Mensaje de la Primera Presidencia

El matrimonio que perdura


Gordon B. Hinckley

El matrimonio que perdura

A modo de presentación, quisiera contarles dos experiencias. La primera tuvo lugar hace muchos años, cuando me encontraba en el nuevo Templo de Washington D. C. En esa oportunidad había varios periodistas que tenían curiosidad con respecto al hermoso edificio, tan diferente de otros edificios de la Iglesia en concepto y en propósito; diferente también con respecto a quiénes se permite entrar en sus sagrados recintos.

Les expliqué que, después de que el edificio es dedicado como Casa del Señor, sólo los miembros de la Iglesia que sean dignos estarán autorizados a entrar; pero que antes de ser dedicado, durante un período de cuatro a seis semanas, los visitantes serían bienvenidos a recorrer todo el interior. Les dije que nuestra intención no es esconder el edificio de la vista del mundo, pero que después de la dedicación lo consideramos tan sagrado, que una vida pura y una estricta lealtad a las normas y principios de la Iglesia son condiciones indispensables de admisión al templo.

Hablamos de los propósitos por los que se edifican los templos; les expliqué esos propósitos, haciendo especial hincapié en aquél que tan profundamente llega a todo hombre y mujer reflexivos: el matrimonio por la eternidad. Al hacerlo, medité en una experiencia ocurrida durante el periodo previo a la dedicación del Templo de Londres en 1958.

Una joven pareja en Inglaterra

En aquella ocasión, miles de personas, curiosas pero sinceras, hicieron largas filas en paciente espera para entrar en el edificio. Un agente de policía que dirigía el tránsito observó que aquella era la primera vez que veía a los ingleses ansiosos por entrar en una iglesia.

Se pidió a los visitantes que hicieran sus preguntas después de haber terminado el recorrido del edificio. Por las tardes me unía a los misioneros para charlar con las personas que tenían preguntas. Vi a una joven pareja que bajaba por la escalinata de la entrada principal del templo y les pregunté si podía serles de alguna ayuda. La joven dijo: “Sí. ¿Qué significa ese ‘matrimonio por la eternidad’ al que se aludió en una de las salas?”. Nos sentamos en un banco, debajo de un gran roble cercano a la entrada del edificio. El anillo en el dedo de la joven me dio a entender que estaban casados, y la forma en que se tomaban de la mano manifestaba el amor que sentían el uno por el otro.

“Y ahora a su pregunta”, dije. “Supongo que a ustedes les casó un vicario”.

“Sí”, respondió ella, “hace apenas tres meses”.

“¿Se dio cuenta usted de que cuando el vicario pronunció su unión, también decretó su separación?”

“¿Qué quiere decir?”, se apresuró a replicar.

“Ustedes creen que la vida es eterna, ¿no es así?”

“Claro”, respondió ella.

“¿Pueden imaginarse la vida eterna sin amor eterno?”, continué. “¿Pueden concebir una felicidad eterna sin la compañía el uno del otro?”

“Por supuesto que no”, respondieron rápidamente.

“Pero, ¿qué les dijo el vicario al efectuar la ceremonia? Si no me falla la memoria, les dijo entre otras cosas: ‘en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en lo bueno y en lo malo, hasta que la muerte os separe’. Los unió hasta donde su autoridad se lo permitía, o sea, hasta que les llegue la muerte. En realidad, pienso que si se lo hubieran preguntado, habría negado la existencia del matrimonio y la familia más allá de la tumba.

“Pero”, proseguí, “nuestro Padre, que nos ama y desea lo mejor para Sus hijos, ha determinado que, bajo las circunstancias apropiadas, haya una continuación de esta unión, la más sagrada y noble de todas las relaciones humanas: la relación del matrimonio y la familia.

“En aquella grandiosa y emotiva conversación entre el Salvador y Sus Apóstoles, Pedro declaró: ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente’, y el Señor respondió: ‘Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos’. El Maestro prosiguió diciendo a Pedro y a sus compañeros: ‘Y a ti daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos’ (Mateo 16:13–19).

“En aquella maravillosa adjudicación de autoridad, el Señor entregó a Sus Apóstoles las llaves del santo sacerdocio, cuyo poder va más allá de la vida y la muerte, hasta la eternidad. Esta misma autoridad ha sido restaurada a la tierra por los mismos apóstoles que la poseyeron en la antigüedad, o sea, Pedro, Santiago y Juan”. Continué diciéndoles que después de la dedicación del templo el domingo siguiente, aquellas mismas llaves del santo sacerdocio se ejercerían a favor de los hombres y las mujeres que acudieran a ese sagrado edificio a solemnizar su matrimonio, uniéndolos en lazos que la muerte no puede desatar ni el tiempo destruir.

