A partir de una sola semilla

por Rex Eugene Cooper

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    Uno de los períodos más desalentadores de mi misión fueron los cuatro meses que pasé en Tulancingo, México. La obra era difícil y día tras día mi compañero y yo pasábamos largas horas repartiendo folletos sin que nadie mostrara interés.

    Finalmente hallamos a dos hombres que oyeron nuestro mensaje. Yo estaba animado porque sentía que ellos serían dos instrumentos importantes para la pequeña Rama Tulancingo, pero cuando ambos decidieron no aceptar el bautismo, me sentí totalmente abatido.

    Por esas fechas, una joven de 12 años llegó a Tulancingo para visitar a una familia de la rama. Se interesó en la Iglesia y aceptó de inmediato el Evangelio. Poco tiempo después su padre le dio permiso para bautizarse.

    Sin embargo, ese bautismo no sirvió para aminorar el desánimo que sentía a causa de aquellos dos hombres. Yo había albergado esperanzas de que ellos colaboraran en la edificación de la Iglesia en esa zona. Como la chica era tan joven y la única miembro de su familia, me preguntaba si permanecería activa. Poco después de su bautismo, partió de Tulancingo y perdí todo contacto con ella; de hecho, casi me olvidé por completo de ella.

    Han pasado más de 35 años desde mi misión y no hace mucho tiempo recibí inesperadamente la siguiente carta:

    Estimado hermano Cooper:

    Me llamo J. Jovita Pérez Acosta y me bauticé el 1 de diciembre de 1965 en Tulancingo. Siempre he querido darle las gracias por traer el Evangelio a mi vida.

    Cuando me enseñó el Evangelio, yo tenía 12 años y pasaba el verano en Tulancingo. Recuerdo con claridad el día en que oí el relato de José Smith. Sentí que era verdad y esa misma noche me arrodillé por primera vez y oré tal y como usted me había enseñado. En aquella ocasión aprendí a hablar con mi Padre Celestial.

    Mi madre se enojó con mi padre a causa de mi bautismo y me enviaron a un internado católico. No había miembros de la Iglesia en toda la zona y ni siquiera tenía un ejemplar del Libro de Mormón, pero seguí orando y la semilla que usted plantó en mi corazón empezó a germinar.

    Un día, mientras analizaba mi situación religiosa, sentí que mi Padre Celestial no estaba complacido conmigo. Estaba confusa. Le dije que deseaba pertenecer a Su iglesia y le pedí que me ayudara a ser una buena hija Suya. Poco después, tuve la impresión de escribir a la escuela de la Iglesia [SUD] en la Ciudad de México para pedir ser admitida allí. Fui aceptada y es a partir de entonces que comenzó a formarse mi testimonio.

    Siete años más tarde mis tres hermanas menores se unieron a la Iglesia y también se fueron a vivir a la escuela de la Iglesia. Mi madre nos hacía asistir a su iglesia en el verano, pero aun así, leíamos las Escrituras y comenzamos a efectuar la noche de hogar. A los diez años de mi bautismo, se bautizaron mi madre y mi hermano menor, y mi padre un año después. Éramos la primera familia de miembros de nuestra ciudad y de todas las ciudades de los alrededores. Como el centro de reuniones más cercano se hallaba a cuatro horas de distancia, mis padres se desplazaban hasta allí cada dos semanas para asistir a las reuniones.

    Durante ese período enfermé y me fui a vivir algunos meses con mis padres. Teníamos la noche de hogar cada semana, actividad a la que mi madre invitaba a todo el mundo y solían ir unas treinta personas.

    Un día llamé a la oficina de la misión de la Ciudad de México para pedir que enviaran a los misioneros, y así fue como nació la primera rama de toda aquella región. Mi padre era el presidente de la rama y mi madre la presidenta de la Sociedad de Socorro. Ahora hay muchas ramas en las demás ciudades, las cuales han sido organizadas en dos distritos.

    Mi hermana menor convirtió al hombre que es ahora su esposo y ambos han servido en una misión. Él es obispo en Ciudad Juárez y tienen cinco hijos. Dos de mis sobrinos y una sobrina también han servido como misioneros. Mi hijo mayor volvió el año pasado de su misión y mi hija se halla sirviendo actualmente en Washington, D.C., mientras que mi hijo menor parte la semana entrante para la misión en México.

    En resumidas cuentas, mis padres tienen veintiséis nietos que son miembros de la Iglesia y, como puede ver, una de las pequeñas semillas que usted plantó hace muchos años se ha convertido en un árbol y está dando fruto y produciendo semillas para nuevos árboles. ¿No es glorioso? Cuando mi hijo mayor salió para su misión, le dije que todo lo que tenía que hacer era plantar con amor en la viña del Señor. Puede que nunca viera crecer el árbol y dar fruto, pero el Señor sí lo haría.

    El Evangelio me ha proporcionado mucha felicidad y no sé qué habría sido de mi vida sin él. Sé que Jesucristo es mi Redentor y que Su obra avanzará, bendiciendo a las familias de toda la tierra.

    Su hermana en la fe,

    Jovita Pérez

    Al leer esa carta, me llené de gozo y ahora me doy cuenta de que puede que la cosa más importante que haya logrado en la misión fuera algo que en aquel entonces me había parecido insignificante.

    Rara vez los misioneros son conscientes de los resultados de sus labores, pero si hacemos todo lo bueno que podamos sin preguntarnos ni preocuparnos por las consecuencias, hallaremos el gozo verdadero al compartir el Evangelio.

    Rex Eugene Cooper es miembro del Barrio Highland 4, Estaca Highland Este, Utah.