Destaquemos el valor divino de cada hermana


Destaquemos el valor divino de cada hermana

Por medio de la oración, seleccione y lea de este mensaje los pasajes de las Escrituras y las enseñanzas que satisfagan las necesidades de las hermanas a las que visite. Comparta sus experiencias y su testimonio e invite a las hermanas a las que enseñe a hacer lo mismo.

Las bendiciones de pertenecer a la Sociedad de Socorro: La Sociedad de Socorro ayuda a cada hermana a aprender que es una amada hija espiritual de nuestro Padre Celestial, que tiene una naturaleza divina y el potencial de heredar la vida eterna.

¿Qué sabemos de nuestra naturaleza divina?

La Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles: “Todos los seres humanos, hombres y mujeres, son creados a la imagen de Dios. Cada uno es un amado hijo o hija espiritual de padres celestiales y, como tal, cada uno tiene una naturaleza y un destino divinos… En la vida premortal, los hijos y las hijas espirituales de Dios lo conocieron y lo adoraron como su Padre Eterno, y aceptaron Su plan por el cual obtendrían un cuerpo físico y ganarían experiencias terrenales para progresar hacia la perfección y finalmente cumplir su destino divino como herederos de la vida eterna” (La familia: Una proclamación para el mundo”, Liahona, octubre de 2004, pág. 49).

Bonnie D. Parkin, Presidenta General de la Sociedad de Socorro: “La Sociedad de Socorro me ha renovado, me ha fortalecido y me ha llevado a hacer el cometido de ser una mejor esposa, mejor madre y mejor hija de Dios. Mi corazón se ha llenado del entendimiento del Evangelio, así como del amor del Salvador y de lo que Él ha hecho por mí” (“¿En qué forma ha sido la Sociedad de Socorro una bendición para usted?”, Liahona, noviembre de 2004, pág. 35).

Romanos 8:16–17: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo”.

Presidente Spencer W. Kimball (1895–1985): “Las líderes y maestras de la Sociedad de Socorro deben preguntarse: ¿Cómo podemos ayudar a la esposa y a la madre a comprender la dignidad y el valor de su función en el proceso divino de la maternidad? ¿Cómo podemos ayudarla a hacer de su hogar un lugar de amor y aprendizaje, un lugar de refugio y refinamiento?… Nuestro éxito, como individuos y como Iglesia, lo determinará en gran medida la exactitud con la que vivamos el Evangelio en el hogar” (“Living the Gospel in the Home”, Ensign, mayo de 1978, pág. 101).

¿Por qué el comprender nuestra naturaleza divina puede cambiar nuestra actitud y nuestras obras?

Presidente Gordon B. Hinckley: “En su interior llevan una partícula de divinidad; poseen un tremendo potencial con ese atributo como una porción de su herencia divina. Nuestro Padre Celestial ha dotado a cada una con la enorme capacidad de hacer el bien en este mundo. Adiestren la mente y las manos a fin de estar preparadas para prestar un buen servicio en la sociedad de la cual forman parte. Cultiven el arte de ser bondadosas, consideradas, útiles. Perfeccionen la cualidad de la misericordia, la cual recibieron como parte de los atributos divinos que heredaron”. (Véase “La luz interior”, Liahona, julio de 1995, pág. 114.)

Presidente James E. Faust, Segundo Consejero de la Primera Presidencia: “La convicción de que son hijas de Dios les brinda un sentimiento de seguridad en su propia valía, lo cual significa que podrán encontrar fortaleza en el bálsamo de Cristo. Dicha convicción les ayudará a soportar las congojas y los problemas con fe y serenidad… Toda mujer puede y debe tener su propia identidad y sentirse útil, valorada y necesitada, ya sea soltera o casada. Debe confiar en que puede hacer algo por alguien que nadie más puede hacer en esta vida” (“Lo que significa ser una hija de Dios”, Liahona, enero de 2000, pág. 123).