Un firme cimiento para el matrimonio


Toda persona y toda pareja puede hallar un consejo firme en Helamán 5:12 para la edificación de un matrimonio duradero.

Hacia el fin del ministerio terrenal de Jesucristo, algunos discípulos le preguntaron sobre los últimos días y Su Segunda Venida. El Señor les habló de ciertas condiciones que existirían antes de Su retorno, y las siguientes palabras guardan un especial interés con respecto al matrimonio y las relaciones familiares: “Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán… y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:10, 12).

El apóstol Pablo enseñó que en los últimos días habría quienes serían “amadores de sí mismos… sin afecto natural” (2 Timoteo 3:2–3) y que “en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios;por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia,prohibirán casarse” (1 Timoteo 4:1–3).

El Señor ha revelado que actualmente vivimos en los últimos días, en “la hora undécima” (D. y C. 33:3), y podemos ver con facilidad algunas de las condiciones profetizadas en nuestro mundo, en concreto las relacionadas con las relaciones matrimoniales. Un informe de la Universidad Rutgers, publicado en julio de 1999, resumía el estado actual del matrimonio en los Estados Unidos de América y era notorio que muchos otros países están experimentando tendencias semejantes. El informe decía: “Los indicadores sociales clave sugieren un debilitamiento considerable de la institución del matrimonio. Los estadounidenses son menos propensos a casarse y cuando lo hacen, sus matrimonios son menos felices. De igual modo, las parejas casadas se enfrentan a una elevada probabilidad de divorcio. Durante las últimas cuatro décadas, el matrimonio ha declinado frente a la convivencia prematrimonial y ya no es un requisito para ser padres”. El informe concluía: “Las tendencias persistentes a largo plazo sugieren un constante debilitamiento del matrimonio como unión duradera, como fase principal en el curso de la vida adulta y como la institución principal que gobierna la tenencia de hijos y la paternidad” 1 .

Se nos ha enseñado que “el matrimonio lo decretó Dios” (D. y C. 49:15), pero a la vista de tales informes, algunos Santos de los Últimos Días podrían preguntarse, junto con otra gente del mundo, cómo edificar matrimonios que puedan sobrevivir en medio de tanta confusión y agitación social.

La buena noticia es que nuestros matrimonios no sólo pueden sobrevivir, sino prosperar con fuerza al seguir los principios y las enseñanzas del Evangelio. Las revelaciones, tanto antiguas como modernas, nos dan pautas que pueden ayudar a la gente de cualquier edad o zona geográfica a edificar matrimonios duraderos. Aun cuando uno de los cónyuges no sea miembro de la Iglesia, o sea menos activo, el otro cónyuge todavía puede buscar guía divina para edificar un cimiento aun más firme en su relación al seguir los siguientes principios.

Cimientos seguros

En un intento por asegurar o estabilizar nuestros matrimonios, primero debemos observar nuestros cimientos. Los arquitectos y los constructores saben que la estabilidad de un edificio depende de la profundidad y la fortaleza de sus cimientos.

Las personas que construyeron el Templo de Salt Lake se dieron cuenta de esta verdad mientras construían el templo. Las obras comenzaron el 14 de febrero de 1853, pero se interrumpieron durante varios años debido a las dificultades de los santos. Cuando se reanudó la obra, los constructores descubrieron que tenían que poner una cimentación nueva. El presidente Brigham Young (1801–1877) declaró que esperaba que el templo durara todo el Milenio “y por este motivo voy a mandar levantar toda la cimentación del templo” 2 . Los nuevos cimientos, de 5 m 2 , se construyeron lo bastante fuertes como para soportar el peso de los muros y el tejado de granito.

Para las relaciones matrimoniales duraderas es también esencial un cimiento firme. Desde el comienzo, los cónyuges precisan planificar para proporcionar un cimiento sólido a su matrimonio. A veces, al igual que los constructores del Templo de Salt Lake, es posible que tengan que retroceder y reconstruir el matrimonio sobre un cimiento más estable, comprometiéndose nuevamente a guiar su relación mediante los principios del Evangelio. Al final del sermón del monte, nuestro Salvador empleó la analogía de los cimientos: “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca” (Mateo 7:24–25).

