Los sagrados poderes de la procreación


Una serie de artículos que le proporcionará observaciones para el estudio y el uso de “La familia: Una proclamación para el mundo”.

Los sagrados poderes de la procreación

“Dios ha mandado que los sagrados poderes de la procreación se deben utilizar sólo entre el hombre y la mujer legítimamente casados, como esposo y esposa”1.

Los poderes y el plan

“De acuerdo con el plan aceptado”, explicó el presidente Boyd K. Packer, Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles, “Adán y Eva fueron enviados a la tierra para ser nuestros primeros padres. Ellos estaban habilitados para preparar cuerpos físicos para los primeros espíritus que vendrían a esta vida.

“Se había proporcionado a nuestro cuerpo —y esto es sagrado— un poder de creación, una luz, para decirlo así, que tiene la potestad de encender otras luces. Ese don debía utilizarse solamente dentro de los sagrados lazos del matrimonio. Mediante el ejercicio de ese poder de creación, se puede concebir un cuerpo mortal, en el cual entra un espíritu, y así nace en esta vida un alma nueva.

“Ese poder es bueno. Puede crear y sostener la vida familiar y es en ella donde encontramos las fuentes de la felicidad. Se da prácticamente a todo ser mortal que nace. Es un poder sagrado e importante…

“El poder de creación —o podemos decir, de procreación— no es una parte casual del plan: es esencial en él; sin ese poder, el plan no podría seguir adelante; el utilizarlo mal puede malograr el plan” 2 .

El albedrío moral y la castidad

Por supuesto, la atención de Satanás se enfoca en desbaratar el plan, y el hecho de alentar a utilizar indebidamente el poder de procreación es una de sus tácticas principales y de más éxito. “La sexualidad humana”, escribió Terrance D. Olson, “se presenta en nuestra cultura como si fuera la fuerza predominante —casi la necesidad primordial— que impulsa toda la conducta humana. Si la cultura popular está en lo correcto, el sexo es tan fuerte que la sociedad tiene que encontrar las formas de permitir la expresión regular y frecuente de la relación sexual… Ciertamente… esa cultura popular ve a los seres humanos como víctimas de las necesidades y las sensaciones sexuales” 3 .

En las Escrituras se nos enseña otra cosa. “…los hijos de los hombres”, enseñó Lehi a su hijo Jacob, “…han llegado a quedar libres para siempre, discerniendo el bien del mal, para actuar por sí mismos, y no para que se actúe sobre ellos, a menos que sea por el castigo de la ley en el grande y último día… Así pues, los hombres son libres según la carne; y les son dadas todas las cosas que para ellos son propias. Y son libres para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo; pues él busca que todos los hombres sean miserables como él” (2 Nefi 2:26–27).

En este asunto de la castidad, no estamos a merced de nuestro cuerpo físico, sino que somos agentes morales y esas supuestas “necesidades” no son diferentes de cualesquiera otras decisiones con las que tengamos que enfrentarnos en la vida terrenal. Podemos optar por la obediencia y la vida espiritual, o elegir la cautividad, la desgracia y la muerte espiritual.

Tres razones para obedecer

En calidad de presidente de la Universidad Brigham Young, el élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles, mencionó tres razones para escoger la castidad. Primero, de acuerdo con las Escrituras, el alma consiste en la unión del cuerpo y el espíritu (véase D. y C. 88:15). “Al restar importancia al alma de otra persona (y aquí se incluye la palabra cuerpo), restamos importancia a la Expiación… No podemos decir entonces con ignorancia o desafío: ‘Al fin y al cabo, es mi vida’, o, peor aún, ‘es mi cuerpo’. No es así. ‘…no sois vuestros’, dijo Pablo. ‘Porque habéis sido comprados por precio’ [1 Corintios 6:19–20]” 4 .

“Segundo, quisiera sugerir que la intimidad humana… entre un hombre y una mujer es… el símbolo de una unión total: unión de sus corazones, sus esperanzas, sus vidas, su amor, su familia, su futuro, su todo… Pero ese total… de unión… sólo puede surgir con la proximidad y la permanencia que se da en un matrimonio de convenio, con la unión de todo lo que posean: su mismo corazón y mente, de todos sus días y de todos sus sueños… ¿Pueden ver entonces la esquizofrenia moral que surge al suponerse que somos uno, compartiendo los símbolos físicos y la intimidad física de nuestra unión, pero al mismo tiempo huyendo… de todos los demás aspectos… de lo que se intentó que fuera una obligación total?” 5 .

Tercero, “la intimidad sexual no es solamente una unión simbólica entre un hombre y una mujer —la unidad de sus mismas almas— sino que también simboliza la unión entre los seres mortales y la Deidad… unidos en un momento exclusivo y especial con Dios mismo y con todos los poderes por medio de los cuales Él da vida en este vasto universo nuestro… Sin duda, la confianza que Dios nos tiene de que respetaremos ese don forjador del futuro es increíblemente asombroso… Llevamos dentro de nosotros ese poder procreador que nos pone a la altura de Dios por lo menos en una forma grandiosa y magnífica” 6 .

Con buenas razones, los profetas inspirados de la Iglesia del Señor han dicho que “la forma por la cual se crea la vida mortal fue establecida por decreto divino” 7 .

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    Notas

  1.   1.

    “La familia: Una proclamación para el mundo”, Liahona, oct. de 2004, pág. 49.

  2.   2.

    Véase “¿Por qué conservarnos moralmente limpios?”, Liahona, enero de 1973, pág. 14.

  3.   3.

    “Chastity and Fidelity in Marriage and Family Relationships”, citado por David C. Dollahite, ed., en Strengthening Our Families: An In-Depth Look at the Proclamation on the Family, 2000, pág. 51.

  4.   4.

    “Of Souls, Symbols, and Sacraments”, en Brigham Young University 1987–1988 Devotional and Fireside Speeches (1988), págs. 78–79.

  5.   5.

    “Of Souls, Symbols, and Sacraments”, págs. 79–80.

  6.   6.

    “Of Souls, Symbols, and Sacraments”, págs. 82–84.

  7.   7.

    Liahona, oct. de 2004, pág. 49.