Voces de los Santos de los Últimos Días

Por Kimberly Webb


Vela por nosotros

Cuando encontré la dirección que había anotado en mi cuaderno, pensé que el lugar parecía escalofriante. Era una vieja casa grande de color gris a la que habían convertido en apartamentos, pero parecía más una casa embrujada de una película en blanco y negro. Aún así, deseaba conocer a Rachael, por lo que subí por las desvencijadas escaleras.

Más temprano ese día, cuando miraba los anuncios de viviendas que se habían colocado en el tablero del edificio de instituto, no se distinguían claramente, puesto que estaban todos amontonados como un acolchado hecho de papel y alfileres. Pero entre todos resaltaba uno; mostraba el dibujo de una figura de trazos, que decía: “Me llamo Rachael. Me gusta correr, la música jazz y los chocolates”. Me causó risa. No decía mucho en cuanto al apartamento, pero la compañera de cuarto parecía divertida.

Después de hablar con Rachael durante unos momentos, decidí que el sentimiento que se percibía dentro de su apartamento parecía acogedor. Descarté la primera impresión que tuve y me mudé al apartamento unas semanas después.

A la mañana siguiente, Rachael se fue de vacaciones con su familia durante dos semanas. En el momento en que se fue me asaltó un sentimiento inquietante, pero no le presté atención y me mantuve ocupada deshaciendo las valijas. “Estoy nerviosa porque no estoy acostumbrada a estar aquí”, pensé. “Necesito tiempo para adaptarme”.

Cerca de la medianoche, empecé a sentir un dolor de garganta punzante. “Tal vez soy alérgica a algo”, me dije. Busqué por todos lados hasta que encontré las velas aromáticas de Rachael y decidí ponerlas afuera.

Anteriormente me había dado cuenta de que la luz de la entrada no funcionaba, así que dejé entreabierta la puerta, lo que permitía que saliera un poco de luz. Me apresuré caminando descalza en la oscuridad hacia el vestíbulo.

De repente, me quedé paralizada.

El aire nocturno estaba calmo; no se escuchaba nada, pero sentí que alguien se acercaba.

“Vuelve a tu apartamento antes de que otra persona lo haga”. Las indicaciones del Espíritu fueron inconfundibles y apremiantes.

Aún con las velas en la mano, corrí en la oscuridad hacia la sala y cerré la puerta con fuerza; en cuanto la cerré con llave, el picaporte comenzó a girar. Estaba atónita. Observé cómo el picaporte giraba lentamente de un lado a otro silenciosamente.

¡Alguien había estado escondido en el vestíbulo del apartamento!; había tratado de seguirme hasta adentro, pero sólo por un instante no lo logró. Nos separaba nada más que una endeble puerta de madera. Por instinto, golpeé la puerta con el puño lo más fuerte que pude.

No sé cuánto tiempo permanecí allí orando en silencio y esperando que algo sucediera. Finalmente, una sensación de paz me aseguró que el peligro había pasado y que estaría a salvo esa noche.

Mi madre me llamó a la mañana siguiente. Ella y mi padre se habían ido de vacaciones, o de otro modo los hubiera llamado antes. Aun antes de que le dijera a mi madre lo que había sucedido, me dijo: “¡He estado preocupada por ti!. Sigo teniendo la impresión de que la entrada de tu apartamento es un lugar peligroso. ¿Tiene buena iluminación? Sería muy fácil que alguien se escondiera allí”.

Me estremecí al pensar lo cerca que estuve de que me atacaran, lo bastante cerca como para que mi madre sintiera el peligro desde 320 kilómetros de distancia.

Entonces me dijo que había tratado de llamarme el día anterior para prevenirme sobre la impresión que tuvo. “Nunca me pude comunicar contigo, así que oré. Sabía que yo no podía protegerte, pero nuestro Padre Celestial sí”.

Mi madre tenía razón. Un extraño se había escondido a la entrada y había estado observándome. Los poderes de lo alto también habían estado observando y me dijeron lo que debía hacer.

Sé que el Señor no siempre va a protegerme de la tragedia, pero al seguirle, no permitirá que se frustre el plan que Él tiene para mi vida. Era Su voluntad que yo fuese protegida esa noche y me siento agradecida de que Él estaba velando por mí.

Sólo cinco minutos más

Nuestra familia disfruta de la naturaleza. Pasamos fuera casi todos los sábados realizando caminatas, campamentos, paseos en bicicleta o visitando lugares de interés durante el verano; y deslizándonos en trineo, esquiando o en caminatas sobre la nieve durante el invierno. Ésos son momentos maravillosos, junto con la familia, que nos dan a mi esposo y a mí la oportunidad de conversar con nuestros tres hijos.

