Raíces Profundas


Joseph B. Wirthlin
“Nosotros, los de la Iglesia, debemos vivir nuestra religión y sus principios y seguir al Profeta, Vidente y Revelador, haga lo que haga el mundo.”

Mis queridos hermanos, agradezco la oportunidad que hemos tenido todos en esta conferencia general de sostener al presidente Howard W. Hunter como el decimocuarto Presidente de la Iglesia en esta dispensación; el es un hombre en quien no hay engaño. Lo sostengo de todo corazón y ruego que pueda yo servir con fidelidad bajo su dirección inspirada y la de sus excelentes Consejeros.

Hace poco, mi esposa y yo nos encontrábamos en Molokai, una de las islas hawaianas, y pasamos frente a dos árboles muy grandes que el viento había arrancado de cuajo. Observe que tenían raíces muy chicas y me pregunte que habría sucedido si las raíces hubieran sido mas grandes y mas profundas. Hay árboles que con sólo una ráfaga de viento basta para arrancarlos de raíz, como por ejemplo, las elegantes palmeras, que se ven tan bonitas, pero que no soportan los vientos fuertes porque no están bien afianzadas en el suelo. Por contraste, los gigantescos robles tienen raíces profundas, que se extienden hasta alcanzar una medida que puede llegar a ser dos veces y media la altura del árbol. Es muy raro que las tormentas, por fuertes que sean, los derriben.

Los miembros fieles de la Iglesia deben ser como los robles y extender sus raíces en la tierra fértil de los principios fundamentales del evangelio; debemos entender las verdades básicas y sencillas y vivir de acuerdo con ellas, sin complicarlas. Nuestro fundamento debe ser sólido y de raíces profundas a fin de resistir los vientos de las tentaciones, de las doctrinas falsas, de la adversidad y de los ataques del adversario, sin vacilar y sin ser arrancados de cuajo. Los miembros cuyas raíces lleguen sólo a la superficie del evangelio necesitan profundizarlas hasta que se hundan en la roca sólida, mas abajo de la capa blanda.

El alimento espiritual es tan importante como una dieta equilibrada para conservarnos fuertes y saludables. Nos alimentamos espiritualmente tomando la Santa Cena todas las semanas, leyendo las Escrituras todos los días, orando diariamente en forma personal y con la familia y haciendo la obra del templo con regularidad. Nuestra fortaleza espiritual es como las baterías: hay que cargarlas y volverlas a cargar con frecuencia.

Me gustaría repasar algunos de los principios mas importantes del evangelio, en los que deberíamos hundir profundamente nuestras raíces espirituales. Lo mas importante es conocer la existencia de nuestro Padre Celestial, Su Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo, y saber que son seres reales.

Nuestro Padre Celestial es el padre de nuestros espíritus, de los de toda la raza humana; somos Su descendencia, o sea, Sus hijos, y de El hemos heredado características divinas. Gracias al amor que tiene por Sus hijos, El preparó un plan para que progresemos y logremos nuestro potencial mas elevado y para que volvamos a Su presencia. El profeta José Smith enseñó:

“Dios, hallándose en medio de espíritus y gloria, porque era mas inteligente, consideró propio instituir leyes por medio de las cuales los demás pudrían tener el privilegio de avanzar como El lo había hecho” (Enseñanzas del Profeta José; Smith, pág. 439)

Jesucristo es mucho mas que el gran Maestro y filósofo; es el Primogénito de Dios, el Unigénito Hijo en la carne, el Salvador y el Redentor de toda la humanidad. El aceptó “el gran plan de felicidad” (Alma 42:8) diciendo:

“Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:2).

El plan del Padre nos permite hacer uso de nuestro albedrío para escoger lo correcto o lo incorrecto, el bien o el mal, a fin de que aprendamos, nos desarrollemos y progresemos. Como parte de ese plan, Jesús se ofreció para expiar los pecados de toda la humanidad y sobrellevar el sufrimiento de esos pecados, satisfaciendo así la ley de la justicia si los pecadores se arrepienten. De otro modo, tendrán que sufrir y pagar el precio de sus transgresiones.

Cristo también ofreció Su vida, fue crucificado y fue el primero en resucitar de los muertos, haciendo así posible que todos los hijos de Dios también resuciten. El creo esta tierra bajo la dirección del Padre a fin de que viviéramos en ella durante esta etapa mortal y demostráramos si haríamos “todas las cosas que el Señor … Dios … mandare” (Abraham 3:25). Además, creó otros mundos innumerables. El es nuestro Mediador ante el Padre y nuestro ejemplo supremo en todas las cosas. Su amorosa benevolencia hacia nosotros va mas allá de toda nuestra comprensión. El esta a la cabeza de Su Iglesia, la cual lleva Su nombre, y la dirige por medio de Sus profetas.

El Señor Jesucristo es la roca de nuestra salvación. En el Sermón del Monte, El dijo:

“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.

“Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.

“Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena;

“y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina” (Mateo 7:2427) .

Y a los santos de esta dispensación les dijo:

“… haced lo bueno; aunque se combinen en contra de vosotros la tierra y el infierno, pues si estáis edificados sobre mi roca, no pueden prevalecer” (D. y C. 6:34).

