No era un maestro orientador cualquiera


Basado en una historia real
“…Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones” (Santiago 1:27).

“La actividad del sábado consistirá en una clase de cocina para padres e hijas”, anunció la hermana Marshall. Una ola de emoción se extendió por todo el grupo de la Primaria. Supongo que todas las niñas se imaginaban postres recién hechos, juegos divertidos y dos horas enteras con sus respectivos padres. Todas menos yo. Yo no tenía padre, ni siquiera tenía uno que me visitara por orden de un juez, como solían decir algunas chicas del colegio. En vez de sentirme animada, comencé a sentir un nudo de ansiedad en el estómago. Sentía que la cara se me enrojecía debido a las emociones, y apretaba los dientes para no llorar.

La hermana Marshall debió darse cuenta de mi reacción, pues al término de la reunión, con ternura puso su mano sobre mi hombro y me dijo: “Si quieres, puedes traer a tu madre, Tess”. Tenía buenas intenciones, pero aquellas sencillas palabras fueron suficientes para hacer que se me salieran las lágrimas. Agaché la cabeza para que no se diera cuenta y me fui.

“No pasa nada”, me dije. “No tienes que ir a esa actividad tan tonta”. Pero sabía que no era verdad. Habría dado cualquier cosa por formar parte de una familia que no necesitara instrucciones especiales de la hermana Marshall, una familia como las que veía cada domingo sentadas en los bancos de la capilla. Pero mi padre nos había abandonado a mi madre y a mí cuando yo era una bebé. Hacía años que no sabíamos de él y sabía que no iba a aparecer como por arte de magia para la actividad del sábado.

“¡Olvídalo!”, me dije a mí misma por centésima vez desde nuestro bautismo, llevado a cabo hacía tres años. Nuestra familia era mucho más fuerte ahora que teníamos un testimonio del plan de nuestro Padre Celestial, y yo me sentía agradecida por todo lo que nos había dado el Evangelio. Aún así, no había sido fácil entrar en un grupo de amigas que compartían bautismos, actividades de la Primaria y del barrio desde pequeñitas. Yo era nueva y aunque las demás se esforzaban de verdad por hacerme sentir parte de ellas, seguía sintiendo que era diferente. A veces me sentía como un rompecabezas al que le faltaba una pieza.

“¿Qué tal fue la clase?”, preguntó mi madre muy animada mientras regresábamos a casa. Era una persona diferente desde nuestro bautismo: más feliz y con más confianza.

“Muy bien”, mentí. Lo mejor era no preocuparla con la clase de cocina; después de todo, no había nada que ella pudiera hacer.

La semana pasó volando. Los deberes de la escuela, las tareas de la casa y las amigas me mantuvieron atareada y permitieron que me olvidara de la actividad del sábado… hasta que el teléfono sonó el viernes por la noche.

“Es para ti”, me dijo mi hermana, entregándome el auricular.

“¿Hola?”

“Hola, Tess. Soy el hermano Erickson”. El hermano Erickson era nuestro maestro orientador. Era el dueño de una heladería y a veces nos llevaba helados de diferentes sabores. Casi siempre me hacía reír con sus ojos brillantes y su sonrisa, pero no podía imaginarme el motivo de su llamada.

Su voz sonaba alegre y fuerte. “Me preguntaba si me dejarías acompañarte a la clase de cocina de mañana”.

Me quedé sin palabras y miré hacia la cocina, donde mi madre estaba lavando la loza después de la cena. Me hizo gracia ver tantas pompas de jabón en sus brazos. “Ella no pudo habérselo dicho”, pensé. “Ni siquiera lo sabía”. Me pregunté si le habría llamado la hermana Marshall.

“Lo leí en el boletín del barrio el domingo pasado”, prosiguió. “Parece divertido”.

“Ah, sí, el boletín”.

“Entonces, ¿crees que podrás llevar a este viejo a tu fiesta?”.

“No hace falta que se…”, empecé a decir.

“¡Pero si quiero hacerlo!” Hubo una pausa. “Por favor”.

“Está bien”. Aunque, para ser sincera, no estaba del todo segura de que fuera a estar bien. Es decir, no lo conocía tan bien, aunque la ilusión que tenía por ir a la actividad borró cualquier duda.

Llegó el sábado y cuando mamá fue a dejarme al centro de reuniones, el hermano Erickson ya me esperaba con un delantal de un rojo brillante. Su sonrisa hizo desaparecer mis temores mientras nos juntábamos con los demás padres e hijas. Nos divertimos mucho preparando postres de cereza y crema casera en la abarrotada cocina de la capilla. No me hizo sentir ni una vez como si me estuviera haciendo un favor ni que simplemente estuviera cumpliendo con su llamamiento.

Cuando mamá pasó a recogerme, el hermano Erickson me dio un apretón de manos y me dijo: “Gracias por dejarme venir. ¡Lo he pasado fantástico!”. Y sabía que era sincero.

Pasaron los años y el hermano Erickson siguió siendo nuestro maestro orientador. Además de sus visitas, muchas tardes invitó a mi familia a ir a su casa a jugar a juegos de mesa. Me acompañó a más actividades de padres e hijas y me dio mi primer empleo en su heladería cuando cumplí los 16 años.

Al terminar mis estudios universitarios, cuando iba a casarme en el Templo de Los Ángeles, California, le pedí al hermano Erickson que participara como testigo. Al entrar en el cuarto de sellamientos, lo vi sentado en la silla que por lo general se reserva para el padre de la novia. Me sonrió y supe que se hallaba exactamente donde debía estar. Después de todo, no era un maestro orientador cualquiera; se había convertido en un buen amigo.

Tess Hilmo es miembro del Barrio Highland 4, Estaca Highland, Utah.

“El sacerdocio puede bendecir a todos los miembros mediante el ministerio de los maestros orientadores”.

Presidente James E. Faust, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, (Véase “Padre, vuelve a tu hogar”, Liahona, julio de 1993, pág. 41).