Thomas S. Monson

Cómo llegar a ser lo mejor de nosotros mismos

En una época antigua y en un lugar muy lejano, nuestro Señor y Salvador Jesucristo enseñó a las multitudes y a Sus discípulos “el camino, y la verdad y la vida”1. Les brindó Sus consejos con palabras sagradas y Su magnífica existencia nos dejó un verdadero ejemplo.

Sus enseñanzas y Su ejemplo motivaron a Pedro a preguntar: “…¿cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir?” 2 . Durante Su ministerio en el continente americano, el Señor Jesucristo agregó estas palabras significativas al responder a esa misma pregunta: “…¿qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” 3 .

Busquemos lo mejor de nosotros mismos

Durante Su ministerio terrenal, el Maestro describió cómo debemos vivir, enseñar y servir, y qué debemos hacer para llegar a ser lo mejor de nosotros mismos.

Una de esas lecciones se encuentra en el libro de Juan, en la Santa Biblia:

“Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.

“Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve.

“Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño” 4 .

En nuestra jornada terrenal, el consejo del apóstol Pablo nos brinda guía celestial: “…todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad”. Y entonces añadió la recomendación final: “Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz estará con vosotros” 5 .

En nuestra búsqueda para llegar a ser lo mejor de nosotros mismos, hay varias preguntas que podrían guiarnos: ¿Soy lo que quiero ser? ¿Estoy hoy más cerca del Salvador que ayer? ¿Estaré aún más cerca de Él mañana? ¿Tengo el valor necesario para cambiar?

Escojamos el sendero de la familia

Es hora de que escojamos un sendero que con frecuencia se descuida, uno que podríamos llamar “El sendero de la familia”, a fin de que nuestros hijos y nuestros nietos puedan crecer hasta alcanzar todo su potencial. Hay una tendencia internacional que lleva consigo un tácito mensaje: “Retorna a tus raíces, a tu familia, a las lecciones aprendidas, a la existencia vivida, a los ejemplos demostrados, sí, a los valores de la familia”. Con frecuencia sólo se requiere regresar al hogar: a registrar las buhardillas por largo tiempo no examinadas, los diarios personales rara vez leídos, los álbumes de fotos casi olvidados.

El poeta escocés James Barrie escribió: “Dios nos ha dado el recuerdo a fin de que podamos tener rosas en diciembre” 6 . ¿Qué recuerdos tenemos de nuestra madre? ¿De nuestro padre? ¿De nuestros abuelos? ¿De nuestra familia? ¿De nuestros amigos?

¿Qué lecciones hemos aprendido de nuestros padres? Hace algunos años un padre le preguntó al élder ElRay L. Christiansen (1897–1975), Ayudante de los Doce Apóstoles, qué nombre podría sugerirle para el nuevo bote que había adquirido. El hermano Christiansen le dijo: “¿Por qué no le pones El infractor del día de reposo?”. Estoy seguro de que aquel novato marino meditó en si su flamante juguete sería un infractor o un guardián del día del Señor. Cualquiera que haya sido su decisión, seguramente dejó una indeleble impresión en sus hijos.

Es en el hogar en donde modelamos nuestras actitudes, nuestras verdaderas creencias. Es en el hogar en donde se fomenta o se destruye la esperanza. Nuestros hogares deben ser mucho más que santuarios. Deben ser lugares donde el Espíritu de Dios pueda morar, donde las tempestades se detengan a sus puertas, donde reine el amor y more la paz.

Recibí una carta de una joven madre en la que me decía: “En ocasiones me pregunto si en verdad tengo una influencia positiva en la vida de mis hijos. Especialmente, al ser una madre soltera que trabaja en dos empleos para poder mantenerlos, cuando llego a veces a casa y sólo encuentro desorden, pero nunca pierdo la esperanza.

“Mis hijos y yo estábamos viendo la transmisión de una conferencia general y usted hablaba en esos momentos acerca de la oración. Mi hijo entonces comentó: ‘Mamá, tú ya nos enseñaste eso’. Yo le pregunté: ‘¿Qué quieres decir?’. Y él respondió: ‘Bueno, nos enseñaste a orar y cómo hacerlo, pero la otra noche fui a tu cuarto para preguntarte algo y te encontré de rodillas orando a nuestro Padre Celestial. Si Él es importante para ti, también lo será para mí’”. La carta terminaba así: “Imagino que una nunca podrá saber qué clase de influencia ejerce hasta que un hijo nos observe hacer lo que a él se le ha tratado de enseñar”. ¡Qué maravillosa fue la lección que un hijo aprendió de su madre!

