La adicción de mi esposo


Cuando mi esposo se vio atrapado por la pornografía, descubrí que había determinadas cosas que yo podía hacer para ayudarle.

Cuando me enteré de que mi amado compañero eterno se había dejado atrapar por la pornografía, sentí el dolor intenso que sufre una mujer en una situación así. Es un sentimiento de profundo padecimiento del alma, de traición y de angustia espiritual. Es como si las raíces mismas del preciado matrimonio eterno hubieran sido arrancadas del suelo del Evangelio, donde estaban seguras y protegidas y, por haber quedado expuestas a todos los elementos, hubieran comenzado a marchitarse y a secarse. Se experimenta un sentimiento de pánico; se esfuman la seguridad y la paz de la relación matrimonial. Se dañan profundamente la confianza, el respeto, el honor, el amor y el sacerdocio.

Desde hacía varios meses yo había notado que algo no estaba bien. Mi marido y yo siempre habíamos sido muy unidos y el nuestro era un matrimonio muy feliz; pero en esos días había entre nosotros una distancia emocional, un tipo de barrera.

Mi esposo sentía amor por el Evangelio y había sido fuerte y fiel, pero ahora parecía haberse distanciado del Señor. Era como si hubiera perdido el deseo de tomar la Santa Cena y de ir al templo. Casi nunca lo veía arrodillado en oración privada y no se mostraba interesado en nuestras oraciones familiares ni en el estudio de las Escrituras. Había como una oscuridad alrededor de su persona y daba la impresión de que se sentía muy desdichado, incluso como si llevara un enojo en su interior.

Yo tenía mucho miedo —por él y por nosotros— porque sospechaba que se hubiera metido en los sitios de pornografía del Internet. Había estado pasando mucho tiempo a solas en su oficina, con el Internet, especialmente hasta altas horas de la noche, y mantenía su computadora protegida con una contraseña secreta. Traté de hablarle del problema, aun cuando no tenía ni idea de cómo enfrentarlo; pero él negó con vehemencia que hubiera un problema, atribuyendo su conducta a presiones laborales.

De vez en cuando yo le leía algo que habían dicho las Autoridades Generales sobre los males de la pornografía y él expresaba su acuerdo total haciendo incluso comentarios perceptivos. Y me aseguraba que me amaba. No obstante, no podía sacarme de encima la convicción de que existía un problema serio. Aunque oraba por él y mantenía su nombre en la lista de oración del templo, sentía que mi preciado compañero estaba apartándose del puerto seguro del Evangelio.

En busca de la ayuda divina

Al fin, creyendo que es cierto lo de “pedid y recibiréis” que dicen las Escrituras (véase, por ejemplo, Juan 16:24; 3 Nefi 27:29), me acerqué al Padre Celestial suplicándole que me hiciera saber cuál era el problema. No me fue fácil, puesto que si era lo que yo sospechaba, no sabía cómo iba a enfrentar el asunto. Tenía toda mi esperanza puesta en que no fuera pornografía, pero sabía que, fuese cual fuese la dificultad, el Padre Celestial nos ayudaría, a mi marido y a mí. Le pedí humildad y valor para cambiar yo misma en cualquier aspecto que fuera necesario; le dije cuánto amaba a mi marido y cuánto deseaba que nuestro matrimonio fuese feliz y eterno. Le prometí ir al templo todas las semanas ayunando por mi compañero.

A las pocas semanas, él cayó enfermo de gripe y se fue a la cama, dejando la computadora encendida. Cuando fui a apagarla, de pronto sentí que debía fijarme en lo que allí había. Y encontré pornografía.

En medio de la invasión de sentimientos que me abrumó, supe que mi descubrimiento era la respuesta a mis oraciones. No sé cuánto tiempo estuve arrodillada ni cuánto rato tuve la cara bañada por las lágrimas, pero al volcar mi corazón al Padre Celestial, se me empezó a llenar el alma del consuelo que se recibe por motivo de la expiación de nuestro Salvador y sentí que se levantaba la carga de dolor y de temor que había llevado. Tuve en la mente y en el corazón nuevas percepciones espirituales; me di cuenta de que mi esposo y yo, y nuestro matrimonio eterno, eran preciosos para nuestro Padre Celestial; y supe que Él nos ayudaría.

