Thomas S. Monson

“Y un niño los pastoreará”

Durante el ministerio de nuestro Señor y Salvador en Galilea, los discípulos fueron a Él, preguntando: “…¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?

“Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos,

“y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

“Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos.

“Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe.

“Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:1–6).

Los Muchos Aspectos del Abuso Infantil

Hace poco, mientras leía el periódico, me puse a pensar en ese pasaje y en la llana franqueza de las palabras del Salvador. En una columna del diario se describía una batalla que había tenido lugar entre un padre y una madre por la tutela de su hijo; hubo acusaciones, amenazas y expresiones de ira mientras los dos viajaban de acá para allá en un escenario internacional y se trasladaba a la criatura de un continente a otro.

Otro artículo hablaba de un niño de doce años a quien golpearon y prendieron fuego por negarse a seguir las órdenes de un matón del vecindario que quería hacerle tomar drogas.

Y otro artículo se refería a un hombre que había abusado sexualmente de su hijita.

Un médico me habló una vez del gran número de niños que son llevados a las salas de urgencias de los hospitales de las ciudades de ustedes y de la mía. En muchos casos, los padres culpables cuentan historias falsas de cómo el niño se cayó de la sillita o tropezó con un juguete y se golpeó la cabeza. Con demasiada frecuencia se descubre que el pequeño era una víctima inocente del maltrato de uno de los padres. ¡Qué vergüenza que haya personas capaces de acciones tan viles! Dios los hará estrictamente responsables de sus acciones.

Los Niños Son Preciados Para el Señor

Al comprender cuán preciados son los niños, no nos será difícil seguir en nuestra relación con ellos el ejemplo que nos dejó el Maestro. No hace mucho, en el Templo de Salt Lake, tuvo lugar una tierna escena: los niños, a quienes las fieles obreras de la guardería habían estado cuidando bondadosamente, salían de allí en brazos de sus padres; una niña se volvió hacia aquellas hermanas que habían sido tan buenas y, haciéndole una seña con la mano, expresó el sentimiento que ellas le habían inspirado, diciendo: “¡Buenas noches, ángeles!”.

El poeta describió a un niño que acaba de venir del Padre Celestial como “un tierno capullo de humanidad, recién salido del hogar de Dios para florecer en la tierra” 1 .

Al tener a un niñito en los brazos, ¿quién de nosotros no ha alabado a Dios y se ha maravillado ante Su poder? Esa manita, tan chiquita pero tan perfecta, se convierte inmediatamente en tema de conversación. Nadie puede resistirse a colocar un dedo en la manita de un bebé, que en seguida se aferra a él; al hacerlo, no podemos evitar esbozar una sonrisa y cierto brillo en los ojos, y comprendemos mejor los sentimientos que inspiraron al poeta a escribir:

Un sueño y un olvido sólo es el nacimiento:
El alma nuestra, la estrella de la vida,
en otra esfera ha sido constituida
y procede de un lejano firmamento.
No viene el alma en completo olvido
ni de todas las cosas despojada,
pues al salir de Dios, que fue nuestra morada,
con destellos celestiales se ha vestido 2 .

Cuando los discípulos de Jesús trataron de impedir a los niños que se acercaran a Él, el Señor les dijo:

“…Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.

“De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él.

“Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía”. (Marcos 10:14–16.)

¡Qué magnífico ejemplo a seguir!

Podemos Bendecir la Vida de los Niños

Hace años me embargó un sentimiento cálido cuando la Primera Presidencia aprobó la distribución de una suma considerable de unas contribuciones especiales a las ofrendas de ayuno para que, unidas a los fondos del Club Rotario Internacional, proveyeran de vacunas para inmunizar a los niños de Kenya contra la polio, esa terrible enfermedad que mata a muchos de ellos y deja a otros lisiados.

Agradezco a Dios la labor de algunos médicos que por un tiempo abandonan su práctica privada y viajan a tierras distantes para atender a los niños enfermos. Con gran habilidad ellos reparan labios leporinos y otras deformidades que dejarían a un niño con daños físicos y sicológicos. Así, la desesperación da lugar a la esperanza y la gratitud reemplaza la aflicción. Esos niños pueden ahora mirarse al espejo y maravillarse ante el milagro que se ha producido en su vida.

