Mensaje de la Primera Presidencia

El ejemplo del maestro

Por el Presidente Thomas S. Monson

Primer Consejero de la Primera Presidencia

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    El mandamiento divino de amar

    Durante el último ministerio del Señor en Judea, “un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?

    “Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?

    “Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.

    “Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás.

    “Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?

    “Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto.

    “Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo.

    “Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo.

    “Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia;

    “y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él.

    “Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese.

    “¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

    “Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo”1.

    Los tiempos cambian, los años pasan, las circunstancias varían… pero el consejo del Maestro al intérprete de la ley se aplica a ustedes y a mí como si oyéramos Su voz dirigiéndose directamente a nosotros.

    Cómo cumplir el mandamiento

    Al estudiar este año el Nuevo Testamento, podríamos preguntarnos: “¿Cómo podremos cumplir hoy día con el mandamiento divino de amar al Señor nuestro Dios?”.

    El Señor declaró: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama”; “…ven, sígueme”; “…yo os he dado el ejemplo”; “…yo soy la luz que debéis sostener en alto: aquello que me habéis visto hacer”2. De hecho, ¿qué hizo Él?

    Nacido en un establo y acunado en un pesebre, Él cumplió las profecías de todas las épocas. Los pastores se apresuraron para adorarle; los magos del oriente le llevaron preciados regalos; comenzaba el meridiano de los tiempos.

    Con el nacimiento del Bebé en Belén, surgió una magna investidura, un poder más grande que las armas, una riqueza más duradera que la de las monedas de César, pues ese niño estaba destinado a ser el Rey de reyes y Señor de señores, el Mesías prometido, sí, el Señor Jesucristo, el Hijo de Dios.

    Las santas Escrituras nos informan que “Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres”3, fue bautizado por Juan4y “anduvo haciendo bienes”5. En Naín restauró a la vida al hijo de la viuda y se lo entregó6; en Betesda se compadeció del hombre enfermo que carecía de esperanza alguna de llegar al estanque de la promesa. Extendió Su mano, lo levantó y lo sanó de su dolencia7.

    Entonces llegó el momento en que fue al jardín de Getsemaní, donde padeció una angustia extrema y donde llevó a cabo la gran Expiación al tomar sobre Sí los pecados de todos, haciendo por nosotros lo que no podíamos hacer por nosotros mismos.

    Luego llegó la hora de la cruel cruz del Gólgota. En las horas finales de Su vida terrenal, llevó consuelo al malhechor, diciendo: “…hoy estarás conmigo en el paraíso”8. Se acordó de Su madre en ese elocuente sermón de amor personificado: “Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”9. ¡Murió! El Redentor murió.

    Llegar a ser como el Salvador

    Dos preguntas, realizadas en una ocasión anterior, resuenan en nuestros oídos: “¿Qué pensáis del Cristo?”10y “¿Qué, pues, [haremos] de Jesús, llamado el Cristo?”11. Ofrezco estas tres sugerencias:

    1. 1. Aprendamos de Él. “…aprended de mí”, suplica, “que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”12.

    2. 2. Creamos en Él. El autor del proverbio nos insta: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas”13. Su nombre es el único dado bajo el cielo mediante el que podemos ser salvos.

    3. 3. Sigámosle. Él ejemplificó la palabra compasión ; nos mostró el camino, nos indicó el sendero para que le siguiéramos; el servicio desinteresado caracterizó Su vida.

    Al aprender de Él, al creer en Él y al seguirle, existe la capacidad de llegar a ser como Él. El rostro puede cambiar, el corazón se puede ablandar, el paso se puede acelerar, la actitud ante la vida se puede mejorar. La vida se convierte en lo que debiera llegar a ser. En ocasiones el cambio es imperceptible, pero tiene lugar.

    El amor del Salvador por el prójimo

    Todo el ministerio del Salvador ejemplificó el amor por el prójimo, la segunda parte de la lección que se enseñó al inquisitivo intérprete de la ley y que se denomina “la ley real”14.