El profeta Helamán, del Libro de Mormón, habló del cimiento seguro sobre el que podemos edificar nuestra vida y la relación con nuestros cónyuges y familiares: “Y ahora… recordad, hijos míos, recordad que es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, donde debéis establecer vuestro fundamento, para que cuando el diablo lance sus impetuosos vientos, sí, sus dardos en el torbellino, sí, cuando todo su granizo y furiosa tormenta os azoten, esto no tenga poder para arrastraros al abismo de miseria y angustia sin fin, a causa de la roca sobre la cual estáis edificados, que es un fundamento seguro, un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán” (Helamán 5:12).

Principios sustentadores

¿Qué aspecto tendría un matrimonio edificado sobre la roca de Cristo? El Evangelio nos ofrece muchas piedras firmes sobre las que debemos edificar. Los siguientes son algunos de los principios que debemos considerar si deseamos edificar sobre el cimiento seguro que sostendrá no sólo nuestra felicidad actual, sino también una dicha duradera.

1. Guardar los mandamientos que enseñó Jesucristo. Un gran número de matrimonios finalizan porque uno de los cónyuges, o ambos, sienten que no son felices. ¿Cómo pueden las personas lograr la felicidad en el matrimonio? En “La familia: Una proclamación para el mundo”, se nos enseña que “hay más posibilidades de lograr la felicidad en la vida familiar cuando [ésta] se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo” 3 .

El rey Benjamín aconsejó: “Y además, quisiera que consideraseis el bendito y feliz estado de aquellos que guardan los mandamientos de Dios” (Mosíah 2:41). El capitán Moroni habló de “la sagrada palabra de Dios, a la que debemos toda nuestra felicidad” (Alma 44:5). Y Mormón dijo de los nefitas que vivieron lo que les había enseñado el Cristo resucitado: “Ciertamente no podía haber un pueblo más dichoso entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios” (4 Nefi 1:16). No se puede lograr una felicidad duradera sin obedecer los mandamientos de Dios.

La oración es uno de los componentes que dan apoyo a la felicidad y a la dicha a largo plazo. Numerosos pasajes de las Escrituras exhortan a los discípulos de Cristo a orar con frecuencia. Un versículo en concreto tiene importancia particular para los esposos y las esposas de nuestra época: “Ora siempre, para que no entres en tentación” (D. y C. 31:12). Al arrodillarse juntos como marido y mujer para orar vocalmente, invitamos al Espíritu Santo para que permanezca en nuestra vida o vuelva a ella. Entonces, cuando ocurran los momentos de tentación o de tensión, estaremos mejor preparados para hacerles frente. El Espíritu Santo puede ofrecer consuelo y traer a nuestra mente soluciones inspiradas a fin de ayudarnos con nuestras dificultades.

Otro componente clave es la asistencia regular a las reuniones de la Iglesia y, donde sea posible, al templo. El Señor ha aconsejado: “Y para que más íntegramente te conserves sin mancha del mundo, irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo” (D. y C. 59:9). En ocasiones, los esposos y las esposas pueden llegar a pasar por alto el valor de asistir juntos a las reuniones de la Iglesia. Al estudiar a un grupo representativo de personas en los Estados Unidos, los investigadores descubrieron que “los que asisten semanalmente a la iglesia, independientemente de su confesión religiosa, tienen poco más de un tercio, o 36%, menos de probabilidades de divorciarse que los que nunca asisten” 4 . Los muchos beneficios de asistir juntos a los servicios religiosos como esposos y esposas incluyen el participar de la Santa Cena “para que siempre [podamos] tener su Espíritu [con nosotros]” (D. y C. 20:77).