Tal fue mi testimonio a aquella joven pareja en Inglaterra, y es el que les doy a ustedes y al mundo entero. Nuestro Padre Celestial, que ama a Sus hijos, desea para ellos todo lo que pueda brindarles felicidad en esta vida y en la eternidad, y no puede haber felicidad mayor que la que se encuentra en la más significativa de todas las relaciones humanas: el compañerismo del esposo y de la esposa, de los padres y los hijos.

“¿Es el amor como una rosa?”

Hace varios años fui llamado a la cabecera de una madre que se encontraba en el hospital en las últimas etapas de una enfermedad muy grave. Murió poco después, dejando a su esposo y cuatro hijos, el más pequeño de seis años, sumidos en profundo y trágico dolor. Pero a través de sus lágrimas, brillaba la fe inconmovible y hermosa de que, tan cierto como en ese momento se llevaba a cabo una dolorosa separación, algún día habría una feliz reunión, porque aquel matrimonio había comenzado con un sellamiento por el tiempo y la eternidad en la casa del Señor, bajo la autoridad del santo sacerdocio.

Todo hombre que en verdad ama a una mujer y toda mujer que en verdad ama a un hombre sueña y espera que su unión perdure para siempre. Pero el matrimonio es un convenio sellado por la autoridad, y si ésta procede solamente del Estado, perdurará únicamente mientras el estado tenga jurisdicción, la cual termina con la muerte. Mas si a esa autoridad del Estado agregamos el poder del don recibido de Aquel que venció a la muerte, la unión perdurará más allá de esta vida si los contrayentes viven dignos de la promesa.

Cuando era mucho más joven y menos frágil, bailábamos una cancioncilla que decía más o menos así:

¿Es el amor como una rosa,
que florece y perfuma,
para marchitarse y morir
al fin del verano?

Se trataba sólo de una balada a cuyo son bailábamos, pero era una pregunta que se han hecho a través de los siglos hombres y mujeres que se amaban mutuamente y contemplaban más allá del presente, hacia un futuro eterno.

La respuesta que damos es no y repetimos que, en el plan revelado del Señor, el amor y el matrimonio no son como la rosa que se marchita al acabar el verano; al contrario, son eternos, como el Dios de los cielos es eterno.

Pero este don, más valioso que todos los demás, se consigue sólo por un precio: con autodisciplina, virtud y obediencia a los mandamientos de Dios. Éstos tal vez sean difíciles, pero se puede lograr con el estímulo que deriva del comprender la verdad.

“Testimonios de sus labios”

El presidente Brigham Young (1801–1877) declaró en una ocasión: “No hay un solo jovencito en nuestra comunidad que, si comprendiera las cosas tal cual son, no estaría dispuesto a viajar desde aquí hasta Inglaterra a fin de poder casarse bien; no hay en nuestra comunidad una sola jovencita, que ame el Evangelio y anhele sus bendiciones, que aceptaría casarse de alguna otra manera” 1 .

Muchos han viajado distancias similares, y aún mayores, para recibir las bendiciones del matrimonio en el templo. He visto a un grupo de Santos de los Últimos Días japoneses que, antes de que se construyera un templo en su país, se habían privado hasta de comer a fin de hacer posible el largo viaje hasta el Templo de Laie, Hawai. Antes de tener un templo en Johannesburgo, conocimos a otros que también se habían privado de las necesidades básicas para poder costearse el vuelo de más de once mil kilómetros desde Sudáfrica hasta el Templo de Surrey, Inglaterra. El brillo de sus ojos, sus sonrisas y el testimonio de sus labios manifestaban que aquello valía infinitamente más que todo lo que les había costado.

También recuerdo haber oído en Nueva Zelanda hace muchos años el testimonio de un hombre que vivía en una región remota de Australia que, habiéndose casado previamente por la autoridad civil y luego de unirse a la Iglesia con su esposa e hijos, habían atravesado aquel vasto continente, habían proseguido por el mar de Tasmania hasta Auckland, y de allí hasta el templo que se encuentra en el hermoso valle de Waikato. Recuerdo que dijo: “No teníamos dinero para el viaje. Nuestras posesiones consistían en un auto viejo, algunos muebles y la vajilla. Dije a mi familia: ‘No podemos permitimos el lujo de ir’. Luego miré el rostro de mi bella esposa y el de nuestros hermosos hijos, y dije: ‘No podemos permitimos el lujo de no ir. Si el Señor me da fuerzas, puedo trabajar y ganar lo suficiente para comprar otro auto, muebles y demás cosas que necesitemos; pero si perdiese a esos seres amados, sería verdaderamente pobre, tanto en esta vida como en la eternidad’ ”.