    Un ciego sanado, la hija de Jairo restaurada a la vida, los leprosos limpiados… todos eran el prójimo de Jesús, al igual que la mujer junto al pozo. Él, el hombre perfecto, de pie ante una pecadora confesa, extendió la mano. Ella era la viajante, Él el buen samaritano; y así prosiguió la caravana de Su amabilidad.

    ¿Qué hay de nuestra época? ¿Aguarda el prójimo nuestro amor, nuestra amabilidad, nuestra ayuda?

    Hace unos años leí un relato de la agencia de noticias Reuters sobre un vuelo sin escalas de la compañía aérea Alaska Airlines procedente de Anchorage, Alaska, y con destino a Seattle, Washington, con 150 pasajeros y que se tuvo que desviar a una ciudad remota debido a una misión misericordiosa para rescatar a un joven herido de gravedad. Elton Williams III, de dos años, se había cortado la arteria de un brazo al caer sobre un vidrio mientras jugaba cerca de su hogar en Yakutat, a 725 km al sur de Anchorage. Los profesionales de la salud solicitaron a la aerolínea que pasara a buscar al niño, para lo cual el vuelo de Anchorage a Seattle se tuvo que desviar a Yakutat.

    Los paramédicos decían que el niño se desangraba muy deprisa y que probablemente no llegaría vivo a Seattle, por lo que el avión voló 320 km hasta Juneau, la ciudad más cercana que contaba con un hospital y allí dejaron al niño. Entonces, el avión prosiguió su viaje hasta Seattle. Los pasajeros llegaron con dos horas de retraso; la mayoría había perdido los enlaces con otros vuelos, pero ninguno se quejó; de hecho, buscaron en sus monederos e hicieron una colecta para el niño y su familia.

    Más tarde, cuando el vuelo estaba a punto de aterrizar en Seattle, los pasajeros estallaron de júbilo cuando el piloto les comunicó que le habían notificado por radio que Elton se iba a poner bien. Ciertamente, allí se manifestó el amor por el prójimo.

    Oportunidades perdidas

    Una vez se le preguntó a un hombre: “¿Quién es el vecino de al lado?”.

    Él respondió: “¡No sé cómo se llama, pero sus hijos corren por mi césped y su perro me tiene en vela por las noches!”.

    Otro hombre, con un tono totalmente diferente, escribió calladamente en su diario una noche: “Hasta ayer creí que la casa de enfrente estaba vacía. Un crespón negro en la puerta me dio a entender que alguien había estado viviendo allí”.

    Un poeta versificó el pesar por las oportunidades que se pierden para siempre:

    A la vuelta de la esquina un amigo tengo yo,

    en la ciudad en que vivo, de tan grande extensión;

    pero un día y otro pasan, y las semanas también,

    y de pronto me doy cuenta de que un año ya se fue.

    No he ido a ver a mi amigo, tan bueno y tan fiel,

    pues esta vida es carrera vertiginosa y cruel.

    Mas él sabe que lo quiero igual que ayer,

    cuando yo iba a su casa y a la mía venía él.

    Entonces éramos jóvenes y teníamos mucho tiempo;

    ahora que soy un hombre, no me detengo un momento.

    Cansado estoy ya de este juego sin sentido;

    cansado del esfuerzo por alcanzar el prestigio.

    “Mañana”, digo, “mañana a mi amigo iré a ver,

    sólo para demostrarle que sigo pensando en él”.

    Pero un mañana viene y otro mañana se va,

    y la distancia entre ambos aumenta cada vez más.

    A la vuelta de la esquina —¡parece tan lejos ser!

    De pronto, alguien me avisa:

    “Murió tu amigo José”.

    Esta tristeza tan grande me la tengo merecida:

    Que mi amigo ya no está a la vuelta de la esquina15.

    “Información, dígame”

    Hace muchos años me conmovió un relato que ilustraba el amor por el prójimo habido entre un muchacho llamado Paul y una telefonista a la que nunca había conocido. Aquellos eran días que muchos recordarán con nostalgia, pero que la nueva generación jamás vivirá.

