Dallin H. Oaks
En todas las decisiones importantes de nuestra vida, lo más fundamental es hacer lo correcto. Segundo, y tan sólo un poco más atrás que lo primero, es hacer lo correcto en el momento oportuno.

Hace muchos años oí un relato en la ceremonia de inauguración del rector de una universidad, el cual ilustra la importancia de hacer las cosas en el momento oportuno. Un rector había llegado al final de su periodo de servicio y su sucesor comenzaba el suyo. Como gesto de buena voluntad, el sabio rector saliente le entregó a su joven sucesor tres sobres cerrados. “Consérvelos hasta que se produzca la primera crisis de su administración”, le explicó. “Entonces abra el primer sobre y descubrirá un valioso consejo”.

Pasó un año antes de que el nuevo rector sufriera una crisis. Cuando abrió el primer sobre, halló una sola hoja de papel en la que estaba escrito: “Culpe a la administración anterior”. Siguió el consejo y superó la crisis.

Dos años después, enfrentó otro serio desafío a su liderazgo. Abrió el segundo sobre y leyó: “Reorganice su administración”. Lo hizo y la reorganización calmó los ánimos de sus críticos y dio nuevo ímpetu a su liderazgo.

Mucho después, el ahora bien versado rector enfrentó su tercera gran crisis. Abrió con impaciencia el tercer sobre, creyendo que el consejo que encerraba iba a solucionar sus problemas. De nuevo no había más que una sola hoja de papel, pero esta vez decía: “Prepare tres sobres”. Había llegado el momento de tener nuevo liderazgo.

Quizás sea una exageración decir que el hacer las cosas en el momento oportuno lo es todo; sin embargo, el concepto es vital. En Eclesiastés leemos:

“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.

“Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado…

“tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar;

“…tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar…

“…tiempo de callar, y tiempo de hablar” (Eclesiastés 3:1–2, 4–5, 7).

En todas las decisiones importantes de nuestra vida, lo más fundamental es hacer lo correcto. Segundo, y tan sólo un poco más atrás que lo primero, es hacer lo correcto en el momento oportuno. Aquellos que hacen lo correcto en el momento inoportuno pueden sentirse frustrados e ineficaces; pueden incluso sentirse confusos en cuanto a si hicieron lo correcto, cuando en realidad lo erróneo no fue la decisión, sino el momento.

El tiempo del Señor

Lo primero que deseo decir al respecto es que el Señor tiene Su propio horario: “…mis palabras son ciertas y no fallarán”, enseñó el Señor a los primeros élderes de esta dispensación. “Mas todas las cosas tienen que acontecer en su hora” ( D. y C. 64:31–32).

El primer principio del Evangelio es fe en el Señor Jesucristo. Fe significa confiar: confiar en la voluntad de Dios, confiar en Su manera de hacer las cosas y confiar en Su horario, en vez de tratar de imponerle el nuestro. El élder Neal A. Maxwell, del Quórum de los Doce Apóstoles, ha dicho:

“En lo referente a nosotros, la cuestión reside en confiar en Dios lo bastante como para confiar también en Su tiempo. Si realmente pudiéramos creer que el Señor quiere lo mejor para nosotros, ¿acaso no le permitiríamos desplegar Sus planes como Él considerara mejor? Lo mismo sucede con la Segunda Venida y con todos esos asuntos en los que debemos hacer acopio de fe, no sólo en Sus planes y propósitos generales, sino en el tiempo del Señor para cada uno de nosotros en forma individual” 1 .

De hecho, no podemos tener una fe verdadera en el Señor sin tener también plena confianza en Su voluntad y en Su tiempo.

Al servir en la Iglesia del Señor, debiéramos recordar que el cuándo es tan importante como el quién , el qué , el dónde y el cómo .