El Espíritu Santo es el tercer miembro de la Trinidad. El profeta José Smith enseñó:

“El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino es un personaje de Espíritu …” (D. y C. 130:22).

El Espíritu Santo es un testigo y da testimonio de la verdad del evangelio; es revelador y maestro, y da conocimiento a nuestro espíritu con mucho mas certeza de lo que lo harían los sentidos naturales; El nos guía en todas las decisiones que tomemos y nunca nos desviara; es el Consolador que da paz a nuestra alma en los momentos en que lo necesitemos.

Hay alguien mas que es tan real como el Espíritu Santo y que trata de impedir que nos arraiguemos en Dios y en Sus verdades. Dos de sus nombres son Lucifer y Satanás. El es el adversario de nuestro Padre Celestial y de Jesucristo, así como lo es de todo lo bueno; además, rechazó el plan que se nos presentó en la existencia premortal, diciendo:

“… Héme aquí, envíame a mi. Seré tu hijo y redimiré a todo el genero humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra” (Moisés 4:1).

Después, el Padre explicó esto:

“Pues, por motivo de que Satanás se rebeló contra mi, y pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado, y que también le diera mi propio poder, hice que fuese echado abajo por el poder

de mi Unigénito;

“y llegó a ser Satanás, si, el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos según la voluntad de el, si, a cuantos no quieran escuchar mi voz” (Moisés 4:34).

De ahí en adelante, Satanás ha dirigido las fuerzas del mal en una batalla constante por ganar las almas de los hombres y frustrar así el plan de salvación.

El profeta Moroni, del Libro de Mormón, nos enseña lo siguiente:

“… todo lo que es bueno viene de Dios, y lo que es malo viene del diablo; porque el diablo es enemigo de Dios, y lucha contra el continuamente, e invita e induce a pecar y a hacer lo que es malo sin cesar.

“Mas he aquí, lo que es de Dios invita e induce a hacer lo bueno continuamente; de manera que … amar a Dios y … servirle, es inspirado por Dios …

“… a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que sepa discernir el bien del mal … toda cosa que invita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada por el poder y el don de Cristo …

“Pero cualquier cosa que persuade a los hombres a hacer lo malo, y a no creer en Cristo, y a negarlo, y a no servir a Dios … es del diablo; porque de este modo obra el diablo, porque el no persuade a ningún hombre ahacer lo bueno, no, ni a uno solo; ni lo hacen sus ángeles; ni los que a el se sujetan” (Moroni 7:12–13, 1ó–17).

Los pecados de la corrupción, la deshonestidad, el conflicto, la contención y otras maldades de este mundo no están aquí por casualidad, sino que son evidencias de la incansable campaña de Satanás y sus seguidores. El utiliza todo instrumento y toda estratagema que tenga disponible para engañar, para confundir y para desviar. Y tiene muchos que lo siguen y que hacen cualquier cosa por dinero, sin considerar los resultados de sus delitos.

Otro principio fundamental es la pureza moral. Uno de los engaños mas corruptivos de los recientes años es el concepto de que la inmoralidad es algo normal y aceptable, y que no tiene malas consecuencias. En realidad, la inmoralidad es la causa principal de gran sufrimiento y de muchos de los otros problemas que prevalecen en la actualidad, incluso las enfermedades que se propagan con rapidez, el aborto, los hogares deshechos, las familias sin padre, y las madres que son todavía niñas ellas mismas. El presidente Ezra Taft Benson dijo:

“La plaga de esta generación es el pecado de la inmoralidad sexual” (“Seamos puros”, Liahona, julio de 1986, pág. 1).

Además, el Señor dijo:

“No cometerás adulterio … ni harás ninguna cosa semejante” (D. y C. 59:6) .

Esto significa que tenemos que evitar el comportamiento sexual anormal, que incluye la fornicación, la homosexualidad, el abuso sexual de los niños y cualquier otra forma de pervertir el plan de felicidad de Dios.

El principio del evangelio que nos provee fortaleza espiritual y física es la Palabra de Sabiduría. Durante muchos años después que el profeta José Smith recibió esta revelación en 1833, muchas personas se engañaron a sí mismas pensando que podían hacer caso omiso de esta ley de salud o quebrantarla sin recibir castigo alguno. Se que el Señor inspiro al presidente Heber S Grant a que, con frecuencia y con energía, hiciera hincapié en esa ley a fin de contrarrestar la propaganda de los medios de comunicación que, en su época, se estaba haciendo cada vez mas intensa y persuasiva. Ahora, la ciencia ha comprobado que el tabaco y otras substancias similares son perjudiciales para el cuerpo humano.

Nos será posible allegarnos a otras personas haciendo obra misional para responder a este llamado del Salvador: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). El Señor se valió de la analogía de la siembra cuando instruyó a los primeros santos a que proclamaran el evangelio, diciendo:

“He aquí, el campo blanco esta ya para la siega; por tanto, quien deseare cosechar, meta su hoz con su fuerza y siegue mientras dure el día. a fin de que atesore para su alma la salvación sempiterna en el reino de Dios” (D. y C. 6:3).