    Paul contó el relato: “Cuando yo era bien jovencito, mi padre tuvo uno de los primeros teléfonos del vecindario. Recuerdo que el brillante receptor colgaba de uno de los costados de la caja. Yo era muy bajito para alcanzar el teléfono, pero solía escuchar fascinado cuando mi madre hablaba por él. Luego descubrí que en algún lugar de ese pequeño aparato vivía una persona sorprendente que se llamaba ‘Información, dígame’, y que no había nada que ella no supiera. ‘Información, dígame’ podía facilitar el número de cualquier persona y la hora exacta.

    “Descubrí que si me subía a un taburete, podía llegar al teléfono. Llamaba a ‘Información, dígame’ para todo tipo de cosas. Le pedía ayuda con la geografía y me dijo dónde estaba Filadelfia; también me ayudó con las matemáticas.

    “Un día, nuestro canario, Petey, murió, y yo llamé a ‘Información, dígame’ para contarle el triste relato. Ella me escuchó y dijo las cosas habituales que los adultos dicen para calmar a los niños, pero yo estaba desconsolado. ‘¿Por qué los pájaros cantan tan bien y traen dicha a las familias, para luego acabar siendo un montón de plumas con las patas hacia arriba en el fondo de una jaula?’, le pregunté.

    “Ella debió haber percibido mi profunda preocupación, pues me dijo con voz tranquila: ‘Paul, recuerda siempre que hay otros mundos en los cuales cantar’. De algún modo, me sentí mejor.

    “Todo eso sucedió en una pequeña ciudad cerca de Seattle. Luego nos mudamos al otro extremo del país, a Boston, donde eché mucho de menos a mi amiga. ‘Información, dígame’ pertenecía a aquella vieja caja de madera y por alguna razón nunca pensé en volverla a llamar. Los recuerdos de aquellas conversaciones de la infancia no me abandonaron jamás; a menudo, en los momentos de duda o perplejidad, solía recordar el sentimiento sereno de seguridad que tenía entonces. Ahora apreciaba la paciencia, la comprensión y la amabilidad que ella mostró al dedicar su tiempo a un niño pequeño.

    “Tiempo después, cuando regresé al oeste del país para asistir a la universidad, mi avión hizo escala en Seattle”, añade Paul. “Llamé a ‘Información, dígame’ y, milagrosamente, oí aquella voz familiar. Le dije: ‘Me pregunto si tiene idea de lo mucho que usted significó para mí durante aquellos años’.

    “‘Me pregunto’, dijo ella, ‘si sabes lo mucho que tus llamadas significaban para mí. No he tenido hijos y solía aguardar ansiosa tus llamadas’. Le hablé de lo mucho que había pensado en ella durante los años y le pregunté si podía volverla a llamar cuando regresara al Oeste.

    “‘Sí, por favor’, dijo. ‘No tienes más que preguntar por Sally’.

    “Regresé a Seattle tres meses después, pero me contestó una voz diferente: ‘Información’. Pedí hablar con Sally. ‘¿Es usted amigo de ella?’, preguntó la mujer.

    “‘Sí, un viejo amigo’, respondí.

    “‘Entonces siento tener que comunicarle que Sally había estado trabajando a tiempo parcial durante los últimos años porque estaba enferma, y murió hace cinco semanas’. Pero antes de colgar me dijo: ‘Aguarde un momento. ¿Dijo que se llamaba Paul?’.

    “‘Sí’, respondí.

    “‘Sally dejó un mensaje para usted. Lo escribió… sí, aquí lo tengo. Se lo leeré: Dile que aún digo que hay otros mundos en los cuales; cantar. Él sabrá a lo que me refiero ’.

    “Le di las gracias y colgué”, dijo Paul. “Sabía lo que quería decir”16.

    Sally, la telefonista, y Paul, el niño (el hombre) no fueron sino buenos samaritanos el uno con el otro.

    “Sígueme tú”

    Ciertamente hay otros mundos en los cuales cantar. Nuestro Señor y Salvador nos dio a cada uno la realidad de esta verdad.

