Voces de los Santos de los Últimos Días

por Helen Sturdevant


Un testimonio viviente

Decir que a mi esposo y a mí nos tomó por sorpresa saber que, a la edad de cuarenta años, esperábamos un bebé, sería quedarse cortos. Las complicaciones durante el embarazo hicieron que los médicos no tardaran en mandarme reposo absoluto. Mi esposo me dio una bendición del sacerdocio en la que se me prometió que todo iría bien si hacía lo que me decían los médicos.

Sin embargo, el reposo se convirtió en una prueba difícil mientras intentaba atender a las necesidades de nuestros dos hijitos y mantenerme ocupada.

Cuando los miembros del barrio se dieron cuenta de que iba a estar confinada durante todo el embarazo, las cenas empezaron a llegar con regularidad. Las amigas solían llevarse a mi hijo de tres años para pasar el día con ellas, y cuando el otro hijo de seis años regresaba a casa de la escuela, siempre aparecía alguien que venía para ver cómo estaba. Las hermanas venían con frecuencia a limpiar la casa y lavar la ropa, y solían terminar sentadas en mi cama para charlar conmigo.

Más de dos meses antes de la fecha del alumbramiento empecé a tener contracciones y nació nuestro pequeño y frágil hijo. Estaba tan enfermo que los médicos nos dijeron que debíamos hacer los arreglos necesarios y preparar el funeral. Entramos a ver a nuestro hijito, cubierto de cables y tubos, en una incubadora. Derramando abundantes lágrimas, mi esposo y otros dos hermanos ungieron y bendijeron a nuestro bebé, John, el cual respondió comenzando a luchar por su vida.

Mientras mi esposo y yo pasamos muchos días y noches en el hospital, los miembros de nuestro barrio continuaban con sus muchos actos de servicio y amor por nuestra familia; más de una vez durante el embarazo y al menos en dos ocasiones tras el nacimiento del bebé, todo el barrio ayunó y oró por nosotros.

En una ocasión, en la que se nos permitió llevar a John a la capilla aunque todavía estaba con oxígeno, una madre se acercó a nosotros con su hijo de ocho años. En voz baja, y casi de manera reverente, nos preguntó si su hijo podía ver al bebé. Nos explicó que su hijo había obtenido un testimonio del valor de servir y amar a los demás mediante el ayuno y la oración, y quería ver cómo habían recibido respuesta su fe y sus oraciones. Vio al bebé y lloró; le dijo a su madre que se sentía feliz por poder orar y ayunar. “Después de todo”, dijo, “mira lo que hizo nuestro Padre Celestial”.

Hoy día, John es un joven de diecisiete años de edad, activo y lleno de vitalidad; es un testimonio viviente para los miembros de aquel barrio generoso y su dedicación a la fe y la caridad. Las palabras no pueden expresar la gratitud que sentimos por ellos y por nuestro Padre Celestial.

Helen Sturdevant es miembro del Barrio Parkwood, Estaca Oak Hills, Austin, Texas.

Llevar Su nombre

Un día, mientras servía en la Misión Texas Fort Worth, mi compañero y yo acabábamos de visitar a unos investigadores y nos dimos cuenta de que no teníamos una cita para cenar, así que decidimos detenernos en alguno de los muchos restaurantes cercanos de comida rápida.

Cuando me acerqué a la caja, una empleada tomó mi pedido y me pidió mi nombre para poder anunciarlo por el altoparlante cuando la comida estuviera lista. “Élder García”, respondí.

La mujer pareció no entender mi inglés y de nuevo me preguntó cómo me llamaba. Para evitar cualquier malentendido, señalé mi placa identificativa, donde aparecía el nombre de la Iglesia en español.

Al volverme para sentarme con mi compañero y esperar la orden de comida, me fijé en el nombre que la mujer había escrito. En vez de anotar mi nombre, había escrito “Jesucristo”, en español. Es posible que se haya equivocado porque el nombre del Salvador se destaca en el logotipo de la Iglesia, o puede que no haya estado prestando atención.

Cada vez que recuerdo aquella sencilla experiencia siento el firme deseo de que la gente piense en Jesucristo cuando me vea, no sólo porque Su nombre aparezca en una placa de misionero, sino porque llevo Su nombre al hacer las cosas que Él nos enseña a hacer.

Raúl García es miembro del Barrio Pomona 3 (español), Estaca Covina (español), California.

Gente común

Hace unos años, mi esposo y yo regresábamos a nuestro hogar en Italia procedentes del Templo de Francfort, Alemania; en el coche iba otra pareja y un joven que estaba a punto de ir a la misión. Habíamos disfrutado de una semana maravillosa en el templo, pero mientras volvíamos a casa, mi corazón estaba agitado y no podía imaginarme el porqué.

Mientras todavía estábamos en Alemania, me fijé en que Angelo, mi esposo, dobló en una calle equivocada, pero no queriendo preocupar a los demás pasajeros, no dije nada. De repente, un camión enorme que venía en sentido contrario chocó contra nosotros. La fuerza del impacto hizo que nuestro vehículo girara sin control. Angelo no podía hacer nada; lo único que podíamos hacer era orar.

