William R. Walker

El quinto Artículo de Fe declara una creencia fundamental de los Santos de los Últimos Días: debemos ser llamados “por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad…”

La mayoría de los miembros de la Iglesia han tenido la experiencia de ser invitados por el obispo o el presidente de la rama a su oficina, donde han recibido un llamamiento. Muchos de nosotros hemos orado a fin de tener la fe y el valor para aceptarlo, porque creemos que nuestros líderes han sido inspirados y han buscado por medio de la oración la dirección de nuestro Padre Celestial.

Hay quienes encuentran interesante el hecho de que no nos nominemos para prestar servicio en los cargos para los cuales nos creemos mejor capacitados. Sin embargo, la manera exclusiva en la que se llama a los Santos de los Últimos Días a prestar servicio en el reino es una característica distintiva de la Iglesia del Señor.

Los principios que se mencionan a continuación pueden ayudarnos a comprender la forma en que podemos servir eficazmente en nuestros llamamientos.

“No interesa dónde sirvamos sino cómo lo hagamos”

La disposición que tengamos para prestar servicio en los llamamientos que recibamos, sean cuales sean, es un reflejo de nuestra dedicación al Señor. Como lo enseñó el presidente J. Reuben Clark, hijo (1871–1961), de la Primera Presidencia: “Cuando servimos al Señor, no interesa dónde sirvamos sino cómo lo hagamos. En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, uno debe aceptar el lugar que se le haya llamado a ocupar y no debe ni procurarlo ni rechazarlo” 1 .

El hermano Dai Endo, de la Estaca Yokohama, Japón, es un ejemplo de alguien cuyas acciones se adhieren fielmente a ese principio. Después de haber prestado servicio durante varios años como consejero de la presidencia de la estaca y luego como presidente de la misma, el hermano Endo fue relevado en el año 2000. Al dar su testimonio en la conferencia de estaca en el momento de su relevo, expresó su amor por los santos y la gratitud que sentía por la bendición de rendirles servicio a ellos y al Señor. Y con una sonrisa dijo: “Probablemente la semana que viene se me llame a trabajar en la Primaria”.

A la semana siguiente, el obispo lo llamó pidiéndole que se reuniera con él y le extendió un llamamiento para ser maestro de la Primaria. El ex presidente de estaca aceptó el llamamiento con humildad y de buena gana. Su disposición a servir no estaba basada en la jerarquía que se le atribuyera al llamamiento sino, en cambio, en el deseo de servir al Señor dondequiera que se le llamara a hacerlo.

Llamados por el Señor

Jesús buscó y llamó a los hombres que iban a ser Sus Doce Apóstoles. Los que prestan servicio en la Iglesia del Señor son llamados siguiendo el mismo modelo.

Una vez tuve la bendición de escuchar al presidente James E. Faust, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, aconsejar a los hijos de unos hermanos que hacía poco habían sido llamados a servir en el obispado de un barrio.

El presidente Faust dijo a aquellos niños: “Miren, quiero que todos ustedes se acuerden de que sus padres no se han ofrecido como voluntarios para estas asignaciones; ninguno puso su nombre en una lista en la que se indicara que se necesitaba un obispado nuevo; tampoco hicieron una campaña con la candidatura para el cargo. Todos fueron llamados. Fueron llamados por el Señor, mediante la inspiración y la revelación, para prestar servicio como nuevo obispado de este barrio. Ellos respondieron al llamado y han expresado su disposición a prestar servicio; y seguirán adelante con la autoridad de Dios”.

Tal como se hace en la Iglesia una y otra vez, los que participaron en el llamamiento de aquellos hombres al obispado procuraron saber la voluntad del Señor y buscaron Su guía durante todo el proceso.

“Usted no las llamó”

En varias oportunidades, el presidente Boyd K. Packer, Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles, ha contado la experiencia que tuvo durante una reunión de capacitación de líderes en la que un obispo comentó que él no había podido conseguir a nadie para ser presidenta de la Primaria de su barrio. Frustrado, el obispo dijo que había hablado con nueve hermanas del barrio y que ninguna había aceptado el llamamiento.

El presidente Packer le dijo que él sabía por qué ninguna de las hermanas había estado dispuesta a prestar servicio: “Es que usted les pidió que lo hicieran, no las llamó”. Y agregó que si el llamamiento se hubiera extendido en la debida forma, no habría sido necesario hacer nueve intentos para conseguir a alguien que lo aceptara.

