Siete lecciones sobre cómo compartir el Evangelio


Antes de ascender al cielo, el Salvador mandó a su pequeño grupo de discípulos: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19). Aunque esa tarea parece sobrecogedora, el presidente Boyd K. Packer, Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles, nos ha invitado a obrar con fe: “Quizás, al comprender la magnitud de este cometido, haya quienes digan: ‘¡Eso es imposible! ¡No se puede hacer!’. A ellos simplemente les responderíamos: ‘Tal vez, pero nosotros lo haremos de todas maneras’ ” 1 .

La capacidad de compartir el Evangelio no es un don exclusivo de unos pocos Santos de los Últimos Días. En nuestra propia experiencia, y al observar a otras personas, concluimos que encontrar personas para que los misioneros les enseñen puede ser algo sencillo y natural para cualquiera, si lo hacemos a la manera del Señor. Presentamos a continuación siete lecciones que hemos aprendido sobre cuál es Su manera.

“Mormones ideales” y “amistades entrañables”

Las dos primeras lecciones, aprendidas durante nuestros intentos iniciales por ser buenos miembros misioneros, nos han facilitado el compartir el Evangelio: Sencillamente, no podemos predecir quién estará interesado en el Evangelio y quién no, y desarrollar una amistad no es un requisito para dar a conocer el Evangelio a las personas. Descubrimos estos principios estando recién casados cuando los misioneros de nuestro barrio nos pidieron que hiciéramos una lista de personas con las que pudiéramos compartir el Evangelio. Debíamos comenzar por los primeros de la lista y “prepararlos” a través de un proceso de doce pasos. Primero había que invitarles a casa a cenar y luego a ir a un evento cultural. Los pasos sexto, séptimo y octavo eran los de invitarlos a la Iglesia, darles un ejemplar del Libro de Mormón y pedirles que recibieran las charlas misionales. El programa culminaba con el paso número doce: el bautismo.

Fuimos diligentes en la elaboración de la lista y anotamos en primer lugar a aquellas personas que considerábamos que tendrían más interés en el Evangelio. Parecían “mormones ideales”, personas cuyos valores (como el llevar una vida limpia o la dedicación a su familia) se parecían a los nuestros. Luego comenzamos a profundizar nuestra amistad con ellos, agregando eventos sociales a nuestra ya de por sí ajetreada vida. Uno tras otro los que creíamos que tendrían un mayor interés en conocer el Evangelio declinaron nuestras invitaciones al llegar a los pasos seis, siete y ocho. No les ofendimos con nuestras invitaciones, pero a su manera nos dijeron que estaban contentos con su manera de vivir su religión. Tras mucho trabajo durante muchos meses, no encontramos a nadie interesado en saber más del Evangelio.

Nuestro barrio recibió nuevos misioneros que, al enterarse de lo que había pasado, vinieron a nuestra casa, desplegaron una gráfica similar en la mesa y nos pidieron que hiciéramos una lista de personas con las que pudiéramos cultivar una amistad como preparación para enseñarles el Evangelio. Nosotros protestamos: “Ya lo hemos intentado. Nos tomó mucho tiempo y no funcionó”. Les explicamos que nuestro esfuerzo había sido sincero con todo al que considerábamos candidato para recibir las charlas.

Desesperados por conseguir una referencia, los misioneros nos suplicaron: “¿Conocen a alguien a quien podamos visitar?”. Les dimos los nombres de cuatro parejas que no habíamos incluido en la primera lista. Entre ellos estaban los Taylor [los nombres se han cambiado]. Les advertimos que, si bien podían llamar a su puerta, perderían el tiempo. A Ken no le gustaba ningún tipo de religión organizada; además, era un rudo jugador de rugby a quien le gustaba mucho beber.

