Voces de los Santos de los Últimos Días

Por Judith A. Deeney


De vuelta a casa

Habían pasado cuatro años desde mi bautismo y había estado menos inactiva casi todo ese tiempo. Bebía, fumaba y estaba muy deprimida. Mi marido, Ian, estaba lejos navegando y yo me hallaba sola en casa con dos niños pequeños. Su submarino tenía una grave avería y se encontraba en dique seco al otro lado del país. Cada noche, durante seis semanas, Ian me llamaba por teléfono y me decía: “Seguro que partimos mañana”. Pero ese mañana nunca llegaba y la prometida partida se retrasaba una y otra vez.

Mis maravillosos maestros orientadores y maestras visitantes eran las luces brillantes de mi horizonte, pues venían regularmente a casa y compartían conmigo su amor y su amistad. Admito que no siempre fui educada y que a veces era extremadamente grosera; pero a pesar de ello, sabía que podía tomar el teléfono a cualquier hora y que ellos estarían dispuestos a ayudarme. Mis maestros orientadores eran constantes en su fe de que Ian se bautizaría si yo regresaba a la Iglesia, pero primero debía darle un buen ejemplo. Sin embargo, nunca sentí el deseo de poner a prueba la fe de ellos. Mi ánimo espiritual estaba muy decaído.

Una noche, después de hablar con Ian y de saber que, nuevamente, el submarino no había podido partir rumbo a casa, me senté y comencé a llorar; me sentía completamente desolada. Y entonces empecé a orar, algo que no había hecho en mucho tiempo.

Mientras me disponía a retirarme a dormir, me di cuenta de algo que me había pasado inadvertido hasta entonces: un olor muy fuerte, aunque agradable. Me hizo recordar algo por largo tiempo olvidado. Tuve que pensar un tiempo antes de darme cuenta de que me acordaba de la capilla en la que me había bautizado. El recuerdo me hizo sentir en mi interior una consoladora calidez y un brillo que despertó en mí el deseo de regresar a la Iglesia.

Llamé a Tony, uno de mis maestros orientadores. Él y su esposa, Rosie, llegaron al poco rato y conversamos como no lo habíamos hecho antes. Desaparecieron todos los obstáculos del pasado; iba a volver a la Iglesia.

Estaba ansiosa de recibir la siguiente llamada de Ian. Esta vez me encontró rebosante de ánimo en vez de deprimida. Después de contarle mi experiencia, para mi sorpresa su reacción fue que me dijo que en cuanto volviera a casa, debíamos empezar a ir a la Iglesia como familia.

Al domingo siguiente, Tony y Rosie pasaron a recogernos a los niños y a mí para llevarnos a las reuniones. Me sorprendió ver a un misionero que había sido enviado nuevamente a aquella área por segunda vez. Anteriormente había estado en nuestra casa, pero no había logrado, al igual que muchas otras personas, convencernos a Ian ni a mí de que asistiéramos a la Iglesia. Me saludó calurosamente y me comunicó que había vuelto para bautizar a Ian, aunque yo me mostré escéptica y me reí. Mi esposo regresó por fin a casa en el transcurso de la semana y, tal y como lo había prometido, el domingo siguiente fue a las reuniones. El élder Paskett se acercó a él en esa ocasión e hizo los arreglos para visitarnos con su compañero, el élder Brown, y enseñarle las charlas. Dentro de dos semanas, Ian había aceptado la invitación a bautizarse. Todo el proceso duró menos de un mes y poco después los misioneros fueron trasladados a otra área.

Durante esas semanas, la manifestación de amor a través del Espíritu Santo y de los miembros de la rama fue maravilloso. Hicimos el compromiso de que, si íbamos a vivir el Evangelio, lo haríamos en su totalidad. Poco después de su bautismo, Ian fue llamado como presidente de los Hombres Jóvenes y a mí me llamaron para servir en la Primaria. La vida en la Iglesia se convirtió en algo pleno y emocionante. Con los años nuestra familia pasó de dos a cinco hijos hermosos. Nos sellamos en el Templo de Londres en 1982, ceremonia a la que asistieron Tony y Rosie.

Desde entonces, el Evangelio ha formado parte de cada fibra de nuestra existencia. Hemos tenido nuestros altibajos, pero jamás hemos lamentado la decisión de servir al Señor. De verdad, hemos hallado un hogar en Su Iglesia.