En el mundo secular no existe nada que se pueda comparar con un llamamiento. El que posee llaves del sacerdocio no pide, ni asigna, ni recluta gente para prestar servicio. Llama a las personas, y el llamamiento proviene del Señor.

El relevo

Tal como somos llamados, así también somos relevados; y del mismo modo en que no hacemos una campaña para conseguir puestos, tampoco renunciamos a ellos ni los abandonamos. Se nos releva por la misma autoridad con que se nos llama.

En 1947, el presidente Ezra Taft Benson (1899–1994), que era entonces miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, llamó a mi abuelo, James H. Walker, para ser presidente de la Estaca Taylor, de Raymond, Alberta, Canadá. Hasta ese momento mi abuela, Fannye Walker, había prestado servicio durante muchos años como presidenta de las Mujeres Jóvenes de la estaca, y le encantaba tener ese llamamiento.

Cuando el entonces élder Benson le extendió el llamamiento al presidente Walker, le dijo a la esposa de éste que no debía continuar como presidenta de las Mujeres Jóvenes de la estaca porque eso no le permitiría apoyar a su marido en sus nuevas responsabilidades y para que otras personas que no fueran de la familia tuvieran la oportunidad de prestar servicio. Mi abuela quedó apesadumbrada; quería a las mujeres jóvenes, disfrutaba de su llamamiento y deseaba continuar prestando ese servicio.

Años después, el presidente Benson me contó esa experiencia: “Tu abuela quedó muy desilusionada cuando la relevamos”, comentó. “Pero la siguiente vez que la vi, me dijo que comprendía y que había aceptado la razón por la que se le había relevado”.

De la misma manera, es preciso que aceptemos de buen grado el relevo de un llamamiento que nos guste y que reconozcamos la inspiración que lo ha motivado.

El compromiso al aceptar

Es extraordinaria la forma en que los miembros fieles de la Iglesia responden a los llamamientos. La historia de la Iglesia está llena de relatos que narran la forma en que han respondido los santos devotos a llamamientos que exigían un considerable sacrificio personal.

El presidente Packer estuvo presente cuando el presidente Henry D. Moyle (1889–1963), de la Primera Presidencia, extendió a un hermano el llamamiento para presidir una de las misiones de la Iglesia. El presidente Moyle le dijo: “No queremos que tome una decisión apresurada. ¿Podría llamarme dentro de uno o dos días, tan pronto como pueda tomar una determinación con respecto a este llamamiento?”.

El presidente Packer relata lo que sucedió:

“El hombre miró a la esposa, quien le devolvió la mirada, y, sin intercambiar palabra, hubo una conversación silenciosa entre marido y mujer, y un asentimiento de cabeza apenas perceptible. Él se volvió al presidente Moyle y le dijo: ‘Bueno, presidente, ¿qué le puedo decir? ¿Qué le diríamos dentro de unos días que no podamos decirle ahora? Se nos ha llamado. ¿Qué respuesta puede haber? Por supuesto, responderemos al llamamiento’.

“A continuación, el presidente Moyle les dijo con suavidad: ‘Y bien, si eso es lo que sienten, debo decirles que éste sí es un asunto de cierta urgencia. Me pregunto si podrían prepararse para partir… digamos, ¿el 13 de marzo?’.

“El hermano nerviosamente tragó saliva: tenían apenas once días hasta esa fecha. Miró a la esposa y hubo entre ellos otra conversación silenciosa; luego dijo: ‘Sí, presidente, estaremos listos para entonces’.

“‘¿Qué va a hacer con su negocio?’, le preguntó el presidente. ‘¿Qué hará con el silo? ¿Cómo se las arreglará con el ganado? ¿Y qué hay de sus otras propiedades?’

“‘No sé’, contestó él, ‘pero de algún modo nos arreglaremos. Todas esas cosas se solucionarán’” 2 .

Ese tipo de urgencia por lo general no existe. Normalmente, aquellos a quienes se llama a cargos similares tienen el tiempo adecuado para poner en orden sus asuntos. En ese caso particular había urgencia, y el matrimonio respondió con fe, devoción y un compromiso total. ¡Qué hermoso ejemplo de la forma en que cada uno de nosotros debería responder a un llamamiento!

El llamamiento que se magnifica

Una de las referencias más importantes que hay en el Libro de Mormón con respecto al hecho de magnificar un llamamiento proviene del profeta Jacob, que escribió esto: “Y magnificamos nuestro oficio ante el Señor…” (Jacob 1:19). En la sección 84 de Doctrina y Convenios, que contiene el juramento y convenio del sacerdocio, dice que los que magnifican su llamamiento “son santificados por el Espíritu” (vers. 33).