Una vez hablé en una reunión sobre un dentista de mi barrio que todos los años se va a las Islas Filipinas a prestar servicio, sin remuneración alguna, y practicar odontología correctiva en los niños. Él les restaura la sonrisa, les levanta el espíritu y les mejora el futuro. Al hablar de ese hombre, no sabía que en la reunión estaba una de sus hijas. Después de terminar mi discurso, ella se me acercó y me dijo, con una sonrisa de justificado orgullo: “Usted hablaba de mi papá. ¡Lo quiero muchísimo y admiro lo que hace por esos niños!”.

En las distantes islas del Pacífico, cientos de personas que eran casi ciegas ahora ven porque un misionero le dijo a su cuñado, que es oculista: “Deja a tus clientes ricos, abandona las comodidades de tu lujosa casa y ven a ver a estos hijos de Dios que son especiales y necesitan tu ayuda inmediata”. El oculista respondió al llamado sin vacilar y ahora comenta modestamente que aquél fue el mejor servicio que jamás ha prestado en su vida y que la paz que ha sentido ha sido la bendición más grande que ha recibido.

Se me llenaron los ojos de lágrimas al leer sobre un hombre que donó uno de sus riñones a su hijo, con la esperanza de que pudiera vivir mejor. Me he arrodillado a orar por las noches, pidiendo por una mujer de nuestra comunidad que se trasladó a Chicago con el fin de dar parte del hígado a una hija, en una operación muy delicada en la que arriesgó su vida. Ella, que había descendido ya al “valle de sombra de muerte” para traerla al mundo, depositó nuevamente su confianza en Dios y puso su vida en peligro por esa hija; y lo hizo sin quejas, con un corazón dispuesto y con una oración de fe.

El élder Russell M. Nelson, del Quórum de los Doce Apóstoles, nos habló en una ocasión de la lamentable situación de los muchos niños huérfanos de Rumania, quizás unos 30.000 sólo en la ciudad de Bucarest. El visitó uno de esos orfanatos e hizo arreglos para que la Iglesia proveyera vacunas, vendas y otras cosas que con urgencia se necesitaban. Se localizó y se llamó a algunos matrimonios para que cumplieran misiones especiales con esos niños. No puedo imaginar servicio más cristiano que el tomar a uno de esos huerfanitos en brazos o llevarlo de la mano.

Sin embargo, no hace falta que se nos llame al servicio misional para bendecir la vida de los niños; por todas partes tenemos oportunidades ilimitadas de hacerlo, algunas muy cerca de nuestro propio hogar.

La Forma En Que Nos Bendicen los Niños

Hace varios años recibí la carta de una hermana que ha vuelto a la Iglesia después de un prolongado periodo de inactividad. Estaba ansiosa de que su marido, que todavía no era miembro, compartiera el gozo que ella sentía.

En la carta me contaba de un viaje que había hecho con su marido y sus tres hijos para visitar a la abuela, que vive en el estado de Idaho. Mientras pasaban por Salt Lake City, les llamó la atención un cartel con un mensaje en el que se invitaba a la gente a visitar la Manzana del Templo. A pesar de no ser miembro de la Iglesia, el jefe de familia comentó que sería agradable ir allí. Entraron todos al Centro de Visitantes y el papá llevó a dos de los niños por una rampa que alguien ha llamado “la rampa al cielo”; la madre y Tyler, el niño de tres años, se quedaron atrás admirando los bellos cuadros que adornan las paredes. Al caminar hacia la magnífica escultura de Thorvaldsen, el Christus, el pequeño Tyler soltó la mano de su mamá y corrió hacia la estatua, exclamando: “¡Es Jesús! ¡Es Jesús!”. Al tratar la madre de contenerlo, el niñito se volvió hacia sus padres y les dijo: “No se preocupen; ¡a Él le gustan los niños!”.

Al salir del centro y de nuevo se encontraban en camino hacia la casa de la abuela, el padre le preguntó a Tyler qué le había gustado más de la Manzana del Templo. Sonriendo, el hijito le contestó: “Jesús”.

“¿Cómo sabes que Él te quiere, Tyler?”

Con una expresión muy seria, el niño lo miró a los ojos y contestó: “Papá, ¿no le viste la cara?”. No hacía falta decir más.