Judith A. Deeney es miembro de la Rama Lerwick, Misión Escocia Edimburgo.

La casa edificada por la fe

La víspera de mi bautismo y el de mi esposa, en 1996, mis familiares y amigos trataron de evitar que se llevara a cabo. Soportamos la persecución de nuestros parientes, que criticaron muy duramente a nuestra familia, diciendo que habíamos cambiado a la familia por la Iglesia y que ya no nos amaban. Con el tiempo, los amigos nos abandonaron por completo, a lo que le siguieron las dificultades derivadas de la falta de empleo y la enfermedad.

Por otro lado, mi familia y yo nos sentíamos mejor cada vez que íbamos a las reuniones. El Espíritu era más fuerte en cada clase, los miembros nos brindaron su apoyo y el obispo visitaba a nuestra familia para animarla. Sabíamos por experiencia propia que la gente que criticaba a la Iglesia estaba equivocada; la Iglesia nos beneficiaba mucho. Aprendimos sobre Jesucristo; aprendimos a amar y a servir. Logramos una perspectiva eterna y, a pesar de que las apariencias indicaban que todo se había vuelto en nuestra contra, nada podía alterar el hecho de que le habíamos preguntado al Señor respecto a la veracidad del Evangelio y que Él había contestado nuestras oraciones.

En cierta ocasión, cuando aún éramos nuevos conversos y vivíamos en casa de mi padre, el obispo fue a visitarnos, pero mi padre lo echó fuera, diciendo que no quería miembros de la Iglesia en su casa. El obispo fue inspirado a llamarnos para concertar una entrevista. Nos dijo que ni los miembros ni los misioneros irían a visitarnos durante un tiempo para no hacer enojar a nuestra familia, y añadió que debíamos ser fuertes y que recibiríamos muchas bendiciones si continuábamos en el sendero estrecho y angosto.

No podíamos mudarnos a una vivienda propia debido a mi situación económica. No podía encontrar un buen trabajo, como había sucedido antes, y realizaba pequeñas labores mal pagadas, pero nos las arreglábamos para pagar el diezmo y las ofrendas, asistir a la Iglesia y adquirir los alimentos necesarios. El Señor multiplicó nuestras bendiciones y fuimos verdaderamente felices.

El día de nuestro sellamiento en el templo, cuando vi a nuestros dos hijos, Luigi, en aquel entonces de dos años, y a Lucas, de uno, entrar en la sala de sellamientos y colocar sus manos sobre las nuestras para realizar la ordenanza, lloré de felicidad. No puedo olvidar aquella hermosa escena, el maravilloso espíritu y el sentimiento que tuve de que el esfuerzo había valido la pena.

No cesaron las pruebas, pero algunas cosas mejoraron. Mi padre y mis tíos dejaron de criticar a la Iglesia y nuestros abuelos llegaron a respetar nuestra decisión. Por medio de nuestro ejemplo, tratamos de demostrarles que la Iglesia estaba cambiando nuestra vida. El apoyo que demostramos el uno al otro fue vital. Mi esposa siempre me apoyó cuando serví como maestro de seminario y como consejero del obispado.

El año de nuestro bautismo, un amigo nos prestó parte del dinero y pudimos, él y nosotros, adquirir una parcela para que nuestras familias edificaran sus respectivas viviendas. Comenzamos a soñar con tener nuestra propia casa. Con el tiempo, el Espíritu nos instó a comenzar a calcular el costo de los materiales y de la mano de obra. Pensamos que de alguna forma, nos las arreglaríamos para construir una casa donde pudiéramos criar a nuestros hijos en el Evangelio, hacer la obra misional y recibir las visitas de los miembros.

Pasado un tiempo, llegué a conocer mejor al hermano Joel, un miembro recién bautizado de nuestro barrio con una fe asombrosa. Cuando en cierta ocasión estábamos colaborando en un proyecto de servicio, el hermano Joel me dijo: “José Luis, nosotros podemos construir su casa”. Casi me echo a llorar, pero me contuve hasta que se lo comenté a mi esposa. Era la respuesta a nuestras oraciones.

A los pocos días, el amigo que había adquirido el terreno para su familia y la mía me dijo que podía quedarme con toda mi parcela y pagársela después. Aun así yo no tenía la clase de trabajo que iba a permitirme comprar los materiales de construcción, pero sabía que el Señor prepararía el camino. Varias semanas más tarde, se me invitó a trabajar para una empresa importante, con lo que nuestra meta de construir una casa no tardó en hacerse realidad.