Cuando era un muchacho, descubrí algo sorprendente en la Escuela Dominical, un Día de las Madres, algo que ha permanecido conmigo a través de los años. Melvin, un hermano ciego del barrio, un talentoso cantante, solía ponerse de pie ante la congregación como si estuviera viendo a cada persona. Entonces cantaba “That Wonderful Mother of Mine” [“Esa hermosa madre mía”]. Aquellos brillantes, resplandecientes y cálidos recuerdos penetraban muy adentro del corazón. Los hombres sacaban sus pañuelos y los ojos de las mujeres se llenaban de lágrimas.

Nosotros, los diáconos, pasábamos por entre la congregación llevando a cada una de las madres un pequeño geranio en una maceta de arcilla. Algunas de las madres eran jóvenes, otras de mediana edad y había también algunas ya ancianas que parecían estar aferrándose a sus últimos años de vida. Podía percibir en los ojos de todas esas madres una mirada bondadosa. Cada una de ellas respondía: “¡Gracias!”. Entendí el espíritu de la expresión: “Cuando alguien da una flor a otra persona, la fragancia de esa flor perdura en las manos del dador”. No he olvidado aquella lección y nunca la olvidaré.

Dediquemos nuestra vida al servicio

Los años han pasado, pero la necesidad de un testimonio del Evangelio continúa siendo esencial. A medida que seguimos adelante hacia el futuro, no debemos descuidar las lecciones del pasado. Nuestro Padre Celestial dio a Su Hijo. El Hijo de Dios dio Su propia vida; y Ellos nos han pedido a nosotros que demos nuestra vida, por así decirlo, a Su divino servicio. ¿Lo harán ustedes? ¿Lo haré yo? ¿Lo haremos todos nosotros? Hay lecciones que deben enseñarse, actos bondadosos que deben efectuarse, almas que es preciso salvar.

Recordemos el consejo del rey Benjamín: “…cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, sólo estáis al servicio de vuestro Dios” 7 . Acérquense para rescatar a las personas que necesiten ayuda y elévenlas hasta el sendero más alto y el mejor camino. En la Primaria cantamos: “Guíenme, enséñenme la senda a seguir / Para que algún día yo con Él pueda vivir” 8 .

La verdadera fe no es exclusiva de la infancia, sino que se aplica a toda persona. En Proverbios aprendemos:

“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.

“Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” 9 .

Al obrar así, llegaremos a reconocer que hemos estado embarcados en Su santa obra, que Sus divinos propósitos se han cumplido y que hemos participado en ese cumplimiento.

Permítaseme ilustrar esta verdad con una experiencia personal. Hace muchos años, cuando servía como obispo, tuve la impresión de que tenía que visitar a Augusta Schneider, una viuda originaria de la región europea de Alsacia-Lorena, que aunque hablaba muy poco inglés dominaba el alemán y el francés. Durante varios años después de aquella primera impresión, solía visitarla durante las temporadas navideñas. Cierta vez, Augusta me dijo: “Obispo, tengo algo de mucho valor para mí que quiero regalarle”. Fue entonces hasta un lugar especial de su modesto apartamento y trajo el obsequio. Se trataba de un hermoso fieltro de unos 15 por 20 centímetros en el que lucían las medallas que le habían otorgado a su esposo durante el servicio que había prestado en las fuerzas francesas en la Primera Guerra Mundial. Me dijo: “Quiero que reciba este valioso tesoro personal que tanto aprecio”. Con toda cortesía le respondí que quizás sería mejor que diera ese regalo a algún miembro de su familia. “No”, dijo con firmeza, “el regalo es suyo, porque usted tiene el alma de un verdadero francés”.

Poco tiempo después de haberme dado ese regalo tan especial, Augusta falleció y fue a morar con aquel Dios que le dio la vida. En ocasiones solía pensar en su declaración de que yo tenía “el alma de un verdadero francés”. No tenía ni la menor idea de lo que quiso decirme con eso; y sigo sin tenerla.

