2004
El Presidir Con Rectitud En el Hogar
febrero de 2004


El Presidir Con Rectitud En el Hogar

Las Escrituras nos enseñan cómo debe el hombre ejercer su sacerdocio al tratar a sus familiares.

Hace algunos años tuve un sueño que cambió mi vida así como la manera de tratar a mi esposa e hijos. En el sueño me hallaba manejando un automóvil en una noche oscura. Se trataba de una vía de dos carriles que se hallaba en la tranquilidad de la campiña. Vi que un automóvil se aproximaba a gran velocidad en sentido contrario; de repente viró hacia mi carril. Me esforcé por evadirlo, pero el otro conductor aumentó la velocidad. Sabía que íbamos a chocar y empecé a orar con fervor: “Padre Celestial, por favor, ayúdame. No puedo morir todavía. Tengo una dulce esposa y [en ese entonces] cuatro hijos preciosos. Por favor, por favor…”. Sentí el impacto y salí disparado del auto.

Al golpear contra el suelo, desperté de inmediato y me di cuenta de que todo había sido un sueño. “¡Qué alivio!”, pensé. Entonces me pregunté: “¿He sido un buen esposo y padre? ¿Puedo decir que he sido el mejor esposo que podría haber sido? ¿Qué dejaría a mis hijos si falleciera?”.

Esa noche no pude volver a conciliar el sueño; reanudé mi compromiso de dedicarme al Señor y decidí amar más a mi esposa y a mis hijos. Para que mi familia contara con un registro de mi testimonio, escribí 42 declaraciones en las que manifestaba mi creencia en las doctrinas y los principios del Evangelio, lo que más deseaba dejar a mis hijos en caso de que muriera.

Una nueva perspectiva

Una vez que me uní a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días adquirí una nueva perspectiva de lo que significa presidir rectamente en el hogar, y descubrí que esta Iglesia me ayuda a tener una familia feliz. Llegué a entender que existen ciertas doctrinas básicas del Evangelio restaurado que guían a los esposos y a los padres a cumplir su función.

Una de las mejores experiencias que tuve antes de casarme fue vivir con varias familias miembros de la Iglesia en los Estados Unidos mientras asistía a la universidad. Aquellos padres efectuaban la noche de hogar cada semana, estudiaban juntos las Escrituras y oraban a diario. Claro que a veces tenían problemas, pero su modo de solucionarlos era compatible con las enseñanzas del Evangelio.

Al ver sus ejemplos y participar como un miembro más de su familia, decidí que también yo, algún día, quería tener una familia como la suya. Me fijé en que sus familias eran bendecidas conforme los esposos seguían el consejo de “La familia: Una proclamación para el mundo”: “Por designio divino, el padre debe presidir sobre la familia con amor y rectitud y tiene la responsabilidad de protegerla y de proveerle las cosas necesarias de la vida”1.

El presidir con rectitud

La familia es la unidad básica de la Iglesia, por lo que el comportamiento recto en el hogar es de suma importancia. De hecho, es vital para nuestro progreso personal y el progreso espiritual de nuestra familia. Hay varias cosas que un marido y padre puede hacer para enseñar y mantener un comportamiento recto, así como ejemplificarlo.

Conocer la doctrina y los principios.

A fin de presidir con rectitud en el hogar, el esposo y padre debe, en primer lugar, conocer la doctrina y los principios del Evangelio restaurado. Sin el Evangelio, algunos hombres se niegan a aceptar la responsabilidad de ser esposo o de convertirse en padre. Tienen más interés en otros objetivos, centrándose de forma egoísta y exclusiva en sí mismos, o, simplemente, carecen del valor y de la dedicación necesarios para cumplir esos papeles divinos.

El estudiar arduamente y el obtener una buena educación son objetivos necesarios y dignos, pero debemos recordar que no son sino medios, y no fines. El presidente Joseph Fielding Smith (1876–1972) dijo: “El conocimiento más importante del mundo es el conocimiento del Evangelio”2. Además de dedicar tiempo al estudio en forma individual, el padre y esposo puede llegar a tener una experiencia gratificante al leer las Escrituras junto con su familia, para beneficio de todos.

Esforzarse primero por mejorar uno mismo.

El Señor enseñó: “…Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). El marido y esposo debe, en primer lugar, aprender a amar y a gobernarse a sí mismo antes de hacerlo con otras personas. Una vez que aprende a amar a su Padre Celestial y a sí mismo, tiende a ganar más confianza para amar a los demás, en especial a su esposa e hijos.

