Haciendo surf en zonas prohibidas


La corriente nos tenía a su merced y nos llevaba hacia rocas peligrosas.

En un reciente viaje a Hermanus, Sudáfrica, aprendí la importancia del albedrío. Esa pequeña ciudad costera está a unos 90 minutos por carretera de Ciudad del Cabo, y es una de las muchas hermosas ciudades con playa que hay a lo largo de la costa. El oleaje se dejaba ver mientras me encaminaba hacia la playa para ir a hacer surf con un amigo.

Una vez que descargamos las tablas de surf, me paré sobre la blanca arena caliente y observé con detenimiento la playa, entrecerrando los ojos por el sol y sin dar crédito a lo que veía. El socorrista ya había colocado las banderas que demarcan la zona para nadar, pero estaban ¡a menos de 50 metros de distancia entre sí! La playa tenía cientos de metros de largo y todas las olas buenas estaban fuera de la zona de natación. ¿Cómo podía pretender que la gente nadara entre esas dos banderas de rayas rojas y amarillas? ¿No sería que, por perezoso, no tenía deseos de vigilar toda la playa?

Mi amigo y yo somos muy buenos nadadores, así que decidimos dirigirnos al lado derecho de la zona delimitada por las banderas. Mientras caminaba por el agua espumosa, sentía en las piernas el fuerte arrastre de la corriente, pero como aún podía mantenerme en pie, seguí avanzando. Cuando llegué a un lugar lo suficientemente profundo, me subí a la tabla y remé con las manos hacia el oleaje. Las olas seguían llegando e hicimos surf durante un rato; disfrutamos mucho subir sobre las olas y vernos el uno al otro.

Me di vuelta para mirar la playa y advertí que me estaba alejando con rapidez del lugar donde había empezado. ¡Las banderas estaban muy lejos! Lo que ignoraba y no veía era que en el suelo del océano había una gran barra de arena y que, según llegaba la marea, el agua batía los lados de la barra, lo que generaba una potente corriente a ambos lados del área marcada con las banderas. El socorrista lo sabía, ya que había estado sentado allí el día entero observando el agua, por lo que conocía el lugar seguro para nadar.

Di vuelta a la tabla y comencé a remar para volver a la zona de natación. Remé con todas mis fuerzas, pero no había manera de nadar contra la intensa corriente. ¡Cada vez me alejaba más hacia alta mar! Lleno de pánico, me bajé de la tabla e intenté caminar. Mis pies apenas tocaban el suelo y sentía la arena que me pasaba por entre los dedos de los pies. No podía mantenerme firme contra las miles de toneladas de agua que pasaban a mi lado, así que tuve que volver a subirme a la tabla, permaneciendo allí, impotente y a la deriva. Le hice señales a mi amigo para que me ayudara, pero él se encontraba en la misma situación.

“¿Me salvaría el socorrista, a pesar de que no había hecho caso a su advertencia?”, me preguntaba. Había tomado la decisión de nadar en la zona prohibida y ahora tenía que hacer frente a las consecuencias: la pérdida del control. Estaba a merced de fuerzas mucho más fuertes que la mía. Mi única esperanza era que una ola me llevara de nuevo a la playa, antes de ser arrastrado hasta las cortantes rocas que estaban al final de la misma. Por fin, llegó una ola y logré llegar a la orilla, al igual que mi amigo.

Un tanto avergonzados, regresamos a la zona de natación y disfrutamos del resto del día haciendo surf entre las banderas. Cada vez que uno de los dos comenzaba a acercarse a la orilla de la zona de natación, el otro le advertía que regresara.

Nuestro Padre Celestial nos ha dado profetas, líderes de la Iglesia y padres que colocan banderas en la playa para que distingamos en qué lugares se puede nadar sin peligro. Él sabe dónde se encuentran las zonas peligrosas y lo que nos puede suceder si las frecuentamos. Por ello, nos manda que permanezcamos entre las banderas, pero nos deja tomar la decisión sobre dónde deseamos nadar. Quizá nos parezca que la zona designada es demasiado estrecha o aburrida, pero esas banderas están ahí por alguna razón.

A veces decidimos adentrarnos en la zona prohibida para la natación porque consideramos que podemos hacerle frente a la fuerte atracción de la tentación. Otras veces terminamos dejándonos arrastrar hacia zonas peligrosas porque no tenemos el suficiente cuidado. En cualquier caso, terminamos quedando a merced de una fuerza más potente que nosotros mismos y nuestro albedrío queda restringido: quedamos atrapados, perdemos el control de nuestros actos y ponemos en peligro nuestra vida espiritual.

Nuestros padres y líderes de la Iglesia harán todo lo que esté dentro de sus posibilidades por rescatarnos si quedamos atrapados en la potente marea del pecado, pero a veces no pueden hacer nada por nosotros. Los que nadan en la zona segura pueden pasar el día entero nadando sin sentir nunca la pérdida del control ni sentir temor de perder la vida.

El rey Benjamín advirtió a su pueblo: “…si no os cuidáis a vosotros mismos, y vuestros pensamientos, y vuestras palabras y vuestras obras, y si no observáis los mandamientos de Dios ni perseveráis en la fe… aun hasta el fin de vuestras vidas, debéis perecer. Y ahora bien, ¡oh hombre!, recuerda, y no perezcas” (Mosíah 4:30).