Voces de los Santos de los Últimos Días

Por Juan Carlos Rodríguez


La lluvia tan necesaria

Aquel domingo no era un domingo cualquiera. Era el domingo de lapresentación anual de los niños de la Primaria en la reuniónsacramental. Como miembro del obispado, me sentía responsable de que todo saliera bien. Las hermanas líderes, las maestras y los niños de la Primaria se habían estado preparando durante meses; los pequeños sabían las canciones y los himnos, se habían aprendido sus partes, y estaban muy animados para compartirlas.

El sábado, el día del ensayo, llovió durante toda la tarde, y aun cuando ofrecimos llevar en nuestros autos a muchos de los niños que vivían lejos del centro de reuniones, no todos pudieron asistir. Seguimos adelante con el ensayo con la esperanza de que la lluvia cesara para el día siguiente y todos los niños pudieran participar en la presentación.

La tormenta continuaba el domingo por la mañana; de hecho, hacía mucho más viento que el día anterior. De repente me sentí muy desanimado. El mal tiempo afectaría a la asistencia de nuestro pequeño barrio. “¿Por qué el Señor no detiene la lluvia?”, me preguntaba.

Aun cuando recogimos en nuestros automóviles a todos los niños que nos fue posible, sólo pudimos reunir a un 60%. Me resultaba difícil sentirme satisfecho. La presidenta de la Primaria también estaba preocupada. Habíamos deseado que todo saliera según lo planeado, pero no habíamos hecho planes para lo inesperado.

No obstante, al comenzar el programa, con las maestras que se encargaron de las partes de los niños que faltaban, el Espíritu del Señor se hizo sentir en la reunión. Los 40 miembros que asistieron quedaron conmovidos por los testimonios de nuestros pequeñitos.

Tras la presentación, un humilde hermano ofreció la última oración, durante la cual dijo: “Señor, te damos las gracias por la lluvia, pues sabemos que es tan necesaria en muchas partes”.

Me quedé meditando en esa frase: “Es tan necesaria en muchas partes”. Entonces caí en la cuenta de que el Señor sabe exactamente lo que está haciendo. La presentación no salió como lo habíamos planeado, pero tuvo éxito al inspirar a los presentes. La lluvia que habíamos contemplado como una prueba fue en realidad una gran bendición para las personas de muchas partes que la necesitaban.

Juan Carlos Rodríguez es miembro del Barrio Azcuénaga, Estaca Rosario Oeste, Argentina.

Honrar el día del Señor

Cuando nos preguntamos si estamos observando el día de reposo, tal vez a veces respondamos: “Sí. Voy a las reuniones de la Iglesia, paso tiempo con mi familia, leo las Escrituras, escribo en mi diario y evito trabajar”. Pero una experiencia en particular hizo que indagara en mi alma y preguntara: “¿Basta con esto?”.

Cada semana viajo desde Octavo hasta Córdoba, Argentina, para comprar mercancía para mi negocio. Durante uno de esos viajes descubrí que, por cada compra que realizaba a un proveedor, podía participar en un concurso. El premio más alto era una entrada para ver un partido de básquetbol del mejor equipo de Córdoba.

Me animó mucho ganar una de las entradas, hasta que me di cuenta de que había un problema: el partido se celebraba en domingo, por lo que no podría ir. Pero no tardé en pensar en cómo utilizar la entrada. Contaba con algún espacio publicitario en la radio emisora de mi ciudad y podría regalar la entrada como una manera de promocionar el negocio.

La semana siguiente realicé otra compra a mi proveedor y, extrañamente, volví a ganar otra entrada para el mismo partido. Ahora podría regalar dos entradas y mi promoción tendría mucho más éxito.

Pocas horas después de haber ganado la segunda entrada tuve un sentimiento poco habitual. Era una voz suave y apacible que me decía que no llevara a cabo mi promoción. Cuando mi esposa me preguntó por qué había suspendido la promoción, le respondí que si no podía ir a una actividad deportiva porque estaría quebrantando el día de reposo, sentía que no estaba bien animar a otras personas a hacerlo a través de la promoción radiofónica.

Esta experiencia me ayudó a entender que observar el día de reposo es más que obedecer una lista de cosas que debemos o no debemos hacer. Aunque los profetas no han hablado en cuanto a la situación particular en la que yo me encontraba, cuando sentí la impresión del Espíritu supe que para mantener el Espíritu del día de reposo debía ayudar a los demás a disfrutar también de él.

