La edificación de un puente de fe


Charles Didier
“Nuestra vida mortal es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios y construir, para ello, un puente de fe que abra la puerta a la inmortalidad y la vida eterna”.

A la entrada del edificio de una gran empresa publicitaria, hay, en una de las paredes, la siguiente inscripción: “El hombre edifica demasiadas murallas y no suficientes puentes” (de JCDecaux, una firma de Francia).

En efecto, las murallas suelen construirse para separar dos o más entidades física, mental e incluso espiritualmente, y para constituir un obstáculo. Se construyen porque representan el concepto de defensa, protección y separación. Algunas murallas se han hecho famosas por esas razones: las murallas de Jerusalén, la Gran Muralla China, el Muro de Berlín. Los muros, como símbolos, también se emplean en expresiones comunes que expresan separación, como en “un muro de incomprensión”, “un muro de intolerancia” o “¡es como hablarle a la pared!”.

Los puentes son lo contrario de las murallas, ya que se construyen para unir dos o más entidades y constituir unidad. Se construyen para salvar obstáculos. Algunos puentes también se han hecho famosos, como el Puente de Sighs, el Puente Allenby y muchos otros. El vocablo también se emplea para expresar el concepto de reunión o de unidad como en “tender un puente de comprensión” o “[tender un puente] para salvar diferencias”.

Al reflexionar en nuestra existencia mortal en esta tierra y en el propósito de la vida que explicó Alma al decir: “esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios” (Alma 34:32), ¿vemos la manera del Señor de ayudarnos a cumplir con ese propósito? Es simplemente —valiéndonos de la metáfora—, ayudarnos a construir un puente de fe en nuestra vida para cruzar y salvar los muros de la incredulidad, la indiferencia, el temor o el pecado. Nuestra vida mortal es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios y construir, para ello, un puente de fe que abra la puerta a la inmortalidad y la vida eterna.

¿Cómo construimos ese puente de fe?

Cuando yo era jovencito, vivía en la ciudad de Namur, Bélgica, donde corre un río caudaloso que la separa de la ciudad adyacente que está en la otra ribera. En aquel tiempo, un solo puente unía las dos ciudades, el cual se había construido y reconstruido sobre los restos del puente edificado siglos antes por los conquistadores romanos. Ya era demasiado angosto para el tránsito y constaba de muchas arcadas pequeñas que no permitían el paso de los barcos y las embarcaciones grandes. Hacía falta un puente nuevo, más ancho y de un solo arco. El trabajo de establecer los cimientos no tardó en comenzar en ambos lados del río. Poco después, dos enormes brazos metálicos comenzaron a extenderse desde cada lado con el fin de encontrarse en medio del río. Fascinado por la obra de ingeniería, yo iba en bicicleta casi todos los días a observar el progreso de la construcción. Por fin llegó el día en que el eje, la pieza angular de acero, iba a unir las dos partes. Allí estaba yo entre el gentío contemplando la delicada ejecución, el último paso que uniría las dos partes y permitiría cruzar el puente por primera vez. Cuando lo llevaron a cabo, la gente aplaudió, los trabajadores se abrazaron; el obstáculo del río se había conquistado y salvado.

Menciono ese hecho por el simbolismo que representa. El puente es más que un puente de metal; simboliza el puente de fe que nos permite, a los hijos de nuestro Padre Celestial, volver a reunirnos con Él. El eje del puente, la pieza angular, representa la expiación de Jesucristo, el Mediador, el eslabón entre la vida mortal y la inmortalidad, la conexión entre el hombre natural y el hombre espiritual, el cambio de la vida temporal a la vida eterna. Gracias a Él, el género humano puede ser reconciliado con su Padre Celestial, y podemos salvar los muros del pecado y de la vida mortal, obstáculos que representan la muerte espiritual y la física. La expiación de Jesucristo es el eje del plan de salvación, la reunión prometida con nuestro Padre Celestial, como leemos en el libro de Moisés: “Éste es el plan de salvación para todos los hombres, mediante la sangre de mi Unigénito, el cual vendrá en el meridiano de los tiempos” (Moisés 6:62).

El amor de Dios, el otro lado del puente, es la recompensa de nuestra fe en Su Hijo Jesucristo. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Juan 3:16). La mayor de las dádivas de Dios es el supremo sacrificio de Su Hijo, Su Expiación, que nos brinda no sólo la inmortalidad sino también la vida eterna si guardamos Sus mandamientos y perseveramos hasta el fin (D. y C. 14:7).

Por lo tanto, al intentar edificar el puente de fe, debemos edificar en nuestra vida un firme testimonio del Padre y del Hijo y Su expiación. Ese puente de fe constituirá el factor que cristalizará la realidad de la reunión eterna con nuestro Padre Celestial o de la separación eterna de Él si edificamos muros de pecados que nos alejen de Su amor y misericordia.

