Mensajes instantáneos

Por Andrew Confer, según se lo relató a Miles T. Tuason


La respuesta está en el libro

“Élder Confer, enséñeme”, dijo la voz al otro lado de la línea, “pero no me enseñe acerca del Libro de Mormón”. Christine Yong, nuestra nueva investigadora, deseaba saber más sobre nuestra religión.

Como misioneros de la Misión Singapur, mi compañero y yo estábamos entusiasmados por tener una investigadora como Christine. Su hermana Sara y ella parecían tener un interés sincero por el Evangelio. Sin embargo, durante las semanas en que habíamos compartido el Evangelio con ellas, nos habían expresado ciertas dudas acerca de José Smith y del Libro de Mormón. Pero no íbamos a darnos por vencidos, así que fijamos otra cita.

Salí con el líder misional de nuestra rama, Patrick Lim, mientras que mi compañero fue con otro miembro a otras citas. El hermano Lim y yo habíamos planeado enseñar a Christine acerca del arrepentimiento, del bautismo y del don del Espíritu Santo. Cuando hablábamos a un investigador acerca del bautismo, normalmente le invitábamos a bautizarse. No obstante, teniendo en cuenta los desafíos que Christine estaba afrontando, nos preguntábamos si estaría preparada para el bautismo. Pedimos la ayuda del Espíritu antes de reunirnos con ella.

Durante la charla, Christine parecía comprender el arrepentimiento y el bautismo, pero a medida que el hermano Lim enseñaba acerca de recibir el don del Espíritu Santo, Christine comenzó a expresar sus dudas.

“Élderes, no estoy segura de que Dios exista y de que realmente vaya a contestar a mi oración”, admitió dubitativamente.

Le describimos los sentimientos de tranquilidad y paz que brinda el Espíritu, pero ella no estaba familiarizada con la influencia del Espíritu Santo. Había intentado orar y leer las Escrituras, pero las cosas no parecían dar resultado.

Durante un momento, nos quedamos sin respuestas. Entonces vino a mi mente un pasaje de las Escrituras y sentí que debía compartirlo, a pesar de que se encontraba en el Libro de Mormón, el libro del que nos había pedido que no le enseñáramos. Le pedí a Christine que leyera Éter 12:6: “…Quisiera mostrar al mundo que la fe es las cosas que se esperan y no se ven; por tanto, no contendáis porque no veis, porque no recibís ningún testimonio sino hasta después de la prueba de vuestra fe”.

Cuando le expliqué que nuestra fe en el Señor se pone a prueba antes de recibir una respuesta del Padre Celestial, sentí el Espíritu con mucha fuerza en el corazón. Oré para que Christine lo sintiera también, y así fue.

“Estoy muy emocionada, verdaderamente emocionada”, dijo Christine mientras derramaba lágrimas de gozo.

“Eso es el Espíritu, Christine. Eso es lo que se siente al tener el Espíritu”, dijimos el hermano Lim y yo mientras comenzábamos a derramar lágrimas también.

Después de compartir ese versículo con ella y seguir enseñándole, Christine aceptó nuestra invitación y al poco tiempo se bautizó.

Mi momento decisivo

Crecí siendo miembro de la Iglesia en Belice, pero no siempre seguí fielmente al Señor. Mi familia se encontraba entre los primeros miembros del país, pero teníamos muchas pruebas. Mi padre nos abandonó y mi madre se quedó sola con tres hijos y sin trabajo.

La fe que mi madre tenía en el Señor nos permitió superar nuestras pruebas. Mi madre se esforzó mucho por mantenernos y por conducirnos al Señor, pero yo tenía que obtener un testimonio por mí mismo. Durante un tiempo escogí caminos incorrectos, sobre todo debido a las compañías que frecuentaba. Influyeron en mí para que me apartara del Señor más bien que para acercarme a Él.

El momento decisivo vino cuando comencé a pasar la mayoría del tiempo con los jóvenes de la Iglesia. Me di cuenta del espíritu tan maravilloso que tenían. Eso me dio una alegría que pocas veces había sentido antes. El ver que mis amigos salían a la misión para servir al Señor elevó aún más mi espíritu.

Yo no tenía la más mínima intención de prestar servicio como misionero, hasta el momento en que decidí acudir al Señor en oración para averiguar si ése era el camino para mí. Al orar sentí el poder del Santo Espíritu arder en mi pecho. Nunca antes había experimentado un poder tan maravilloso, que me hizo saber que la misión era lo correcto para mí. Hablé con mi presidente de rama, me preparé espiritual y financieramente, y más tarde serví en una misión de tiempo completo.

Ahora puedo decir sin ninguna duda que sé que éste es el Evangelio restaurado de Jesucristo y que el presidente Gordon B. Hinckley es un profeta, vidente y revelador, llamado por Dios para declarar Su palabra y llevar a todo pueblo al rebaño de nuestro Padre Celestial. Como dijo Moroni, debemos leer el Libro de Mormón, meditarlo en el corazón, orar, y recibiremos respuesta a los interrogantes de nuestro corazón (véase Moroni 10:3–5).