El hermano Joel realizó una gran obra de amor. Hizo más que edificar una casa para mi familia; siempre estaba presto para ayudar en cualquier cosa. Sólo trabajábamos los sábados; tardamos 10 meses y no permitimos que interfiriera con nuestra labor en la Iglesia. También nos ayudaron otros miembros de la Iglesia; mi padre nos echó una mano en varias ocasiones, lo cual le permitió conocer mejor a los miembros de la Iglesia, particularmente al hermano Joel, que era nuestro maestro orientador.

Cierto sábado, mi padre alabó al hermano Joel por la forma en que había trabajado.

Yo le dije: “Papá, ¿sabe cuánto le he pagado por sus servicios?”.

“No”, respondió él.

“Ni un céntimo”, le dije. “Ha hecho este servicio porque ama a mi familia. Es un buen hombre”.

Me di cuenta de que mi padre se había emocionado y no podía decir nada. Sentí que, tal vez, estaba recordando cómo había tratado al obispo y a los misioneros y que se sentía avergonzado. Se dio cuenta de que los miembros de la Iglesia siempre nos habían tratado bien.

El día en que terminamos la casa, había allí 16 hombres, en su mayoría miembros de la Iglesia. Mis familiares y amigos que no eran miembros ciertamente aprendieron muchas cosas aquel día.

Mientras construíamos la casa, mi hermano y mi cuñada recibieron las charlas y decidieron casarse para poder bautizarse. El día de su boda, presencié lo que parecía ser otro milagro: había cuatro misioneros y muchos miembros de la Iglesia en la casa de mi padre.

Sabemos que este Evangelio es verdadero. Cuando ejercemos la fe, el Señor mueve montañas para ayudarnos. Hoy día contemplo las paredes de nuestro hogar como un testimonio de que el Señor ama a Sus hijos y conoce sus necesidades. Claro que aún quedan muchas montañas por delante, pero si somos fieles, venceremos. Debemos recordar siempre lo que el Señor ha hecho por nosotros.

José Luis da Silva es miembro del Barrio Jardim Presidente Dutra, Estaca Guarulhos, São Paulo, Brasil.

No le hice caso

Cuando tenía aproximadamente 17 años, un día fui con mi primo a ver una película al otro extremo de la ciudad, tras lo cual él sugirió que durmiera en su casa, aunque yo decliné la invitación porque deseaba volver a casa.

No había alumbrado público, por lo que me dirigí a casa en la oscuridad. En aquella época de mi vida, no tenía mucha confianza en mí mismo, así que, para sentirme más seguro, comencé a cantar bajito mientras caminaba. Cuanto más me alejaba, más miedo tenía.

Al pasar por un estadio de fútbol, oí una vocecita que me decía: “¡Thierry, cambia de acera!”. No quería creer que era algo más que mi miedo, de modo que no hice caso a la voz. Después de caminar unos metros, la voz volvió con más claridad: “¡Thierry, cambia de acera!”. Me dije a mí mismo que sólo era mi miedo. Seguí por el mismo lado de la calle ahora casi corriendo. De repente, volví a oír la voz por tercera vez: “¡Thierry, cambia de acera ahora mismo!”. Pero no le hice caso.

Me fijé que en la próxima esquina había cuatro o cinco personas. Corrí al otro lado de la calle, pero fue demasiado tarde. Me vieron y me asaltaron. Querían saber qué tenía en los bolsillos. Traté de defenderme, pero no pude. Finalmente caí al suelo y fingí estar inconsciente. Cuando se fueron, me puse de pie con dificultad y corrí a casa tan rápido como pude.

Veinte años después de aquella aventura, ahora trabajo para garantizar la seguridad de otras personas. Me he visto en situaciones más serias que ésa y nuevamente he oído esa voz que me dice lo que debo hacer. Basta decir que ahora no es necesario que me lo adviertan tres veces.

Sé que la experiencia que tuve de joven, aunque dolorosa, me permitió descubrir la voz del Espíritu Santo, una voz que en la actualidad me resulta muy familiar.

Thierry Hotz es miembro del Barrio Vitrolles, Estaca Niza, Francia.