Un claro ejemplo de la importancia de escoger el mejor momento para hacer las cosas se halla en el ministerio terrenal del Señor y en Sus instrucciones subsiguientes a los Apóstoles. Durante Su vida terrenal, el Señor mandó a los Doce Apóstoles que no predicaran a los gentiles, sino que les dijo: “…id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mateo 10:6; véase también Mateo 10:5; 15:22–26). Más tarde, en el momento adecuado, se invirtió esa instrucción en una gran revelación concedida al apóstol Pedro. Sólo entonces, en el momento exacto dictaminado por el Señor, se llevó el Evangelio a los gentiles (véase Hechos 10–11).

Como se demuestra en ese ejemplo, la revelación continua es el medio por el que el Señor administra Su tiempo. Necesitamos esa dirección proveniente del cielo. Por ejemplo, muchos de nosotros o de nuestros descendientes participarán sin duda alguna en el cumplimiento de las profecías relacionadas con la edificación de la ciudad de la Nueva Jerusalén (véase D. y C. 84:2–4); no obstante, ése es un asunto relacionado con el tiempo del Señor, y no con el nuestro. No recibiremos la autorización ni la bendición para llevar a cabo la limpieza de los terrenos ni para marcar el lugar donde irán los cimientos de tan grandioso proyecto sino hasta que el Señor diga que ha llegado el momento. En este asunto, como en muchos otros, el Señor obrará a Su debido tiempo y a Su propia manera.

Nosotros nos preparamos tal y como ha dicho el Señor; nos mantenemos listos para actuar en el tiempo del Señor. Será Él quien nos diga que ha llegado el momento de dar el paso siguiente. Hasta entonces, no tenemos más que concentrarnos en nuestras propias asignaciones y en lo que se nos ha pedido hacer hoy; en este punto, somos conscientes de lo que ha dicho el Señor: “…apresuraré mi obra en su tiempo” (D. y C. 88:73).

Los que no aceptan la revelación continua a veces se meten en problemas al actuar demasiado pronto o demasiado tarde o al persistir en algo demasiado tiempo. La práctica del matrimonio plural es un claro ejemplo.

La importancia del tiempo del Señor también es palpable en Sus leyes dietéticas. El Señor dio una instrucción dietética al antiguo Israel, y mucho tiempo después, debido a “las maldades y designios” de los “últimos días” (véase D. y C. 89:4), nos ha dado una Palabra de Sabiduría adaptada a las circunstancias de nuestra época y acompañada de la promesa de bendiciones propias para nuestra era.

El tiempo del Señor se aplica también a hechos importantes de nuestra propia vida. Un gran pasaje de Doctrina y Convenios declara que recibiremos una experiencia espiritual concreta “en su propio tiempo y a su propia manera, y de acuerdo con su propia voluntad” (D. y C. 88:68). Ese principio se aplica a la revelación 2 y a todos los acontecimientos más importantes de nuestra vida: el nacimiento, el matrimonio, el fallecimiento, e incluso a nuestras mudanzas de un sitio a otro.

No basta con seguir el camino correcto, sino que debemos hacerlo en el momento adecuado; y si no lo es, debemos adecuar nuestros hechos al horario del Señor, tal como lo ha revelado por conducto de Sus siervos.

Hace varios años, el presidente Gordon B. Hinckley anunció la construcción de un gran número de nuevos templos, duplicándose así el número de templos en funcionamiento de la Iglesia, pasando de 50 a 100 en pocos años. Siempre ha existido la meta de tener más templos, mas no habría sido apropiado que persona alguna propusiera un aumento tan repentino y espectacular sino hasta que el profeta del Señor anunciara que eso sería uno de los objetivos principales de la Iglesia y sus miembros. Sólo el profeta del Señor podría indicar que la Iglesia duplicara sus templos en funcionamiento en tan pocos años.

