D. Todd Christofferson

Hace algún tiempo, una jovencita de otro estado de Estados Unidos fue a vivir unas semanas con sus familiares. El primer domingo acudió a la Iglesia vestida con una sencilla y hermosa blusa, con falda hasta la rodilla acompañada de un suéter liviano con botones. Llevaba medias de mujer y zapatos de vestir; asimismo lucía un peinado sencillo pero hecho con cuidado. Su apariencia transmitía una impresión de gracia juvenil.

Lamentablemente, de inmediato se sintió fuera de lugar. Las demás jovencitas de su edad, o cerca de ella, llevaban faldas informales, algunas muy por encima de las rodillas, camisetas de manga corta muy ajustadas que a duras penas alcanzaban la cintura de las faldas, sin calcetines ni medias, y zapatos deportivos o chanclas.

Cualquiera esperaría que al ver a la chica nueva, las demás se dieran cuenta de lo inapropiado de su vestimenta para una capilla y para el día de reposo y que de inmediato cambiarían para bien. Sin embargo, es triste decir que no fue así. Fue la chica nueva la que, para lograr ser aceptada, adoptó la moda del barrio al que asistía.

Este ejemplo ilustra una de mis preocupaciones. Hablando de la sociedad en general, me temo que muchas personas de mi generación no hemos enseñado a la de ustedes a sentir lo que deben por lo sagrado. En este artículo espero ayudarles a refinar su capacidad para discernir lo que es sagrado y para responder con reverencia ante lo que es santo. De entre las muchas cosas por las que deberíamos mostrar reverencia —las Escrituras, los profetas, nuestro propio cuerpo, la Deidad— me concentraré en el respeto por los lugares y acontecimientos sagrados.

Mucho de lo que deseo transmitirles no se puede pasar realmente de una persona a otra, sino que debe crecer en el interior. Pero si logro ayudarles a reflexionar en algunas cosas, el Espíritu tal vez obre en ustedes para que ya no necesiten a nadie para decirles qué es sagrado o cómo deben reaccionar; lo sentirán por ustedes mismos. Llegará a formar parte de su naturaleza; de hecho, ya es así en gran medida.

Ropa de domingo

Nuestros templos y centros de reuniones están dedicados al Señor como lugares sagrados. En cada templo se hallan las palabras “Santidad al Señor. La casa del Señor”. La percepción de lo sagrado debería conducirnos a actuar y a hablar con reverencia en el interior y en los alrededores de estos edificios, y a vestirnos de cierta forma cuando estamos allí.

Del mismo modo en que la ropa inmodesta constituye una deshonra para el cuerpo —la creación más sagrada de Dios—, la ropa y la apariencia inmodesta, informal o desaliñada en momentos y lugares sagrados constituyen una burla de la casa del Señor y de lo que se lleva a cabo en ella.

Años atrás, mi barrio de Tennessee hizo uso de una escuela secundaria para celebrar los servicios de adoración dominical mientras se procedía a reparar nuestra capilla, dañada por un tornado. Una congregación de otra fe empleaba las mismas instalaciones para sus servicios de adoración mientras se construía su nueva capilla.

Me sorprendió observar la vestimenta que las personas de esa congregación usaban para ir a la iglesia. Los hombres no llevaban traje ni corbata; parecía que acababan de llegar del campo de golf, o que iban allá. Costaba ver a una mujer con vestido o cualquier otra cosa que no fueran pantalones informales o hasta shorts. De no haber sabido que acudían a aquella escuela para asistir a sus reuniones, habría dado por hecho que se estaba celebrando algún tipo de actividad deportiva.

La vestimenta de los miembros de nuestro barrio era muy buena en comparación con aquel ejemplo, pero estoy empezando a pensar que ya no somos tan diferentes, ya que tendemos cada vez más a rebajar nuestras normas. Solíamos emplear la expresión “ropa de domingo” y la gente entendía que se refería a la mejor ropa que uno tenía. La ropa en concreto podría variar según las diferentes culturas o circunstancias económicas, pero no dejaba de ser la mejor.

Ofende a Dios el acudir a Su casa, especialmente durante Su día santo, sin ir arreglados ni vestidos del modo más modesto y cuidadoso que nuestras circunstancias nos permitan. Cuando un miembro pobre de las laderas del Perú deba vadear un río para ir a la iglesia, por supuesto que el Señor no se ofenderá por la mancha de barro en su camisa blanca. Pero, ¿cómo no le dolerá a Dios ver a alguien que, teniendo toda la ropa que necesita y más, y sin problemas para ir al centro de reuniones, no obstante aparece por la capilla con arrugados pantalones vaqueros y una camiseta?

Mi experiencia al viajar por todo el mundo ha constatado la ironía de que los miembros de la Iglesia con menos medios económicos encuentran de alguna forma el modo de llegar a las reuniones dominicales cuidadosamente vestidos con ropa pulcra y elegante, la mejor ropa que tienen, mientras que los más acaudalados son los que tal vez aparecen con ropa informal e incluso desaliñada.