Muchos de nosotros hemos tenido dificultad en comprender qué significa magnificar un llamamiento. El presidente Thomas S. Monson, Primer Consejero de la Primera Presidencia, dice:

“¿Qué significa magnificar un llamamiento? Significa edificarlo en dignidad e importancia, hacerlo honorable y digno de elogio a los ojos de todos los hombres, aumentarlo y fortalecerlo para que la luz del cielo brille a través de él a la vista de otros hombres. ¿Y cómo se magnifica un llamamiento? Simplemente llevando a cabo el servicio que le corresponda” 3 .

El élder Henry B. Eyring, del Quórum de los Doce Apóstoles, enseñó cómo recibir guía en nuestros llamamientos:

“…su llamamiento también trae consigo grandes promesas. Una de esas promesas es… que el Señor le guiará por revelación de la misma forma en que lo llamó. Debe pedir con fe para recibir revelación y saber qué debe hacer. Acompaña al llamamiento la promesa de que tendrá respuestas, pero esa guía la recibirá sólo cuando el Señor tenga la certeza de que usted va a obedecer. Para conocer Su voluntad, usted debe estar comprometido a obedecerla. Las palabras ‘hágase Tu voluntad’, escritas en el corazón, son la puerta que conduce a la revelación” 4 .

El Señor lo hará posible

En resumen, a continuación hay varios principios que se relacionan con los llamamientos de la Iglesia:

  1. 1.

    Los que tienen la autoridad de extender llamamientos deben buscar, mediante la oración, la inspiración del Señor. Una vez que se tome una decisión inspirada, es preciso extender el llamamiento en la forma apropiada, de manera digna y reverente, y que todos los participantes sientan que el llamado viene del Señor.

  2. 2.

    Prestamos servicio de buen grado. No nos ofrecemos como voluntarios. Somos llamados.

  3. 3.

    Cuando se nos llama a ocupar un cargo, debemos recordar con humildad que el llamamiento no es de nuestra propiedad y que algún día se nos relevará con la misma autoridad con la cual se nos llamó.

  4. 4.

    Cuando nos llegue el relevo, debemos aceptarlo de buena voluntad y estar agradecidos por la oportunidad que se nos ha dado de prestar servicio. Es preciso que confiemos en que, así como se nos llamó por inspiración, por la misma inspiración se nos releva. Además, debemos estar dispuestos a apoyar a la persona que tome nuestro lugar.

  5. 5.

    Los llamamientos y los relevos no siempre nos llegan en el momento en que los deseamos. Es necesario que confiemos en que el Señor sabe cuál es el tiempo apropiado.

  6. 6.

    Cuando un hombre o una mujer casados reciben un llamamiento a un cargo de mucha responsabilidad, quizás sea mejor para el que lo reciba y para el resto de la familia que el compañero sea relevado de una asignación exigente.

  7. 7.

    Al responder a un llamamiento, debemos poner nuestra confianza en el Señor (véase Proverbios 3:5–6).

  8. 8.

    Si hacemos todo lo posible y buscamos la ayuda del Señor, Él magnificará nuestros esfuerzos.

  9. 9.

    Con nuestros llamamientos recibiremos grandes promesas y bendiciones.

El presidente Gordon B. Hinckley dijo: “…cuando se les llame a prestar servicio, los insto a responder y, a medida que lo hagan, aumentará y se fortalecerá su fe… Si aceptan todas las oportunidades que se les presenten, si aceptan todos los llamamientos, el Señor hará posible que los lleven a cabo. La Iglesia no les pedirá que hagan nada que no puedan hacer con la ayuda del Señor. Que Dios los bendiga para que hagan todo aquello para lo cual hayan sido llamados” 5 .

Somos sumamente bendecidos de poder ayudar al Señor a edificar el reino al prestar servicio en nuestros llamamientos.

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    Notas

  1.   1.

    En Conference Report, abril de 1951, pág. 154; véase también Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: David O. McKay, pág. 44.

  2.   2.

    Follow the Brethren, Universidad Brigham Young, “Speeches of the Year”, 23 de marzo de 1965, pág. 8.

  3.   3.

    “El poder del sacerdocio”, Liahona, enero de 2000, pág. 60.

  4.   4.

    “Elévense a la altura de su llamamiento”, Liahona, noviembre de 2002, pág. 76.

  5.   5.

    “Las palabras del Profeta viviente”, Liahona, abril de 1999, pág. 18.