Que nos ayudaría; se trataba de nosotros. Comprendí con absoluta claridad que aquél no era un problema de mi esposo solamente. No podía y no debía esperar pasivamente que él resolviera solo el problema; yo debía tener participación activa en esa batalla. No sería fácil, pero si continuaba siendo fiel y obediente, y confiaba en el Señor, no tendría que luchar sola.

Al orar, vi a mi marido en una perspectiva diferente, una perspectiva iluminada. Sabía que él había vencido ya mucha adversidad en su vida, y en ese momento veía que él estaba dispuesto a luchar por su vida eterna y por nuestro matrimonio celestial. Vi que en el fondo permanecían su amor y fe en el Padre Celestial y en el Salvador, y su amor por mí; pero también percibí que no siempre le era fácil desarrollar amor, fe y confianza.

Me di cuenta de que debía ayudarle a aumentar su confianza en el Padre Celestial y en el Salvador. Esa confianza le daría la fuerza para enfrentar su adicción directamente, acercándose al Padre Celestial por medio de la oración humilde para pedir perdón, fortaleza y liberación de aquel demonio que lo había atrapado.

La obediencia a la guía del Señor

Fortalecida por el Señor, comencé a ponerme en acción, paso a paso. Suspendí el servicio de Internet con la fuerte impresión de que si mi esposo iba a sanar, era necesario que se alejara de la tentación. Otras personas que se encuentren en la misma situación quizás reciban una respuesta diferente; pero para nosotros, el suspender ese servicio por una temporada fue una gran bendición. Una vez que estuvo apartado de la tentación durante unos cuantos días, reconoció cuánto le había ayudado eso; me dijo que había tratado de librarse de ese pecado sin ayuda, pensando que era bastante fuerte para hacerlo. Pero al fracasar, se sintió avergonzado y trató de ocultarlo a mí y a Dios. Pero en ese momento se sentía con esperanzas. Lloramos juntos y oramos juntos.

Pedimos a un querido amigo, el mismo que lo había bautizado años antes, que le diera una bendición del sacerdocio. En ella, a mi esposo se le aseguró varias veces que el Señor lo amaba. Se le aconsejó que confiara en mí y se le bendijo con la capacidad de distinguir lo bueno de lo malo, lo cual fue de gran ayuda puesto que la pornografía distorsiona el juicio moral de las personas.

Aquella bendición nos fortaleció a los dos. Yo continué aumentando mis propios esfuerzos espirituales: ayunar seguido, orar mucho, ir al templo y sumergirme en las Escrituras, especialmente en el Libro de Mormón. Nuestro estudio de las Escrituras y nuestras oraciones juntos empezaron a ser agradables otra vez.

Era consciente de que debía adquirir conocimiento por mis propios medios, así como por la oración, y leí todo lo que pude encontrar de las Autoridades Generales sobre la pornografía; también leí publicaciones escritas por profesionales Santos de los Últimos Días. Mi esposo y yo asistimos a sesiones de consejo con los líderes del sacerdocio, que nos alentaron a seguir con nuestros esfuerzos y expresaron fe en que ganaríamos esa batalla.

Tuve la impresión de que debía hablar francamente con mi esposo. Nunca le resté importancia a su pecado ni inventé ninguna excusa por lo que había hecho. Siempre le hablé del asunto sólo de acuerdo con lo que había sentido al orar y sólo cuando me parecía el momento adecuado. ¡Recibí tanta guía e inspiración!

Si mi dolor reaparecía —y así era de vez en cuando, sobre todo al principio—, le hablaba de ello al Padre Celestial en mi oración. Redoblé mis esfuerzos por demostrar a mi marido que mi amor por él era profundo. Él tenía que saber que formábamos un equipo y que juntos pelearíamos contra el enemigo; que su esposa, su mejor amiga, estaría firme junto a él. ¡Qué dulce fue la experiencia de ver cómo el proceso del arrepentimiento le devolvía la luz!

Lo amaba por saber que era un hombre fuerte y bueno. Lo que había leído me había hecho saber que la pornografía priva a la persona del sentido de su propio valor, por lo que hice todo lo posible por que recobrara la fe en sí mismo. También aprendí a estar más dispuesta que antes a reconocer mis faltas y debilidades ante él, y pedirle consejo más a menudo. Me sentí humilde y agradecida por su percepción y su apoyo. Eso nos fortaleció a ambos.