En mi discurso de la conferencia general de octubre de 2001 facilité otro ejemplo: la importancia de seguir el tiempo del Señor con aquellos a quienes queramos interesar en el mensaje del Evangelio 3 . La proclamación del Evangelio es Su obra, no la nuestra, y por tanto, debe hacerse en Su tiempo, no en el nuestro. Actualmente hay países que deben oír el Evangelio antes de que el Señor vuelva otra vez. Lo sabemos, pero no podemos forzarlo; debemos aguardar al momento del Señor. Él nos avisará y abrirá las puertas o derrumbará los muros cuando haya llegado ese momento. Debemos pedir la ayuda y la guía del Señor para ser instrumentos en Sus manos para proclamar el Evangelio a las naciones y a las personas que estén listas ahora, a aquellas personas a las que Él quiere que ayudemos hoy. El Señor ama a todos Sus hijos y desea que todos tengan la plenitud de Su verdad y la abundancia de Sus bendiciones. Él sabe cuándo los grupos o las personas están preparados y desea que demos oído y prestemos atención a Su horario para compartir el Evangelio con ellos.

El albedrío de los demás

El logro de ciertas metas importantes en nuestra vida está sujeta a algo más que el tiempo del Señor; algunas de esas metas están sujetas también al albedrío de los demás. Eso se hace particularmente evidente en dos cuestiones de especial importancia para los jóvenes en edad universitaria: los bautismos misionales y el matrimonio.

En el verano de 2001, mi esposa y yo nos encontrábamos en Manaus, Brasil, donde hablé a cerca de 100 misioneros que servían en aquella gran ciudad en el Amazonas. Al levantarme para hablar, tuve la impresión de hacer a un lado las notas que suelo emplear en tales ocasiones y sustituirlas por algunos pensamientos sobre la importancia de hacer las cosas en el momento debido, como algunos de los pasajes y principios que he abordado aquí.

Les recordé a los misioneros que algunos de nuestros proyectos más importantes no se pueden llevar a cabo sin el albedrío y las obras de otras personas. Un misionero no puede bautizar a cinco personas este mes sin el albedrío y las obras de esos cinco. El misionero puede planificar, trabajar y hacer todo lo que esté dentro de sus posibilidades, pero el resultado deseado dependerá del albedrío y de las obras de otras personas.

En consecuencia, las metas del misionero deben basarse en su albedrío personal y en sus obras, en vez del albedrío y las obras de los demás. Sin embargo, éste no es el momento para profundizar en lo que dije a los misioneros sobre las metas; a cambio, voy a compartir otras aplicaciones del principio de que “todo tiene su tiempo” con ejemplos de nuestra propia vida.

Aplicaciones a nuestra vida

Debido a la existencia de elementos sobre los que no tenemos control alguno, no podemos planificar ni llevar a cabo todo lo que deseamos. Viviremos muchas cosas importantes que no habíamos incluido en nuestros planes, y no todas ellas serán bienvenidas. Aun nuestros deseos más justos tal vez no se realicen, o se hagan realidad de diversos modos o en momentos diferentes de aquellos esperados.

Por ejemplo, no podemos tener la seguridad de que nos casaremos tan pronto como quisiéramos; además, un matrimonio que pudiera parecernos oportuno a nosotros puede o no convertirse en una bendición. Mi esposa, Kristen, es un ejemplo. Ella no se casó sino hasta pasados varios años después de servir en una misión y de graduarse de la universidad.

El determinar el momento más oportuno para contraer matrimonio tal vez sea el mejor ejemplo de un acontecimiento extremadamente importante en nuestra vida, pero uno que resulta casi imposible de planificar. Al igual que sucede con otros acontecimientos terrenales que dependen del albedrío de otras personas o de la voluntad y del tiempo del Señor, el matrimonio no se puede anticipar ni planear con seguridad. Podemos, y debemos, trabajar y orar en pos de nuestros deseos justos, pero a pesar de haberlo hecho, muchas personas seguirán siendo solteras más tiempo del deseado.

