a algunos de mis compañeros, o por lo menos a algunas de las muchachas en las que yo estaba interesado. Al entrar, me encontré con tres o cuatro de mis compañeros y nos fuimos a sentar debajo del balcón, en donde había reunido un grupo grande de jovencitas con las que pensamos que podríamos divertirnos. No estábamos interesados en lo que se estaba diciendo desde el púlpito. Sabíamos que los que estaban en el estrado eran todos vejestorios que no sabían nada de la vida, y que ciertamente no podían decirnos nada nuevo, puesto que nosotros lo sabíamos todo. De modo que nos dispusimos a divertirnos. En medio de nuestro alboroto, desde el púlpito nos llegaron resonando las siguientes palabras:

“‘No se puede definir el carácter de la persona por la forma en que haga su trabajo cotidiano. Hay que observarla después que haya terminado su trabajo; ver a donde va, ver los compañeros que busca y las cosas que hace cuando puede hacer lo que le plazca. Es entonces que se revela su verdadero carácter’.

“Levantó la vista hacia el estrado”, continuó Roberts, “porque me sentí impresionado por esa potente declaración. Vi allí a un hombre delgado, de cabello obscuro y mirada intensa, a quien yo conocía y temía, pero por el que no sentía ningún afecto particular.

“El discursante procedió a hacer una comparación, diciendo:

“‘Por ejemplo, observemos al águila. Esta ave se esfuerza tan ardua y eficientemente como cualquier otro animal haciendo su trabajo cotidiano. Provee para si y para sus pequeños con el sudor de su frente, por así decirlo; pero una vez que termina su tarea y dispone de tiempo para hacer simplemente lo que le plazca, veamos la manera en que pasa esos momentos de recreo: Se pone a volar en los ámbitos mas altos del cielo, extendiendo las alas y desplazándose allá arriba por el aire, porque le gustan la atmósfera pura y límpida y las cumbres elevadas.

“‘Consideremos, por otra parte, al cerdo. Es un animal que gruñe y hoza; el provee para sus crías igual que el águila; pero una vez que termina de trabajar y dispone de momentos de ocio, observemos a dónde se dirige y lo que hace. El puerco busca un hoyo que este lleno de fango y se revuelca y se moja en la inmundicia, porque eso es lo que le gusta. En su tiempo libre, las personas pueden ser como las águilas o como los cerdos’.

“Al oír esas pocas palabras”, comentó después Gene Roberts, “me quede estupefacto. Me volví hacia mis compañeros un tanto avergonzado de que me hubieran pescado escuchando. (Cual no seria mi sorpresa al encontrar a toda la pandilla escuchando al discursante con atención, mientras tenían una expresión perdida en la mirada!

“Esa noche salimos del tabernáculo un tanto callados, y nos separamos mas temprano de lo acostumbrado. Pensé en aquel discurso durante todo el camino a casa. Inmediatamente, me clasifique como miembro de la familia porcina. He pensado en ese discurso muchos años. Esa noche se plantaron en mi unos leves brotes de ambición, de elevarme por encima del grupo de los porcinos y aspirar a integrar el de las águilas …

“Esa misma noche quedó dentro de mi ser el vivo deseo de tapar los hoyos de fango del ambiente social, a fin de que a las personas que prefirieran vivir como puercos se les hiciera mas difícil revolcarse en las diversiones inmundas. Como resultado de estar pensando constantemente en ese discurso, me sentí inspirado a dedicar mi vida entera y mi profesión al desarrollo de actividades sanas de recreo para los jóvenes, a fin de que fuese mas natural y fácil para ellos participar en la clase de diversión digna de las águilas.

“El hombre que dio ese discurso que afectó mi vida mas que cualquier otro que jamas haya oído, fue el presidente George H. Brimhall. (Que Dios lo bendiga!” (Raymond Brimhall Holbrook y Esther Hamilton Holbrook, The Tall Pine Tree, 1988, págs. 111–113).

Esa sencilla comparación, mencionada por un gran maestro, cambió la vida de un vagabundo, convirtiéndolo en un líder capaz y talentoso. La repito esta noche porque creo que la mayoría de nosotros nos enfrentamos constantemente con la necesidad de elegir entre revolcarnos en el fango o volar hacia las cumbres mas altas.

Lo que hagamos en nuestro tiempo libre puede establecer una tremenda diferencia en nuestra vida. Lastima del hombre o del muchacho de intenciones bajas y débiles ambiciones que, después de un día de trabajo, termina de cenar y enciende el televisor para pasar el resto de la noche mirando videos pornográficos o programas degradantes de televisión. )Pueden imaginar una escena que describa mas acertadamente lo que dijo el presidente Brimhall del puerco que en el corral busca el hoyo para revolcarse en el fango?

Hermanos, hay un camino mejor. )Quieren que se les caiga la pelota? )Quieren que Satanás se anote un tanto? No hay manera mas segura de hacerlo que envolvernos en la ola de la pornografía que se desata sobre nosotros. Si cedemos, nos destruirá el cuerpo, la mente y el alma.

