La gráfica misional de Sandy


Una historia real

Soy miembro de la Iglesia gracias a una niña de cinco años que era miembro y también misionera de la Iglesia.

Cuando yo era joven, mi madre estaba buscando una iglesia que respondiera a todas sus preguntas, por lo que cada semana asistíamos a una iglesia diferente, aunque ninguna la dejó satisfecha. Por fin mamá se dio por vencida.

Por aquel entonces mi mejor amiga era Sandy Guthrie, con quien jugaba casi todos los días. Un sábado por la tarde me preguntó si me gustaría ir a la iglesia con ella al día siguiente. Le pregunté a qué iglesia pertenecía, pues creía que podría haber ido ya. Me dijo que se trataba de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Era una iglesia a la que no había ido, por lo que accedí a ir; lamentablemente, cuando le pedí permiso a mamá, me dijo que ese domingo tenía otros planes.

Sandy volvió a invitarme a la semana siguiente y de nuevo le pedí permiso a mamá, pero tuvo otra excusa y no me dejó ir.

Como era una buena misionera, Sandy no se dio por vencida y me sugirió que me levantara temprano el domingo por la mañana, que me arreglara y que entonces le pidiera permiso a mi madre. Me pareció una idea fantástica: si mamá no tenía que hacer un esfuerzo especial para ayudarme a arreglarme, quizás estuviera más dispuesta a dejarme ir.

El domingo por la mañana me puse mi mejor ropa y desperté a mamá. Esta vez se negó rotundamente; no me dio excusa alguna y no dejó ninguna opción para hacerle cambiar de opinión. Simplemente dijo que no, así que hice lo que suelen hacer la mayoría de los niños de cinco años: lloré.

Supongo que las lágrimas y mi deseo y determinación conmovieron a mi madre, porque accedió con la condición de ir conmigo.

Aquella mañana, mamá y yo fuimos a la iglesia con Sandy y su familia. Mamá sintió el Espíritu fuertemente y supo de inmediato que había encontrado la Iglesia verdadera. Esa tarde, los misioneros le enseñaron la primera charla y accedió a bautizarse.

Han pasado más de veinte años desde entonces y cuando les cuento esta historia a mis hijos, hago una gráfica donde les muestro todas las personas que se han unido a la Iglesia porque Sandy me invitó a ir con ella. Hay más de cien personas en la gráfica, muchas de las cuales, al igual que yo, no sólo aceptaron el Evangelio, sino que sirvieron como misioneros regulares y brindaron el conocimiento de la verdad a los demás. La gráfica demuestra que la dedicación de una niña de compartir el Evangelio puede bendecir las vidas de muchas personas.

No sé a cuántas personas haya invitado Sandy a ir a la iglesia ni cuán grande y completa pueda ser la gráfica de ella, pero sí sé que le estoy más agradecido de lo que puedo expresar. También sé que jamás podré pagarle lo que hizo, pero puedo seguir su ejemplo y compartir el Evangelio siempre que sea posible, en caso de que encuentre a otra familia que esté buscando la verdad.