Agradecido por la obra misional


Gordon B. Hinckley

Agradecido por la obra misional

El barco en el que viajamos a Inglaterra llegó a Plymouth la noche del 1º de julio de 1933; los tres misioneros que nos encontrábamos a bordo tomamos el tren que enlazaba con el barco y viajamos a Londres, llegando allí a altas horas de la noche. Al día siguiente, se me asignó ir a Preston, Lancashire. Después de lo que pareció ser un viaje interminable y solitario, me reuní en la estación con mi compañero, quien me llevó hasta nuestro apartamento que se encontraba a corta distancia de la Capilla Vauxhall, donde en 1837 se había predicado el primer sermón misional de los Santos de los Últimos Días.

En seguida, mi compañero me dijo que iríamos al pueblo y llevaríamos a cabo una reunión en la calle. Yo tenía mucho miedo. Cantamos un himno e hicimos una oración, y después él me pidió que tomara la palabra; se reunió un grupo de personas que me parecían amenazantes. En aquellos días, el mundo se hallaba hundido en la gran depresión económica, y en Lancashire, en particular, se habían sentido sus duros efectos; la gente era pobre; calzaban zapatos de madera y su ropa reflejaba los tiempos difíciles en los que vivían. Yo tenía dificultad para entenderlos, siendo originario de los Estados Unidos, y además, hablaban con un dialecto propio de la región.

Aquellas primeras semanas me sentí desanimado, de modo que le escribí a mi buen padre y le dije que pensaba que estaba desperdiciando mi tiempo y su dinero. Él me escribió una carta muy pequeña en la que decía: “Querido Gordon, recibí tu reciente carta. Sólo tengo una sugerencia: olvídate de ti mismo y ponte a trabajar”. Esa mañana, mi compañero y yo habíamos leído temprano estas palabras del Señor: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará” (Marcos 8:35).

Esas palabras del Maestro, seguidas de la carta de mi padre, penetraron en lo más profundo de mi ser. Me dirigí a mi habitación, me arrodillé y le hice una promesa al Señor; hice el convenio de que intentaría olvidarme de mí mismo y me entregaría a Su servicio.

Aquel día de julio de 1933 fue un día decisivo; una nueva luz entró en mi vida y una nueva alegría en mi corazón. La niebla de Inglaterra pareció disiparse y vi la luz del sol. Disfruté de una rica y maravillosa experiencia misional, por la cual siempre estaré agradecido.

Demos gracias a Dios por el maravilloso Evangelio de Su Amado Hijo, que se restauró en la tierra. Ruego que recordemos que cada uno de nosotros tiene el privilegio y la oportunidad de hacer su propia declaración de fe, valor y verdad que servirá para dar cumplimiento al mandato divino de llevar el Evangelio al mundo.

Tomado de “Taking the Gospel to Britain: A Declaration of Vision, Faith, Courage, and Truth”, Ensign, julio de 1987, págs. 2–7, y “Missionary Journal”, Ensign, julio de 1987, págs. 8–11.