Mi amigo y consiervo: El ejemplo de Luan Felix da Silva

por el élder Claudio R. M. Costa

de los Setenta

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    Siempre que pienso en la parábola del Salvador de las ovejas y los cabritos, y en Sus maravillosas promesas a los que le sirven (véase Mateo 25:31–46), me acuerdo de un joven llamado Luan.

    Conocí a Luan en febrero de 2001 en un campamento de Hombres Jóvenes, en Recife, Brasil. En Brasil era la época del carnaval, una fecha que se ha convertido en cuatro días de fiesta desenfrenada. Durante el carnaval, las estacas suelen realizar conferencias de juventud y campamentos para ofrecer a los jóvenes Santos de los Últimos Días una alternativa divertida y sana. Cumpliendo con mi asignación de presidente del Área Brasil Norte, me hallaba de visita en uno de esos campamentos de Hombres Jóvenes de la Estaca Boa Viagem, Recife, Brasil.

    La primera vez que vi a Luan, me percaté de que era muy delgado y no tenía cabello. También me fijé en que tenía muchos amigos. Supe, además, que acababa de cumplir doce años e iba a ser ordenado diácono en el campamento.

    También me enteré de que Luan padecía un cáncer de huesos en la pierna izquierda. De hecho, poco antes del campamento le dijeron que el cáncer se estaba extendiendo a tanta velocidad que precisaban amputarle la pierna de inmediato; pero como Luan quería desesperadamente recibir el Sacerdocio Aarónico en el campamento y jugar al fútbol con sus amigos por última vez, su médico había accedido a posponer la operación durante una semana.

    Rodeado de sus hermanos de la Iglesia, Luan brillaba literalmente de felicidad. Tras su ordenación al sacerdocio ese domingo, Luan compartió un hermoso testimonio sobre su fe en el Evangelio y su gratitud por el amor del Salvador.

    Me acerqué a él y nos hicimos muy amigos. Después de la operación, le visité en su casa en compañía de su obispo, Ozani Farias, y su presidente de estaca, Mozart B. Soares. Esos buenos líderes constituían una bendición en la vida del joven y siempre estuvieron allí para consolarle, apoyarle y ayudarle.

    Sentí el Espíritu muy fuerte en casa de Luan; él, junto con su madre y hermanas, se había unido a la Iglesia hacía ocho meses. No había un padre en el hogar y la madre de Luan trabajaba mucho para proveer para la familia. Su pequeña casa estaba limpia y ordenada, y yo sabía que aquel sencillo hogar albergaba una familia muy especial.

    Durante nuestra visita, nos fijamos en que la familia carecía de muchas cosas básicas. Por ejemplo, Luan tenía que dormir en un sofá incómodo porque no tenía cama; mas cuando preguntamos a la familia qué cosas necesitaba, nos respondieron: “Tenemos el Evangelio, nuestros amigos de la Iglesia y somos una familia feliz. Muchas gracias, pero no precisamos nada más”.

    Poco tiempo después de nuestra visita, la salud de Luan empeoró y los médicos descubrieron un gran tumor en la base de su columna vertebral. No se lo podían extirpar mediante una operación quirúrgica, por lo que Luan tuvo que ingresar en el hospital para someterse a nuevas sesiones de quimioterapia.

    Una noche, cuando el presidente Soares y yo visitamos a Luan en el hospital, le encontramos con mucho dolor. Él nos hizo diversas preguntas, como: “¿Qué es la muerte?” y “¿Qué sucede al morir?”.

    Le expliqué que la muerte es parte de la eternidad y que no es una puerta que se cierra, sino una que se abre para que regresemos a la presencia de Dios. Luan entendió y sonrió; dijo que ahora estaba preparado. Luego nos pidió que le diéramos una bendición y así lo hicimos.

    En la cama al lado de Luan se hallaba un joven de catorce años llamado Pedro, quien también nos pidió una bendición. Yo le pregunté si tenía fe en Jesucristo y él dijo que sí. Le explicamos lo que es el sacerdocio y que le íbamos a bendecir en el nombre de Jesucristo. Cerró los ojos y sonrió mientras le bendecíamos. Luego, una señorita de dieciocho años nos pidió que le diéramos una bendición a ella también.

    Supe que Luan y su madre habían consolado a Pedro y a muchos otros jóvenes enfermos de cáncer y a sus padres. Cuando aquella noche salí del hospital, me sentía edificado al ver que Luan y su madre, aunque estaban sufriendo, tuvieron la entereza de visitar a otras personas y atender a las necesidades de ellas.

    Cuando el presidente Soares preguntó a Luan qué le gustaría hacer al salir del hospital, él le respondió que quería hacer bautismos por los muertos en el Templo de Recife, Brasil. Una vez que salió del hospital, el presidente Soares y el obispo Farias le ayudaron a cumplir con su deseo. Luan realizó tantos bautismos como se lo permitieron sus fuerzas, y al final de aquel día en el templo irradiaba de felicidad al poder hacer algo por los demás, aun cuando él mismo estuviera padeciendo gran dolor.

    Luan Felix da Silva falleció el 20 de agosto de 2001. Siempre que pienso en mi amigo y consiervo, recuerdo las palabras del Salvador:

    “…Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros…

    “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;

    “estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí…

    “Y… el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:34–36, 40).