Me siento agradecido a mi esposa por apoyarme en esta decisión, y a mi Padre Celestial, cuyo Espíritu me ayudó a entender cómo mejorar la forma de honrar Su día santo.

David Oscar Sarmiento es miembro de la Rama Octavo, Estaca Córdoba Sur, Argentina.

Se llevó mi bolso

Al ser soltera, estoy acostumbrada a velar por mi seguridad, pero en las semanas previas a mi viaje al Templo de Atlanta, Georgia, mi preocupación habitual fue en aumento hasta convertirse en una pesadilla en la que un hombre me asaltaba y se marchaba con mis tarjetas de crédito, los cheques y la licencia de conducir. Mi preocupación fue tan grande que el día antes de mi partida para el templo revisé mi monedero en tres ocasiones para asegurarme de que todo seguía allí, incluida la recomendación para el templo.

Esa misma tarde asistí a una fiesta con el monedero en el bolso, junto con un espejito y un tubo de lápiz labial con el que siempre salgo. Luego de estacionar el auto y meter las llaves en el bolso, me encaminé hacia el centro de reuniones donde ya había empezado la fiesta. Estaba sola en una gran ciudad, pero no tenía miedo. Habiéndole suplicado al Señor esa noche que me protegiera, me sentía segura.

Al ascender por un caminito, tuve la impresión de que había alguien detrás de mí, y al volverme vi a un hombre que corría hacia mí a la velocidad de un rayo. Sentí un tirón en el bolso y una mano fuerte en el brazo y oí: “¡Dame el bolso!”. En el forcejeo por liberarme, el bolso salió volando y aterrizó en unos arbustos cercanos. Grité, pero el hombre corrió, recuperó el bolso y se lo llevó.

Después de llamar a la policía, encontré un cuarto vacío en el centro de reuniones para ofrecer una oración a mi Padre Celestial. “No lo entiendo”, pensaba, mientras me esforzaba por contener las lágrimas. “¡Mañana iba a ir al templo y ahora él tiene mi recomendación! Padre, ¿por qué no recibí protección?”. Al dirigirme a hablar con los oficiales de policía me sentía desamparada y sin esperanza.

“Lo siento, señorita Thomas. Los agentes no encontraron nada, ni al ladrón ni su bolso”, me dijeron. Pero cuando los agentes y yo nos dirigíamos a mi auto, tuve una impresión.

“¿Les importa que eche un vistazo entre el césped para ver si algo se cayó del bolso?”. Traté de no hacerme demasiadas ilusiones, mas cuando vi algo metálico que reflejaba la luz de las farolas, lo recogí emocionada y grité: “¡Mis llaves! ¡Mis llaves están aquí!”. En silencio ofrecí una oración de gratitud al regresar de nuevo hacia el coche.

“¡Esperen, quiero ver también entre los arbustos!”

Moviendo la cabeza, el agente que me escoltaba me respondió con una sonrisa medio burlona: “Adelante, pero nadie tiene tanta suerte”.

Se equivocó. Incapaz de contener las lágrimas, exclamé desde los arbustos: “¡Mi monedero!”. Todo lo que estaba en su interior, incluso la recomendación para el templo, estaban intactos. Los policías estaban estupefactos.

“Nunca he visto a nadie con tanta suerte”, dijo uno.

“No es suerte”, respondí casi sin pensar. “Es protección de Dios”. Dudaba que los agentes entendieran la importancia de mi viaje al templo, así que para romper el silencio tan escéptico, añadí a modo de broma: “¡El tipo sí se llevó algo de mucho valor para mí: mi lápiz de labios!”; nadie se rió.

Sintiéndome un tanto rara, volví la mirada al arbusto donde había hecho mi último descubrimiento, pero lo que vi me dejó aun más sorprendida: allí, justo encima del espejito que llevo en el bolso, estaba el lápiz labial.

Antes de que llegara la policía me había preguntado por qué Dios no me había protegido ni bendecido, pero al estar de pie al lado de aquellos agentes boquiabiertos, me di cuenta de que Él había hecho ambas cosas. Desde entonces, siempre que tengo la más mínima duda de que mi Padre Celestial sea consciente de mis problemas, recuerdo la noche que salvó mis llaves, mi monedero, mi recomendación para el templo y mi lápiz labial.

Rebecca Thomas es miembro del Barrio Clermont, Estaca Orlando, Florida.