2002
Hasta la última frontera
junio de 2002


Hasta la última frontera

Basada en hechos reales

Era el mes de octubre y, al despuntar el día, hacía frío. Mientras ayudaba a cargar nuestras pertenencias en el carromato, el peso que había en mi corazón, el de una adolescente de diez años, era mayor que el de los bultos de ropa y comida que acarreaba. No es justo, pensaba. No quiero dejar mi casa y mis amigos e irme a un lugar desconocido.

Era 1877, y nuestra casa cerca de St. George, Territorio de Utah, de por sí ya estaba más que alejada de Salt Lake City; y ahora nos íbamos aún más lejos.

Mi madre dijo: “Mary Agnes, antes de irnos, asegúrate de que hayamos recogido todo lo que había detrás de la casa”.

Mientras inspeccionaba esa parte de la casa, pensé en el día, seis meses atrás, en que mi padre había regresado de la dedicación del Templo de St. George. Mi madre y yo nos habíamos quedado en casa porque mi hermanito estaba enfermo. Simplemente con mirar a mi padre supimos que había ocurrido algo serio.

Mi madre fue la primera en hablar: “William, ¿qué ocurre?”.

Mi padre la abrazó y, con lágrimas que le bañaban las mejillas, dijo: “Debemos dejar nuestro hermoso hogar”. No pudo decir más.

¿Irnos? ¿Cómo podíamos irnos? Después de ahorrar por años, por fin habíamos sido capaces de comprar la granja y de edificar una casa agradable para los diez integrantes de la familia. Teníamos caballos, ganado y otros animales de granja. Vivíamos cerca de mi abuela y de mis primos. Yo podía ir a la escuela en la ciudad. ¿Quién podía pedirnos un sacrificio semejante?

Tiempo después oí a mis padres hablar de lo que estaba pasando. Hacían falta familias para establecer más al sur asentamientos de miembros de la Iglesia, y el presidente Brigham Young había pedido a nuestra familia que se mudara. Había aconsejado a mi padre que vendiera la granja y todo lo que teníamos para que no nos viéramos tentados a regresar a Utah, pues se nos necesitaba en Arizona.

Arizona era un lugar con poca agua y con un paisaje que dejaba mucho que desear. Hacía un año, el profeta había llamado a algunas personas para que se trasladaran allí, pero muchos habían regresado a Utah porque no podían soportar las dificultades. Mi padre dijo que habría sido casi imposible pedirle un sacrificio más grande.

La voz de mamá me hizo volver a la realidad. “Es duro marcharse, ¿no es cierto, Mary Agnes? ¿Conoces la verdadera razón de nuestra marcha?”.

Yo negué con la cabeza.

“Nos vamos a Arizona porque el profeta nos ha llamado a hacerlo”, me explicó mi madre. “¿Recuerdas que te hablé de cuando tenía tu edad y vivía con mi familia en Nauvoo? Después del asesinato del profeta José Smith, hubo contenciones con nuestros vecinos y las Autoridades Generales nos dijeron que abandonáramos nuestras casas y nos dirigiéramos al Oeste, pues allí seríamos preservados y podríamos adorar en paz”.

“Fue terrible tener que dejar nuestra casa, pero no podíamos hacer otra cosa a menos que nos alejáramos de Dios, de las Autoridades Generales y de la Iglesia. Realizamos el largo trayecto a Salt Lake y volvimos a sacrificarnos cuando seguimos el consejo del presidente Brigham Young de partir de allí y establecernos aquí.

“Ahora se nos ha pedido que nos vayamos a Arizona. No tenemos que ir; nadie nos está obligando. No peligran nuestras vidas; podríamos encontrar motivos para no irnos. Pero esta vez la lucha por obedecer procede de nuestro interior”.

Mamá me abrazó mientras continuaba. “El Señor dice que cuando recibimos un mandamiento ‘sea por [Su] propia voz o por la voz de [Sus] siervos, es lo mismo’ (D. y C. 1:38). Nuestro profeta nos ha hablado y sé que Dios habla por medio de él. Tu padre y yo decidimos hace tiempo seguir al profeta sin importar el sacrificio que se nos requiriera”.

El Espíritu me dio consuelo mientras escuchaba el testimonio de mi madre y me sentí fortalecida ante las incertidumbres que nos aguardaban.

Al subirme al carromato ya cargado de nuestras pertinencias, eché un último vistazo a nuestro antiguo hogar y luego volví el rostro al camino hacia Arizona y me di cuenta de que también yo tenía un testimonio del representante de Dios en la tierra. Al igual que mis padres, decidí que seguiría al profeta, hasta la última frontera.

“Se nos ha prometido que el Presidente de la Iglesia, como revelador de ésta, recibirá guía para todos nosotros. Estaremos seguros si obedecemos lo que él dice y seguimos su consejo” —Presidente James E. Faust, Segundo Consejero de la Primera Presidencia (“La revelación continua”, Liahona, agosto de 1996, pág. 6).