La proclamación: Guía, consuelo e inspiración


En la reunión general de la Sociedad de Socorro celebrada en septiembre de 1995, el presidente Gordon B. Hinckley leyó un documento preparado por la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles. Antes de proceder a leer “La familia: Una proclamación para el mundo”, el presidente Hinckley explicó: “Vivimos en un mundo de confusión, uno en el que los valores éticos están cambiando. Hay voces tentadoras que llaman en esta o aquella dirección y hacen que se traicionen las normas de comportamiento comprobadas por el paso del tiempo… Con tanta sofistería que se hace pasar como verdad, con tanto engaño en cuanto a las normas y los valores, con tanta tentación de seguir los consejos del mundo, hemos sentido la necesidad de amonestar y advertir sobre todo ello” (“Permanezcan firmes frente a las asechanzas del mundo”, Liahona, enero de 1996, págs. 113, 116). Esta proclamación ha demostrado su carácter profético con el paso de los años desde que fue redactada, pues los valores siguen cambiando y la moralidad continúa decayendo. Este artículo ilustra de qué modo los principios de la proclamación contribuyen a que las familias tengan paz y felicidad aun en medio de la adversidad.

El 23 de septiembre de 1995 fue un día que me cambió la vida. Mi llamamiento en el sumo consejo de la estaca requería mi asistencia a la transmisión de la reunión general de la Sociedad de Socorro. El presidente Gordon B. Hinckley habló y por primera vez oí las palabras “La familia: Una proclamación para el mundo”.

De inmediato, un brillo cada vez mayor iluminó mi mente y mi corazón. Escuché con suma atención. Acababa de terminar un doctorado en estudios de la familia, pero en esa ocasión, en cinco minutos, oí verdades más puras sobre la familia que las que había captado en casi cinco años de estudios posgraduados. Deseaba ponerme de pie y aplaudir. Cuando el presidente Hinckley concluyó, había en mí un gran deseo de aplicar esos principios a mi familia y compartirlos con el mundo.

En los días siguientes, pensé constantemente en la proclamación. Cuando por fin llegó la revista de la conferencia, leí la proclamación una y otra vez. Medité y oré. Deseaba entender por completo sus palabras para que formaran parte imborrable de mi ser. Fue entonces cuando tuve la impresión de memorizar la proclamación. No iba a ser fácil; me encontraba a mediados de los cuarenta años y memorizar ya no era tan sencillo como cuando era joven. Pero una y otra vez volvía a sentir la impresión: “Memoriza la proclamación. ¡Memoriza la proclamación! ¡MEMORIZA LA PROCLAMACIÓN!”.

Llevaba una copia de la proclamación a dondequiera que iba. La memoricé mientras me afeitaba, mientras iba de camino a la universidad, mientras hacía ejercicio. Las últimas palabras en mi mente antes de acostarme y las primeras al levantarme eran las de la proclamación. No hubo ningún milagro que me facilitara el proceso de memorizar, y progresaba tremendamente despacio; pero al cabo de un mes, pude repetir toda la proclamación.

Cómo aplicar la proclamación

Ahora que ya la tenía, quería conservarla. Así que la recitaba varias veces al día durante los ejercicios y los estiramientos matutinos. Cuando así lo hacía, era como si el Espíritu resaltara determinadas palabras y frases; y al reflexionar en ellas, éstas mismas provocaban impresiones que nos bendijeron a mi familia y a mí.

Por ejemplo, durante el verano siguiente me preocupaban los amigos con los que mi hija adolescente pasaba demasiado tiempo. Al tratar de hablar con ella sobre esa situación, hizo caso omiso de mis palabras y se distanció aún más. Una mañana, mientras corría para hacer ejercicio y reflexionaba en la proclamación, el Espíritu trajo a mi pensamiento la última frase del séptimo párrafo: “Otros familiares deben ayudar cuando sea necesario”. Aminoré el paso y vino a mi mente una imagen de mi hermana menor, la cual había pasado por muchas pruebas en la vida y estaba a punto de terminar su séptimo embarazo. Recibí la impresión de que, como familiares suyos, deberíamos ofrecerle nuestro apoyo inmediatamente; así que compré un pasaje de avión para mi hija y le pedí que pasara una semana prestando servicio en casa de mi hermana.

En aquel lugar tan lejano sucedió algo curioso. Durante el día, mi hija era dichosa sirviendo a la familia de mi hermana. Y después de que los niños se iban a dormir, ella y mi hermana tenían largas charlas. Mi hermana pudo hablar con mi hija de una forma que yo no lo había podido hacer. Le habló de cómo las decisiones que había tomado de adolescente le habían traído como fruto toda una vida de problemas. Cuando mi hija regresó a casa, algo había cambiado en ella; comenzó a tomar decisiones que bendijeron su vida. Mi hermana, su familia, mi hija y yo fuimos bendecidos por aquel viaje, que fue inspirado por las palabras de la proclamación.