El don del Espíritu Santo es el fundamento del puente de fe. La salvación viene sólo por medio de Jesucristo y de nuestro dedicado ejercicio de la fe en Él, lo que nos permite arrepentirnos de nuestros pecados y recibir las ordenanzas de salvación, que son las barandas del puente. Las impresiones y la inspiración para salvar los obstáculos de la vida y escoger hacer lo correcto las recibiremos si escuchamos la voz del Espíritu Santo. El cruzar el puente de fe tal vez no sea tan fácil como pensemos. Un puente resistirá el ímpetu de las tormentas sólo gracias a la fortaleza de los pilares de sus cimientos. Las tormentas de la vida, las crisis que ponen a prueba nuestra fe —como la muerte, las enfermedades graves, la pérdida del trabajo o de la seguridad económica— son parte de nuestra existencia terrenal. A veces, esas crisis se agravan en tal forma que se puede, incluso, llegar a dudar de la existencia de un Dios y de un Salvador. La súplica de un aumento de fe en esas ocasiones siempre será contestada por el Consolador, que es el Espíritu Santo, “un compañero constante y un cetro inmutable de justicia y de verdad” (D. y C. 121:46).

Sí, la solución de nuestros problemas diarios siempre podremos hallarla si buscamos, día a día, mediante nuestra fe, la influencia del Espíritu Santo, que nos lo recordará todo (véase Juan 14:26). Para ilustrar eso, permítanme citar parte de una carta que hace muchos años escribió un nuevo converso al presidente Harold B. Lee después de que él habló en una conferencia de estaca: “Mientras usted hablaba, se repetía en mi mente lo mucho que la vida como miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es como cruzar un puente colgante suspendido entre los puntos del nacimiento mediante el bautismo en la Iglesia y de la muerte a la vida eterna sobre el turbulento río de lo mundano y el pecado. Cuando uno comienza a cruzar el puente, la cercanía del bautismo presta una sensación de seguridad y fe, pero si uno mira el río que corre allá abajo y la gran distancia que aún hay que recorrer, la sensación de seguridad es reemplazada por punzadas de duda y de miedo que le hacen perder el ritmo de la oración, de la fe, del amor y del esfuerzo que allana su progreso. La bruma de la duda y de la apatía sube y corroe su corazón, impidiéndole progresar e inhibe su reacción hacia la fuerza magnética del amor que emana con fuerza desde el otro lado del puente. Entonces, rompe el paso que llevaba y cae de rodillas, y se afirma con fuerza hasta que la duda y el temor se disipan, y el poder del amor restituye la fe y la dirección del cruce” (en Conference Report, abril de 1965, pág. 15).

Por último, el puente de fe no estaría completo sin la conexión de padres e hijos que los una para lograr una familia eterna. El objetivo de la edificación de ese puente de fe entre las generaciones es que lleguen a ser uno como el Padre y el Hijo son uno: uno en el propósito de alcanzar la vida eterna. Para lograr eso, se nos han dado mandamientos: primero, que los hijos honren a su padre y a su madre, y, luego, que los padres enseñen a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor (véase D. y C. 68:28). Permítanme ilustrar eso.

Siendo yo niño durante la Segunda Guerra Mundial, mi país fue invadido y el peligro nos rodeaba por todos lados. Mi madre me enseñó una gran lección de confianza y unidad que no he olvidado nunca. Me alertó de los peligros de la guerra y me dijo sencillamente: “Confía en mi palabra y sígueme; escucha mi voz. Si lo haces, te protegeré lo mejor que pueda”. Yo escuché a mi madre por lo mucho que la quería y confiaba en ella.

Un poco después, comenzó la escuela, lo cual fue para mí un nuevo puente que cruzar. En preparación para esa nueva experiencia en mi vida, al salir de casa, mi madre me dijo que escuchase al maestro y fuera obediente. Una vez más, confié en el consejo de mi madre. Resolví ser obediente al maestro y al nuevo código de reglamentos. Luego, la escuela vino a ser un puente de conocimiento en lugar de un muro de ignorancia.

Esa lección de confianza y unidad fue fundamental para ser uno con mis padres, con mis familiares y con mis maestros. Me permitió posteriormente llegar a ser uno con mi Salvador al ser bautizado en Su Iglesia. Me ha recordado como esposo, padre y abuelo el seguir edificando la confianza y la unidad entre mis familiares al guardar los convenios del templo. Como ha dicho el presidente Hinckley: “El templo tiene que ver con las cosas de la inmortalidad. Es un puente entre esta vida y la venidera” (Stand a Little Taller, pág. 6).

En nuestra época, es muy fácil aislarnos y edificar muros temporales, espirituales y aun familiares y religiosos. En lugar de eso, edifiquemos más puentes de fe, de reconciliación y vivamos por la paz que se nos da “no como el mundo la da” (Juan 14:27), sino como la da Jesucristo, el hijo de Dios. Él es el puente de fe hacia la eternidad.

Testifico que Jesús es el Cristo; pongo mi confianza en Él y en Su Evangelio de salvación para reunirme con Él algún día. En el nombre de Jesucristo. Amén.