Por otra parte, el propósito cabal del evangelio es conducirnos hacia adelante y hacia arriba, hacia logros mas elevados, incluso hasta que lleguemos a ser dioses (véase (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 324). El profeta José Smith expresó esa maravillosa posibilidad en el sermón de los funerales de King Follet, y mas tarde el presidente Lorenzo Snow la recalcó en este grandioso e incomparable concepto: Como Dios es, el hombre puede llegar a ser (véase The Teachings of Lorena.o Snow, comp. por Clyde J. Williams, Salt Lake City: Bookcraft, 1984, pág. 1).

Nuestros enemigos nos han criticado por creer en ese principio. Les respondemos que este sublime concepto de ninguna manera disminuye a Dios, el Eterno Padre. El es el Todopoderoso; El es el Creador y el Gobernador del universo; El es el mas grande de todos y siempre lo será. Pero del mismo modo que cualquier padre terrenal desea que sus hijos triunfen en la vida, creo que nuestro Padre Celestial desea que Sus hijos sean semejantes a El en lo que respecta a Su naturaleza, y que estén a Su lado en gloriosa fortaleza y sabiduría divinas.

Este día es una porción de la eternidad. Tal como Amulek lo dijo y se halla en el Libro de Mormón: “Porque he aquí, esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios” (Alma 34:32).

El estar eternamente alerta es el precio que hay que pagar por el desarrollo eterno. Tal vez en ocasiones tropecemos, pero le doy gracias al Señor por el gran principio del arrepentimiento y del perdón. Cuando dejamos caer la pelota, cuando cometemos un error, viene a nosotros la palabra del Señor de que El perdonara nuestros pecados y no los recordara mas. Pero, no se por que, tenemos la tendencia a no olvidarlos nosotros mismos y a reprocharnoslos.

Es muy importante que los de esta Iglesia que poseen el sacerdocio vivan una vida recta. Como Pablo exhortó:

“Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza.

“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo.

“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo …

“Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, …

“Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Efesios 6:10–12, 14, 16).

Todos vivimos en el mundo. Naturalmente que si. No podemos vivir una existencia aislada. Pero si podemos vivir en el mundo sin participar en sus estilos indecentes de vida.

Las tentaciones se van haciendo cada vez mas fuertes. El adversario es astuto y sutil; nos habla con voz seductora de cosas fascinantes y atractivas. No podemos darnos el lujo de descuidarnos; no podemos darnos el lujo de dejar caer la pelota ni tenemos por que correr en dirección contraria. El camino correcto es sencillo: consiste en seguir el programa de la Iglesia, incorporando a nuestra vida los principios del evangelio, sin perder jamás de vista lo que se espera de nosotros como hijos de Dios, con una gran herencia y un potencial maravilloso y eterno.

Las palabras de la promesa Scout son sencillas y sumamente motivadoras: “Por mi honor haré lo mejor posible”. Si todos nos esforzáramos por hacer eso, el mundo seria mucho mejor y seríamos mas felices.

Por lo general, son los actos pequeños y aparentemente insignificantes los que al final producen grandes cambios. Estoy seguro de que el hermano Uchtdorf estará de acuerdo en que un avión enorme que se desvíe tan solo un grado de su curso trazado, a menos que se rectifique el error, volara en círculos hasta que se le termine el combustible y se estrella. La historia de esta Iglesia esta repleta de casos de hombres que empezaron en el camino hacia la apostasía debido a decisiones pequeñas y aparentemente insignificantes. Oliver Cowdery fue uno de ellos; también lo fue Martin Harris; y asimismo, David Whitmer.

Thomas B. Marsh, el primer Presidente del Quórum de los Doce, se puso de parte de su esposa sobre una disputa en cuanto a un poco de crema; no quiso dejar el asunto en paz y lo llevo hasta los consejos mas altos de la Iglesia. Debido a ello, perdió su lugar y nunca lo volvió a recobrar. Dejo caer la pelota en un momento critico, y desde entonces se le recuerda por lo que hizo.

El Señor perdona pero a veces la vida no perdona.

Debemos tener cuidado en el mundo en que vivimos. Las tentaciones son muy grandes. Todos las conocemos. Las pequeñas decisiones pueden ser cruciales y sus consecuencias eternamente importantes.

Si queremos salir victoriosos, debemos fortalecernos mutuamente, ayudarnos mutuamente, estar unidos. No olviden a Fred Snodgrass; lo que le pasó nunca debió haber sucedido; por ello perdieron las Series Mundiales. No olviden a Roy Riegels. El corrió en dirección contraria, creyendo que los espectadores lo animaban, cuando estaban lamentándose por su error. Manténganse alejados del fango de la vida. Miren hacia el cielo y extraigan fortaleza de el. Como poseedores del sacerdocio debemos tener mayor lealtad que otros hombres; debemos vivir con lealtad hacia Dios, en cuyo nombre estamos autorizados para hablar y actuar.

Gracias por la bondad y la constancia con que viven, mis hermanos. Esta obra esta llegando a ser como una ciudad asentada sobre un monte cuya luz no se puede esconder, porque entre ustedes hay muchos que son leales y fieles. Que el Señor los bendiga. Que bendiga su vida con paz, esa paz que se deriva de la honradez, la integridad y la oración; que los bendiga con el amor de su familia, su esposa y sus hijos. Que nos bendiga a todos con la fortaleza para vivir con constancia, sin tropezar al caminar por el sendero hacia la inmortalidad y la vida eterna, lo ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amen.