2. Dar al matrimonio un elevado orden de prioridad. Muchas actividades laborales, intereses externos, preocupaciones y, en ocasiones, actividades y llamamientos de la Iglesia, pueden relegar a un cónyuge, o a un matrimonio, a un segundo plano si no tenemos cuidado de ordenar nuestras prioridades según los principios del Evangelio. El Señor reveló en 1831 que debemos mantener el matrimonio como una de las prioridades principales de nuestra vida, y declaró: “Amarás a tu esposa con todo tu corazón, y te allegarás a ella y a ninguna otra” (D. y C. 42:22).

El presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) destacó en cuanto a este versículo en particular: “Las palabras ninguna otra eliminan a cualquier otra persona o cosa. De manera que el cónyuge llega a ocupar el primer lugar en la vida del esposo o de la esposa, y ni la vida social, ni la vida laboral, ni la vida política, ni ningún otro interés, persona o cosa deben recibir mayor preferencia que el compañero o la compañera correspondiente. A veces vemos a mujeres que se vuelcan excesivamente en los hijos a expensas del marido, llegando incluso a alejarlos de él. Ésta es una violación directa del mandamiento: Ninguna otra 5 .

3. Practicar frecuentemente el perdón y la resolución rápida de los conflictos. Algunos creen que los matrimonios caen del cielo, pero hay que recordar que son las personas las que escogen a sus compañeros. Las personas casadas aprenden pronto que sus cónyuges, al igual que ellos mismos, tienen debilidades e imperfecciones. Por éstas y otras razones se nos ha aconsejado perdonar liberalmente: “Por tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado. Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres” (D. y C. 64:9–10).

Puesto que es casi imposible que un cónyuge satisfaga todas las necesidades del otro, haríamos bien en concentrar nuestras fuerzas en prestar menos atención a nuestros defectos. El profeta José Smith enseñó: “Un refrán muy conocido dice que el amor engendra amor… Yo no pongo de relieve vuestras faltas, ni vosotros lo haréis con las mías” 6 .

En Efesios 4:26 hallamos otra perspectiva sobre la edificación de una relación matrimonial en la roca de Jesucristo: “No se ponga el sol sobre vuestro enojo”. Es muy posible que este versículo ha sido el origen del consejo que se ha dado a los recién casados: “Nunca se vayan a acostar enfadados”. Mi esposa, Susan, y yo recibimos este consejo de un familiar bien intencionado cuando nos casamos. ¡Bromeo al decir que hubo una ocasión durante nuestro primer año de casados en la que estuvimos casi tres días sin dormir! Muchas parejas casadas pueden darse cuenta, tal y como hicimos nosotros al principio de nuestro matrimonio, que bien entrada la noche, cuando están cansados, no es el mejor momento para resolver los conflictos. Pero indudablemente, el espíritu del consejo de Pablo a los efesios nos motivaría a resolver los problemas con presteza para que no persistieran ni se intensificaran con el tiempo. El Salvador también aconsejó a Sus discípulos que resolvieran los problemas con prontitud para poder acercarse a Dios con un corazón puro (véase Mateo 5:23–24).

4. Disfrutar de actividades sanas para reducir la tensión. La proclamación de la familia declara que los matrimonios y las familias de éxito se edifican, entre otras cosas, sobre “las actividades recreativas edificantes”. Cuando los pioneros se hallaban viajando los cerca de 2.000 km hacia el oeste en 1847, el Señor les aconsejó “[alabar] al Señor con cantos, con música, con baile y con oración de alabanza y acción de gracias” (D. y C. 136:28). Una de las hijas del presidente Young recordó que él había enseñado: “Se disfruta mejor de la vida cuando ésta se reparte a partes iguales entre el trabajo, el sueño y la recreación. Todos los hombres, mujeres y niños deben trabajar; todos deben dormir; y si se mantiene el equilibrio mental y físico adecuado, todos deben pasar un tercio de su tiempo en una actividad recreativa, edificante y voluntaria, jamás en la ociosidad. ‘Ocho horas de trabajo, ocho de sueño y ocho de recreación’ era el lema de Brigham Young” 7 .