¿Tiene importancia la ropa?

Hay quienes dicen que la ropa o los peinados no importan, que lo que cuenta es el interior. También yo creo que lo realmente importante es el interior de la persona, y eso es lo que me preocupa. La vestimenta informal en los lugares y acontecimientos santos es un mensaje de lo que hay en el interior de una persona. Puede que sea orgullo o rebelión u otra cosa, pero como mínimo nos dice: “No lo capto. No entiendo la diferencia entre lo sagrado y lo profano”.

En esas condiciones, es fácil que las personas se alejen del Señor. No aprecian el valor de lo que tienen y me preocupan. A menos que obtengan cierto entendimiento y logren sentir algo por las cosas sagradas, corren el riesgo, con el tiempo, de perder todo lo que es de mayor importancia. Ustedes son santos de la magnífica dispensación de los últimos días, y deben lucir como personas que pertenecen a ella.

Estos principios se aplican a las actividades y a los acontecimientos que son sagrados o que merecen reverencia: los bautismos, las confirmaciones, las ordenaciones, las bendiciones a los enfermos, la administración de la Santa Cena del Señor, etcétera. En Doctrina y Convenios se nos dice que en las ordenanzas del sacerdocio “se manifiesta el poder de la divinidad” (D. y C. 84:20). Agradezco a los presbíteros, maestros y diáconos que usan camisa de vestir (de ser posible, blanca) y corbata para oficiar en la administración de la Santa Cena. De ese modo demuestran aprecio y respeto por Dios y por la ceremonia.

Recientemente leí una nota de un hombre que instaba a sus compañeros a vestir traje y corbata cuando aparecieran juntos en un evento público destinado a honrar su organización. Su servicio era cívico y no de naturaleza religiosa, y no lo llamaríamos sagrado, pero este hombre entendía el principio de que ciertas cosas merecen respeto y que nuestro modo de vestir es una forma de expresarlo. Dijo que iba a adoptar una apariencia más formal, “no porque yo sea importante, sino porque la ocasión lo es”. Su comentario manifiesta una verdad importante. No tiene nada que ver con nosotros. El actuar y vestirse de modo que honremos los eventos y los lugares sagrados tiene que ver con Dios.

Las bendiciones de la reverencia

Cuando se cultiva una reverencia profunda por lo que es sagrado, el Santo Espíritu se convierte en su compañero frecuente y después constante. Uno crece en su comprensión y en la verdad. Las Escrituras lo describen como una luz que “se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto” (D. y C. 50:24). También se lo describe como progresar de gracia en gracia. El Salvador mismo progresó de este modo hasta recibir la plenitud, y ustedes pueden seguir Sus pasos (véase D. y C. 93:12–20). Ahí es adonde les conducirá la percepción de lo sagrado.

Por otro lado, aquellas personas que no aprecian las cosas sagradas las pierden. Sin un sentimiento de reverencia, tienden a tener una actitud y una conducta cada vez más despreocupadas, alejándose de las amarras que les proporcionan los convenios concertados con Dios. El sentirse responsables ante Dios disminuye para luego olvidarse. A partir de entonces, sólo se preocupan de su propia comodidad y de satisfacer sus apetitos desenfrenados. Por último, terminan por despreciar las cosas sagradas, incluso a Dios, y por despreciarse a sí mismos.

Traten con cuidado las cosas sagradas

No olviden nunca que según aumenta la santidad en ustedes y se les confía un conocimiento y un entendimiento mayores, deben tratar esas cosas con cuidado. El Señor dijo: “…lo que viene de arriba es sagrado, y debe expresarse con cuidado y por el constreñimiento del Espíritu” (D. y C. 63:64). También mandó que no echemos perlas delante de los cerdos ni demos lo que es santo a los perros (véase 3 Nefi 14:6 y D. y C. 41:6), dando a entender que no debemos hablar de las cosas sagradas con los que no están preparados para apreciar su valor.

Sean prudentes con lo que el Señor les dé. Son cosas que se les confían. Por ejemplo, no conviene que compartan su bendición patriarcal con cualquiera.

Todas las cosas sagradas y santas han de ser reveladas y reunidas en ésta la última y más maravillosa dispensación. Con la restauración del Evangelio, de la Iglesia y del sacerdocio de Jesucristo, tenemos en nuestras manos una reserva casi incomprensible de cosas sagradas. No podemos ser negligentes ni permitir que se nos escapen de las manos.

En vez de caer en una vida despreocupada, procuren una obediencia cada vez más exacta. Espero que piensen, sientan, se vistan y obren de modo que muestren reverencia y respeto por las cosas, las ocasiones y los lugares sagrados. Ruego que la percepción de lo sagrado destile sobre sus almas como rocío del cielo. Ruego que les permita acercarse más a Jesucristo, que murió, resucitó, vive y es nuestro Redentor. Ruego que les haga santos como Él lo es.

De un mensaje pronunciado en una transmisión vía satélite del Sistema Educativo de la Iglesia realizada el 7 de noviembre de 2004.