2005
La noche de hogar como instrumento misional
junio de 2005


La noche de hogar como instrumento misional

Una noche con la familia puede ser una forma sencilla de dar a conocer el Evangelio a otras personas.

Muchos Santos de los Últimos Días buscan maneras de llegar a ser mejores misioneros entre sus familiares y amigos. En este artículo, algunos miembros describen cómo siguieron el consejo de los profetas de efectuar la noche de hogar y se encontraron con que no es sólo una forma de fortalecer las relaciones familiares, sino también una manera de ofrecer a otras personas una vislumbre del Evangelio.

El único miembro

No era fácil ser el único miembro de la Iglesia de mi familia. Anhelaba encontrar la forma de dar a conocer a mis familiares todo lo que había aprendido en la Iglesia, pero temía que me acusaran de tratar de convertirlos; eso me hacía debatirme con dudas. Sabía que el Señor quería que compartiera el Evangelio con mi familia, pero durante más de un año tuve miedo de sugerir que tuviéramos la noche de hogar.

Al fin, con el corazón latiéndome a ritmo acelerado por el temor, le pedí al Señor que me diera valor y fortaleza para invitar a mis familiares a tener una noche de hogar. Para mi gran sorpresa, me contestaron con un entusiasta “¡Sí!” y, desde entonces, nuestra relación es mejor que nunca.

Por medio de la noche de hogar, he podido hablarles del Evangelio y expresarles mi testimonio a todos, desde mi madre hasta mi sobrinita de tres años. Qué bendición tan grande ha sido leer el Libro de Mormón con ellos y oírles decir que creen lo que leen. Además, los misioneros han sido recibidos cordialmente en nuestro hogar para ayudarnos en el estudio de las Escrituras.

La bendición mayor es que en medio del trajín del trabajo, el estudio y otras actividades, mi familia está resuelta a reunirse todos los lunes y dedicar una hora a aprender más sobre el Señor. El hecho de reírnos, cantar y ofrecer juntos la oración familiar ha traído a nuestro hogar un enorme sentimiento de paz y de amor.

Arlene Pryce, Barrio Don Valley, Estaca Toronto, Ontario

Un instrumento de retención

Todavía recuerdo el gozo que sentí el día que me bauticé. Sin embargo, poco después tuve una desilusión cuando los misioneros me sugirieron que dejara de relacionarme con algunas de mis amistades y buscara un círculo más apropiado de amigos. Lo que me dijeron me pareció duro, siendo un joven de dieciocho años que cursaba el último año de secundaria, pero como confiaba en ellos, les hice caso.

Al comprender la necesidad que tenía de encontrar amigos en la Iglesia, los misioneros me invitaron a participar en una noche de hogar con algunos miembros del barrio; yo tenía tantos deseos de entender más de mi nueva religión, que fui agradecido a la casa de la familia Shaffer.

El hogar de los Shaffer se convirtió en un refugio donde, en una atmósfera tranquila de sencillas noches de hogar, aprendí lo que significa ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Después de docenas de noches de hogar en casa de los Shaffer y de haber pasado un año como miembro de la Iglesia, acepté un llamamiento para prestar servicio en una misión de tiempo completo.

Mi padre tenía sentimientos hostiles hacia la Iglesia y no quería que fuera, pero me fui, dejándolo en manos de los Shaffer. Cuando apenas a los cuatro meses de estar en la misión mi padre me hizo saber que había decidido bautizarse, la noticia no me pareció nada menos que un milagro. Los Shaffer lo habían invitado a su casa para la noche de hogar, lo mismo que habían hecho por mí, y sus esfuerzos hicieron que fuera más fácil para él entender el Evangelio y convertirse.

Ruben Pérez, Barrio Cordova, Estaca Memphis Norte, Tennessee

Cuando se siente el Espíritu

Habían pasado diez años desde que me había bautizado en la Iglesia, pero yo había sido menos activa durante nueve de esos años. En ese período me casé y ya tenía una hija de siete años. Mi madre y mis hermanos vivían con nosotros cuando una persona amiga les volvió a hablar de la Iglesia y los misioneros comenzaron a ir a nuestra casa. Yo tenía testimonio de José Smith y del Libro de Mormón, pero el conocimiento de la Iglesia que había adquirido se había esfumado.

Mi esposo se hizo amigo de los misioneros y, casi sin darse cuenta, empezó a escuchar las charlas. Cada una le llevaba aproximadamente una semana porque le era difícil aceptar la divinidad de Jesucristo. Nueve meses después de haber escuchado la primera charla, pensaba que no recibía respuesta a sus oraciones.

Una mañana en que los misioneros fueron a orar conmigo por mi esposo, sentí la impresión de que tenía que ayudarle a reconocer la influencia del Espíritu Santo. Los misioneros nos habían regalado un manual de la noche de hogar y al lunes siguiente me senté con él y con nuestra hija, para empezar la primera noche de hogar con una lección sobre el Espíritu Santo. Él escuchó en silencio mientras reflexionaba sobre el tema. La influencia del Espíritu era muy fuerte esa noche, y pude sentir al Espíritu Santo confirmando la veracidad de la Iglesia, algo que no había sentido durante mucho tiempo. Al día siguiente, mi esposo me expresó su testimonio y me dijo que el Espíritu le había testificado y que él lo había reconocido. Esa noche encendimos en nuestro corazón una llama eterna e inextinguible.