Entonces, ¿qué se debe hacer mientras tanto? La fe en el Señor Jesucristo nos prepara para aquello que nos depare la vida, para reaccionar correctamente ante las oportunidades que se nos presenten: aprovecharnos de las que recibimos y superar las decepciones de las que perdemos. Al ejercer esa fe, debemos comprometernos en cuanto a cuáles serán las prioridades y las normas que seguiremos en circunstancias o cuestiones que no controlamos, y debemos persistir fielmente en dichos compromisos sin importar lo que nos suceda a causa del albedrío de los demás o del tiempo del Señor. Al obrar así, tendremos en nuestra vida una constancia que nos proporcionará guía y paz. Cualesquiera que sean las circunstancias que escapen a nuestro control, nuestros compromisos y nuestras normas deben ser constantes.

Los compromisos de los adultos solteros y el servicio que prestan pueden fortalecerlos a través de los difíciles años mientras esperan el momento y la persona adecuados. Los compromisos y el servicio de ellos pueden también fortalecer e inspirar a otras personas. Qué sabios son los que adoptan este compromiso: pondré al Señor en primer lugar en mi vida y cumpliré Sus mandamientos. Es la persona misma quien ejerce control sobre la realización de ese compromiso, ya que podemos cumplirlo sin importar lo que decidan hacer los demás, a la vez que nos mantiene firmes en la fe sin importar el ritmo que el Señor tenga pensado para los momentos más importantes de la vida.

¿Pueden ver la diferencia que existe entre el comprometerse a lo que vayan a hacer en vez de tratar de planificar el estar casados para cuando se gradúen o el ganar una determinada suma de dinero en su primer empleo?

Si tenemos fe en Dios, si nos comprometemos a guardar Sus mandamientos y lo ponemos en primer lugar en nuestra vida, no tenemos necesidad de planificar cada acontecimiento —ni siquiera cada acontecimiento importante— y por tanto no debemos sentirnos rechazados ni deprimidos si algunas cosas —aunque sean muy importantes— no suceden cuando lo habíamos planeado, cuando lo esperábamos o cuando oramos por ello.

Comprométanse a poner al Señor en primer lugar en la vida, a guardar los mandamientos y a hacer aquello que les pidan los siervos del Señor; sólo entonces estarán encaminados hacia la vida eterna. No importará que les llamen a servir como obispos o presidentas de la Sociedad de Socorro, ni si están solteros o casados, ni siquiera si mueren mañana. No sabemos qué va a suceder, así que den lo mejor de sí mismos en aquello que es fundamental y luego confíen en el Señor y en Su tiempo.

A veces la vida da giros bien extraños. Compartiré con ustedes algunas experiencias personales para ilustrar ese punto.

Cuando era joven, pensaba en servir en una misión. Me gradué de la secundaria en junio de 1950, pero una semana más tarde, a miles de kilómetros de distancia, un ejército norcoreano cruzó el paralelo 38 y nuestro país entró en guerra. Yo tenía 17 años, pero al ser miembro de la Guardia Nacional de Utah, recibí órdenes de movilizarme y entrar en el servicio militar activo. De repente, tanto para mí como para muchos otros jóvenes de mi generación, la tan anhelada misión de tiempo completo que habíamos planeado se esfumó.

Otro ejemplo. Fui relevado como presidente de la Universidad Brigham Young después de servir durante nueve años. Pocos meses después, el gobernador del estado de Utah me designó para servir durante un periodo de diez años en el Tribunal Supremo del estado. Tenía 48 años y mi esposa June y yo intentábamos planear cómo sería el resto de nuestra vida. Queríamos servir en esa misión de tiempo completo que ninguno de los dos había tenido el privilegio de hacer. Decidimos que serviría unos 20 años en el Tribunal Supremo del estado, con lo que al final tendría 69 años; luego me retiraría de ese puesto y enviaríamos nuestra documentación para cumplir una misión como matrimonio.

Hace dos años cumplí 69 años y vívidamente recordé aquel importante plan. Si las cosas hubieran sucedido tal como habíamos planeado, ya habría enviado los papeles para servir en una misión con mi esposa June.