Finalmente, el coche se detuvo al chocar contra un árbol. Se rompieron todas las ventanas y había cristales por todas partes; hasta mis anteojos se hicieron añicos. De inmediato supe que estaban implicados seis coches más y que algunas de las víctimas estaban en estado grave.

Los paramédicos llegaron deprisa y se llevaron al hospital a mi esposo, al matrimonio que nos acompañaba y a algunas de las otras víctimas. El joven que pronto sería misionero y yo nos quedamos en el lugar del accidente. Me sentía confusa y perdida, dado que estaba en un país extranjero sin mi esposo y sin información alguna de lo que estaba pasando. Así que seguí volviendo el corazón hacia mi Padre Celestial por medio de la oración, y Su respuesta llegó casi de inmediato.

Se acercó un hombre. Era alemán, pero se dirigió a mí en inglés. Aunque no hablo ni inglés ni alemán, pude entenderle cuando se ofreció a llevarnos al hospital, pero como iba en bicicleta, dijo que regresaría a su casa para traer su auto.

Volvíamos a estar solos, pero en pocos minutos se acercó otro hombre. ¡Hablaba italiano! Estaba tan contenta que le abracé y me eché a llorar. Él quería ayudarnos, pero también tenía que ir por su vehículo.

Ambos hombres no tardaron en regresar, metieron nuestras maletas en sus autos y nos llevaron al hospital. El segundo hombre se fue, pero el primero se quedó conmigo todo el día, ayudándome a buscar a mi esposo, a comprar unos anteojos nuevos y a encontrar habitación en un hotel para pasar la noche. Por encima de todo, me dio ánimo y apoyo moral.

Cuando regresó al día siguiente, no pude evitar pensar en la parábola del buen samaritano. Ese hombre, aunque no nos conocía ni a mi marido ni a mí, nos ayudó en esos momentos tan difíciles.

Ese día me puse en contacto con varios miembros locales de la Iglesia. El presidente de misión y el obispo llegaron casi de inmediato. Eran extraños para nosotros, pero en sus rostros vi el amor puro de Jesucristo. Mientras mi esposo y nuestros compañeros de viaje se reponían, los miembros de la Iglesia nos ayudaron, y cada vez que iban a visitarnos, nos traían su amor.

La bendición más importante que recibimos durante esa época de adversidad fue el recordatorio del gran amor de Dios por Sus hijos. Ahora sé por experiencia propia que si confiamos en Él, nunca nos abandonará, sino que estará con nosotros a través de la gente común.

Maria Mabilia es miembro de la Rama Como, Distrito Como, Italia.

Un dúo ruso

Tras una ajetreada semana en que prestaba servicio como obrero del Templo de Estocolmo, Suecia, fui a la lavandería del hostal para lavar una ropa. Mientras cargaba la lavadora, silbaba de manera inconsciente uno de mis himnos favoritos: “Bandera de Sión”( Himnos, Nº 4). Este himno y su referencia a la gente “allende de la mar” que recibe el Evangelio y sirve al Señor siempre ha sido especial para mí. Siempre he sentido que soy uno de ésos a los que se refiere la letra porque nací en Dinamarca, donde me convertí al Evangelio, y luego me trasladé a Utah con mi familia a la edad de catorce años.

Mientras realizaba mis quehaceres, entró un hermano ruso que asistía al templo esa semana. En el momento en que entró, dejé de silbar, pero él de inmediato empezó a silbar el mismo himno. Cuando se detuvo, me indicó con el dedo, y yo silbé desde donde él se había quedado.

Entonces él empezó una vez más desde el principio del himno, me señaló con el dedo y dejó de silbar. Ninguno de los dos podía hablar el idioma del otro, de ahí que nos señaláramos con el dedo; pero yo me las arreglé para entender lo que él quería, así que empecé al principio, como él había hecho. Él entonó una hermosa armonía para mi melodía.

Ahí estábamos, un ruso y un norteamericano, frente a frente, silbando a dúo la armonía de uno de los himnos más hermosos de la Restauración. No habíamos llegado ni al final cuando las lágrimas brotaron de nuestros ojos y no pudimos terminarlo. Nos abrazamos y él pronunció las únicas palabras en inglés que le oí decir: “Dúo ruso”.

Creo que ambos sentimos profunda gratitud por el Evangelio de Jesucristo, el cual derriba las barreras culturales y geográficas. Nuestras creencias y nuestra dedicación al Evangelio hicieron posible que los dos, procedentes de tierras “allende de la mar”, pudiéramos unirnos como hermanos en el Evangelio y en otra tierra, y compartir un momento de dicha, proclamando al unísono las palabras del himno: “Bandera, alto en el monte, se izó. Oh pueblo, contemplad; al mundo se alzó”.

Swen Nielsen y su esposa, Shirlene, volvieron de su misión en el Templo de Estocolmo, Suecia, en junio de 2001 y son miembros del Barrio Slate Canyon 4, Estaca Provo, Utah.