Un día de verano, fuimos en una caminata alrededor de un lago en un bosque cercano. El tiempo era perfecto: soleado y cálido con una brisa refrescante procedente del lago. Al descender por el sendero, nos señalamos unos a otros las flores silvestres y los árboles. Hablamos sobre lo mucho que nuestro Padre Celestial nos debe de amar para crear tanta belleza a fin de que la disfrutemos. Intentamos decidir cuál era el lugar más hermoso que habíamos visto. Uno de los niños sugirió el Parque Nacional de Yellowstone; alguien más sugirió una de las áreas favoritas para acampar. Pensamos en cuanto a nuestro viaje al mar, y la belleza de esquiar a campo traviesa por un sendero con árboles cubiertos de nieve brillante.

Nuestro hijo menor, Jacob, de 7 años de edad, quien había estado escuchando silenciosamente nuestra conversación, dijo: “Creo que el lugar más bonito del mundo es donde están todas las cosas sobre Jesús”. ¿Todas las cosas sobre Jesús? En mi mente busqué la conexión y me di cuenta de que Jacob se refería a la Manzana del Templo en Salt Lake City. La Manzana del Templo es sin duda un lugar hermoso con el espléndido templo, los árboles, las fuentes y los jardines de flores. Pero para Jacob, la Manzana del Templo tiene un significado que va más allá de la belleza exterior de la naturaleza.

Jacob nació con un complicado defecto congénito del corazón. Ha tenido tres cirugías del corazón, numerosos exámenes médicos y se preven más cirugías. Su médico viene con frecuencia a Idaho, pero debemos viajar al hospital Primary Children’s Medical Center en Salt Lake City para las cirugías de Jacob y algunos exámenes. Durante esos viajes, sentimos ansiedad y preocupación debido a la salud de Jacob, y nos hemos dado cuenta de que una visita a la Manzana del Templo nos ayuda a calmar los nervios y nos hace recordar el plan de nuestro Padre Celestial y la necesidad que tenemos de confiar en Él.

La noche antes de la intervención quirúrgica más reciente y más complicada de Jacob, lo llevamos al centro de visitantes de la Manzana del Templo, en donde nos sentamos juntos para observar esa gloriosa estatua del Salvador, el Christus. Jacob se sentó con una tranquilidad, fuera de lo común para un niño de su edad, sobre nuestras piernas y, al sentir la paz, la calidez y la seguridad, no quería irse y pidió permanecer “sólo cinco minutos más”, hasta que el tiempo que estuvimos allí fue más de una hora. Cuando finalmente llegó el momento de irnos, todos nos sentíamos en paz y listos para sobrellevar lo que fuese que se nos presentara ante la cirugía.

Sé que la Manzana del Templo es hermosa para Jacob, no por lo que ve allí sino por lo que siente allí. Los dones de paz, esperanza y consuelo de nuestro Padre Celestial son más hermosos que cualquier otra cosa que Jacob recuerde haber visto con sus ojos físicos.

El comprender el plan de nuestro Padre Celestial y aceptar y confiar en Su voluntad nos trae una paz y un gozo indescriptibles. Cuando nos sentimos desalentados, molestos o con temor, hay un lugar al que podemos acudir, no a un lugar hermoso en particular, sino a nuestro Salvador Jesucristo. Y pienso que Jacob tiene razón: No hay nada más bello que eso.

Reunir a la pareja de baile

Durante 25 años trabajé en el centro de Wiener Neustadt, Austria. Un tranquilo día de mayo, me paseaba por la zona peatonal a la hora del almuerzo y me topé con una librería. Cerca de la puerta de entrada había dos cajas de libros con descuento. Tenía curiosidad por saber qué tipo de literatura se vendía a un precio tan bajo y tomé el primer libro que estaba sobre una de las cajas. Sin ningún interés en particular por comprarlo, lo abrí y observé la figura de una pareja de baile. Para mi sorpresa, también descubrí el nombre de Gretl Stättner. En ese instante, recordé que ése fue el nombre de la segunda esposa de mi padre. No había pensado en ella durante años.

Mi padre fue un oficial de aduanas, pero también fue un entusiasta bailarín y tenía su propia escuela de baile. Unos años después del divorcio de mis padres, mi padre conoció a Gretl en esa escuela de baile. Sin embargo, su relación duró poco debido a que mi padre falleció a los 35 años de edad, debido a la ruptura del apéndice. Mientras yacía en el lecho de muerte, debió de tener la esperanza de que Gretl se hiciera cargo de mí, pues sabía que mi madre no me cuidaba. Por esa razón, mi padre se casó con Gretl apenas tres horas antes de morir. Pero Gretl era demasiado joven y sus padres aún tenían influencia en ella, por lo que no había forma de que ella pudiese cuidarme, así que me crié en hogares de padres tutelares.