Cásense correctamente y vivan con rectitud

Cuán cortos de vista somos muchos de nosotros, cuán inclinados a contemplar sólo el presente sin un pensamiento para el futuro. Pero el futuro ha de llegar, como llegarán también la muerte y la separación. Cuán dulce es la seguridad, cuán reconfortante es la paz que proviene del conocimiento de que si nos casamos correctamente y vivimos una vida recta, nuestra relación familiar perdurará a pesar de la certeza de la muerte y del paso del tiempo. El hombre puede escribir canciones de amor y cantarlas; puede tener anhelos, esperanzas y sueños. Pero todo eso no será más que un romántico deseo a menos que se ejerza la autoridad que trasciende los poderes del tiempo y de la muerte.

Hace muchos años, el presidente Joseph F. Smith (1838–1918) dijo: “La casa del Señor es una casa de orden y no de confusión; y esto significa que… no hay unión por el tiempo y la eternidad que se pueda perfeccionar fuera de la ley de Dios y el orden de Su casa. Los hombres podrán desearlo; podrán imitar sus aspectos en esta vida, pero carecerá de vigencia a menos que se haga y se sancione por la autoridad divina, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” 2 .

Para concluir, quisiera contarles un relato que, aunque imaginario, básicamente es verdadero. Imagínense a una joven pareja en un ambiente muy romántico, en la que haya nacido un amor sagrado. El joven le dice a su novia: “Te amo; quiero que seas mi esposa y la madre de nuestros hijos. Pero no los quiero ni a ti ni a ellos para siempre. Sólo estaremos juntos por un tiempo y después nos diremos adiós”. Ella, mirándole a través de las lágrimas, bajo la luz de la luna, le responde: “Eres maravilloso. No hay nadie en el mundo como tú y quiero que seas mi esposo y el padre de nuestros hijos, pero sólo por un tiempo, y luego nos despediremos”.

¡Qué absurdo! Y sin embargo, en esencia eso es lo que un hombre le dice a una mujer, y una mujer a un hombre, en una proposición de matrimonio, cuando se les concede la oportunidad de celebrar una unión eterna bajo “el nuevo y sempiterno convenio” (D. y C. 132:19), pero optan por hacerlo a un lado y sustituirlo con una unión que sólo durará hasta que la muerte los separe.

La vida eterna

La vida es eterna y el Dios de los cielos también ha hecho posibles el amor eterno y las relaciones familiares eternas.

Que Dios les bendiga; que al contemplar la posibilidad del matrimonio, busquen no sólo el maravilloso compañerismo y las ricas y fructíferas relaciones familiares en sus días terrenales, sino que también busquen una mejor existencia, en la que se puedan sentir y conocer el amor y las uniones más preciosas bajo la promesa que Dios nos ha hecho.

Testifico de la realidad viviente del Señor Jesucristo, por medio de quien hemos recibido esta autoridad. Testifico que Su poder, Su Sacerdocio, está entre nosotros y se ejerce en Sus santas casas. No menosprecien lo que les ha ofrecido. Vivan dignamente y participen de ese don, y permitan que el poder santificador de Su santo sacerdocio selle su unión.

Ideas Para los Maestros Orientadores

Una vez que se prepare por medio de la oración, comparta este mensaje empleando un método que fomente la participación de las personas a las que enseñe. A continuación se encuentran algunos ejemplos:

  1. 1.

    Pregunte a los miembros de la familia si han tenido que explicarle el matrimonio eterno a un vecino o a un amigo e invíteles a sugerir qué dirían si les preguntaran al respecto. Lean juntos cómo se lo explicó el presidente Hinckley a una joven pareja en Inglaterra. Divida la familia en grupos de dos y pídales que practiquen una explicación del matrimonio eterno.

  2. 2.

    Muestre una rosa u otra flor a los miembros de la familia; pregúnteles en qué se parece o se diferencia el amor a una flor. Lean juntos la sección “‘¿Es el amor como una rosa?’” Testifique que el plan del Señor es para que el amor y el matrimonio sean eternos.

  3. 3.

    Si resulta pertinente, analicen lo que los miembros de la familia han dicho o podrían decir en una declaración de matrimonio. A continuación, lean los últimos cinco párrafos del mensaje del presidente Hinckley. Anime a los integrantes de la familia a dar prioridad al matrimonio eterno y una familia amorosa, sin importar cuáles puedan ser sus circunstancias actuales.

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    Notas

  1.   1.

    Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Brigham Young , 1997, pág. 164.

  2.   2.

    Gospel Doctrine , 5ª edición, 1939, pág. 272.