Mensaje de la Primera Presidencia

Creo en estos Tres


Gordon B. Hinckley

Creo en estos Tres

Ciertamente, el primer Artículo de Fe es conocido por todos los miembros de la Iglesia y es el eje mismo de nuestra religión. Resulta significativo el hecho de que al poner por escrito los elementos principales de nuestra doctrina, el profeta José Smith haya colocado éste en el número uno:

“Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en Su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo” (Los Artículos de Fe 1:1).

La preeminencia que dio a esa declaración está de acuerdo con otra afirmación que hizo el Profeta cuando dijo:

“El primer principio del evangelio es saber con certeza la naturaleza de Dios” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 427).

Esas declaraciones sumamente importantes y que todo lo abarcan están en armonía con las palabras que el Señor pronunció en Su grandiosa oración intercesora:

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

Hace algunos años, recuerdo haber leído un folleto escrito por un crítico, un enemigo de la Iglesia cuyo deseo era minar la fe de los débiles y de los indoctos. En dicho folleto se expresaban falsedades que se habían repetido durante más de un siglo y en él supuestamente se daba una explicación de lo que ustedes y yo creemos como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Sin desear entrar en discusión con ninguno de nuestros amigos de otras religiones, a muchos de los cuales conozco y por quienes siento gran estimación, aprovecho esta oportunidad para dejar bien clara mi postura sobre la más importante de todas las cuestiones teológicas.

Creo sin vacilación ni duda en Dios, el Eterno Padre. Él es mi Padre, el Padre de mi espíritu y el de los espíritus de todos los seres humanos. Es el gran Creador, el Gobernante del universo. Él dirigió la Creación de esta tierra en la que vivimos; el hombre fue creado a Su imagen. Es un Ser personal; es real; es individual y “tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre” (D. y C. 130:22).

A Su imagen

Según el relato de la creación de la tierra, “dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis 1:26).

¿Podrían haber sido más explícitas las palabras? ¿Acaso degrada en algo a Dios, como algunos quieren hacernos creer, el hecho de que el hombre haya sido creado en Su precisa imagen? Por el contrario, esta idea debería hacer surgir en el corazón de todo hombre y toda mujer un mayor aprecio por sí mismos, por ser hijo o hija de Dios. Las palabras de Pablo a los santos de Corinto se aplican tanto a nosotros hoy, como se aplicaban a aquellos a quienes él las escribió. Él dijo:

“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

“Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16–17).

Recuerdo una ocasión, hace más de setenta años, cuando era misionero, en que me hallaba hablando en una reunión al aire libre en Hyde Park, Londres. Mientras presentaba el mensaje, un provocador me interrumpió, diciendo: “¿Por qué no se limita a enseñar la doctrina de la Biblia, de lo que se dice en Juan: ‘Dios es Espíritu’?”.

Abrí la Biblia en el versículo que él había citado y se lo leí por completo:

“Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24).

Después le dije: “Por supuesto que Dios es un espíritu, y también lo es usted, una combinación de espíritu y cuerpo que lo hace un ser viviente; y también lo soy yo”.

Cada uno de nosotros es un ser que tiene tanto una entidad espiritual como una entidad física. Todos saben de la realidad de la muerte cuando el cuerpo muere; y cada uno de nosotros sabe también que el espíritu continúa viviendo como entidad individual y que, en un momento dado, gracias al plan divino hecho posible por el sacrificio del Hijo de Dios, habrá una reunión de espíritu y cuerpo. La declaración de Jesús de que Dios es espíritu no es una negación de que Él tiene un cuerpo, como tampoco lo es la declaración de que yo soy espíritu al mismo tiempo que tengo cuerpo.

No comparo mi cuerpo con el de Él en refinamiento, capacidad, belleza y fulgor. El Suyo es eterno; el mío es mortal. Pero ese concepto hace que aumente la reverencia que siento por Él. Lo adoro “en espíritu y en verdad”; acudo a Él, que es la fuente de mi fortaleza; oro a Él para pedirle una sabiduría muy superior a la mía; y procuro amarlo con todo mi corazón, alma, mente y fuerzas. Su sabiduría es mucho más grande que la de todos los hombres; Su poder es mayor que el de la naturaleza, porque Él es el Creador Omnipotente; Su amor es más grandioso que cualquier otro amor, porque el Suyo abarca a todos Sus hijos, y porque Su obra y Su gloria es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de Sus hijos e hijas de todas las generaciones (véase Moisés 1:39).