Al leer ese relato, recordé las palabras del libro de Isaías: “…y un niño los pastoreará” (Isaías 11:6).

La letra de un himno de la Primaria expresa los sentimientos del corazón de un niño:

Dime la historia de Cristo,
hazme sentir
cosas que de sus labios quisiera oír:
obras que hizo en tierra o mar,
cosas de Cristo quiero escuchar.
Quiero saber de los niños que Él llamó,
imaginarme la dicha que a ellos dio;
actos de gracia con dulce voz
y en Su rostro la luz de Dios. 3

La Bendición de los Niños Nefitas

No conozco un pasaje de las Escrituras más conmovedor que el relato del Salvador en el que bendice a los niños, que se encuentra en 3 Nefi. El Maestro había hablado emotivamente a la gran multitud de hombres, mujeres y niños. Después, respondiendo a la fe y al deseo de ellos de que se quedara un poco más, los instó a que le llevaran a los lisiados, los ciegos y los enfermos para sanarlos; ellos aceptaron gozosos. El registro revela que él “los sanaba a todos” (3 Nefi 17:9). A esto siguió Su magnífica oración al Padre, de la cual la multitud dijo: “…Jamás el ojo ha visto ni el oído escuchado, antes de ahora, tan grandes y maravillosas cosas como las que vimos y oímos que Jesús habló al Padre” (3 Nefi 17:16).

Después de ese maravilloso acontecimiento, Jesús “…lloró… y tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y rogó al Padre por ellos…

“y habló a la multitud, y les dijo: Mirad a vuestros pequeñitos.

“Y he aquí, al levantar la vista para ver, dirigieron la mirada al cielo, y vieron abrirse los cielos, y vieron ángeles que descendían del cielo… y bajaron y cercaron a aquellos pequeñitos… y los ángeles les ministraron” (3 Nefi 17:21, 23–24).

Una y otra vez reflexioné sobre esta frase: “…el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Marcos 10:15).

Thomas Michael Wilson

Un misionero que cumplió en su vida esas palabras del Salvador fue Thomas Michael Wilson, hijo de Willie y Julia Wilson, Route 2, Box 12, Lafayette, Alabama. El élder Wilson terminó su misión terrenal el 13 de enero de 1990. Cuando era apenas un adolescente, y ni él ni su familia eran todavía miembros de la Iglesia, enfermó de cáncer; hubo que someterle a un doloroso tratamiento de radiación, a lo cual siguió una remisión de la enfermedad. Eso llevó a la familia a darse cuenta no sólo de que la vida es preciosa sino también de que puede ser breve. Empezaron a buscar ayuda en la religión para ese tiempo de tribulación; más tarde conocieron la Iglesia y se bautizaron. Después de aceptar el Evangelio, el joven hermano Wilson anhelaba la oportunidad de ser misionero. Por fin llegó el llamamiento para servir en la Misión Utah Salt Lake City. ¡Qué privilegio el representar de esa manera al Señor y a su familia!

Sus compañeros de misión describían su fe diciendo que era como la de un niño: incondicional, firme e inalterable; era un ejemplo para todos. Después de once meses, la enfermedad volvió; el cáncer a los huesos hizo necesario amputarle un brazo y un hombro. Aun así, persistió en su labor misional.

El valor y el deseo fervoroso que el élder Wilson tenía de continuar en la misión conmovieron de tal modo a su padre, que todavía no era miembro, que él investigó las enseñanzas de la Iglesia y se convirtió.

Una llamada telefónica anónima me puso en conocimiento de la situación del élder Wilson. La persona que llamaba no quiso darme su nombre, pero comentó que hasta ese momento nunca había llamado a una Autoridad General; no obstante, dijo: “No son muchas las veces que se conoce a alguien del calibre del élder Wilson”.

Supe que una investigadora a quien él había enseñado, y que se había bautizado en el baptisterio de la Manzana del Templo, quería que la confirmara el élder Wilson, por quien sentía gran respeto. Para ello fue, junto con otras personas, al hospital donde él se hallaba internado. Allí, colocando la mano que le quedaba sobre la cabeza de ella, el élder Wilson la confirmó miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Mes tras mes el élder Wilson continuó en su preciado pero doloroso servicio de misionero. Se le dieron bendiciones; se oró por él. El espíritu de sus compañeros de misión se elevó, su corazón estaba rebosante, vivían más cerca de Dios.