Mientras permanecí allí con el libro en las manos, viendo no sólo el nombre Stättner sino también a la pareja de baile, me di cuenta de que ella era la esposa legítima de mi padre y tenía el derecho de ser sellada a él.

Al investigar, descubrí que Gretl nunca se había vuelto a casar, que había vivido en Viena y que había estado encargada de un salón para el cuidado de los pies. Recordé su apellido de soltera al igual que el lugar donde vivió su familia, los Weißenbergs. Mi esposa y yo los buscamos, pero nos desalentó el saber que ninguno de los familiares seguía aún con vida. Visitamos el cementerio, pero al principio no tuvimos mucho éxito debido a que la lápida del terreno de la familia sólo tenía una lista de los apellidos. Después de que se nos ocurrió que alguien, después de todo, debió pagar por la tumba y su mantenimiento, solicitamos información a las autoridades sobre el propietario de dicha tumba. Se nos dio un nombre que nos llevó a Viena y a una mujer que resultó ser la sobrina de Gretl. No sólo nos proporcionó todas las fechas necesarias para llevar a cabo la obra del templo por Gretl, sino también información sobre todos los miembros de la familia que habían fallecido: los padres, los abuelos, las tías y los tíos.

También resultó que cuando mi esposa y la sobrina de Gretl eran jóvenes, habían asistido a la misma escuela secundaria en la misma época, y ambas se habían graduado el mismo día. ¡Qué pequeño es el mundo!

Mi esposa y yo enviamos al templo todos los nombres de la familia y entonces pudimos efectuar personalmente la obra en el Templo de Francfort, Alemania. Me siento profundamente agradecido por esa oportunidad y estoy plenamente convencido de que el haber encontrado el libro de mi madrastra no fue una simple coincidencia. Al conversar con la sobrina de Gretl, nos enteramos de que ella había tenido muchos libros, que su sobrina regaló algunos, otros los conservó y otros los vendió. Sólo uno de esos libros llegó hasta Wiener Neustadt, y yo fui el que me topé con él.

Decisiones pequeñas, bendiciones eternas

La primera vez que escuché el Evangelio fue cuando de niño mis padres permitieron que los misioneros entraran en nuestro hogar en Antofagasta, Chile. Crecí en la Iglesia, pero me esforcé muy poco por ganar un testimonio propio. Por consiguiente, con el tiempo me inactivé y tuve que enfrentar los desafíos de la vida sin la ayuda del divino poder del Evangelio. Sin embargo, mi fiel madre siguió amándome y continuó siendo un tranquilo ejemplo de rectitud.

Aunque me casé con una joven miembro de la Iglesia, ninguno de los dos sentimos la urgencia ni la necesidad de vivir las normas que se nos habían enseñado en nuestra juventud. Pero con el paso del tiempo, la vida en nuestro hogar empeoró drásticamente.

Debido a los difíciles problemas a los que nos enfrentábamos, mi esposa decidió comenzar a asistir a la Iglesia con nuestra hija. No sentía ningún deseo de asistir con ellas; sin embargo, volvían a casa cada semana y compartían lo que habían aprendido. Un tiempo después, comencé a recibir la visita de los maestros orientadores, dos fieles hermanos que, de alguna manera, vieron mi potencial divino, aun cuando yo no lo veía.

Poco a poco, comenzó a ocurrir un cambio en mi corazón, pero al principio rehusé reconocerlo. Cada domingo mi esposa planchaba mi ropa con la esperanza de que asistiera a la Iglesia con ella, pero era demasiado obstinado para ponérmela, aunque comencé a asistir a la reunión sacramental con pantalones vaqueros y una camiseta. Como suelen hacerlo los miembros menos activos, me sentaba en los bancos más cercanos a la puerta con el fin de ser el último en entrar y el primero en salir, sin que nadie me dirigiera la palabra.

Después de varios meses, me di cuenta de que no era un buen ejemplo para mis hijos, ni bendecía con el sacerdocio a mi familia como debía hacerlo. Tomé la decisión de que nunca más faltaría ni un día a la Iglesia. Había visto cómo la aplicación de los principios del Evangelio había iluminado mi vida y me di cuenta de que debí haber tomado esa decisión desde hacía mucho tiempo.

¡El Señor estaba ansioso por bendecir a mi familia y a mí! Poco tiempo después, mi esposa, mis hijos y yo nos sellamos en el Templo de Santiago, Chile.

Me siento agradecido por una madre que diligentemente me enseñó los principios del Evangelio, por una esposa que me alentó, por medio de su amor y de su ejemplo, a vivirlos, por fieles maestros orientadores y por un Padre Celestial que pacientemente esperó a que yo viviera el Evangelio a fin de que Él pudiese bendecirme más de lo que creía posible.