Más tarde, los élderes regresaron llenos de júbilo. Los Taylor los habían invitado a pasar, recibieron la primera charla y concertaron una cita para la segunda. A raíz de eso nos hicimos amigos entrañables de los Taylor mientras estudiábamos las charlas misionales juntos. Jamás nos habríamos imaginado que tendrían interés alguno en el Evangelio.

Gracias a esa experiencia aprendimos que no podemos saber con antelación quién tendrá interés en saber de la Iglesia y quién no. Creíamos poder juzgar y, por tanto, excluir de nuestra lista a aquellas personas cuyo estilo de vida, hábitos o apariencia los descartara como candidatos. Sin embargo, al reflexionar en el tipo de personas que se ha unido a la Iglesia, resulta evidente que muy pocos estarían en nuestra lista de “miembros probables” cuando conocieron la Iglesia por primera vez.

Muchos de los que aceptan el Evangelio están afligidos o necesitados (véase Alma 32:2–3), y vivir el Evangelio los transforma. La única manera de que todos puedan tener la oportunidad de aceptar o rechazar el Evangelio de Jesucristo es que nosotros, sin juicio alguno, los invitemos a seguir al Salvador.

Esa experiencia también nos enseñó que, en la mayoría de los casos, no precisamos convertir nuestra relación en una amistad más profunda como requisito para invitarlos a saber más del Evangelio. Ése es el caso para la mayoría de nuestros vecinos, compañeros de clase, colaboradores, dependientes o pasajeros en el mismo autobús.

Por ejemplo, los misioneros regulares no aguardan a ser amigos de sus contactos; ellos hablan con todos. La relación de confianza se establece cuando tienen la ocasión de enseñar. Durante los últimos 20 años no hemos notado que exista relación alguna entre la profundidad de una relación y la probabilidad de que una persona esté interesada en saber del Evangelio. Sin embargo, lo opuesto casi siempre se cumple: todo el que acepta la invitación llega a ser un amigo más entrañable, independientemente de que acepte o rechace el bautismo. También hemos descubierto que, cuando la gente declina nuestras invitaciones, no se ofenden si pueden sentir nuestro amor y el de Dios cuando los invitamos a conocer el Evangelio de Jesucristo. Por lo general expresan gratitud por interesarnos al grado de compartir con ellos algo tan personal e importante.

Confíen en los misioneros

Aprendimos la tercera lección cuando los misioneros estaban en casa enseñando a Jack, un colega de Clayton. Uno de los élderes acababa de llegar a la misión y el compañero mayor, de Argentina, aún tenía dificultades con el idioma. A causa de ello, cuando surgían preguntas, Jack se las dirigía a Clayton, que las contestaba, con la confianza de que él podría responderlas con más claridad y convicción que los élderes. No tardamos en caer en la dinámica de que los élderes enseñaban un concepto, Jack hacía una pregunta, Clayton respondía y los élderes pasaban al concepto siguiente. Entonces Jack hizo una pregunta difícil para la que Clayton no tenía una respuesta preparada. Mientras Clayton hacía una pausa, el élder argentino ofreció una respuesta profunda, dada por el Espíritu. Cuando Jack volvió a hacer otra pregunta, Clayton aguardó para ver si el élder podía contestarla… y así fue. Aprendimos una importante lección sobre cómo compartir el Evangelio. A pesar de su inexperiencia, podemos confiar en que los misioneros enseñarán el Evangelio bien porque a quien el Señor llama, él prepara y capacita.

La gente necesita que se les necesite

La cuarta reflexión fue cobrando forma al tratar de retirar un viejo y pesado refrigerador del sótano de una anciana a la que Clayton visitaba como maestro orientador. Tratamos de encontrar a otro miembro del barrio para que nos ayudara, pero no lo logramos. Desesperados, pedimos la ayuda de Jim, un vecino que no era miembro y que alegremente accedió a colaborar. Era un caluroso y húmedo día de verano y nuestras ropas no tardaron en estar empapadas de sudor. Al llegar al primer giro en la escalera y tras afirmar el refrigerador en el descanso, Jim dijo: “Háblenme de la Iglesia Mormona”.

