Voces de los Santos de los Últimos Días

Por Ofelia J. Hurtado


La entrevista de despedida

Hubo cierta conversación que ha sido y seguirá siendo por siempre una gran bendición para mi progreso espiritual. Al término de mi servicio misional, tuve una entrevista de despedida con mi presidente de misión. Me habló de los cambios que tendría en mi vida al volver a casa y me dijo que si deseaba permanecer activa, iba a necesitar tener siempre un llamamiento; y que si no lo tenía, debía hablar con mi obispo. El otro consejo que me dio fue mucho más firme. Me dijo que si no me iba a casar en el templo, entonces que no me casara.

Seguí sus consejos al pie de la letra y cada vez que me veía tentada a casarme fuera del templo, recordaba sus palabras, las cuales me dieron la fortaleza necesaria para aferrarme a mi decisión de casarme en el templo.

Por lo general, los ex misioneros tienen problemas porque desean casarse demasiado pronto, y nos resulta aún más difícil cuando los miembros de nuestras unidades nos preguntan por qué no lo hemos hecho todavía. El tiempo pasa y si seguimos solteros, solemos oír conversaciones que nos ofenden y tal vez nos amarguen.

Pero me siento agradecida por mi presidente de misión, que me dio el sabio consejo de casarme sólo en el templo, pues ahora estoy recogiendo sus frutos. Pasaron diez años desde el término de mi misión hasta que encontré a mi compañero eterno. Nos casamos en el Templo de Caracas, Venezuela, en el 2000; fue una hermosa experiencia. Durante la espera, nada podía impedir que confiara en las palabras del siervo del Señor.

Ahora tengo la buena suerte de ser la madre de una niñita y me siento feliz por haberle dado la bendición de nacer en el convenio. Cada vez que la miro, veo el impacto de la conversación que tuve con mi presidente de misión.

Ofelia J. Hurtado es miembro del Barrio Las Delicias, Estaca Maracay, Venezuela.

¿Alimentos o diezmo?

Me hallaba en mi primer año como empleada de una empresa de cosméticos. En aquel entonces estaba divorciada y vivía sola con mis dos hijos. En diciembre, la empresa envió a cada vendedor una gran caja con los productos navideños que debíamos vender durante esa época. Sin embargo, eso quería decir que se había deducido una gran cantidad de mi salario. Al calcular todos los gastos mensuales y el diezmo, tenía lo justo para mantenernos a los tres… pero sólo durante una semana. Y ese dinero debía cubrir el costo de los alimentos de todo el mes y el combustible del auto, pues lo necesitaba para el trabajo.

Cuando nuestro maestro orientador vino a visitarnos, le hablé de la situación y le dije que no iba a ser capaz de pagar el diezmo, pues si lo hacía, no tendría con qué alimentar a la familia. Mi fiel maestro orientador me aconsejó que pagara el diezmo y me recomendó que lo hiciera con fidelidad, y entonces el Señor de cierto me bendeciría. Mi maestro orientador siempre se había distinguido por su fidelidad y formalidad. Le dije, pero en broma: “Si no podemos comprar comida, acudiremos a usted”. Pero confiaba en él y no quería decepcionarlo al no seguir su consejo, así que pagué un diezmo íntegro.

Al presentar los productos navideños a comienzos del mes, pude vender muchos de ellos, y para el final del mes había vendido toda la mercancía así como todos los artículos que tenía en existencias desde hacía varios meses. De haber tenido más productos, es probable que también los hubiera vendido.

La promesa de mi maestro orientador se cumplió por entero. Verdaderamente, el Señor abrió las ventanas de los cielos, pues ese mes teníamos más dinero del que necesitábamos. Más tarde, cuando les pregunté a mis compañeros de trabajo cómo les había ido el negocio durante la época de Navidad, no estaban satisfechos. En esa época, una recesión económica había provocado un fuerte descenso de las ventas en la industria cosmética.

Cuán agradecida me siento por ese maestro orientador y el consejo que me dio. Desde entonces he tenido un fuerte testimonio del diezmo. Cuando hago mis visitas de maestra visitante, a las hermanas que creen tener poco dinero para pagar el diezmo les doy mi testimonio sobre lo grandemente bendecidos que seremos si lo hacemos.

Charlotte Arnold es miembro del Barrio Essen, Estaca Dortmund, Alemania.

Su libro es verdadero

El día en que los misioneros llamaron a mi puerta será siempre uno de los momentos decisivos de mi vida. No era que estuviera buscando algo, pues yo había sido muy religiosa desde pequeña. Había pasado siete años en un convento y aunque había dejado ese estilo de vida porque no me acercaba más a Dios, participaba en la congregación de mi iglesia trabajando con el coro e impartiendo clases de religión.

