Sólo tenía quince años la primera vez que vi a los misioneros regulares, dos jóvenes agradables con algo inusual en sus rostros. Aunque no recordaba mucho de lo que dijeron durante la primera charla, no pude olvidar el buen sentimiento que tuve mientras hablaba con ellos.

Yo era el presidente del grupo de jóvenes de mi iglesia y no estaba interesado en cambiar de religión. De hecho, cuando mi hermano mayor y mi hermana decidieron bautizarse, me sentí traicionado. Aunque desaprobaba lo que estaban haciendo, fui a su servicio bautismal para apoyarles. Me costaba admitirlo, pero durante el bautismo volví a sentirme bien.

Pasó el tiempo y me hice cada vez más amigo de los misioneros. Finalmente renuncié a mi puesto como presidente del grupo de jóvenes de mi iglesia, pero seguía sin estar seguro si quería bautizarme.

Entonces, un día uno de los élderes llegó a casa con un miembro del barrio. Le dije: “Élder, alguna vez me gustaría trabajar con usted”, a lo cual él contestó: “Lo siento, pero para servir como misionero, antes debe ser miembro de la Iglesia”.

Varios días después tomé los folletos que los misioneros habían dejado en casa, los leí uno por uno, busqué en la Biblia y en el Libro de Mormón los pasajes de las Escrituras y luego, poniendo a prueba la promesa de Moroni, oré para saber si el Libro de Mormón era verdadero. El Espíritu me testificó que ciertamente lo era y me bauticé seis meses después de conocer a los misioneros.

Lo primero que hice después de bautizarme fue preguntar a los misioneros si ya podía trabajar con ellos. “Debe aguardar a recibir el Sacerdocio Aarónico”, fue su respuesta. Dos semanas más tarde recibí el sacerdocio y ese mismo día salí con los élderes. Al caminar con ellos, decidí que algún día también yo sería misionero regular.

Durante los años siguientes, disfruté de todas las bendiciones que tienen los jóvenes Santos de los Últimos Días: asistí a seminario y a las actividades de los Hombres Jóvenes, bendije y repartí la Santa Cena y finalmente recibí el Sacerdocio de Melquisedec. Lamentablemente, mi madre se oponía a mi actividad en la Iglesia y protestaba porque le dedicaba demasiado tiempo. Cuando cumplí diecinueve años y empecé a llenar los papeles de la misión, mi madre me pidió que dejara de hacerlo. Decidí respetar sus deseos y servir al Señor de cualquier otra forma.

Durante los cuatro años siguientes, serví como secretario de estaca, dedicando mi alma, mente y fuerza a esos deberes; y con frecuencia trabajaba con los misioneros regulares. Soñaba con algún día poder ser un misionero regular.

Con el tiempo fui llamado a dar clases de seminario, oportunidad que, junto con la de mi llamamiento en la estaca, me tenía bastante ocupado para sentir que por lo menos estaba sirviendo al Señor, aunque no estuviera en la misión.

Entonces un día mi hermana nos fue a visitar con sus dos lindas hijitas. Era un mes antes de que cumpliera yo 24 años; se agotaba el tiempo y sabía que tenía que decidir qué iba a hacer con mi vida. Aquel día una de mis sobrinas se quedó dormida en mis brazos y, al contemplarla mientras dormía, me di cuenta de que algún día tendría hijos que me preguntarían: “Papá, ¿por qué no fuiste a la misión?”. Tomé la decisión en ese mismo instante.

A mi madre le costó aceptarlo. Ella y mi padre estaban separados y yo era el único hijo que estaba con ella en casa. Aún así, sabía que estaba haciendo lo correcto, por lo que llené los papeles y los envié. Cuando llegó mi llamamiento para servir en la Misión Honduras Comayaguela, mi madre se enfadó tanto que se puso enferma, pero con el tiempo empezó a aceptar mi decisión e incluso me ayudó en los preparativos para mi partida.

El día que salí para el Centro de Capacitación Misional di a mi madre una bendición del sacerdocio. Al servir empecé a entender la promesa del Señor: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis” (D. y C. 82:10). Cuán grande era mi gozo cuando el llamamiento que por tanto tiempo había ansiado fue por fin mío: el de dedicarme las 24 horas al día a representar al Señor y a Su Iglesia. Cuán grande fue mi gozo cuando al año de mi misión recibí una carta de mi madre en la que decía que había aceptado la verdad y que se había bautizado. Cuán agradecido estoy por haber dado aquel salto de fe.

Walfre Ricardo Garrido es miembro del Barrio Atiquizaya, Estaca Atiquizaya, El Salvador.