Muchos de los matrimonios actuales terminan en parte por causa de la tensión, el cansancio y el exceso de obligaciones. Puede que ambos cónyuges traten de hacer demasiado en muy poco tiempo y con pocas oportunidades para recuperarse. En consecuencia, los cónyuges y los miembros de la familia se quedan normalmente con el tiempo y la atención que les sobra. Puede que ésta sea una de las causas por la que se nos haya aconsejado no correr más de lo que nos permitan nuestras fuerzas (véase Mosíah 4:27). El profeta recibió este consejo en relación con su llamamiento durante la primera etapa de su matrimonio (véase D. y C. 10:4). La fórmula de Brigham Young 8-8-8 ocho horas de sueño, ocho horas de trabajo y ocho horas de recreación (a solas y acompañados) bien podría ayudar a muchos esposos y esposas de hoy día.

Nuestra casa se mantendrá

Disfrutamos de ayuda divina para ayudarnos en los momentos difíciles si asentamos nuestra vida en la roca de Cristo. Descenderán las lluvias, vendrán las inundaciones y soplarán los vientos, pero si somos fieles y obedientes, nuestra casa se mantendrá. Se nos ha prometido que no seremos arrastrados “al abismo de miseria y angustia sin fin, a causa de la roca sobre la cual [estamos] edificados” (Helamán 5:12). También se nos ha prometido que el Señor nos conducirá de la mano y contestará nuestras oraciones si buscamos Su guía (véase D. y C. 112:10). La revelación de los últimos días nos ofrece esta interesante perspectiva: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis” (D. y C. 82:10). Nosotros, al igual que Nefi en la antigüedad, podemos tener la confianza de que si nos esforzamos por obedecer los mandamientos de Dios, Él preparará el camino para que podamos cumplir lo que nos manda (véase 1 Nefi 3:7).

Al edificar sobre el cimiento de las enseñanzas de Jesucristo, los esposos y las esposas pueden fortalecer sus matrimonios lo suficiente como para soportar las pruebas y las tribulaciones que nos sobrevienen en tiempos turbulentos. Podemos evitar que nuestro matrimonio se vaya a pique, como sucede con muchos, si edificamos sobre la Roca: “Y ahora… recordad, hijos míos, recordad que es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, donde debéis establecer vuestro fundamento… un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán” (Helamán 5:12).

Brent A. Barlow es miembro del Barrio Canyon View 8, Estaca Canyon View, Orem, Utah.

Principios por los que debemos regirnos

“Al efectuar casamientos, les he hablado a los jóvenes de su futuro y de las cosas que les ayudarán a desarrollar el amor mutuo…

“Primero, les recuerdo que deben guardar los convenios que efectuaron cuando fueron unidos en matrimonio…

“Segundo, dirigiéndome al joven le digo que debe hacer feliz a su esposa. Si hace todo lo posible por hacerla feliz, ella no podrá menos que corresponderle y hacer todo lo que esté a su alcance para que él se encuentre a gusto en el hogar.

“Tercero, destaco la importancia de aclarar cualquier mal entendimiento que puedan tener. Les recuerdo que no importa quién esté en lo correcto, sino qué es lo correcto…

“Cuarto, y muy importante, les recuerdo que continúen amándose.”

Presidente N. Eldon Tanner (1898–1982), Primer Consejero de la Primera Presidencia, “Por esta vida y la eternidad”, Liahona , julio de 1980, págs. 26–27).

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    Notas

  1.   1.

    David Popenoe y Barbara Dafoe Whitehead, The State of Our Unions: The Social Health of Marriage in America, 1999, [en línea] http://marriage.rutgers.edu/soou.htm

  2.   2.

    B. H. Roberts, A Comprehensive History of the Church, 5:136.

  3.   3.

    Liahona, octubre de 1998, pág. 24.

  4.   4.

    David B. Larson et al, The Costly Consequences of Divorce, 1996, pág. 246.

  5.   5.

    The Teachings of Spencer W. Kimball, editado por Edward L. Kimball, 1982, pág. 311.

  6.   6.

    Enseñanzas del profeta José Smith, pág. 387.

  7.   7.

    Susan Young Gates y Leah D. Widtsoe, The Life Story of Brigham Young, 1931, pág. 251.