De hecho, había tomado la firme decisión de no hablar de religión con misioneros que fueran de puerta en puerta porque el espíritu de contención solía surgir con frecuencia cuando se analizaban interpretaciones antagónicas de las Escrituras. Pero el Señor, en Su bondad, me había preparado para aquella visita. Unos meses antes había oído a alguien hacer un comentario sobre un “libro mormón” relacionado con la mitología sudamericana. Eso me motivó a investigar cualquier información sobre dicho libro que pudiera proporcionarme más conocimientos respecto a los temas que yo ya había estudiado. Había tomado nota mental de todo ello para futura referencia, sabiendo que tarde o temprano leería el libro mormón e investigaría su validez mitológica.

Aquel día, al abrir la puerta, no pensaba yo en libros ni en temas mitológicos. Era yo una joven madre muy ajetreada que dedicaba casi todas sus energías a cuidar de un bebé y a correr tras un activo niño de tres años. Pero al acercarme a la puerta, sobrevino a mi mente una especie de visión, una imagen mental de Abraham que acudía hacia la puerta de su tienda el día que recibió un importante mensaje. Me impresionó la premonición de que al abrir la puerta, recibiría un mensaje de mucha importancia.

Sin embargo, me quedé confusa al ver sólo a dos jóvenes con sus etiquetas que los distinguían como misioneros Santos de los Últimos Días. De no haber sido por la “visión”, los habría despedido cortésmente y habría cerrado la puerta. En vez de ello, decidí que necesitaba averiguar qué clase de mensaje tenían para mí.

Todo empezó mal. Uno de ellos me preguntó si creía en profetas. Por supuesto. Pero cuando aquellos muchachos me enseñaron con mucho entusiasmo una foto de 15 hombres vestidos de trajes de negocios y dijeron que eran los profetas y apóstoles que había actualmente en la tierra, mi capacidad para creerles se redujo al mínimo. Yo me había criado en una religión donde el clero se vestía con ropas especiales, ¡y los trajes de negocios no formaban parte de su vestuario! Así que decidí, generosamente, pasar por alto el comentario y busqué mentalmente alguna base racional para la “visión” que aún conservaba fresca en la mente.

No recuerdo cómo establecí la conexión de que los misioneros de los “Santos del Último Día” podrían saber algo de un libro “mormón”, pero con tan sólo pensar en ello, me apresuré a sacar el tema.

“¿Tienen ustedes algún tipo de libro?”, pregunté. Me dijeron que sí. Les dije que no había podido encontrarlo en la biblioteca y no sabía dónde obtenerlo. A lo mejor podían ayudarme. Volvieron a decirme que sí. Se ofrecieron a regresar la semana siguiente con un ejemplar del mismo, aunque yo tomé nota mental de no estar disponible para una “charla” religiosa a fin de que se limitaran a darme el libro y se fueran.

Cuando por fin recibí mi ejemplar del libro, les di las gracias y accedí, haciéndolo otra vez sin un verdadero compromiso, a que regresaran para responder a cualquier pregunta que tuviera. Esa noche, estando mi esposo en casa después de volver del trabajo y los niños ya acostados, tomé el libro y empecé a leer.

Nada me había preparado para lo que encontré en sus páginas. Con gran sorpresa, estremecimiento, deleite y algo de confusión, comuniqué poco después a mi esposo mi descubrimiento más asombroso: “¡Es un libro de Escrituras!”.

No tenía ninguna duda. Había realizado un estudio lo bastante serio de las Escrituras y había leído lo suficiente de la literatura sagrada del mundo como para darme cuenta de inmediato de que aquel libro no era un escrito mítico ni un texto de historia antigua, sino nada más que la verdadera palabra de Dios. Me hablaba con esa voz espiritual y al fijarme en las notas al pie y buscar los temas que me interesaban, contestó a muchas de las cuestiones doctrinales que me habían desconcertado durante años. Sin duda alguna, era el libro más interesante que había tenido jamás en las manos, y seguía sorprendiéndome y edificándome por cualquier página por donde lo abriera.

Cuando los jóvenes misioneros regresaron, tal y como habían prometido, yo estaba en casa y tenía un mensaje de suma importancia para ellos. Les dije algo que consideraba que debían saber: “¡Su libro es verdadero!”. ¡Exigí saber por qué era propiedad de su iglesia, pues consideraba que estaba en posesión de las manos equivocadas!

En ese momento, me hallaba preparada para escuchar lo que tuvieran que decirme. Después de muchos meses de investigación, supe que ese magnífico libro no sólo me proporcionó mucha más luz y conocimiento del que imaginaba, sino que también me había guiado a la plenitud del Evangelio, al poder del sacerdocio y al conocimiento de que aquellos 15 hombres vestidos de trajes de negocios eran la evidencia de que la Iglesia verdadera de Jesucristo está nuevamente sobre la tierra.

Ann Cue es miembro del Barrio Madison 4, Estaca Madison, Wisconsin.