Me esforcé más por contarle muchas experiencias positivas y agradables. Quería ayudarle a sentir la luz del Evangelio para que experimentara y saboreara la diferencia. Hacíamos juntos muchas caminatas y salíamos a pasear en auto, tranquilos y disfrutando de la belleza de las creaciones de Dios. Yo pensaba que eso lo fortalecería para enfrentar la tentación, si volvía a presentársele, y nos ayudaría a concentrarnos otra vez en lo bueno y lo hermoso.

La recaída

Justamente en ese entonces la compañía en la que él trabajaba empezó a marchar mal y a encaminarse hacia la bancarrota; en consecuencia, muchos perdieron el empleo, entre ellos mi marido. Eso fue emocionalmente devastador para él, a pesar de que teníamos confianza de que, con su experiencia y habilidades, pronto encontraría otro trabajo.

Nos equivocamos. Pasaron los meses y no consiguió nada; así se le hizo más difícil evitar el desaliento. Quedó entonces muy vulnerable. Yo lo sabía, pero no sabía qué otra cosa podíamos hacer. Habíamos renovado el servicio de Internet, pero con un filtro. Mientras yo trabajaba, él se quedaba solo en casa y pasaba largo tiempo en el Internet buscando trabajo. Un día invalidó el filtro. ¡No den nunca por sentado que una persona que conoce computación no puede suprimir cualquier filtro! Muy pronto descubrí que había reincidido y eso al principio me asustó. ¿Tendríamos que empezar todo de nuevo? Después me di cuenta de que mi marido había dejado a propósito que lo descubriera, porque realmente deseaba vencer el problema. Volvimos a llorar juntos y a orar juntos, y nos acercamos más aún el uno al otro.

Al orar, volví a sentir aquella seguridad tranquilizadora que ya conocía. Sentí que venceríamos otra vez la dificultad. Nos dimos cuenta de que esa adicción era más fuerte de lo que habíamos pensado y, por consiguiente, mi esposo accedió a utilizar el Internet sólo cuando los dos estuviéramos en casa. Y hasta que él se sintiera más fuerte, solamente yo sabría la contraseña.

Una gran bendición que recibimos entonces fue que él encontró un trabajo provisional que lo condujo al buen empleo que ahora tiene. Se sintió agradecido por esa bendición, que consideró una evidencia de las entrañables misericordias del Padre Celestial hacia él.

Después de que se hubo mantenido alejado de la pornografía bastante tiempo, de acuerdo con lo que el obispo había establecido, se le renovó la recomendación para el templo. Aun cuando sin duda había probado el amargo sabor del pecado, el gozo que sintió por su arrepentimiento fue tan intenso y dulce como lo describe Alma (véase Alma 36:21). Todavía recuerdo su paso ligero y feliz al salir de la oficina del obispo. Se le había aliviado de una carga muy pesada.

La gratitud por las bendiciones

Al escribir todo esto, años más tarde, mi corazón todavía se inunda de gratitud por las muchas bendiciones que recibimos con aquella experiencia. El amor que mi esposo siente por el Padre Celestial y el Salvador ha crecido inmensurablemente, así como su fe. Es también más humilde. Ambos sentimos un aprecio mayor por la expiación del Salvador. Habiendo podido apoyarnos en el Padre Celestial y en el Salvador, vencimos a un Goliat real y poderoso. Ahora enfrentamos el futuro tomados de la mano sabiendo que, con confianza en el Señor, podemos vencer todas las cosas.

La confianza en Dios

“Confiar en Dios y en Su disposición para brindar ayuda cuando sea necesario, no importa cuán difícil sea la circunstancia…

“Tu tranquilidad, tu convicción respecto a las respuestas sobre problemas desconcertantes y tu gozo supremo dependen de tu confianza en el Padre Celestial y en Su Hijo Jesucristo”.

Élder Richard G. Scott, del Quórum de los Doce Apóstoles. Véase “El poder sustentador de la fe en tiempos de incertidumbre y de pruebas”, Liahona, mayo de 2003, pág. 78).