La mantequillera


“…de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti” (Génesis 28:22).
Basado en una historia verdadera

“Aquí viene el resto de la familia”, le dijo Athena a su madre. “¡Llegan justo a tiempo para tu cena de cumpleaños!”

“Por favor, pon en la mesa el florero con las flores, y la mantequillera”, le dijo su madre. Cuando Athena colocó en la mesa el hermoso platillo de cristal cortado, los rayos del sol brillaron a través de él, dibujando un arco iris en las paredes. La madre acarició con un dedo el delicado diseño de cristal y, cerrando los ojos, volvió a revivir la historia que había oído tantas veces.

Louisa Bishop, de doce años de edad, meció suavemente a su hermanita, Emma, en la vieja mecedora tallada a mano. Su madre se encontraba en cama, con la cara casi tan pálida como las almohadas blancas. Los niños habían contraído una enfermedad fatal, llamada difteria, lo que había causado la muerte de tres de los cinco hermanitos de Louisa. Su madre, que se encontraba sumamente cansada debido a tanto trabajo y a la angustia que sentía, también había enfermado. Precisamente cuando parecía que la felicidad nunca volvería a ser parte de esa familia, había nacido la pequeña Emma. Una vez que se recuperó, Louisa cuidó tiernamente a su hermanita, a fin de que su madre pudiera descansar y mejorarse. Emma también adoraba a su hermana mayor.

Con el paso de los años, Emma y Louisa se hicieron muy amigas; para cuando Emma cumplió once años, Louisa ya se había casado y su esposo se había ido a cumplir una misión en Inglaterra. A Emma le encantaba ir todos los días a la cabaña de Louisa para ayudarla.

Un día, Emma dejó de barrer y observó calladamente mientras Louisa vaciaba la mantequilla de la brillante mantequillera en un recipiente. “Espero que no vaya a hacer lo que me temo que está pensando hacer”, pensó Emma.

Louisa se acercó a donde estaba una vasija grande, puso en ella un poco de agua limpia de una jarra, y con mucho cuidado lavó la mantequillera y la puso a secar encima de un paño de cocina. Volviéndose a Emma, le dio el recipiente con la mantequilla y dijo: “Querida Emma, necesito que le lleves esto al obispo y pagues mi diezmo”.

Emma se cruzó de brazos y se negó con la cabeza. “¡No lo haré!”, exclamó. “Tú necesitas esa mantequilla mucho más que el obispo”.

La boca de Louisa tomó un aspecto de seriedad, pero los ojos le brillaban con cierto tono de gracia. “Emma”, dijo con un leve regaño, “el diezmo es una ley que se debe cumplir. Si estoy dispuesta a permitir algo tan difícil como dejar que mi esposo sirva en una misión en un lugar tan lejano, entonces puedo hacer algo tan insignificante como privarme de un poco de mantequilla”.

Emma no estaba convencida. “Pero eso ya es mucho, cuando tienes tan poco”.

“No te preocupes”, le dijo Louisa con una sonrisa. “Tengo fe en que el Señor proveerá”.

Emma se quedó viéndola fijamente y notó que los ojos de su hermana brillaban por las lágrimas. ¡Louisa de verdad creía lo que decía! Emma tomó el recipiente con la mantequilla y salió sin decir otra palabra, a pesar de que seguía dudando.

Al volver a la cabaña de Louisa, Emma se detuvo en el umbral y se quedó viendo, sin poder creerlo. La mantequillera estaba otra vez sobre la mesa ¡con mantequilla adentro! En los ojos se reflejaba la pregunta que sus labios no podían articular: ¿De dónde había provenido la mantequilla?

Louisa sonrió. “Te dije que el Señor proveería”, dijo, y sacó del gabinete un platillo limpio donde puso la mantequilla. Después, se volvió de nuevo hasta la pila para lavar los platos, llenó el recipiente con agua limpia y lavó la hermosa mantequillera de cristal y la tapadera; pero en vez de colocarlas encima de una toalla de cocina para que se secaran, ella misma las secó y se las dio a Emma.

“Quiero regalártelas”, dijo, “y cada vez que las veas, quiero que recuerdes que el Señor siempre nos cuidará si guardamos Sus mandamientos. Recuérdalo, Emma: el diezmo es lo primero”. A Emma se le humedecieron los ojos por las lágrimas al aceptar la mantequillera.

Emma recordó toda su vida la lección que había aprendido. Cada año, cuando su familia se reunía para celebrar su cumpleaños, ella contaba el relato. Tras la muerte de Emma, la mantequillera fue pasando de generación en generación, y todos los que admiraban la mantequillera oían la historia de cómo Emma aprendió a pagar siempre su diezmo.

Adaptado del diario de James Richard Lofthouse, el hijo de Emma.

“Paguen siempre los diezmos, y dejen el desenlace en manos del Señor”.

Élder Joseph B. Wirthlin, del Quórum de los Doce Apóstoles, “Deudas terrenales y deudas celestiales”, Liahona, mayo de 2004, pág. 41.