2002
Un testimonio del hijo de Dios
diciembre de 2002


Mensaje de la Primera Presidencia

Un testimonio del hijo de Dios

El Redentor de la humanidad nació hace poco más de dos mil años en Belén de Judea (véase D. y C. 20:1). Siendo niño, fue llevado al templo de Jerusalén donde José y María oyeron las maravillosas profecías en boca de Simeón y Ana sobre el bebé que estaba destinado a ser el Salvador del mundo.

Pasó su infancia en Nazaret de Galilea y a la edad de doce años fue llevado nuevamente al templo. María y José lo hallaron conversando con hombres instruidos que le escuchaban y le hacían preguntas (véase TJS—Lucas 2:46).

El Gran Jehová

Más tarde, cuando el Maestro, al inicio de Su ministerio, estuvo en el pináculo del templo, Satanás le tentó. Tiempo después, el Señor expulsó del templo a los cambistas con estas palabras: “…Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Mateo 21:13).

Jesús es en efecto el gran Jehová del Antiguo Testamento, el que dejó las cortes reales de Su Padre en lo alto y condescendió venir a la tierra en forma de bebé que nació en las circunstancias más humildes. Isaías predijo Su nacimiento siglos antes, y declaró proféticamente: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

Este Jesucristo de quien solemnemente testificamos es, tal y como declara Juan el Revelador, “el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra”. Él “nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 1:5–6).

El Salvador del Mundo

Fue y es el Hijo del Todopoderoso, el único hombre perfecto que caminó sobre la tierra. Sanó a los enfermos e hizo caminar al cojo, ver al ciego y oír al sordo. Levantó a los muertos, pero aún así accedió a entregar Su propia vida en un acto de Expiación, la magnitud del cual escapa a nuestra comprensión.

Lucas registra que Su angustia fue tan grande que “era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:44), una manifestación física confirmada en el Libro de Mormón y en Doctrina y Convenios. El sufrimiento en Getsemaní y en la cruz del Calvario, apenas unos cientos de metros de Getsemaní, incluyó, en lo temporal y lo espiritual, “tentaciones… dolor… hambre, sed y fatiga, aún más de lo que el hombre puede sufrir”, dijo el rey Benjamín, “sin morir” (Mosíah 3:7).

A la agonía de Getsemaní le siguieron Su arresto, Sus juicios, Su condena y el inexpresable dolor de Su muerte en la cruz, seguido de Su enterramiento en el sepulcro de José y Su triunfante resurgir en la Resurrección. Él, el bebé humilde de Belén que hace dos mil años caminó por los polvorientos caminos de Palestina, se convirtió en el Señor omnipotente, el Rey de reyes, el Dador de salvación para todos. Nadie puede comprender plenamente el esplendor de Su vida, la majestuosidad de Su muerte, la universalidad de Su don a la humanidad. De manera inequívoca declaramos junto con el centurión que dijo en Su muerte: “…Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15:39).

Nuestro Señor Viviente

Éste es el testimonio del testamento del Viejo Mundo, la Santa Biblia. Y aún hay otra voz, la del testamento del Nuevo Mundo, en donde el Padre presentó a Su Hijo resucitado diciendo: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre” (3 Nefi 11:7).

A todo esto se añade la declaración de los profetas modernos: “Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!” (D. y C. 76:22).

Ningún acontecimiento de la historia humana conlleva un testimonio más persuasivo que el de la realidad de la Resurrección, de la cual testificaron Sus seguidores de dos continentes. Incontables millones de hombres y mujeres de todas las épocas han padecido, aun hasta la muerte, por el testimonio que sus corazones albergan en cuanto a que Él vive, el Salvador y Redentor de toda la humanidad, cuya Expiación fue un acto de gracia para todo el mundo. ¡Cuán numeroso y grandioso es el conjunto de personas valientes y humildes que han mantenido vivo el nombre de Jesús y el testimonio de Su redención!

Él ha venido de nuevo, en los últimos días, para bendecirnos y dar calor a nuestros corazones, para acelerar nuestra fe y proporcionarnos un conocimiento seguro y certero de la realidad de Su existencia. Nosotros, de entre todas las personas, podemos cantar:

¡Regocijad! Jesús nació,

del mundo Salvador;

y cada corazón tornad

Venid a recibir al Rey.

(“¡Regocijad! Jesús nació”, Himnos Nº 123.)

Le honramos, le adoramos, le amamos como nuestro Redentor, el gran Jehová del Antiguo Testamento, el Mesías del Nuevo Testamento. El objetivo primordial del testimonio del Libro de Mormón y de Doctrina y Convenios es dar a conocer a nuestro Señor viviente, ante quien nos arrodillamos en humildad y fe.

El Hijo de Dios

En esta época de Navidad, le rendimos alabanza y expresamos palabras de fe, gratitud y amor. Su influencia en nuestra vida es lo que hace nacer en nosotros más ternura, más respeto, más amor y más preocupación por el bienestar de nuestro prójimo. Gracias a Él y a Sus enseñanzas podemos tender una mano de ayuda a los que tienen problemas o necesidades, o que padecen angustia, dondequiera que se encuentren.

Resulta apropiado durante esta época en la que conmemoramos Su nacimiento que recordemos al Señor Jesucristo con reverencia y amor. Él ha hecho lo que no podíamos hacer por nosotros mismos: ha dado sentido a nuestra existencia terrenal y nos ha dado el don de la vida eterna. Fue y es el Hijo de Dios, que “fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

Demos gracias a Dios por el don de Su Hijo, el Redentor del mundo, el Salvador de la humanidad, el Príncipe de vida y de paz, el Santo.

Ideas Para los Maestros Orientadores

Una vez que se prepare por medio de la oración, comparta este mensaje empleando un método que fomente la participación de las personas a las que enseñe. A continuación se encuentran algunos ejemplos:

  1. Muestre algunas láminas de los momentos importantes de la vida del Salvador. Pida a los miembros de la familia que hablen de ellos y de lo que sientan por Jesucristo. Lea los tres últimos párrafos del mensaje del presidente Hinckley y comparta su testimonio del Hijo de Dios.

  2. Invite a los integrantes de la familia a que canten varios himnos navideños. Lea pasajes del mensaje del presidente Hinckley en los que exprese sus sentimientos por el Salvador.

  3. Escriba los siguientes nombres y títulos del Salvador en hojas separadas: Jehová, Príncipe de vida y de paz, Hijo Amado, Salvador, Dador de salvación, Santo, Redentor del mundo. Muéstrelos uno por uno a los miembros de la familia y comenten qué puede enseñarnos cada uno de esos títulos sobre Jesucristo.