En otra ocasión, las palabras “Los padres tienen la responsabilidad sagrada de educar a sus hijos dentro del amor y la rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales” me causaron gran preocupación. Nuestra familia se amaba y lo pasaban bien unos con otros, pero yo sentía que estábamos lejos de nuestro potencial espiritual. Las palabras de la proclamación nos inspiraron a mi esposa Juanita y a mí a empezar a llevar a cabo una reunión familiar de testimonios después de las reuniones del domingo de ayuno. Lamentablemente, no fue mucho lo que se logró con nuestro primer intento por proveer para las necesidades espirituales de nuestros hijos. Ninguno de ellos deseaba estar en esa reunión; algunos se quejaron del hambre que tenían y el más pequeño preguntó varias veces: “¿Cuándo va a terminar?”. A pesar de ello, perseveramos y, en el transcurso de unos meses, las quejas cesaron y comenzamos a sentir más el Espíritu. La reunión familiar de testimonios llegó a ser un momento preciado para compartir verdades sagradas y ayudarnos a “educar a [nuestros] hijos dentro del amor y la rectitud”.

Comenzaba a surgir un modelo. Al repasar con frecuencia las palabras de la proclamación, éstas formaron un canal a través del cual el Espíritu podía darnos a mi esposa y a mí la inspiración para hacer que nuestra familia progresara. La verdad es que no toda la inspiración recibida fue tan grandiosa como en los ejemplos anteriores; la mayoría de las veces venía en forma de ideas como “Sal con Hannah en una actividad de padre-hija”, o “Esta noche prepárale la cena a Juanita”, o “Escucha más a Emily”, o “Acuesta tú a Seth más a menudo”. Pero los centenares de fragmentos de orientación contribuyeron a que tuviésemos una vida familiar mejor.

Consuelo en la adversidad

En 2001, a Juanita se le diagnosticó un cáncer de mama avanzado y se le dio un 50 por ciento de posibilidades de sobrevivir en los siguientes cinco años. La mejor opción era seguir un agresivo y difícil camino de quimioterapia, cirugía y radiación. Nos desanimamos cuando, luego de ocho semanas de recibir la nauseabunda quimioterapia, el enorme tumor no había disminuido nada. Durante esa prueba, me salía a correr y a recitar la proclamación lo más fuerte posible para liberar la tensión que sentía. Y eso me dio consuelo.

Cierto día, mientras corría, llegué hasta “Los matrimonios y las familias que logran tener éxito se establecen y mantienen sobre los principios de la fe, la oración”, y me detuve. Tuve una sensación de paz mientras se formaba una impresión en mi mente. Era sábado por la mañana, antes del domingo de ayuno, y recibí la inspiración de enviar un correo electrónico a todos mis conocidos para invitarles a ayunar, orar y ejercer la fe a favor de Juanita, para que la quimioterapia surtiera efecto. Recibimos muchísimo apoyo. Hasta nuestros amigos de otras religiones describieron las poderosas experiencias que tuvieron durante el ayuno y la oración. Sin siquiera pedírselo, amigos de Australia, Japón, Hawai, Salt Lake, Boston, Bélgica y Sudáfrica pusieron el nombre de Juanita en la lista de oración de sus templos. Los resultados fueron milagrosos. Nuestro ánimo y nuestra fe mejoraron de la noche a la mañana, y durante las siguientes cuatro semanas de tratamientos, el tumor desapareció casi por completo. Juanita completó el tratamiento y no quedó ni rastro del cáncer. ¡Estábamos tan agradecidos! Pero ése no fue el fin de nuestras pruebas ni del continuo consuelo que nos brindó la proclamación.

A principios de 2004, quedamos totalmente desolados al enterarnos de que el cáncer de Juanita había vuelto, esta vez en los pulmones. Con un tono triste en la voz, nuestro médico nos dijo que trataría de controlarlo el máximo tiempo posible, pero que esta vez no había cura. Al principio me sentí traicionado y desesperanzado. Juanita y yo teníamos planes y deseos justos. ¿Qué iba a ser de las misiones que queríamos servir juntos? ¿Qué pasaría con los nietos a los que queríamos fortalecer espiritualmente? ¿Cómo podía sucedernos algo así a nosotros?

