El regreso perfecto


Una noche, mientras servía como líder de los jóvenes del barrio, llegué a la capilla y no me extrañó ver a un grupo de jóvenes que jugaba al baloncesto en el gimnasio mientras aguardaban a que comenzaran los ejercicios de apertura. Sin embargo, sí me sorprendió ver a David, un joven que era relativamente nuevo en el barrio, pero que ya había demostrado que asistir a las actividades de la Iglesia no formaba parte habitual de su rutina. El asistir a la actividad de Hombres Jóvenes fue un gran paso.

David se las arregló muy bien para adentrarse en el grupo sin que nadie se diera cuenta, es decir, hasta que la pelota rebotó en el aro y fue derecho a él. La atrapó y se dio cuenta de que era su turno de lanzar. Hizo varios regates y lanzó la pelota torpemente hacia el aro, pero salió rebotada al chocar contra la parte inferior del mismo y volvió a él, golpeándole en los brazos, que había levantado para protegerse la cabeza. Todos se echaron a reír, y David también lo hizo.

La pelota fue a parar a las manos de otro chico, quien imitó de manera burlona el mal tiro de David. Como sucedió antes, la mayoría de los chicos se rió, pero esta vez David no se estaba riendo. Él había ido para formar parte del quórum de presbíteros, pero se había convertido en el hazmerreír de todos ellos.

David se dirigió a la salida y se fue.

Sentí mucha lástima por David. No sabía qué hacer, pero sí sabía que tenía hacer lo que fuera para que se quedara. Lo seguí mientras pensaba en algo que decirle que pudiera ayudarle a tener el valor de volver.

Mientras iba tras David, me sorprendió ver a Dennis, otro de los presbíteros, que me pasó corriendo y puso su brazo alrededor de David. No sé lo que le dijo, pero Dennis debió haber estado inspirado, pues el corazón de David se ablandó y, vacilante pero dispuesto, éste se dio vuelta y regresó al centro de reuniones. Fue un momento maravilloso.

A las pocas semanas sucedió algo parecido. Algunos miembros del barrio, entre ellos muchos de nuestros jóvenes, estaban ensayando una obra de teatro que pronto se presentaría . Todd, un presbítero, era uno de los actores. Durante el ensayo, alguien imitó burlonamente la actuación de Todd, quien, ofendido, se dirigió hacia la puerta muy desanimado.

“Ay, no”, pensé. “Otra vez lo mismo”. Pensé que debía ir tras él y convencerlo de olvidarse de la ofensa y volver.

Lo que sucedió a continuación fue una hermosa sorpresa.

Esta vez no fue Dennis el que se me adelantó, sino David; el muchacho que apenas unas semanas atrás había sido el ofendido era ahora el que recibía la inspiración. Corrió hacia Todd y, pasándole el brazo por la espalda, le suplicó que volviera. Todd aceptó la invitación y en cuestión de minutos ambos estaban lado a lado sobre el escenario. Ahora David había logrado convencer a otro joven para que se quedara.

Al contemplar ese ejemplo del Sacerdocio Aarónico en acción, recordé unas palabras del élder Neal A. Maxwell (1926–2004), del Quórum de los Doce Apóstoles: “Nos dedicamos con tanto afán a tomar nuestra temperatura, que no notamos las fiebres ardientes de otros aun cuando contamos con los remedios para aliviarlos: una sonrisa, un acto de bondad, un elogio. Las manos que más necesitan que las levanten son aquellas que, demasiado desalentadas, ya no se extienden pidiendo ayuda” (“…Absorbida en la voluntad del Padre”, Liahona, enero de 1996, pág. 26).

David había sido el de las manos caídas, pero debido al acto desinteresado de un joven hacia otro, las de él se convirtieron en las manos que levantaban las de los demás.

Richard D. Hawks es miembro del Barrio Country Crossing 2, Estaca Country Crossing, South Jordan, Utah.