Cuatro años después de organizar aquel plan, fui llamado al Quórum de los Doce Apóstoles, algo que jamás habíamos imaginado. Al darnos cuenta de que el Señor tenía otras cosas en mente y un tiempo diferente al que habíamos pensado, dimití como magistrado del Tribunal Supremo. Pero ése no fue el fin de las diferencias importantes. Cuando yo tenía 66 años, mi esposa June falleció de cáncer y dos años después me casé con Kristen McMain, la compañera eterna que está ahora a mi lado.

¡Cuán diferente es mi vida de como la había planeado! Mi vida profesional ha cambiado, al igual que mi vida personal; pero el compromiso que hice con el Señor, de ponerlo en primer lugar y estar dispuesto para lo que Él deseara que hiciera, me ha llevado a través de estos cambios de trascendencia eterna.

La fe y el confiar en el Señor nos fortalecen para aceptar y perseverar sin importar lo que suceda en nuestra vida. Desconozco el porqué recibí un “no” a mis oraciones a favor de la recuperación de mi esposa de tantos años, pero el Señor me testificó que era Su voluntad y me dio la fuerza para aceptarlo. Dos años después de su muerte conocí a la mujer maravillosa que ahora es mi esposa por la eternidad y también sé que ésa era la voluntad del Señor.

Vuelvo al tema donde empecé. No confíen en que puedan planear cada acontecimiento de su vida, ni siquiera los más importantes. Antes bien, prepárense para aceptar los planes del Señor y el albedrío de los demás en cuestiones que, inevitablemente, les afectarán a ustedes. Planifiquen, claro, pero ciñan sus planes a los compromisos personales que los sostendrán a pesar de lo que suceda. Anclen su vida en los principios eternos y vivan de acuerdo con ellos; sólo entonces podrán esperar en el tiempo del Señor y estar seguros de los resultados en la eternidad.

El principio más importante, en lo que se refiere al tiempo, es mantener una perspectiva eterna. La vida terrenal no es más que una pequeña porción de la eternidad; no obstante, la forma en que nos comportemos aquí —lo que lleguemos a ser como consecuencia de nuestras acciones y deseos, confirmado por nuestros convenios y las ordenanzas administradas por la debida autoridad— dará forma a nuestro destino por toda la eternidad. Tal como enseñó el profeta Amulek: “…esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios” (Alma 34:32). Esa realidad debe ayudarnos a mantener una perspectiva eterna: el tiempo de la eternidad.

Ruego que cada uno de nosotros dé oídos a la palabra del Señor sobre cómo conducirnos en la vida terrenal, y que establezcamos normas y compromisos que estén en armonía con el tiempo de nuestro Padre Celestial.

Adaptado de un discurso pronunciado el 29 de enero de 2002 en la Universidad Brigham Young.

Hablemos de Ello

  1. 1.

    Invite a los miembros de la familia a hablar de cuán diferentes podrían ser sus vidas si hechos como el unirse a la Iglesia, el mudarse a otra ciudad o el casarse hubieran sucedido años antes o después de cuando realmente tuvieron lugar. Túrnense para leer la sección “El tiempo del Señor” y hablen sobre cómo ha sido una bendición para ustedes el estar dispuestos a obrar según el horario del Señor.

  2. 2.

    Asigne a un miembro de la familia una tarea como recoger un objeto o escribir en una hoja de papel; luego hágale difícil la tarea. Hablen del papel que desempeñan el albedrío y las obras de los demás en el logro de nuestras metas. Lea las secciones “El albedrío de los demás” y “Aplicaciones a nuestra vida” y compartan experiencias sobre cómo el mantener una perspectiva eterna les haya ayudado a ustedes o a alguien más a tomar una decisión correcta.

Mostrar las referencias

    Notas

  1.   1.

    Even As I Am, 1982, pág. 93.

  2.   2.

    Véase Dallin H. Oaks, “La enseñanza y el aprendizaje por medio del Espíritu”, Liahona, mayo de 1999, pág. 21.

  3.   3.

    Véase “Compartir el Evangelio”, Liahona, enero de 2002, págs. 8–9.