Después de enjugarse la frente, Clayton dijo: “Sinceramente, esto es la Iglesia”. Le explicó cómo funciona la orientación familiar y señaló lo mucho que nos necesitaba aquella hermana. También le dijimos que como era habitual que hubiera estudiantes universitarios que se mudaban con sus familias, nuestra familia siempre estaba ayudando a alguien a cargar o descargar el camión de la mudanza.

Jim no lo creía. “En nuestra iglesia tan sólo escuchamos el sermón y nos vamos a casa. No tengo ni idea de quién podría necesitar mi ayuda; nunca me lo dicen y no tengo manera de ofrecerme. ¿Volverán a pedirme ayuda cuando necesiten otro par de manos? Me gusta hacer esto”. Aun cuando Clayton había intentado sin éxito que Jim conversara con él sobre la religión, Jim no había demostrado tener interés, pero le interesaban las oportunidades de ayudar a los demás.

¿Qué nos enseñó aquella experiencia? Que muchas personas, satisfechas con su vida, tienen la necesidad de brindar servicio. La Luz de Cristo genera ese deseo de ayudar. Cuando nuestras invitaciones para investigar la Iglesia se centran en la doctrina, por lo general no conectamos con lo que la gente considera que debe ser el primer paso. Mas cuando les incluimos en actos de servicio al prójimo, descubren que la Iglesia aborda una necesidad importante.

El invitar a las personas a ayudarnos con nuestra labor en la Iglesia les permite sentir que se les necesita y les ayuda a sentir el Espíritu. Cuando se tienen esos sentimientos, mucha gente se da cuenta de que echan algo de menos en la vida. Al ayudarnos a hacer la voluntad de Dios, Jim aprendió muchísimo más sobre la Iglesia de lo que habría aprendido mediante una conversación o asistiendo a una actividad recreativa del barrio. Gracias a ello, Jim llegó a aceptar la invitación de recibir las charlas misionales.

¿Qué es el éxito?

A pesar de ver muchas verdades y actos bondadosos en la Iglesia, Jim decidió en la tercera charla no proseguir con su investigación. Aunque sabemos que muchas de las personas que dejan de recibir las charlas con el tiempo retoman la enseñanza y aceptan el Evangelio, estábamos decepcionados. Pero esto sirvió para enseñarnos nuestra quinta lección valiosa sobre la obra misional de los miembros: caímos en la cuenta de que habíamos tenido éxito como misioneros. Jim se había convertido en un gran amigo y le habíamos dado la oportunidad de comprender el Evangelio de Jesucristo más profundamente. Si alguna vez entra en las aguas del bautismo o no, ya ha dado un paso en el sendero de su propio progreso eterno y ha tomado algunas decisiones correctas e importantes. La mayoría de nosotros tiene miedo al fracaso; pero una vez que nos dimos cuenta de que tenemos éxito como miembros misioneros al invitar a las personas a conocer y aceptar la verdad, se desvanece gran parte del temor que nos impide compartir el Evangelio.

Plazos y fechas

Al seguir el consejo del élder M. Russell Ballard, del Quórum de los Doce Apóstoles, aprendimos la sexta lección: Dado que tenemos mucho que hacer en nuestra ajetreada vida, precisamos plazos. Nos guste o no, tendemos a posponer actividades que carecen de plazo de realización, mientras que hacemos aquellas cosas que se deben realizar en un plazo determinado. La ausencia de plazos concretos facilita que se pospongan responsabilidades gratificantes de importancia eterna, como sucede con la obra misional.

