“Vamos”, dijo Benjamin al otro hombre que estaba de guardia. “No podemos detenernos”. Benjamin Platt tenía la garganta seca. Tragar le resultaba difícil y hablaba entre dientes para evitar que le doliera la garganta. Si se hubiera sentido tan enfermo allá en Inglaterra, se habría quedado en cama, pero como integrante de la compañía de carros de mano de Martin, no podía detenerse y esperar a ponerse bien.

La ventisca les cegaba; el terreno helado era desigual y con frecuencia tropezaban.

“Tenemos que seguir adelante”. Benjamin hablaba con todas sus fuerzas. “Tenemos que inspeccionar el otro lado del campamento”.

“¿Por qué?, preguntó su amigo. “¿Qué estamos vigilando?”

“Las provisiones del campamento”.

El otro hombre se rió calladamente. “No tenemos provisiones. No tenemos nada”.

Benjamin sabía que el otro hombre tenía razón: tenían muy pocas cosas. El estómago le dolía por la ausencia de alimento, tenía dificultades para respirar y estaba extremadamente fatigado. Lo único que quería hacer era acostarse sobre el suelo helado y dormir, pero sabía que eso le aseguraría la muerte, así que se instó a sí mismo y a su compañero a seguir adelante. Caminaron arrastrando los pies por el perímetro del campamento, aguardando a que el alba aliviara la fría oscuridad.

Ayer la compañía de carros de mano había avanzado poco desde el río Platte. Gran parte de la nieve se había derretido durante el día, embarrando todo el sendero. El fango se pegaba a las ropas de los viajeros y cuando el sol se ponía tras las sombrías nubes, el fango se congelaba. Nadie estaba limpio. Benjamin reconocía a la mayoría de los de la compañía de carros de mano por sus ojos y sus voces, mas no por sus rostros. Lo que no estaba cubierto de harapos, lo estaba por el polvo y el barro.

“Ya no puedo más”, dijo su compañero. “He dado lo máximo y no es suficiente”.

Benjamin observó a su compañero cansado. La suciedad le cubría el rostro y permanecía, congelada, en el cabello. Tenía las manos envueltas en harapos, los pantalones estaban rasgados y dejaban entrever la piel amoratada a causa del frío. Las lágrimas le caían por el rostro mientras se lamentaba por no ser lo bastante fuerte.

Benjamin le puso la mano en el hombro y le ayudó en su ronda por el campamento. “Está bien, hermano. Sólo recuerde un poema que mi padre solía contarme:

“Para ricos y pobres

no hay sino un reto:

que cada hombre obre

con todo su empeño”.

Tras otra dolorosa vuelta por el campamento, el compañero de Benjamin gateó hasta su tienda para descansar. Benjamin comenzó de nuevo con sus rondas. Oía soplar el viento y las ramas de algunos cedros que crujían bajo el peso de la nieve y la fuerza del viento. Al soplar el viento con una fuerza inusual, Benjamin vio cómo la tienda grande en la que había entrado gateando el otro hombre se venía abajo.

Benjamin se dirigió hacia ella. Su esposa, Mary, y al menos otras veinte personas más habían estado durmiendo en aquella tienda. Ahora estaban atrapados bajo los travesaños, la tela de la tienda y la pesada nieve. Con las manos entumecidas, Benjamin se esforzó por tirar de la tela congelada. La nieve aplastaba la carpa, asfixiando a los que estaban debajo. Las estacas de la tienda se habían fijado en un suelo enfangado, y ahora el terreno estaba congelado, con lo que los que estaban en el interior de la tienda no podían sacarlas.

Con cada músculo en tensión, Benjamin tiró con más fuerza. Había una niña pequeña que gritaba bajo la tienda. Una mujer empezó a sollozar mientras intentaba librarse de la tela congelada que la estaba ahogando. Unas manos invisibles empujaban de la tela hacia fuera. El grupo estaba atrapado.

Buscando frenéticamente alrededor del exterior de la tienda, Benjamin encontró la entrada. Retiró rápidamente parte de la nieve y se abrió paso por la abertura hasta estar bajo la húmeda lona. Lentamente, poco a poco, se puso de pie con la tienda sobre sus hombros.

Benjamin exclamó: “Por aquí; gateen hacia aquí”. Pocos oyeron la fláccida voz que salía de su adolorida garganta. Benjamin gritó con más fuerza. Esta vez dos hombres le entendieron y gatearon hacia su voz. Cuando llegaron hasta donde Benjamin había levantado la tienda, se pusieron de pie y le ayudaron a sostener una zona mayor de la lona mojada. Toda la gente de la tienda fue gateando poco a poco hacia la noche nevada.

Los santos, que recién despertaban, se sirvieron de sartenes y cacerolas para retirar la nieve de la tienda caída. El alba despuntaba sobre el cielo con una luz tenue, así que enrollaron la tienda y se prepararon para una larga jornada por la nieve.

Cuando los tres primeros rescatadores procedentes de Salt Lake City llegaron siete días más tarde, los santos gritaron de júbilo. Benjamin no se unió al griterío, pues tenía la garganta punzante y seca. Pero ya había gritado con todo su empeño cuando más falta hacía.

Basado en la historia de Benjamin Platt y escrita por su hija.

“Lo único por lo que se deben preocupar es por esforzarse por ser lo mejor que puedan. ¿Y cómo lo pueden lograr? Al fijar la atención en las metas más importantes de la vida y avanzar hacia ellas paso por paso”.

Élder Joseph B. Wirthlin del Quórum de los Doce Apóstoles (“Paso por paso”, Liahona , enero de 2002, pág. 29.)