La condición del élder Wilson se fue deteriorando. El fin se acercaba y debía regresar a su casa. Pidió que lo dejaran en la misión aunque fuera un mes más. ¡Y qué mes más excepcional! Como un niño que confía totalmente en sus padres, él depositó su confianza en Dios. Y Aquel en quien silenciosamente confiaba abrió las ventanas de los cielos sobre él y lo bendijo de manera abundante. Sus padres, Willie y Julia Wilson, y su hermano Tony fueron a Salt Lake City a buscarlo para volver a Alabama. No obstante, faltaba recibir una bendición por la que había orado, una anhelada bendición: los Wilson me invitaron a que los acompañara al Templo Jordan River, Utah, donde se llevaron a cabo esas sagradas ordenanzas que unen a las familias por esta vida y por la eternidad.

Me despedí de la familia. Me parece ver al élder Wilson cuando me agradeció el haber estado con él y sus seres queridos. Me dijo: “Si tenemos el Evangelio de Jesucristo y lo vivimos, lo que pase en esta vida no tiene importancia”. ¡Qué valor, qué confianza, qué amor tan grandes! Después, los Wilson hicieron el largo viaje de regreso a Lafayette, donde el élder Thomas Michael Wilson pasó de aquí a la eternidad.

El presidente Kevin K. Meadows, presidente de rama del élder Wilson, presidió el funeral. Comparto con ustedes unas palabras de la carta que me escribió: “El día del funeral, llevé aparte a los Wilson y les expresé los sentimientos de usted, presidente Monson, tal como usted me pidió. Les recordé lo que el élder Wilson le dijo a usted aquel día en el templo, de que no le importaba si predicaba el Evangelio de este lado del velo o del otro, con tal de enseñarlo. Les entregué las palabras inspiradoras que usted me envió de los escritos del presidente Joseph F. Smith [1838–1918], acerca de que el élder Wilson había terminado su misión terrenal, y que él, al igual que todos ‘los fieles élderes de esta dispensación, cuando salen de la vida terrenal, continúan sus obras en la predicación del evangelio de arrepentimiento y redención, mediante el sacrificio del Unigénito Hijo de Dios, entre aquellos que están en tinieblas y bajo la servidumbre del pecado en el gran mundo de los espíritus de los muertos’ [D. y C. 138:57]. El Espíritu testificó que ése es el caso con este fiel siervo. Al élder Wilson lo sepultaron llevando puesta la placa de misionero con su nombre”.

Estoy seguro de que cuando los padres van a ese cementerio rural a poner flores en la tumba de su hijo, recuerdan el día en que nació, y el orgullo y el gozo verdadero que sintieron. Ese niñito se convirtió en el hombre extraordinario que más tarde puso a su alcance la oportunidad de lograr la gloria celestial. Quizás en esas visitas, cuando afloran esas emociones y no se pueden contener las lágrimas, ellos dan gracias a Dios por su hijo misionero que nunca perdió la fe de niño, y luego reflexionan profundamente en las palabras del Maestro: “…y un niño los pastoreará” (Isaías 11:6).

La bendición que reciban será la paz, y también será la nuestra si recordamos al Príncipe de Paz y lo seguimos.

Notas

  1. 1.

    Gerald Massey, “Wooed and Won”, en The Home Book of Quotations, selecciones de Burton Stevenson, 1934, pág. 121.

  2. 2.

    William Wordsworth, “Ode: Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood”, The Complete Poetical Works of William Wordsworth, 1924, pág. 359.

  3. 3.

    “Dime la historia de Cristo”, Canciones para los niños, pág. 36.

Ideas para los maestros orientadores

  1. 1.

    Al comprender cuán preciados son los niños, no nos será difícil seguir el ejemplo que nos dejó el Maestro en nuestra relación con ellos.

  2. 2.

    No hace falta que se nos llame al servicio misional para bendecir la vida de los niños; por todas partes tenemos oportunidades ilimitadas de hacerlo.

  3. 3.

    No conozco un pasaje de las Escrituras más conmovedor que el relato del Salvador en el que bendice a los niños, según se encuentra en 3 Nefi 17.