Ese es el sagrado privilegio y la obligación que todos tenemos.

El campo sigue estando blanco y todo listo para la siega. Los miembros de la Iglesia siguen siendo un porcentaje muy bajo de la población del mundo.

“Porque todavía hay muchos en la tierra, entre todas las sectas, partidos y denominaciones, que … no llegan a la verdad sólo porque no saben dónde hallarla” (D. y C. 123:12).

Cuando proclamemos el evangelio, hagámoslo con cuidado, siendo sensibles a los sentimientos de los demás y recordando que “reclamamos el derecho de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: que adoren cómo, dónde o lo que deseen” (Articulo de Fe 11).

Los misioneros trabajan diligentemente para enseñar y para bautizar a los que acepten el evangelio, y, en ese proceso, su propio testimonio crece y echa raíces profundas. La obra misional proporciona a los jóvenes el mejor fundamento en su transición a la edad adulta. Las profundas raíces que hunden en el evangelio les darán el sostén necesario por el resto de su vida y por la eternidad. La Iglesia necesita mas misioneros, muchos mas, incluso matrimonios misioneros, a fin de cumplir con el mandato de proclamar el evangelio “a todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos” (D. y C. 42:58).

Dios nos ha revelado todo lo que necesitamos saber para nuestra salvación. Por lo tanto, debemos enseñar y dar énfasis a las cosas que se han revelado tratando de evitar el estar hurgando en lo que damos en llamar “misterios”. Mi consejo a los maestros de la Iglesia, ya sea que impartan instrucción en barrios y estacas, o en instituciones universitarias de la Iglesia, institutos de religión, seminarios o incluso en su hogar como padres, es que basen sus enseñanzas en las Escrituras y en las palabras de los profetas de los últimos días.

Debemos seguir el consejo que Pablo dio a los Efesios, diciendo: “… no seamos … llevados por doquiera de todo viento de doctrina” (Efesios 4:14). Los vientos de doctrina falsa que hoy soplan, tanto fuera como unos cuantos que hay dentro de la Iglesia, son mucho mas peligrosos para la salvación final de la humanidad que los terremotos, los huracanes, los tifones, los volcanes en erupción o cualquier otro tipo de desastre natural. Esos vientos pueden desarraigar a la gente si sus raíces no están afianzadas con fuerza en la Roca de nuestra salvación: las enseñanzas y el Evangelio de Jesucristo.

Nosotros, los de la Iglesia, debemos vivir nuestra religión y sus principios y seguir al Profeta, Vidente y Revelador, haga lo que haga el mundo. Debemos procurar ser siempre obedientes a nuestro Padre Celestial y a Jesucristo, y tener presente las siguientes palabras del Salvador:

“Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis” (D. y C. 82:10).

El Señor reservó esta tierra para que fuera el lugar donde restauraría Su Iglesia. Pero para que logre todo su potencial, es preciso que sus habitantes se mantengan firmes a los principios que la han hecho grandiosa. Los enemigos de Dios están atacando sus principios mas importantes. La ley del Señor para esta tierra se explica en el Libro de Mormón, donde dice que esta es una “tierra de promisión … la cual el Señor Dios había preservado para un pueblo justo … y cualquier nación que la posea servirá a Dios, o será exterminada” (Eter 2:7, 9). El único poder que tiene la fuerza suficiente para resistir la plenitud de la iniquidad es la plenitud del Evangelio de Jesucristo.

Si comprendemos los principios m§s importantes del evangelio y vivimos de acuerdo con ellos, desarrollaremos un testimonio y una convicción inquebrantables en cuanto a su veracidad, los que nos protegerán de ser exterminados o desarraigados.

Nuestro Padre Celestial nos ha investido con valentía y con fe, con una determinación firme y con la capacidad de entender y de ver con claridad la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal. En Su misericordia, ha conferido a cada uno de los miembros de la Iglesia el don del Espíritu Santo, que nos da potestad personal y comprensión.

Aunque las circunstancias de la vida sean difíciles y el dolor nos obligue a llevar sobre los hombros una pesada carga, la luz que emana de nuestro Salvador nos llama y nos guía, sin debilitarse, y prevalecerá en nuestra existencia una autodisciplina que nos lleve a hacer lo correcto.

Para terminar, me gustaría decir esto: Nuestra Iglesia no transige en su posición, ni lo hará nunca de ninguna manera, y en ningún momento ni lugar flaqueará, ni titubeará, ni tendrá ninguna vacilación en expresar un testimonio inquebrantable de la divinidad de Jesucristo.

No olvidemos los dos árboles gigantes que mi esposa y yo vimos en Molokai, cuyas raíces no eran bastante firmes ni profundas para resistir los fuertes vientos que terminaron por destruirlos.

Testifico que en los principios del evangelio podemos encontrar paz, seguridad, gozo y felicidad. Se que nuestro Padre Celestial vive y que Su Hijo Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor. Ellos nos conocen personalmente y aman a cada uno de nosotros. José Smith restauró el Evangelio de Jesucristo y en la actualidad somos guiados por el Profeta actual, el presidente Howard W. Hunter. Lo testifico humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amen.