A fin de ayudarnos, el élder Ballard nos ha pedido reiteradas veces: “Apunten una fecha”. Nos ha dicho directamente que no tenemos que anotar un nombre; antes bien nos ha retado a seleccionar una fecha a modo de compromiso con el Señor. También nos prometió que si aprovechamos toda ocasión que se nos presente para hablar del Evangelio con todas las personas que podamos, el Señor nos bendecirá para que para esa fecha conozcamos a alguien que acepte nuestra invitación de recibir a los misioneros 2 . Juntos hemos aceptado el desafío del élder Ballard y cada año hemos encontrado a alguien para los misioneros. Cada vez que hemos fijado una fecha mediante la oración, el Señor nos ha guiado a alguien a quien enseñar.

Sin embargo, no siempre ha sido fácil hallar a personas interesadas. Ha sido necesario orar diariamente, ayunar con frecuencia y crear oportunidades para hablar del Evangelio. Para nosotros ha sido útil emplear “frases mormonas” con alusión a actividades de la Iglesia, a nuestros hijos que sirven una misión, a experiencias que hemos tenido en asignaciones de la Iglesia, etcétera. El uso de esas frases equivale a abrir una puerta e invitar a la otra persona a pasar y hablar sobre la Iglesia. La mayoría decide no cruzar esa puerta, y no importa, pero a veces nos hacen preguntas al respecto. Nosotros contestamos a dichas preguntas y, si es apropiado, abrimos una segunda puerta para invitarles a asistir a una reunión de la Iglesia o ir a nuestra casa donde podamos conversar más. Gran parte de nuestras invitaciones son rechazadas, pero algunos las aceptan y, sin tener en cuenta el resultado, hemos descubierto que si perciben nuestro amor, suelen agradecernos nuestro interés en invitarlos.

Hace varios años, el élder Christensen seleccionó la fecha del 31 de enero. Llegó el mes de enero y, a pesar de haber hablado con docenas de personas e invitar a varias de ellas a conocer a los misioneros, no pudo encontrar a nadie que estuviese interesado. Tenía previsto viajar a Honolulu, Hawai, el 20 de enero para un acto académico y tal como tenía planeado el viaje, era evidente que la persona a la que presentaría a los misioneros debía conocerla en el vuelo de ida o en el de vuelta. No había otra ocasión. Cada día suplicó a Dios que hiciera que en el avión se sentara a su lado una persona que aceptara su invitación.

Tras todo ese esfuerzo, le costó creer quién sería su compañero de vuelo: un hombre llamado Vinnie que llevaba puesta una llamativa camisa hawaiana abierta hasta el pecho y que llevaba tres cadenas de oro en su velludo pecho. Vinnie le explicó que trabajaba arduamente durante 11 meses para ahorrar dinero y escaparse a Hawai un mes durante el invierno en busca de mujeres. Clayton estaba muy decepcionado. Se había esforzado y había orado mucho para encontrar a alguien, y en vez de eso le tocó sentarse al lado de un hombre que, aparentemente, no parecía tener ni una pizca de religiosidad en el cuerpo. Desanimado, Clayton se dedicó a leer.

Cuando la azafata les llevó el almuerzo, Clayton hizo a un lado su lectura y charló un poco con su compañero. Vinnie le preguntó si había estado antes en Hawai, a lo que Clayton respondió que había asistido a una escuela de idiomas en Laie antes de partir a la misión que había servido en Corea para La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Sorprendentemente, Vinnie dejó de comer y le dijo: “Entonces, ¿usted es mormón? Este año me ha sucedido algo extraño. Jamás he tenido interés alguno en la religión, pero he tenido una curiosidad cada vez mayor por saber más de los mormones. Desconozco el motivo. ¿Le importaría hablarme un poquito de su Iglesia?”.

Durante las tres horas siguientes, rodeados de un espíritu maravilloso, analizaron el Evangelio de Jesucristo artículo de fe por artículo de fe. Durante el resto del vuelo, Vinnie le interrumpió varias veces para darle las gracias por hablarle de la Iglesia. Apenas aterrizó el avión, Clayton le dijo a Vinnie que había misioneros en la ciudad donde vivía y le preguntó si podrían visitarle a su regreso. Vinnie le preguntó si había misioneros en Honolulu. Clayton recibió esta respuesta de oro a sus oraciones al emplear una “frase mormona” que le permitió abrir la puerta a una conversación y al dejar de juzgar el posible contenido del corazón de Vinnie.