Una semana después mi esposo se bautizó, y un año más tarde nos sellamos en el Templo de São Paulo, Brasil. Consideramos que la reunión sacramental es la más importante a la que asistimos, y la segunda en importancia es la noche de hogar.

Elizabeth Duce de Mernies, Barrio Lezica, Estaca Montevideo Norte, Uruguay

Aunque no se conviertan

Mi nuevo esposo y yo sabíamos la importancia que tiene la noche de hogar para ayudar a las familias a amarse más y a progresar juntas, pero nuestros hijos ya habían crecido y vivían por su cuenta. Nos resultaba difícil realizar la noche de hogar hasta que decidimos invitar a la madre de él; en esa época, mi suegra tenía setenta y cuatro años y era de otra religión; trabajaba en una florería y rara vez abandonaba su rutina de ir al trabajo y luego a su casa.

Al principio, vaciló en aceptar porque no sabía nada de nuestra religión, pero ahora espera con entusiasmo las noches de los lunes. Disfrutamos juntos de la cena, de la risa y de la música, y nos hemos acercado mucho unos a otros. Sabemos que ella no quiere que tratemos de convertirla, pero nos deja contarle relatos sobre nuestra fe. Una noche, leí un discurso de uno de los líderes de la Iglesia y todos sentimos el Espíritu. Hemos tenido oportunidades de mostrarle la revista Ensign y ella examina todas las páginas; le hemos enseñado para qué son los templos y le hemos mostrado videos de la Iglesia. Todas esas cosas las hacemos de cuando en cuando, según el Espíritu nos guíe.

Antes de una de esas noches de hogar, le pedí que enseñara la lección; ella llevó fotografías de sí misma cuando era joven y de mi marido cuando era un bebé; la escuché contar sobre tías, tíos, abuelas y abuelos. La felicidad que se reflejaba en sus ojos al revivir aquellas experiencias me hizo sentir como si me fuera a estallar el corazón. Me di cuenta entonces de que el mandamiento de llevar a cabo la noche de hogar es una enseñanza divina de nuestro Padre Celestial.

Muchas puertas se le han abierto a mi suegra para aprender cosas del Evangelio. No sé si llegará a hacerse miembro de la Iglesia durante su vida terrenal, pero sé que nuestra familia se ha fortalecido y nuestro mutuo amor ha aumentado.

Dani Jeanne Stevens, Barrio Logan, Estaca Huntington West, Virginia

Un misionero de siete años

Un lunes por la noche, ya tarde, mientras mi esposo y yo estábamos ocupados en las tareas de la casa, Sergio, nuestro hijito de siete años, apareció en la puerta y nos dijo: “Parece que nadie se acordó de la noche de hogar. Supongo que no les interesa”.

Mi marido había llegado tarde a casa y, con una voz que denotaba lo cansado que estaba, le explicó que había estado demasiado ocupado y que todavía tenía mucho que hacer antes de poder retirarnos a dormir; después, seguimos trabajando.

Al cabo de un rato, nos dimos cuenta de que Sergio estaba solito, leyendo su libro ilustrado Relatos del Libro de Mormón; su padre y yo nos miramos y, sin palabras, nos pusimos de acuerdo en que, aun cuando fuera tarde, no debíamos privarnos de la oportunidad de tener la noche de hogar.

Cuando fuimos a la sala, Sergio nos dijo muy seriamente que no teníamos por qué preocuparnos, porque él ya había empezado su “noche de hogar personal”, había cantado un himno, ofrecido una oración y en ese momento pensaba dar la lección; nos quedamos y escuchamos a nuestro hijo hablar de la Primera Visión.

Esa noche nuestro hijito fue un gran misionero al testificarnos de la importancia de la noche de hogar. Mi esposo y yo nos dimos cuenta de que muchas veces enseñamos principios que nosotros mismos no estamos plenamente dispuestos a obedecer. Y nos habríamos perdido una experiencia maravillosa si no hubiéramos participado en aquella noche de hogar “personal”.

Cecilia Lozada, Barrio Maranga, Estaca Maranga Lima, Perú

La promesa de la noche de hogar

“En toda la Iglesia se celebra el programa de la noche de hogar para la familia una vez a la semana [los lunes por la noche], en la cual los padres se sientan con sus hijos y estudian las Escrituras, hablan de los problemas familiares, planean actividades juntos y otras cosas por el estilo. No vacilo en decir que si cada familia la llevara a la práctica, veríamos una gran diferencia en la solidaridad de las familias del mundo”.

Presidente Gordon B. Hinckley, “La noche de hogar”, Liahona, marzo de 2003, pág. 3.