Nuestro Padre Todopoderoso

Él “de tal manera amó… al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Éste es el Todopoderoso ante quien me siento lleno de asombro y reverencia. Es a Él a quien contemplo con temor y con temblor. Es a Él a quien adoro y a quien rindo honor, alabanza y gloria. Es mi Padre Celestial, que me ha invitado a acercarme a Él en oración, a hablar con Él, ofreciéndome la promesa segura de que me escuchará y me responderá.

Le doy gracias por la luz, el conocimiento y la comprensión que ha concedido a Sus hijos. Le agradezco Su voz, la cual ha hablado la verdad eterna con poder y con promesa. Le agradezco Su declaración en el momento del bautismo de Su Hijo Amado en las aguas del Jordán, cuando se oyó Su voz diciendo: “…Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17).

Le doy gracias por Sus palabras similares en el Monte de la Transfiguración, al hablar otra vez a Jesús y a Sus Apóstoles, y también a ángeles, cuando “seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto;

“y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.

“Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él.

“Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.

“Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mateo 17:1–5).

Le doy gracias por esa voz que nuevamente se oyó cuando presentó al Señor resucitado a la gente del hemisferio occidental, y se oyó la voz de Dios que decía: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd” (3 Nefi 11:7).

Me siento lleno de asombro y reverencia y gratitud por Su aparición en esta dispensación cuando, al presentar al Señor resucitado a aquel que lo había buscado por medio de la oración, el Padre declaró: “…Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” (José Smith—Historia 1:17).

Su Primogénito

Creo en el Señor Jesucristo, el Hijo del Dios eterno y viviente. Creo en Él como Primogénito del Padre y el Unigénito del Padre en la carne. Creo en Él como persona individual, separada y distinta de Su Padre. Creo en las palabras de Juan, que inicia su Evangelio con esta magnífica expresión:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

“Este era en el principio con Dios…

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros… (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1–2, 14).

Creo que Él nació de María, por el linaje de David, como el Mesías prometido; que Él fue, ciertamente, engendrado por el Padre, y que Su nacimiento fue el cumplimiento de esta grandiosa declaración profética de Isaías:

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

Creo que en Su vida terrenal Él fue el único hombre perfecto que ha andado sobre la tierra. Creo que en Sus palabras se hallan esa luz y esa verdad que, si se siguieran, salvarían al mundo y traerían la exaltación a la humanidad. Creo que en Su sacerdocio radica la autoridad divina, el poder de bendecir, de sanar, de gobernar los asuntos terrenales de Dios, el poder de atar en los cielos aquello que se ate en la tierra.

Creo que por medio de Su sacrificio expiatorio, de la ofrenda de Su vida en el Calvario, Cristo expió los pecados de la humanidad aliviándonos de la carga del pecado si abandonamos el mal y lo seguimos a Él. Creo en la realidad y en la potestad de Su Resurrección. Creo en la gracia de Dios manifestada por medio de Su sacrificio y redención, y creo que, mediante Su expiación y sin que tengamos nosotros que pagar ningún precio, a cada uno se le ofrece el don de la resurrección de los muertos. Y más aún, creo que por ese sacrificio, a todo hombre y mujer, a todo hijo e hija de Dios, si escucha y obedece Sus mandamientos, se le ofrece la oportunidad de la vida eterna y de la exaltación en el reino de nuestro Padre.

Salvador y Redentor divino

Ninguno tan grandioso ha caminado jamás por esta tierra. Ningún otro ha hecho un sacrificio comparable ni brindado una bendición similar. Él es el Salvador y el Redentor del mundo. Yo creo en Él. Declaro Su divinidad sin vacilación ni transigencia. Lo amo. Pronuncio Su nombre con reverencia y admiración. Lo adoro, como adoro a Su Padre, en espíritu y en verdad. Le doy las gracias y me arrodillo frente a Sus pies, Sus manos y Su costado heridos, asombrado ante el amor que Él me ofrece.

Gracias a Dios por Su Hijo Amado, que hace mucho tiempo extendió la mano y dijo a cada uno de nosotros:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;

“porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28–30).

Él vive; es las primicias de la Resurrección. Sé que vive hoy con la misma realidad, la misma autenticidad, la misma individualidad con que vivía cuando, siendo el Señor resucitado, invitó a Sus desanimados discípulos diciendo: “…Venid, comed…

“y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado” (Juan 21:12–13).

Las Escrituras nos hablan de otras personas a quienes Él se mostró y con quienes habló como el Hijo de Dios resucitado y viviente.

De igual manera, apareció en esta dispensación y los que lo vieron declararon:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

“Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;

“que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:22–24).

Éste es el Cristo en quien yo creo y de quien testifico.