Crecer en el Evangelio

Mi esposa y yo habíamos enseñado a nuestros hijos a orar a nuestro Padre Celestial, aunque no solíamos asistir con regularidad a iglesia alguna; creíamos que podíamos amar igualmente bien a Dios en nuestro hogar. Nuestra vida comenzó a cambiar cuando dos jóvenes misioneros acudieron a mi oficina a principios de marzo de 1997.

Me dijeron que querían hacerme un regalo especial, así que les pedí que fueran a casa esa noche, cuando toda la familia estuviera allí. Esa noche no sólo nos llevaron un mensaje espiritual, sino el regalo del Libro de Mormón.

En las semanas siguientes, los misioneros regresaron a nuestra casa en muchas ocasiones. Aprendimos a orar con sinceridad, aprendimos nuevos mandamientos del Señor y, finalmente, se nos invitó a ser miembros de la verdadera Iglesia de Jesucristo. El bautismo sería el primer paso para formar parte de la Iglesia.

Mi esposa y yo nos bautizamos el 26 de marzo de 1997. A los tres meses de nuestro bautismo, el obispo me llamó para ser el presidente de la Escuela Dominical. Yo me resistí, diciendo que no podía servir en ese llamamiento porque no estaba preparado para ello. Sin embargo, el obispo me persuadió a aceptar ese reto y me dio el manual de la Escuela Dominical para estudiarlo.

Dos meses más tarde, la maestra de la clase de Doctrina del Evangelio me llamó durante la semana para decirme que no podría estar el domingo en las reuniones para impartir la lección sobre la sección 98 de Doctrina y Convenios. Me dio los nombres de tres personas que podrían servir como sustitutos. Me puse en contacto con ellos, pero todos tenían ya otras asignaciones. Al colgar el teléfono después de la última llamada, sentí que mi Padre Celestial deseaba que yo enseñara esa lección.

No estaba familiarizado con Doctrina y Convenios, pero con la ayuda del primer consejero del obispo, de la biblioteca del barrio y del manual de lecciones, pude preparar la clase.

Estaba nervioso por tener que enseñar a miembros del barrio que sabían del Evangelio más que yo, pero durante mi breve estancia en la Iglesia, había aprendido que si oramos a nuestro Padre Celestial, Él nos ayudará. El domingo, antes de la clase, oré pidiendo paz y fortaleza. Al entrar en el aula, los hermanos se mostraron sonrientes y receptivos, y me ayudaron. Todos participaron con atención y sentí que el Espíritu del Señor me había bendecido para enseñar aquella clase tan importante.

Después, tuve la certeza de que nuestro Padre Celestial sólo nos da tareas que somos capaces de cumplir, con Su ayuda y con la de los demás miembros.

Después de ocho meses, recibí el Sacerdocio de Melquisedec. Mi hijo Anderson, que no era miembro de la Iglesia, tenía un problema cutáneo en el cuello y ya le habían examinado tres médicos, pero aun después de haber tomado antibióticos, no había tenido mejora alguna.

Yo creía que el sacerdocio podía ayudarle y le expliqué lo que eran las bendiciones del sacerdocio, pero no aceptó que le diera una. Él pensaba que las medicinas pronto le curarían la infección; pero finalmente, después de varios meses, me pidió una bendición.

Ésa era la primera vez que ejercía el sacerdocio de esa manera. Cinco días más tarde, Anderson entró en mi cuarto muy feliz. Tenía el cuello curado por completo.

Al acercarse el aniversario de nuestro bautismo, fui llamado a servir como líder misional de barrio. Esta vez no dudé en aceptar el llamamiento. Mi esposa fue llamada a servir como segunda consejera de la Sociedad de Socorro.

En abril de 1998 nos sellamos en el Templo de São Paulo, Brasil. Nunca olvidaremos ese día en el que concertamos nuevos convenios con nuestro Padre Celestial.

Un mes después de nuestro sellamiento, asistimos a una conferencia de estaca en la que se llamó y se sostuvo a una nueva presidencia. Nuestro obispo fue llamado a la presidencia de la estaca y, para mi sorpresa, yo fui llamado para servir como el nuevo obispo de nuestro barrio. Me sentí atónito e inseguro, pero nunca cuestioné el llamamiento; de hecho, al aceptarlo, tuve la certeza de que Dios me estaba bendiciendo y que me ayudaría a magnificarlo.

Siendo obispo, aprendí que estamos edificando la Iglesia de Jesucristo en todo el mundo y que, por medio de un profeta, vidente y revelador, Él nos ha mandado llevar el Evangelio a toda nación, pueblo y lengua.

Nuestra vida ha cambiado porque mi esposa y yo permitimos que el Evangelio entrara en nuestro corazón. Ahora entendemos que si somos fieles a los convenios realizados en el templo con nuestro Padre Celestial, Él nos bendecirá en esta vida, nos fortalecerá en nuestros llamamientos y finalmente nos recibirá en Su presencia.

Douglas Zardo es miembro del Barrio Indianópolis, Estaca Santo Amaro, São Paulo, Brasil.