Debe aprender por qué es importante gobernar con sabiduría; debe aprender a controlar sus emociones y apetitos, y jamás maltratar a nadie . La violencia, el comportamiento cruel y las palabras ásperas hieren a los demás. Tal como escribió el apóstol Pablo, “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25).

Reconocer el papel del uno y del otro y trabajar unidos.

Los hombres y las mujeres son iguales a la vista de Dios. “En el matrimonio, ni el hombre es más importante que la mujer, ni la mujer más importante que el hombre. Ambos son copartícipes en la responsabilidad de trabajar juntos para satisfacer las necesidades espirituales, emocionales, intelectuales y físicas de la familia… El padre es el patriarca de la familia y tiene responsabilidades importantes que le conciernen a él solamente. Él es el poseedor del sacerdocio y tiene los deberes del liderazgo del sacerdocio”3.

Al hombre digno se le da el sacerdocio a fin de que presida en el hogar y bendiga a su familia. El padre tiene la responsabilidad de reunir a su familia para llevar a cabo la noche de hogar y los consejos familiares. Cuando nos juntamos, desarrollamos mayor amor los unos por los otros al compartir nuestros testimonios y experiencias. Los padres deben efectuar con cada uno de sus hijos entrevistas periódicas en las que reine el espíritu de oración. Si el padre escucha con amor, tanto él como su hijo serán bendecidos abundantemente.

Ejercer el sacerdocio con rectitud.

El Señor explicó cómo los padres pueden ejercer el sacerdocio:

“Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero;

“por bondad y por conocimiento puro, lo cual ennoblecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia;

“reprendiendo en el momento oportuno con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo; y entonces demostrando mayor amor hacia el que has reprendido, no sea que te considere su enemigo” (D. y C. 121:41–43).

Si un padre y esposo aprende de verdad a amar según el ejemplo del Salvador, desarrolla confianza, aumenta su fe y recibe inspiración. La influencia del Espíritu Santo puede ayudarle a tomar decisiones justas sobre cómo tratar a los demás.

Enseñar a los hijos las cosas importantes.

El padre debe enseñar a sus hijos sobre las Escrituras y por medio de su propio ejemplo. Debe enseñar que las oraciones personales y familiares son los medios más poderosos de comunicación para recibir revelación y aumentar la espiritualidad. Mediante la oración, podemos resolver muchas inquietudes y problemas personales (véase Filipenses 4:6–7).

Recuerdo que hace unos años nuestra familia parecía estar limitada a tener tres hijos, pues a mi esposa no le era posible concebir nuevamente. Se preguntaba por qué y empezó a culparse a sí misma. Oraba día tras día. Nuestros hijos se percataban de su tristeza y también se ponían tristes.

Finalmente, reuní a nuestros hijos; en consejo, decidimos ofrecer una oración especial. Primero oré yo, y luego cada uno de nuestros hijos. Disfrutamos de un sentimiento maravilloso, y el Espíritu del Señor estuvo presente. Nuestros hijos creían que su madre tendría otro hijo. Unos 10 meses más tarde nació nuestro cuarto hijo. Qué dicha sentimos y qué testimonio fue para mi esposa, para mí y para nuestros hijos.

Sentir la paz del Salvador

En la proclamación para la familia aprendemos que “el esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro, y también a sus hijos”4. Los padres no tienen que asumir solos esta responsabilidad. Cuando los esposos se esfuerzan por criar a sus familias en rectitud, los demás se fijan en ello. Una vez mi esposa fue a una reunión de padres y maestros en la que alguien preguntó cómo era posible que los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días criaran tan bien a sus hijos. Estoy convencido de que muchos miembros han tenido experiencias similares. El presidente Gordon B. Hinckley ha dicho: “Si seguimos los consejos y la guía de nuestros líderes, podemos mantener la integridad de nuestra familia. Al hacerlo, aquellos que nos rodeen nos observarán con respeto y se verán impulsados a averiguar por qué y cómo lo logramos”5.

Ruego que nos detengamos a pensar, meditar y reflexionar en cómo nos va con nuestras familias. Ruego que a medida que esposos y padres presidan con amor a sus familias, cada uno de los miembros de la familia sienta paz, esa misma paz que promete el Salvador: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).

Notas

  1. Liahona, octubre de 1998, pág. 24.

  2. Véase “El conocimiento más importante”, Liahona, septiembre de 1971, pág, 2.

  3. Principios del Evangelio (manual), 1997, págs. 236–237.

  4. Liahona, octubre de 1998, pág. 24.

  5. “Una ciudad sobre una colina”, Liahona, noviembre de 1990, pág. 8.