Muchos años más tarde, tuve el privilegio de acompañar al presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) a la dedicación del Templo de Francfort, Alemania, que habría de servir a los miembros de habla alemana, francesa y holandesa. Al preparar la maleta para el viaje, tuve la impresión de que debía llevar conmigo las medallas que me habían regalado, sin saber siquiera lo que habría de hacer con ellas; las había tenido en mi poder durante varios años.

En una de las dedicaciones efectuadas en el idioma francés, el templo estaba repleto de miembros. Las canciones y los mensajes que se presentaron fueron hermosos. La gratitud por las bendiciones de Dios penetró en cada corazón. Por las notas que tenía anotadas para dirigir, pude darme cuenta de que esa sesión incluía a algunos miembros de la zona de Alsacia-Lorena.

Durante mi discurso, me di cuenta de que el organista se llamaba Schneider. Entonces relaté el caso de mi asociación con Augusta Schneider; luego fui hasta el órgano y le entregué a ese hombre las medallas y le dije que, siendo que su apellido era Schneider, quería que aceptara la responsabilidad de encargarse de indagar acerca de ese nombre en sus investigaciones genealógicas. El Espíritu del Señor dio testimonio a nuestro corazón de que ésa fue una sesión muy especial. El hermano Schneider, enormemente emocionado por el Espíritu que sentimos allí en el templo, tuvo gran dificultad para acompañar al órgano el último himno de esa sesión dedicatoria.

Yo comprendí que ese valioso tesoro —la blanca de la viuda, porque era todo lo que Augusta Schneider poseía— fue depositado en la mano de alguien que se aseguraría de que muchas personas con “alma de verdaderos franceses” recibieran ahora las bendiciones que nos brindan los santos templos, tanto a los vivos como a los que ya han pasado más allá de esta vida terrenal.

Testifico que con Dios, todo es posible. Él es nuestro Padre Celestial; Su Hijo es nuestro Redentor. Al esforzarnos por aprender Sus verdades y vivirlas, nuestra vida y la vida de otras personas serán abundantemente bendecidas.

Con toda seriedad declaro que Gordon B. Hinckley es un verdadero profeta para nuestra época y que es guiado en la gran obra que sigue avanzando bajo su dirección.

Ruego que siempre tengamos presente que la obediencia a los mandamientos de Dios trae las bendiciones prometidas. Ruego que cada uno de nosotros merezca recibirlas.

Ideas para los maestros orientadores

Una vez que se prepare por medio de la oración, comparta este mensaje empleando un método que fomente la participación de las personas a las que enseñe. A continuación se citan algunos ejemplos:

  1. 1.

    Lleve los siguientes objetos (o similares) a la visita: un espejo, una lámina o foto de una casa y un utensilio de jardinería. Lea 3 Nefi 27:27 y pregunte qué relación puede tener este pasaje con los tres objetos. Explique que el presidente Monson nos enseña tres maneras de ser más como Jesucristo. Al estudiar cada sección, emplee el objeto correspondiente a modo de recordatorio visual de la enseñanza (por ejemplo: emplee el espejo con la sección “Busquemos lo mejor de nosotros mismos”).

  2. 2.

    El presidente Monson pregunta: “¿Qué lecciones hemos aprendido de nuestros padres?”. Comparta un ejemplo del artículo y luego pregunte a los miembros de la familia qué lecciones han aprendido de su propia familia. Según sea adecuado, invítelos a registrar los relatos para incorporarlos a su historia familiar.

  3. 3.

    Tras repasar el mensaje, pregunte: “¿Qué les impresiona del mensaje del presidente Monson? ¿Qué creen que espera que aprendamos de sus palabras? ¿Qué piensan que él desea que hagamos como resultado de esas enseñanzas?”.

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    Notas

  1.   1.

    Juan 14:6.

  2.   2.

    2 Pedro 3:11.

  3.   3.

    3 Nefi 27:27.

  4.   4.

    Juan 1:45–47.

  5.   5.

    Filipenses 4:8–9.

  6.   6.

    Courage, 1925, pág. 1.

  7.   7.

    Mosíah 2:17.

  8.   8.

    Naomi W. Randall, “Soy un hijo de Dios”, Himnos, N° 196.

  9.   9.

    Proverbios 3:5–6.