Constantes y variables

Gracias a esta experiencia aprendimos una séptima lección: Cuando nos ocupamos de servir en la Iglesia, podemos esperar que Dios nos bendiga con milagros cuando vamos y hacemos lo que nos manda (véase 1 Nefi 3:7). En la ecuación que determina si podemos encontrar personas para que los misioneros les enseñen, el papel de Dios es una constante, no una variable; Él siempre cumple Sus promesas. La única variable es si tenemos la fe necesaria para comprometernos, obedecer y esperar milagros. Mucho más que otros miembros, los atareados hombres y mujeres que dirigen nuestros barrios y estacas (o ramas y distritos) tienen que ejercer una fe sencilla como ésta, pues si no son capaces de hablar en tiempo presente ni emplear pronombres de primera persona respecto a compartir el Evangelio, no podrán inspirar a otras personas a cumplir con el llamado misional de nuestro profeta.

Las bendiciones

Muchos conocemos a personas que parecen ser “misioneros naturales”, como si contaran con un talento nato que les hiciera más fácil compartir el Evangelio. Nosotros obviamente no somos misioneros natos. Al principio nos resultaba incómoda y atemorizante hacer la obra misional, pero el aprender y seguir estas lecciones nos ha ayudado a compartir el Evangelio de maneras que han terminado por ser naturales para nosotros.

Nuestra familia ha recibido incalculables bendiciones gracias a esta obra. La obra misional ha traído a nuestro hogar y nuestro corazón el Espíritu del Dios. Por ejemplo, hace cuatro años invitamos a Sunil, un antiguo alumno de Clayton, a recibir las charlas misionales en casa. Los misioneros realizaron un trabajo excelente y al final de la charla ambos testificaron de las verdades que nos habían enseñado. Ambos compartimos nuestros testimonios y Clayton pidió a uno de los élderes que ofreciera la última oración. En ese momento nuestro hijo Spencer levantó la mano y preguntó: “Papi, ¿puedo decir algo?”. Entonces se puso de pie y, mirando a Sunil con la más pura de las miradas, le dijo: “Sunil, sólo tengo once años, pero quiero que sepas que lo que los misioneros te han enseñado es verdad. Sé que Dios vive y que tú y yo somos Sus hijos, y que José Smith fue en verdad un profeta de Dios”. Mientras compartía sus sentimientos, un sentimiento dulce y poderoso se dejó sentir en la habitación.

Al día siguiente Sunil envió un mensaje de correo electrónico en el que nos decía que si bien había apreciado la clara explicación de nuestras creencias que los misioneros y nosotros le habíamos brindado durante la charla, “cuando su hijo expresó aquellas palabras, sentí en mi interior algo que no había sentido jamás. Debe de ser aquello a lo que ustedes se refieren como el Espíritu de Dios”.

Nuestra vida ha recibido muchas bendiciones y amistades al tratar de compartir el Evangelio, pero ésta es la mejor de todas: el hecho de que los misioneros nos ayudaran regularmente como familia a compartir el Evangelio con nuestros nuevos y viejos amigos por el poder del Espíritu Santo ha afectado positiva y enormemente la fe de nuestros cinco hijos y ha traído el Espíritu de Dios a nuestro hogar.

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    Notas

  1.   1.

    “La redención de los muertos”, Liahona, febrero de 1976, pág. 82.

  2.   2.

    Véase “Apuntad una fecha”, Liahona, octubre de 1984, págs. 12–14; véase también “Proclamemos el Evangelio”, Liahona, enero de 1987, págs. 30–32.