“Porque yo soy Dios… y mostraré milagros, señales y maravillas a todos los que crean en mi nombre” (D. y C. 35:8).

“¿Vendrá Papá a casa esta noche?”, preguntó Benjamín. El padre trabajaba de marinero cerca de la costa en su hogar en Dinamarca.

“No”, dijo mamá. “Volverá dentro de cuatro días”.

El padre le había prometido a Benjamín que podrían jugar al fútbol cuando volviera. Benjamín echaba de menos a su padre.

“Antes de acostarme esta noche, oraré para que vuelva sano y salvo a casa”, pensó Benjamín.

* * *

El padre de Benjamín se encontraba en el barco bajo una lluvia helada, apresurándose para terminar su trabajo antes de la cena. Se sentía cansado y tenía frío, y pensó en su familia.

De repente, una ola enorme sacudió el barco. Las provisiones cayeron al suelo y los marineros gritaron asustados. El capitán buscó en la oscuridad pero no pudo ver al padre de Benjamín en la cubierta.

“¡Hombre al agua!”, gritó.

* * *

Aquella noche, Benjamín observó a su madre apilar los platos de la cena en el fregadero. Mientras los lavaba, miró por la ventana hacia el jardín. Los árboles se balanceaban bajo el fuerte viento. Benjamín miró la preocupada cara de su madre y también él se inquietó. ¿Estaría bien Papá con esta tormenta?

* * *

El padre de Benjamín podía oír la sirena del barco, pero el sonido se fue apagando a medida que las fuertes olas lo alejaban cada vez más de la embarcación. Los marineros arrojaron salvavidas al agua con la esperanza de salvarlo, pero no podían verlo en medio de aquella tempestuosa oscuridad.

Trató de permanecer tranquilo y de mantener la cabeza fuera del agua. Encontró la linterna que llevaba enganchada a su chaqueta salvavidas y apuntó al barco para que los marineros pudieran verlo, pero la luz no funcionaba.

A bordo del barco, el capitán solicitó ayuda por radio y en cuestión de minutos un helicóptero sobrevolaba el océano iluminando con su luz las gigantescas olas.

“No podemos verlo”, dijo el piloto del helicóptero al capitán del barco. El capitán reprimió sus lágrimas, temiendo haber perdido a su amigo. “Volveremos a intentarlo”, decidió el piloto. Temía que el helicóptero se quedara sin combustible, pero sabía que era la última esperanza de aquel marinero.

El padre de Benjamín tenía cada vez más frío. Le castañeaban los dientes mientras agarraba la linterna rota entre sus dedos entumecidos.

* * *

De vuelta en casa, era hora de que Benjamín se acostara. Su madre le escuchaba mientras, arrodillado al lado de la cama, él oraba: “Querido Padre Celestial, por favor, protege a mi padre y tráelo sano y salvo a casa con mi madre y conmigo”.

* * *

El padre de Benjamín vio un helicóptero volando bajo. Trató de levantar el brazo, pero estaba tan cansado y tenía tanto frío que apenas podía moverlo.

Entonces una voz en su mente le dijo: “Enciende la linterna”.

“Pero no funciona”, pensó.

“Enciende la linterna”, repitió la voz.

“¿Por qué?”, murmuró mientras sus rígidos dedos buscaban a tientas el interruptor. “O la bombilla está rota o las pilas están gastadas”.

El helicóptero se acercaba cada vez más. Cuando ya casi estaba sobre su cabeza, el padre de Benjamín dirigió la linterna hacia el cielo y apretó el interruptor.

Justo en ese momento, el piloto vio un chispazo de luz sobre el agua. “¡Lo hemos encontrado!”, gritó por la radio. Los marineros a bordo del barco gritaron de júbilo. Al cabo de unos minutos el padre de Benjamín era alzado al interior del cálido y seguro helicóptero. Envuelto en una manta, escuchaba la vibración del motor, mientras se imaginaba que le cantaba: “¡A casa con Benjamín! ¡A casa con Benjamín!”.

Una vez que el helicóptero hubo aterrizado y una ambulancia se llevó al padre de Benjamín al hospital, el piloto del aparato volvió a donde el rescatado había estado descansando. Allí, en el suelo, estaba la linterna. Curioso, la tomó y la abrió. Dos pilas viejas y oxidadas cayeron de su interior.

“Estas pilas no funcionan”, pensó. “Pero si no vi la luz de esta linterna en el océano, ¿qué es lo que vi?”.

“Dios debe de haber velado por este marinero”, dijo en voz alta al copiloto, que estaba a su lado. Ambos asintieron en silencio.

* * *

De repente, la madre de Benjamín se sintió feliz. La preocupación que había sentido se desvaneció.

Abrió la puerta del cuarto de Benjamín un poquito, observó el interior y vio que el pequeño dormía profundamente.

Benjamín soñaba con el partido de fútbol que su padre le había prometido. Un sentimiento cálido le había asegurado que su Padre Celestial contestaría su oración y que papá volvería pronto a casa.

Bo Pedersen es miembro del Barrio Allerød, Estaca Copenhague, Dinamarca.

“Los milagros —imposibles de explicar por medios racionales— son el fruto de la obediencia a los mandamientos de Dios”.

Élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles, “Miracles”, Ensign, junio de 2001, pág. 9.