Al acudir nuevamente a la proclamación, en esta ocasión fue como si alguien alumbrara con una linterna directamente sobre las palabras “Los hijos tienen el derecho de nacer dentro de los lazos del matrimonio, y de ser criados por un padre y una madre”. Reconocí que mis hijos tenían derecho a ser criados por un padre y una madre. Esa frase me llenó de esperanza, la esperanza de que, aun ante la enorme incertidumbre médica, Juanita sería bendecida con un milagro y se curaría.

Cambio de perspectiva

Durante unos seis meses llevamos una vida bastante normal y repleta de esperanza, pero entonces el cáncer comenzó a dejar ver sus inconfundibles efectos. Juanita bajó de peso rápidamente y le empezó una tos casi constante e incómoda. Cualquier pequeño esfuerzo la obligaba a luchar para recuperar el aliento. Parecía que las cosas siempre empeoraban y nunca mejoraban. No tardó en hacerse evidente que no era la voluntad de Dios que Juanita viviera mucho más. Yo no tenía ni idea de cómo explicar por qué Dios no había obrado el milagro que tan desesperadamente necesitábamos y que con tanta sinceridad habíamos esperado. Pero de nuevo las palabras de la proclamación me brindaron inspiración y consuelo: “Las ordenanzas y los convenios sagrados disponibles en los santos templos permiten que las personas regresen a la presencia de Dios y que las familias sean unidas eternamente”. Después de derramar muchas lágrimas, se incrementó mi entendimiento al grado de saber que Juanita sí iba a recibir una curación milagrosa. Gracias al plan de salvación, Juanita pasaría de esta vida a un lugar hermoso donde la recibirían su padre, nuestra hija que había fallecido y el Salvador. Gracias a la expiación de Jesucristo, Juanita sería sanada y en la resurrección tendría un cuerpo perfecto, libre del cáncer y de cualquier otra enfermedad. También pude ver que por toda la eternidad nuestros hijos tendrían acceso a la influencia de ella, como madre, otro milagro en sí.

Además tuve la impresión de que aún podíamos hacer mucho en esta vida para dar a nuestros hijos acceso continuo a la sabiduría de su madre. Recibí la clara impresión de que había llegado el momento de dejar de concentrar nuestra fe en un milagro físico que no estaba en armonía con la voluntad de Dios, y, en cambio, dedicarnos a aprender lo máximo posible de Juanita en el poco tiempo que nos quedaba con ella. Debíamos estar mejor preparados para “[regresar] a la presencia de Dios y que [nuestra familia fuese unida] eternamente”. En nuestra reunión familiar de testimonios manifestamos esos sentimientos con emoción y su veracidad nos embargó a todos. Entonces pusimos manos a la obra.

Juanita escribió su testimonio del Evangelio restaurado de Jesucristo y yo escribí el mío. Los imprimimos y los plastificamos junto con nuestras fotos en un tamaño que cupiera en las Escrituras de nuestros hijos. Luego, Juanita escribió largas cartas de su puño y letra para cada uno de ellos, en las que expresaba su aprecio y ofrecía palabras de ánimo y consejo. Grabamos su dulce voz mientras cantaba himnos, canciones de la Primaria y de cuna. También hicimos CDs para cada uno de nuestros hijos y de nuestros futuros nietos. Además, grabamos mensajes adecuados para que los escucharan en ocasiones especiales como ir al templo, servir en una misión, casarse o dar a luz un hijo. Juanita tejió a ganchillo mantitas y baberos para sus futuros nietos. Nuestras vidas desarrollaron perspectiva, estaban repletas de actividad y recibieron gran consuelo del Espíritu; y todo ello como resultado de la inspiración recibida de la proclamación.

“Lo mismo”

Todos nuestros hijos estaban al lado de Juanita cuando falleció y cada uno tuvo la oportunidad de comunicarse tiernamente con ella. Estuvo despierta y conversó con nosotros hasta diez minutos antes de morir. Entonces fue cuando le dije: “Te quiero”. Ella me respondió en español: “Lo mismo”. Ésas fueron sus últimas palabras. Tuvo una muerte dulce.

Me han maravillado las múltiples maneras específicas y personales con las que la proclamación me ha bendecido a mí y a mi familia desde aquel sábado por la noche cuando la oí por primera vez hace más de una década. Ha cambiado nuestra vida para siempre. Es la palabra de Dios y puede ser la base de gran gozo y felicidad en la vida familiar, aun en medio de pruebas inimaginables. Sé por el Espíritu que “La familia: Una proclamación para el mundo” es un documento inspirado destinado a las familias en la actualidad y que si se estudia con dedicación, abrirá las ventanas de la ayuda divina para nuestras familias.

E. Jeffrey Hill es miembro del Barrio Canyon View 5, Estaca Canyon View, Orem, Utah.