Un día desastroso y horrible

por Brenda Williams

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    Tensión, dudas y más tensión. ¿Cómo iba a soportarlo todo?

    Estaba sentada en el borde de la cama, con el grueso libro de biología en el regazo, mientras intentaba estudiar para el examen del día siguiente. Cuando pasaba lentamente las páginas del complicado capítulo de la respiración celular, la mandíbula se me tensaba mientras me esforzaba por concentrarme; pero fue inútil.

    Los ojos se me llenaron de lágrimas. Aquella tarde había fracasado miserablemente al intentar conseguir un papel. Había sido mi primer intento en el teatro de la escuela secundaria. Aunque indocta en las artes del baile, la interpretación y el canto, me había presentado a las pruebas del musical a instancia de mis amistades, y no lo había hecho bien. Mi audición de baile y canto no fue nada del otro mundo, pero esa noche tuvo lugar la prueba final, la parte en la que esperaba tener éxito: un monólogo humorístico que había tenido que memorizar y ahora representar ante el ojo crítico del director y la junta de la audición. Me había preparado para el monólogo con días de antelación, escribiendo y memorizando el guión con detalle hasta que estuve segura de poder representarlo hasta en sueños. Pero al llegar a la escuela, no podía pensar con claridad. No sólo estaba nerviosa, sino también cansada y preocupada por los dos exámenes difíciles que tenía al día siguiente. Intenté recordar mis parlamentos, aquellas palabras que conocía tan bien, pero me salían entrecortadas y mi dicción era titubeante e insegura.

    Al encontrarme de vuelta en casa noté cómo las lágrimas empezaban a bañar mis labios y traté de acallar mis sollozos. Nada parecía estar saliendo bien durante las últimas semanas: una de mis mejores amigas estaba actuando de forma fría y distante; tenía un horario difícil que hacía que me sintiera siempre tensa; y empezaba a tener dudas constantes respecto a solicitar plaza en la universidad. Y ahora, después de la vergüenza de la audición de esa noche, no sabía cómo ponerme a estudiar y mucho menos dormir. Cerré el libro de biología y lo puse en el suelo; la emoción se adueñaba de mí mientras hundía el rostro en la almohada.

    Entonces oí un golpecito en la puerta y la voz preocupada de mi madre. “¿Necesitas una bendición?”, preguntó dulcemente. Levanté la vista con la intención de decirle que se fuera; tenía el rostro hinchado y colorado, manchado por las lágrimas y las marcas de los pliegues de la almohada. Al incorporarme, vi a mis padres en la entrada del cuarto y supe que lo que más necesitaba por encima de todo era una bendición del sacerdocio. Asentí sin poder pronunciar palabra alguna, sollozando un poco mientras seguía a mis padres por el corredor hasta su cuarto.

    Ya tenía un testimonio del sacerdocio antes de aquella noche; había oído de las bendiciones que daban los pioneros, así como de las bendiciones que en la actualidad se daban a víctimas de incendios, a niños en coma y a personas que no tenían la esperanza de sobrevivir. Había recibido mi bendición patriarcal dos años atrás y era consciente de la veracidad única y del amor que contenía.

    Mas cuando aquella noche mi padre puso sus manos sobre mi cabeza, mi testimonio del sacerdocio se fortaleció. Podía apreciar el poder divino de sus frases, en la tierna presión de sus manos. La bendición no se centró en mis necesidades superficiales, sino en lo que más necesitaba escuchar. Cuando mi padre hubo concluido, mi corazón se llenó de gozo al contemplar el poder de sus palabras, aquellas palabras sencillas que me sanaron el alma y que sabía que no procedían de él. Mi padre no podía recordar lo que había dicho, pero yo sí; y los sentimientos negativos de la tensión y el temor se habían transformado en una paz dulce y suave.

    Sonreí a mi madre, agradecida por su inspirada sugerencia. Al volverme y abrazar a mi padre, pude sentir en el calor de sus brazos un eco del amor de mi Padre Celestial y de Su Hijo, cuidando y preocupándose de mí más de lo que jamás podría hacer nadie. Me sentía muy agradecida por esa bendición modesta, por esas palabras apacibles, poderosas y consoladoras.

    Aquella noche dormí profundamente por primera vez en semanas, despreocupada y segura de mi futuro como una hija amada de Dios.

    Brenda Williams es miembro del Barrio BYU 47, Estaca Universidad Brigham Young 12.

    “Dejemos todo a Su cuidado”

    “Cada uno de nosotros va a padecer dolor de una manera o de otra… Es posible que el dolor derive del sentirnos solos o deprimidos. A menudo es el resultado de nuestra desobediencia a los mandamientos de Dios, pero también lo sufren aquellos que están haciendo todo lo posible por mantener su vida en armonía con el ejemplo del Salvador…

    “El élder Orson F. Whitney escribió: ‘Ningún dolor que padezcamos, ninguna prueba por la que pasemos es en vano, ya que sirve para nuestra educación; contribuye al desarrollo de cualidades tales como la paciencia, la fe, la fortaleza y la humildad. Todo lo que sufrimos y todo lo que soportamos, sobre todo cuando lo hacemos pacientemente, edifica nuestro carácter, nos purifica el corazón, nos magnifica el alma y nos hace más sensibles y más caritativos, más dignos de ser llamados hijos de Dios… y es mediante los pesares y el sufrimiento que adquirimos la educación que vinimos aquí a adquirir’ (citado en Improvement Era, marzo de 1966, página 211)…

    “El Señor es el Protector supremo. Debemos ponernos en Sus manos. Al hacerlo, nos desprendemos de lo que sea que esté causando nuestro dolor y dejamos todo a Su cuidado. ‘Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará’ (Salmos 55:22). ‘…Y entonces Dios os conceda que sean ligeras vuestras cargas mediante el gozo de su Hijo’ (Alma 33:23)”. —Élder Robert D. Hales, del Quórum de los Doce Apóstoles (Véase “La curación del alma y del cuerpo”, Liahona, enero de 1999, págs. 18–19)