Una firme decisión


“…Elegid hoy servir a Dios el Señor que os hizo” (Moisés 6:33).
De una entrevista con el Élder E. Israel Pérez, que prestó servicio como Setenta de Área desde 1997 hasta 2005; por Melvin Leavitt, Revistas de la Iglesia

Una firme decisión

Mis padres y mis tres hermanos mayores nos bautizamos en Quetzaltenango, Guatemala, cuando yo tenía sólo seis años de edad. Estoy agradecido por que tuvieron la sabiduría y el valor para aceptar la verdad. Mis padres y mis maravillosos maestros de la Primaria me enseñaron los principios eternos del Evangelio, por lo que llegué a amar a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo Jesucristo, y a saber que nuestro Padre Celestial siempre nos bendice si somos obedientes.

La primera vez que me asignaron dar un corto discurso, me sentía preocupado porque no podía pronunciar la “R” correctamente. Me preguntaba: “¿Cómo podré hacerlo?”. Mi madre me dijo: “Dios te bendecirá, y todo saldrá bien”. Eso es exactamente lo que ocurrió, y nunca he vuelto a tener dificultad para pronunciar esa letra.

Cuando tenía ocho años, me bauticé con unos pantalones blancos que alguien me prestó; eran demasiado largos, pero mi madre les levantó un dobladillo y lo aseguró con algunas puntadas. Eso dio resultado únicamente hasta que me mojé; al salir del agua, el peso de la tela mojada desató las puntadas, me tropecé y caí de rodillas. De inmediato, se me ocurrió que eso era un recordatorio de que siempre debemos arrodillarnos y suplicar la ayuda de nuestro Padre Celestial en todas las cosas.

Cuando llegué a ser diácono, tuve la impresión de que debía tomar algunas decisiones importantes en cuanto a mi vida; decidí que nunca bebería licor, que nunca fumaría y que sería obediente.

En una ocasión, cuando tenía 16 años de edad, me encontraba en un restaurante con algunos amigos de la Iglesia. Un conocido de uno de ellos entró y dijo: “Quiero invitarlos a todos a beber conmigo en este mismo momento”.

Recuerdo haberme puesto de pie y haber dicho: “Ninguno de nosotros bebe alcohol; si deseas beber, ve y hazlo en alguna otra parte”.

Ese hombre tenía entre 20 y 25 años edad y tenía un físico mucho más grande que el mío; era un hombre muy fuerte. Mis palabras lo irritaron, de modo que me acercó un vaso de licor y dijo: “¡Voy a hacer que te tomes esto!”.

Le contesté: “No te atrevas, ya que puede pasar algo desagradable”. Trató de agarrarme y obligarme a beber el licor. De pronto, vi al hombre tirado en el suelo; en realidad yo no tenía la fuerza para defenderme de ese hombre, pero mi Padre Celestial proporcionó lo que me faltaba.

Mucho después, cuando llegué a ser esposo, padre y hombre de negocios, se me invitó a asistir a un almuerzo con el presidente de la República de Guatemala. Me encontraba en una sala con muchos otros invitados; cuando entró el presidente, los meseros sirvieron el licor para que todos pudiesen hacer un brindis. Yo cubrí mi copa con la mano, y el presidente dijo: “Señor Pérez, ¿no me acompañará en este brindis?”.

Respondí: “Señor presidente: si me está preguntando si le deseo éxito en su gobierno, se lo desearé; pero si me está preguntando si beberé vino, no lo haré. Soy miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y si eso presenta algún problema, me retiraré ahora mismo.

Él dijo: “No, no”; tomaron el licor y nos sentamos. Más tarde, el presidente dijo: “Cuénteme algo sobre su iglesia”, y lo hice.

No importa dónde nos encontremos ni con quién estemos, siempre podemos defender nuestros principios. Si tomamos una firme decisión de una vez por todas, cuando surjan las tentaciones no nos detendremos a pensar: “¿Qué voy a hacer?” o “¿Qué es lo que no voy a hacer?”. La decisión ya se habrá tomado.

Nunca estamos solos. A pesar de que Sus creaciones sean tan enormes, nuestro Padre Celestial sabe de la existencia de ustedes y de la mía. Él conoce nuestros corazones; Él conoce nuestros pensamientos; Él nos ha dado Su perfecto plan de felicidad porque nos ama, y siempre busca la manera de bendecirnos.