    A la afligida Marta consoló diciendo: “…Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente”17.

    Si en verdad buscamos a nuestro Señor y Salvador, ciertamente le hallaremos. “Él viene a nosotros como alguien desconocido, sin nombre, como cuando en la antigüedad, caminando por la playa, acudió a los hombres que no le conocían, y nos dice las mismas palabras: ‘Sígueme tú’18, y nos asigna las tareas que Él tiene que cumplir en nuestra época. Él manda, y a los que obedecen, siendo sabios o sencillos, se les revelará en las labores, en los conflictos, en los sufrimientos que padezcan a lo largo de la relación que mantengan con Él, y… aprenderán por experiencia propia quién es Él”19.

    El Salvador del mundo

    Él, que nos enseñó a amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, es un maestro de la verdad. Pero es algo más que un maestro: es el Ejemplo de la vida perfecta. Pero es más que un ejemplo: es el gran Médico. Pero es algo más que un médico: es, literalmente, el Salvador del mundo, el Hijo de Dios, el Príncipe de paz, el Santo de Israel, sí, el Señor resucitado que declaró: “He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo… soy la luz y la vida del mundo”20. “Soy el primero y el último; soy el que vive, soy el que fue muerto; soy vuestro abogado ante el Padre”21.

    Como testigo Suyo, testifico que Él vive y que, por medio de Él, también nosotros viviremos.

    Ideas para los maestros orientadores

    Una vez que se prepare por medio de la oración, comparta este mensaje empleando un método que fomente la participación de las personas a las que enseñe. A continuación se encuentran algunos ejemplos:

    1. Invite a los miembros de la familia a nombrar a algunos de sus vecinos. ¿A qué otras personas se las puede considerar vecinos o “prójimos”? ¿Reciben sus vecinos su amor, amabilidad y ayuda? Lea uno o más de los relatos que hay en este mensaje sobre las buenas relaciones entre prójimos en la actualidad. Comparta una experiencia sobre cómo el servicio desinteresado de un vecino o de otra persona que sea su prójimo haya bendecido su vida.

    2. Escriba con letras grandes en una hoja de papel: “Aprendan de Él. Crean en Él. Síganle”. Muestre la hoja e invite a los miembros de la familia a compartir relatos acerca de Jesucristo que les hayan ayudado a aprender, a creer y a seguir Su mandamiento de amarse los unos a los otros.

    3. Lean juntos la parábola del buen samaritano (véase Lucas 10:30–35) y comenten lo que nos enseña sobre amar a los demás. Para poner fin a la visita, quizás desee también leer en voz alta parte del testimonio que el presidente Monson da al final del artículo.

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    Notas

    1. 1.

      Lucas 10:25–37.

    2. 2.

      Juan 14:21; Lucas 18:22; 3 Nefi 18:16, 24.

    3. 3.

      Lucas 2:52.

    4. 4.

      Véase Mateo 3:13–16.

    5. 5.

      Hechos 10:38.

    6. 6.

      Véase Lucas 7:11–15.

    7. 7.

      Véase Juan 5:2–9.

    8. 8.

      Lucas 23:43.

    9. 9.

      Juan 19:26–27.

    10. 10.

      Mateo 22:42.

    11. 11.

      Mateo 27:22.

    12. 12.

      Mateo 11:29.

    13. 13.

      Proverbios 3:5–6.

    14. 14.

      Santiago 2:8.

    15. 15.

      Charles Hanson Towne, “Around the Corner”, en Poems That Live Forever, selecciones de Hazel Felleman, 1965, pág. 128.

    16. 16.

      Adaptado de Paul Villiard, “‘Information Please’”, Reader’s Digest, junio de 1966, págs. 62–65.

    17. 17.

      Juan 11:25–26.

    18. 18.

      Juan 21:22.

    19. 19.

      Albert Schweitzer, The Quest of the Historical Jesus , 1948, pág. 401.

    20. 20.

      3 Nefi 11:10–11.

    21. 21.

      D. y C. 110:4.