El Espíritu Santo

Ese conocimiento proviene de la palabra de las Escrituras y ese testimonio se recibe por el poder del Espíritu Santo; es un don, sagrado y maravilloso, que recibimos por revelación del tercer miembro de la Trinidad. Creo en el Espíritu Santo como Personaje de espíritu que ocupa Su lugar con el Padre y el Hijo, siendo los tres los miembros que constituyen la divina Trinidad.

La importancia del lugar que le corresponde es obvia en las palabras del Señor, cuando dijo:

“…Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu [Santo] no les será perdonada.

“A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo 12:31–32).

En la conversación que tuvo lugar entre Pedro y Ananías cuando éste se guardó una parte del pago que había recibido por la venta de un terreno, es evidente que en tiempos antiguos se reconocía al Espíritu Santo como miembro de la Trinidad.

“Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo…? …No has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hechos 5:3–4).

El Espíritu Santo es el tercer miembro de la Trinidad, el Consolador prometido por el Salvador que enseñaría a Sus seguidores todas las cosas y les haría recordar todas las cosas, todas las que Él les había dicho (véase Juan 14:26).

El Espíritu Santo es el testigo de la verdad, el que puede enseñar a los seres humanos lo que ellos no pueden enseñarse unos a otros. En sus grandiosas palabras, que representan un desafío, Moroni promete un conocimiento de la verdad del Libro de Mormón “por el poder del Espíritu Santo”. Y luego afirma: “y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:4–5).

Yo creo que disponemos de ese poder, de ese don, en la actualidad.

Tres Seres distintos

En consecuencia, yo creo en Dios el Eterno Padre y en Su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo.

Me bauticé en el nombre de cada uno de esos tres Personajes; me casé en el nombre de cada uno de Ellos. No tengo ninguna duda en cuanto a que son personas reales e individuales. Esa condición de seres individuales se hizo patente cuando Juan bautizó a Jesús en el Jordán. Allí, en el agua, se encontraba el Hijo de Dios; la voz de Su Padre se dejó oír proclamando Su divinidad filial, y el Espíritu Santo se manifestó en forma de paloma (véase Mateo 3:16–17).

Sé que Jesús dijo que cualquiera que lo hubiera visto a Él había visto a Su Padre. ¿No podría decirse lo mismo de los muchos hijos que se parecen a su padre?

Cuando Jesús oró al Padre, ¡ciertamente no se estaba orando a Sí mismo!

Son Seres distintos y separados, pero son uno en propósito y esfuerzo, y están unidos y son uno para llevar a cabo el grandioso y divino plan para la salvación y la exaltación de los hijos de Dios.

En la magnífica y conmovedora oración que ofreció en el huerto antes de la traición, Cristo rogó al Padre por los Apóstoles, a quienes amaba, diciendo:

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos,

“para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:20–21).

Esa perfecta unión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es lo que liga a los tres en la unidad de la divina Trinidad.

Milagro de milagros y maravilla de maravillas, Ellos tienen interés en nosotros y somos el centro de Su mayor atención; están disponibles para cada uno de nosotros. Nos acercamos al Padre por medio del Hijo, que es nuestro intercesor ante el trono de Dios. Y qué maravilloso es que podamos hablar al Padre en el nombre del Hijo.

Expreso mi testimonio de estas grandes y trascendentales verdades. Y lo hago por el don y el poder del Espíritu Santo, en el sagrado nombre de Jesucristo.

Ideas para los maestros orientadores

Una vez que se prepare por medio de la oración, comparta este mensaje empleando un método que fomente la participación de las personas a las que enseñe. A continuación se citan algunos ejemplos:

  1. 1.

    Pida a los miembros de la familia que repitan el primer Artículo de Fe y analicen la naturaleza y la función divina de cada miembro de la Trinidad. Relate la experiencia misional que el presidente Hinckley tuvo sobre la naturaleza de Dios e invite a los integrantes de la familia a compartir su testimonio de un miembro de la Trinidad.

  2. 2.

    Antes de la visita, prepare tres tiras de papel. En cada una escriba una palabra, una frase o un pasaje de las Escrituras del artículo que se refiera a un miembro de la Trinidad. Durante la visita, lea los papeles y pida a la familia que trate de determinar a qué miembro de la Trinidad se refiere cada descripción; luego comparta el testimonio del presidente Hinckley sobre cada uno de Ellos.

  3. 3.

    Lea los comentarios del presidente Hinckley sobre la naturaleza personal de Dios e invite a la familia a compartir momentos en los que hayan sentido una cercanía similar. Hablen de cómo pueden fortalecer su testimonio de los integrantes de la Trinidad.